EL PERRO DE MI PERRO

Si creyera en la reencarnación, me reencarnaría en el perro de mi perro.

Salir juntos a pasear tres veces al día. Que me acariciase la barriga con las almohadillas de su pata derecha mientras meneo el rabo mostrando placer infinito. Ladrar con la ternura con la que sólo ladran los perros al verle llegar a casa tras una dura jornada de trabajo (en el caso de que fuera rastreador, ovejero, lazarillo o desactivador de explosivos). Seguiría sus pasos cuando entrase en cada habitación (incluyendo cuando va al cuarto de baño a hacer lo que se hace cuando se va al cuarto de baño). Que me lance una pelota de tenis y salir corriendo a recogerla para depositarla después a sus patas y que vuelva a lanzarla aún más lejos y salir corriendo nuevamente a recogerla para depositarla otra vez junto a sus patas y que vuelva a lanzarla (y así sucesivamente).

Si fuera el perro de mi perro, la responsabilidad de cumplir con mi domesticación se limitaría a realizar mis necesidades fuera de casa, evitar husmear a las visitas intentando descartar los motivos que incitan a restregar mi entrepierna sobre sus piernas, ofrecer miradas de ternura a la espera de recibir parte de la misma comida que él come, gruñir al mensajero de Amazon o al chico de Telepizza o a quien ose llamar al timbre de la puerta, superar la tentación de mordisquear las chanclas en verano o las zapatillas de deporte o cualquier otro calzado que encuentre a mi alcance… y, sobre todo, lamer su mejilla como expresión recíproca de afecto.

Siendo el perro de mi perro, sentiría todo el cariño que sólo un perro sabe dar a otro ser vivo (incluso si se trata de un ser de la misma especie). Por eso, no entiendo cómo los humanos insultan a su prójimo llamándole despectivamente «hijo de perra» si ningún animal es capaz de dar más amor a un humano que un perro.

Aunque sólo fuera por un día, tanto mujeres como hombres deberíamos ser el perro de un perro. Serviría para tomar conciencia del significado de dar amor sin condiciones, exigencias, ni imposiciones. Es una experiencia que únicamente disfrutan quienes comparten sus días de vida de persona con los días de vida de un perro en lugar de hacerlo con un «hijo de humano». 

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