AMOR PERIMETRAL

Tengo el corazón cerrado perimetralmente. Desde hace algo más de un año, no entra nadie ni tampoco salgo yo. Es una medida adoptada por razones de propia seguridad más que por imposiciones externas de imperativo legal.

Cuando la decisión del cierre perimetral afectivo es autoinfligida, existe menos riesgo de contraer algún tipo de dolencia que afecte emocionalmente. Si no fuera de este modo, sería necesaria una cura de reposo además de alguna clase de medicación también autorecetada y también autosuministrada. Por no hablar de los tratamientos de carácter psicológico que permiten afrontar una realidad tan gélida como infinita en espacio y tiempo.

Para esta tipología especifica de confinamiento sentimental, suele ir muy bien la ingesta de variedad de dulce en cantidades industriales. Especialmente chocolate negro y cuanto más puro o alto contenido en cacao tenga, mejor: al menos un 70%.

Otro remedio de por medio (perdón por la cacofonía) es la visión en bucle de películas de relato romántico en las que sus protagonistas sufren aún más si cabe que el espectador. El objetivo es contraponer el grado de sufrimiento por comparativa y hallar en la ficción paralelismos con la realidad. Las plataformas digitales ofrecen actualmente un amplio catálogo de novedades cada año de esta clase de películas que se suman a los clásicos en blanco y negro donde lo negro no deja espacio a lo blanco en ningún minuto del metraje. Al final, la pantalla y por extensión el salón de casa, termina más cubierto de lágrimas que el valle descrito por Jerónimo de Estridón en su Vulgata latina del siglo IV.

Querido lector y lectora, si les ha parecido una cursilada la metáfora del corazón cerrado perimetralmente como expresión emocional de un estado de aletargamiento afectivo y profunda desgana por el flirteo hacia los múltiples encantos del sexo opuesto (o del mismo, dependiendo del gusto de cada uno), les recomiendo escuchar la canción «La ventanita del amor» en la versión del grupo mexicano Garibali. Ya me dirán después si el tono cursi de este articuento es superado por la letra de dicha canción, o si, por el contrario, no le llega a la suela de los zapatos. Aunque lo mejor de todo, sería ponerse a bailar y mandarlo todo a la mierda.

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