CAMPO DE MINAS


Opinar en redes sociales es lo más parecido a caminar sobre un campo de minas. Basta dar un paso en falso, es decir, usar un adjetivo en concreto para que el lector irascible explote y la metralla de sus palabras dejen malherido al valeroso opinante que se aventuró a cruzar las líneas enemigas de internet.


Cualquiera que desee sobrevivir al fuego cruzado de Facebook, Instagram o Twitter, debe tomar conciencia de la leve profundidad de las espoletas enterradas o, en su defecto, tomar algunos gin-tonics para perder la consciencia por el atrevimiento de la decisión a iniciar la andadura digital (un gin-tonic antes y dos después).


Dar un paso al frente en la guerra contra los ofendiditos causa bajas innecesarias y dolorosas para el bando que defiende la bandera blanca de la libertad de expresión desde la trinchera del respeto, la educación y las buenas maneras. En cambio, en el otro bando y a pecho descubierto sólo estarán los altos oficiales del ego, la ira y la soberbia enarbolando contestaciones que nunca aportan nada ni a la humanidad ni tampoco a la historia digital de la era contemporánea.


En la beligerante Edad Media, quien escollaba solía arder en la hoguera. Siglos después, arden las redes cuando el desconocimiento nuevamente enciende la mecha dando batalla para imponer su ignorancia grabada a fuego por el miedo que prevalece a la existencia de otros seres humanos que piensan (y opinan) de modo diferente. Por suerte no son muchos, pero el ruido amplificado que la world wide web proporciona, incrementa el número de seguidores iletrados que desfilan uniformados al unísono sin saber quien está al frente, ni ganas de querer saberlo.


La opción más sana es evitarles y como si de una estrategia militar se tratara, la mejor táctica es dar un rodeo para que el fétido olor que desprenden sus insultos no se impregne en las frases ni se filtre entre las letras.


Para equilibrar fuerzas, les bastaría a todos ellos ejercitar el acto de leer. La lectura amplifica el horizonte mental de las mentes estrechas. La lectura ahonda en los temas superficiales aportando luz a la oscuridad de pensamiento. La lectura genera emociones por descubrir en un universo desconocido más allá del omnipresente odio hacia todo, todos y sobre todo hacia todas.


Si tras la lectura, la interpretación de lo leído induce a la imposición del razonamiento único, el problema no será por leer, sino que se requerirá de tratamiento médico para la sanación del desequilibrio mental de quien lee lo que no está escrito.


Si están en mi bando, sigan luchando por la lectura y se ahorrarán disgustos y algún que otro insulto sin venir a cuento. Si están en el otro bando, gracias por llegar leyendo hasta aquí.

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