EL ESCRITOR

El escritor se sienta a la mesa ante una hoja de papel en blanco, límpido, inmaculado. Mira el papel fijamente, pero el papel es el que le mira a él. El escritor observa desafiante la página impoluta, aunque no podría llamarse página porque aún no hay ninguna palabra escrita.

Papel y escritor cruzan sus miradas en lo que parece un duelo a muerte. O mejor dicho, un duelo a vida. La batalla comenzó semanas antes en la cabeza del escritor, cuando las voces que únicamente escucha él no cejan en su empeño instigándole a iniciar el ataque lo antes posible.

Ambos miden sus fuerzas. El escritor se enfrenta al lance con un bolígrafo Bic en su mano izquierda. El papel no necesita ningún arma, le basta con mostrar orgulloso su pulcra extensión de 29,7 centímetros de alto por 21 centímetros de ancho. Lo hace con provocación como retando al escritor a dar el primer embate. Pero al escritor le cuesta dar un paso al frente. Permanece arqueado sobre la mesa, sobrecogido por la inmensidad que ven sus ojos y abrumado por el abismo que se cierne en el caso de superar el primer combate. Si alcanzara el triunfo, nacería una motivación que habrá de confrontar con el terror imperecedero. Ninguna victoria es completa. Tras la primera página en blanco abatida, vendrá otra y después otra más. El desafío interminable.

Entonces el miedo se hace más acuciante. También la angustia, el tormento y la desesperación. La exigencia infligida a sí mismo ofrece muestras en la sudoración que perla su frente y un leve tembleque en la mano derecha. Un escalofrío vaticina la derrota. Lo superará. O eso cree. No es la primera vez que le ocurre y tampoco será la última. El papel en blanco espera el avance del adversario. La actitud pasiva del papel intimida al escritor que muestra la punta del bolígrafo con ímpetu amenazante, pero dubitativo. Aproxima el bolígrafo dejando ver el color de la tinta en el extremo. El primer contacto cuerpo a cuerpo supera todas las expectativas. De repente, el escritor hincha el pecho con una bocanada de aire que inflama su interior. El pánico que le invadía tan solo unos segundos antes se bate en retirada sabiéndose derrotado. El papel asume la pérdida reconociendo el triunfo del escritor y entregándose de lleno en una capitulación incondicional.

El escritor entorna la mirada clavando sus ojos en un punto fijo de la hoja en blanco. Aferra con firmeza el bolígrafo y abalanzándose sobre el papel escribe una palabra: Fin.

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