Categoría: Sin categoría

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Se supone que asistir a la iglesia cada domingo del año te convierte en mejor persona durante 365 días. Pero yo no noto ninguna mejoría de lunes a viernes, ni tampoco al llegar el sábado que es el día en el que acumulo cansancio, culpas y remordimientos.

Tampoco aprecio incremento cualitativo en la sensibilidad de mi conciencia individual, ni la percibo mínimamente en la colectiva. Menos aún en los devotos creyentes de la salvación eterna, o en las hordas de fieles seguidores del programa “Sálvame” de Telecinco (a pesar de la súplica divina del “naming” del bodrio televisivo).

En definitiva, ir a la iglesia cada domingo no es buen asunto. O eso creo yo. Y debo ser el único, porque miles de acólitos de la fe cristiana acuden en masa puntualmente el último día de la semana creyendo limar de ese modo las asperezas morales y éticas que genera el roce diario con la vida y con los asuntos cotidianos del ser humano y entre los seres humanos (o eso quieren creen).

No sé si sentarse cómodamente a escuchar un sermón, hincar las rodillas beatíficamente para mostrar humillación o juntar las manos para acelerar el proceso de arrepentimiento resulta más efectivo que alzar la voz y pasar a la acción con el objetivo de arreglar lo estropeado y sustituir aquello que nunca funcionó más que para unos pocos privilegiados.

Por todo ello y a modo de conclusión, como me he dado cuenta de que rezar actualmente para mejorar mi mundo interior no transforma tampoco el mundo exterior, he decidido encabezar manifestaciones reivindicativas de toda índole de exigencias y demandas de carácter social, político y ecológico (siempre y cuando no me coincidan con misa de doce, claro).

Anuncios

EL DIVORCIO ES EL PRINCIPIO

En contra de la creencia popular, el divorcio es la forma de amor más duradera que conozco. Sé de muchas parejas que mantienen una relación más afectuosa tras dar portazo a los esponsales que cuando compartían mesa y mantel de día, y sabanas y fluidos de noche.

Dejar claro las diferencias (e indiferencias) al inicio de la convivencia es el mejor comienzo posible que garantizaría por ambas partes una concomitancia perdurable y respetuosa también a partes iguales.

Una vez superado al principio el escollo de los potenciales motivos de divorcio, todo lo que venga después será miel sobre hojuelas. Metafóricamente hablando, sería pasar en cuestión de minutos de una luna de hiel a una luna de miel permanente. De repente, se dejan atrás las incompatibilidades irreconciliables y no se va hacia ellas, que es lo que ocurre en la mayoría de los casos cuando el proceso es tal y como se conoce a día de hoy (y que muchos de ustedes sabrán por experiencia propia, seguramente).

Si la mayor causa de divorcios es el matrimonio, me pregunto si no sería mejor darle la vuelta a las estadísticas y hacer que la mayor causa de matrimonios fuera el divorcio.

Todo el mundo sabe que une más lo que separa que aquello que se cree tener en común. Que se lo digan al ruso de Putin y al americano de Trump, que desde el fin del divorcio de la guerra fría viven en un idilio permanente. O por ejemplo, los fachas de Vox y el Partido Popular, que desde que se divorciaron en las urnas gobiernan unidos y felices en más Comunidades Autónomas y Ayuntamientos de capital de provincia sin apenas haber obtenido votos en las convocatorias electorales.

Al final, va a ser que el divorcio será el undécimo mandamiento para alcanzar el amor eterno y la fidelidad sin fisuras. Si el cristianito de a pie, además de obedecer a pies juntillas los mandamientos de «no robarás» y el de «no tendrás pensamientos impuros», comulgase con el «divórciate lo antes posible», sería el mayor influencer de la historia (después de Moisés y los tuits de sus tablas grabados en piedra).

Hago este alegato en favor del divorcio porque hace un año y medio que me divorcié de mi pareja y aún estoy esperando a que me llame para pedirme matrimonio. Cuando lo haga, estoy seguro de que seremos felices y comeremos perdices a diario (aunque sean de lata de conserva).

LEER Y ESCRIBIR

Aunque creamos que sí, al cerebro se le da fatal hacer varias tareas al mismo tiempo y por extensión, también al resto del cuerpo. Por ejemplo, estornudar y mantener los ojos abiertos, reír y masticar, o soplar y sorber.

Por el contrario, también hay actos (pocos, pero haberlos haylos) íntimamente relacionados entre sí como leer y escribir. O escribir y leer. Lo uno sin lo otro no tiene sentido y lo otro da sentido a lo uno. El orden de los factores no sólo no altera el producto sino que lo perfecciona. Es una especie de ritual sinérgico, más o menos.

Desde otro punto de vista (aunque muy próximo), de todos es conocida la importancia de la publicidad y el valor de la promoción a la hora de incrementar las ventas de un libro con la intención de que sea leído (que no es lo mismo, aunque lo parezca).

El gran deseo de un autor es tener lectores, es decir, que lean lo que escribe. Frente al editor, el distribuidor y el librero que quieren que le compren lo que el autor escribe.

La relación de fuerzas vinculantes entre leer y comprar se basa en la secuencia de enamoramiento del lector. A veces, el éxito viene determinado por el empeño de seducción del autor y en otras ocasiones por el empecinamiento de los otros tres actores intervinientes (editor-distribuidor-librero) casi siempre en sólida y coordinada alianza comercial.

En el caso de la lectura y de la escritura, no sabría decirles a ustedes aquí y ahora, si ambas actividades se hallan intrínsecamente vinculadas por el afecto personal o si, por el contrario, el vínculo lo establece el ánimo pecuniario. Tampoco podría afirmar como escritor si el orden de los factores altera el producto, ni si es imprescindible la adquisición de un libro para ser leído o lo es por otra razón ajena a la lectura. Y de ser así, ¿qué razón lleva a un comprador a comprar un libro que luego no leerá o ni siquiera regalará a un tercero para que éste lo lea?

Aunque honestamente, a diferencia de la ley matemática que reza que el orden de los factores no altera el producto, en literatura el orden de los lectores sí que altera el relato.

QUÉ RECORDARÁN TUS HIJOS DE TI

La primera vez que vi la nieve, lo hice en compañía de mi padre.

Él me enseñó a nadar, a abrir los ojos debajo del agua y a flotar en la superficie. Con él supe lo que es subirse a una bicicleta y pedalear sin miedo a caer. Leo por las noches porque él me leía por las noches. Amo el cine negro porque me llevaba a ver películas de cine negro todas las tardes de domingo. Si dos y dos son cuatro y cuatro y dos son seis y seis y dos ocho y ocho dieciséis, lo sé porque el primero en enseñarme a contar fue mi padre. Llevo zapatos con cordones porque al atármelos cada mañana pienso en él, porque fue él quien me enseñó a anudar lo que en la vida exige estar anudado.

Miro de frente, camino erguido, como sin sorber, me siento recto, mastico sin hacer ruido, toso hacia un lado, me cepillo los dientes después de cada comida, me sueno lo mocos sin hacer ruido, cedo el asiento en el autobús a las personas mayores, llamo a una puerta cerrada antes de entrar, pido permiso antes de pedir prestado, levanto la mano antes de preguntar o espero a que haya un silencio en la conversación para intervenir, no interrumpo a quien habla y, si lo hago, me disculpo por la torpeza tal y como mi padre me enseñó, desde lo primero hasta lo último.

Pienso en lo que hago, en aquello que he hecho y en lo que haré antes de hacerlo, y aún haciéndolo, lo hago sabiendo que está bien hecho, que es lo que hay que hacer y que se hace del modo mejor posible. Así fue como lo aprendí y como me ensenó mi padre que se hacen las cosas. Si no hay intento, hay derrota. Ni más ni menos. Así es como se lo vi hacer a mi padre y así es como lo hago.

El olor a pino evoca las mañanas de septiembre buscando setas en su compañía, por eso como níscalos cada mes de septiembre y salivo el resto de meses cuando un aroma a pino silvestre llega de repente a mi nariz. Llevo un cassete de Lole y Manuel en el coche que sólo escucho cuando viajo en coche al mismo lugar y por el mismo camino por donde viajaba de niño (yo en el asiento de atrás) y mi padre al volante cantando las canciones que cantaban Lole y Manuel.

Todo esto y mucho más me gustaría que recordaran mis hijos de mí. Pero no tengo hijos.

ZUMBA

Me apunté a clases de Zumba pensando que enseñaban a ligar y lo que conseguí fue romperme los ligamentos cruzados de ambos muslos. El médico me ha dicho que es una lesión de primera división, aunque no ha especificado de qué equipo ni tampoco si de jugador delantero, defensa, mediocentro ofensivo o portero.

Empecé yendo los jueves y viernes plenamente convencido de que con la proximidad del fin de semana las posibilidades de pillar cacho aumentarían. Pero tras recibir cuatro clases y transcurridos tres sábados en blanco, en lo que me he convertido es en el blanco de todas las miradas. Muy especialmente del profesor, que cada paso adelante que da hacia mí, yo doy tres hacia atrás (no sé si porque entiendo poco de baile o porque no entiendo nada de lo que él supone que entiendo).

El profesor dice que es el ritmo de la música lo que hay que seguir. Pero a mí me da que él sigue su instinto y sus pies obedecen más a su hambre de sexo insaciable que a la melodía de las canciones que suenan atronadoras en cada sesión de 45 minutos de sudoración constante.

Deben ser mis ganas irrefrenables de llevarme a una mujer a la cama lo que está provocando la disminución de inscripciones femeninas en las clases de Zumba. Ellas tienen un sexto sentido para detectar a los hombres maduros desesperados por mojar el churro. Por otro lado, en el gimnasio están encantados porque se han incrementado notablemente las inscripciones masculinas. De hecho, los alumnos triplican a las alumnas y donde antes se movía la cadera a golpe del perreo de Don Omar ahora se baila el “Macho, macho, man” de Village People (varias veces y con diferentes coreografías).

Estoy convencido de que el destino está enviándome señales evidentes e inequívocas para cambiar de orientación, es decir, de lugar de ligoteo, no me sean retorcidos. Por eso, he decidido sustituir el ejercicio físico de los espacios hormonados y alfombrados de testosterona por el ejercicio intelectual de las salas de museos y exposiciones donde me han dicho que hay más mujeres sensibles que hombres rudos. Si aún así no consigo llevarme a ninguna mujer a la cama, al menos sé que no acabaré en ninguna cama de urgencias con lesión de ligamentos cruzados por culpa de una mala postura. Qué complicado es todo.

¿CÓMO SABER SI ESTÁS ENAMORADO?

Los hay que sienten el aleteo de una mariposa (o de cientos) golpeando las paredes estomacales. También los hay que escuchan violines por doquier, aunque de fondo esté sonando Iron Maiden a todo volumen (o Maluma, que es lo peor de lo peor). E incluso hay quien deja de comer, cenar y desayunar por el simple hecho de considerar que el amor que siente también alimenta orgánicamente como si fuese una fuente de proteínas del tamaño de un cachopo.

Aunque el método infalible para saber si estás enamorado se produce cuando la persona que amas ha dejado de amarte para siempre. Es en ese instante cuando confirmas real y plenamente lo que venías sospechando desde que Cupido atravesó tu corazón de parte a parte con una flecha invisible (o con un arpón de cazar ballenas, depende de la grandeza del sentimiento). En ese momento, es cuando te dices a ti mismo: “Estoy enamorado hasta las trancas. Lo que sucedió antes, fue un preludio”.

El enamoramiento por abandono surge por generación espontánea del mismo modo que surge una forma de vida sobre una materia inorgánica o en estado de putrefacción. Es decir, la música que se escucha cuando la relación está latiendo a pleno pulmón no es el aleteo de una mariposa, sino el moscón que zumba sobre la mierda en que se ha convertido la convivencia que un día tuvo vida orgánica.

Cuando percibas la ruptura del vínculo que te unía a tu ser amado, el corazón te ordenará de inmediato hacer una cosa y tu mente exigirá hacer la contraria. El órgano principal del aparato circulatorio demandará revisitar continuamente los rincones donde os besabais durante horas infinitas hasta que la saliva dejara de existir. Tus tímpanos te obligarán escuchar a todas horas la misma música que escuchabais juntos. Tus papilas gustativas reclamarán beber de la misma copa el mismo vino y comer en los mismos platos la misma comida. Tu olfato pedirá usar su perfume como ambientador de casa, tus pupilas releer por tiempo indefinido los mensajes de Whatsapp que os enviabais cada minuto y también los de correo electrónico e incluso los SMS (en el caso de que tu amor se remonte al Pleistoceno digital).

La opción más racional para salir del abismo emocional y la más saludable para la mente del pobre enamorado por abandono es dar las gracias por el amor recibido. Así, sin más. Y aquí paz y después gloria. Por experiencia propia, es la opción que recomiendo encarecidamente. He dado tantas veces las gracias por haber sido amado y tantas veces por haber sido un enamorado por abandono que ya no sabría decir si lo que recibí fue amor, o en realidad lo que me hicieron fue simplemente un favor.

 

LA CHICA DE LA CURVA

La conclusión que he sacado del resultado de las últimas elecciones municipales es que se puede perder cuando se gana y que la victoria es posible incluso si hay derrota.

Los caprichos del destino deambulan de un lado a otro por los caminos inescrutables del Señor. A más de un candidato y a más de una candidata (prefiero no decir nombres ni apellidos), les ha venido a ver la Virgen tras el recuento de votos. Para que luego digan que Dios no existe.

En los Estados donde dicen que hay Estado democrático, también se dice que el pueblo es soberano en sus decisiones. Lo que no sabemos es si el resultado de la decisión en el momento de meter la papeleta en urna se toma en base a una reflexión previa fundamentada en contrastar los programas electorales de los distintos partidos o es el efecto de haber tomado tres copas de Soberano (el brandy).

Si la Junta Electoral Central fuera consciente del peligro que supone poner el manos de la ciudadanía analfabeta funcional la conducción del país, pondrían un control de alcoholemia en la entrada de cada colegio electoral. Viendo el modo en el que han derrapado muchos votantes al tomar las curvas cerradas a la derecha, podríamos asegurar que la soberanía del pueblo ha derivado en soberana tontería.

Que gran parte de la población no lee es algo sabido por todos (especialmente por quienes leemos la prensa), y que absolutamente nadie lee los programas electorales es algo que saben muy bien los partidos políticos. Por eso, las medidas para acabar por escrito con el desempleo se quedan en medias tintas, las soluciones para los problemas sociales permanecen sin resolver y los sólidos planes en ciencia, cultura e investigación terminan en agua a borrajas antes de evaporarse definitivamente por el efecto de la sublimación.

En campaña electoral, los políticos hablan (muy alto y poco claro) y en las urnas hablamos los ciudadanos (por lo bajini, pero con claridad). Aunque teniendo en consideración que nadie lee, nadie escucha y siempre hablan los mismos, da igual a quien se vote, el partido que gane o el candidato que pierda. Al final lo único que importa es que tras el recuento de votos aparezca la Virgen (y no la Chica de la curva). Menuda papeleta.

FOLLAR O HACER EL AMOR

Tuve una novia que tras el coito me preguntó en una ocasión por qué follaba tan apasionadamente. «Porque no sé cuándo será la última vez», respondí yo al tiempo que encendía un segundo Marlboro a los pies de la cama. Y aquella ocasión fue nuestra última ocasión. Al día siguiente me abandonó argumentando como explicación de su decisión que no era yo, sino ella (es decir «no eres tú, soy yo»).

Nunca entendí la expresión «no eres tú, soy yo» y menos cuando tras cinco palabras se esconden cientos de razones más válidas, creíbles y benignas para el estado emocional de un corazón entrado en años como el mío.

A veces, el miedo a hacer daño al prójimo es más perjudicial que el daño propiamente dicho. Imagínense al árbitro de fútbol que expulsa al jugador tras mostrar la tarjeta roja  argumentando su decisión diciendo «no eres tú, soy yo». O al director de recursos humanos que despide al empleado impuntual y le espeta a la cara «no eres tú, soy yo». O el militante del Partido Popular que vota a Vox y justifica su decisión musitando a Pablo Casado al oído «no eres tú, soy yo».

El daño por rechazo o abandono es irremediable, irreversible e irreparable. Está en la propia naturaleza humana provocarlo al prójimo en el difícil momento de la separación como está en la propia naturaleza del león y del antílope africano tener que correr para sobrevivir (aunque cada uno por diferentes motivos).

Supongo que la posición del verbo «ir» (con funciones de prefijo) es lo que define la acción y resulta ser decisivo a la hora de afrontar el veredicto final. Sin el verbo «ir», lo irremediable es remediable, lo irreversible es reversible e incluso lo irreparable consigue ser reparable. Por eso, la tercera conjugación del verbo «ir» tiene aún más significado si cabe que la primera conjugación del verbo «quedar» donde además de implementar el movimiento de la huida, el que da primero, da dos veces.

A lo mejor por eso cuando hago el amor con quien sea mi pareja en ese momento, siempre lo hago  apasionadamente. Puede que lo haga porque no sepa cuando será nuestra próxima vez o porque realmente sé que será mi última vez y sea el destino el que me esté diciendo que me tengo que ir, en lugar de quedarme con quien no deseo conjugar nada más que un instante efímero.

TODOS MIENTEN

Convivimos con la mentira desde que venimos al mundo. La madre que nos parió confió su hijo (la suya a usted y la mía a mí) a un desconocido de bata blanca en la sala de partos de un hospital y lo primero que hizo para recibirnos a la vida fue soltarnos una bofetada en el culo (a usted en el suyo y a mí en el mío).

Los médicos mienten al afirmar que el cachete se da para cerciorarse de que hemos llegado a la vida como hay que llegar, es decir, entre lágrimas. Creo que una caricia en las nalgas (por parte del doctor) y un gemido como respuesta (por parte del recién nacido) sería lo más adecuado, digo yo.

Según vamos creciendo, las mentiras continúan aderezando nuestro entorno con falsedades como la existencia del «Coco, que te comerá» o del «Hombre del saco, que te llevará» (a no sé dónde si no obedeces). Otra vez más, todo es mentira.
Después, está la creencia de tres Reyes Magos que vienen del lejano Oriente, la existencia del ratoncito Pérez y algunos años mas tarde, la mentira de la ceguera por exceso de masturbación. Una vez más, todo es mentira.
Normalizar inocentemente la mentira puede provocar que se interprete como verdad sin culpa ni remordimiento (lo que es peor). El nazi Joseph Goebbels llevó esta máxima a sus máximas consecuencias (permítanme la repetición cacofónica) y millones de arios creyeron su mentira a pies juntillas al tiempo que los talones de sus botas acharoladas marcaban el paso de la marcialidad hitleriana hacia un holocausto genocida y cultural. Por suerte, la historia y el tiempo pone a cada mentiroso en su lugar (en este último caso bajo tierra) y también por fortuna se pilla antes a quien miente que a un cojo (será porque es más fácil saber de qué pie cojea incluso estando sentado).
Por eso, prefiero ayudar a cruzar la calle a una persona con dificultad de movimiento que mover un dedo por aquellos que mienten con la normalidad de hacerlo cada cuatro años. Llegados a este punto, aconsejaría leer los programas electorales antes de acudir a votar para saber de verdad lo que hay de mentira en cada propuesta política. La lectura es el mejor antihistamínico contra futuros dolores de cabeza generados por la mentira de los candidatos a liderar la gestión pública. Y además, es el único método para ejercitar el pensamiento crítico ante iniciativas de dudosa viabilidad pagadas con dinero de nuestro bolsillo (tanto del suyo como del mío).
Aunque pensándolo fríamente, a lo mejor hay algo de verdad en lo que dicen de la ceguera por masturbarse demasiado. Últimamente he notado un aumento considerable de mis dioptrías. ¿Algún lector o lectora sabría decirme cuánto es «demasiado»?

MEA CULPA

A la gente le gusta cantar en la ducha. Será porque cantando se espantan los males o porque el agua purifica, no sé.

Es cierto que el mejor modo de purificar el espíritu es vociferando el último éxito de Freddie Mercury bajo la lluvia del grifo plateado modelo Gröngnen que venden en Ikea y puedes instalar tú mismo con tan solo tres giros de muñeca.

Los médicos endocrinos, que tanto saben de nutrición y metabolismo, también aconsejan encarecidamente ir al baño tres o cuatro veces al día, y también para purificar el interior (en este caso, el interior físico).

Dejando de lado la higiene corporal matutina, justifico mi visita al espacio íntimo del hogar para aliviarme de aquello que oprime mi alma o la vejiga, que es otro órgano que tampoco se ve pero se siente como se siente el alma. Es entonces cuando entono el «mea culpa» y orino lo indecible tras la ingesta de litro y medio de agua diaria, sin contar las bebidas espirituosas de las que soy fervoroso sediento (había escrito adicto, pero lo he tachado para que no me tomen por borrachuzo).

Supongo que mi «mea culpa» es literal y por eso libero mi carga pecaminosa en forma de agüita amarilla al tiempo que suelto el lastre emocional sobrante que mi organismo no quiere como inquilino en el templo de mi conciencia.

Siguiendo la prescripción médica a pies juntillas, algunos obedientes como yo, vamos al excusado incluso en seis o siete ocasiones con devota fidelidad (había escrito felicidad pero lo he tachado para no ser demasiado explícito).
A veces lo hacemos para cantar bajo la lluvia procedente de la alcachofa de grifería nórdica y otras para expulsar la ira interior y despejar cualquier atisbo de duda sobre las sombras que anublan nuestro entendimiento y cubren de negrura nuestra existencia (había escrito «para quitarnos de encima los marrones del día a día», pero lo he tachado para evitar símiles escatológicos).

Habrá quien considere que el artículo de hoy es una asquerosidad y habrá quien considere que nuestra habitación propia es ese lugar alicatado hasta el techo y con detalles cromados de diseño sueco. En cualquier caso y llegados a este punto, agradezco la incontinencia lectora y espero que sus esfínteres rijan cumpliendo sus órdenes y no las de la madre naturaleza a su libre albedrío.

Y si leen este artículo con el móvil en la mano y sentados en el trono, sólo les puedo decir una cosa: en la república independiente de su casa, usted es el rey (o la reina).