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ASÍ NOS VA


Cada día existen más medios para entablar relación, pero cada día nos relacionamos menos. Nunca hemos dispuesto de tanto tiempo libre para disfrutar al libre albedrío, pero jamás hemos sido más esclavos del tiempo (y también del albedrío que no sabemos gestionar).

Queremos viajar lo más lejos posible y apenas nos movemos del mismo sitio. Anhelamos un trabajo que sirva para realizarnos profesionalmente y tras obtenerlo, deseamos la jubilación anticipada desde el punto de vista legal (o desde el ilegal sin que la ley sea consciente). Exigimos a los servicios públicos lo que no reclamamos a los privados y sin dar las gracias por la atención recibida.

De jóvenes deseamos ser mayores y de adultos añoramos la juventud. Ganamos tiempo al día para perderlo de noche y lo perdemos de noche para perder el día siguiente (o la semana, si ya se supera cierta edad).

Se nos agria el carácter al volante de una marca de coche que compramos cuando nos vendieron el slogan “Te gusta conducir?”. Se gasta más de lo que se gana. Mordemos más de lo que somos capaces de tragar. Criticamos el acto de criticar. Gritamos a quien nos pide silencio y permanecemos en silencio cuando es necesario alzar la voz. Inexplicablemente, exigimos responsabilidades sobre quien descargamos la nuestra y eludimos asumir toda responsabilidad de nuestros actos ante quien deberíamos dar explicaciones.
Cuando hablar es barato, cada palabra no vale nada. Y así nos va, claro.

EL ARTE DE LA ESCRITURA

Quienes amamos el arte, sabemos que la definición de estilos y corrientes artísticas sólo sirve para el vano intento de comprender lo incomprensible de la expresión humana.

Esta fea costumbre de encasillar lo inencasillable* se extiende a otras formas de expresión que por inexplicables no dejan de ser menos humanas. 

*no busquen el significado de la palabra inencasillable porque no existe, es invención propia.

Al afirmar, por ejemplo, que la decisión de pitar un penalti en el ultimo minuto es «surrealista», no quiere decir que se trata de un “movimiento que intenta sobrepasar lo real impulsando lo irracional y onírico mediante la expresión automática del pensamiento o del subconsciente”, si no más bien que no se comparte la decisión del arbitro quien, además, es tachado de inculto (aunque sea el único con título universitario en un estadio con 50.000 butacas).

Cuando escuchamos una soflama electoral y no entendemos ni una sola palabra de entre las mil y una frases enrevesadas que salen por la boca del candidato político, solemos definir el discurso como «barroco» como si hablásemos del “estilo que se desarrolló durante los siglos XVII y XVIII, opuesto al clasicismo y caracterizado por la complejidad y el dinamismo de las formas, la riqueza en la ornamentación y el efectismo”.

O si vemos a un hombre capacitado para hacer dos cosas diferentes (meter una lavadora y planchar, por ejemplo) decimos que es un “hombre del renacimiento”. Aunque “medieval” sería un término más adecuado y más acorde con el siglo en el que vivimos.

Lo que quiero decir, es que la adjetivación allana el camino de toda descripción y suma la opinión como valor añadido, aunque para muchos no haga otra cosa que restar.

Con todo esto, lo que deseo expresar es que todo lo que sucede en la vida es susceptible de ser opinable. Y que al final de todo, lo único que queda es poco o nada, que es lo mismo que decir que la vida es “minimalista” (desde el punto de vista artístico, claro).

EL ACIERTO DEL ERROR

Vivir es un libro mal encuadernado. Los recuerdos son páginas que se van despegando de la memoria, si no se evocan con asiduidad.

Cada instante es tan efímero como frágil es el fresado de un tomo enciclopédico de más de 500 hojas. El anverso y el reverso del acto de rememorar reescriben el presente. Y lo hacen de tal manera que el momento vivido va desasiéndose poco a poco como si fuera la cola impresa del interior de la cubierta del primer volumen de los instantes inolvidables de una vida.

Todos guardamos en casa álbumes de fotos repletos de eventos estelares de nuestra historia personal, la única que importa. Pedazos del ayer, congelados en el espacio y en el tiempo (como la leyenda urbana del cadáver congelado de Walt Disney).

Curiosamente, existe un dicho popular que afirma que olvidar la historia condena a repetir los errores que se produjeron cuando los acontecimientos históricos pasaron a ser historia (o algo así). Pese a ello, el ser humano se empecina en repetir los errores propios y también los del prójimo. Se tropieza una y otra vez en la misma piedra (y a veces en la que tropezaron otros antes que nosotros), aunque la piedra sea de diferente tamaño o cambie de lugar.

Al final, la culpa de todo es de esos álbumes de fotos donde se inmortaliza la vida que sólo por el hecho de ser pasada creemos que fue mejor de lo que es el presente del que disfrutamos (o incluso que el futuro que ni siquiera existe).

Aquí les dejo esta sesuda reflexión para que la maduren por unos minutos y que no les hará mejores personas ni tampoco impedirá que cometan el mismo error una y otra vez. El ser humano se define por sus errores y el errar nos hace humanos.

Y si no les da por reflexionar, al menos lean mucho y hagan muchas fotos, eso también humaniza más que nada en la vida. Walt Disney lo sabía.

MANDA HUEVOS

Vivo en una contradicción permanente. La duda se ha instalado en mi vida como una hembra de cuco instala sus huevos en el nido de un carricero común.

Ante cualquier situación que exija respuesta rápida, ya sea autoimpuesta o sobrevenida, la indecisión toma las riendas. Y claro, así es imposible alzar el vuelo.

Reconozco que debería aprender más de las estrategias que ofrece la madre naturaleza e intentar que me afectara menos todo lo que me afecta. Pero no. No termino nunca de aprender porque en realidad tampoco empiezo nunca.

El modo de ver la vida como la ve el pájaro cuco sería un buen ejemplo a seguir. E incluso podría incorporarla como hábito de conducta cotidiana (especialmente en el ámbito laboral). Si la llevara a la práctica, por mucho que otros tocaran los huevos, no me importaría lo más mínimo (tal y como le ocurre al pájaro cuco).

Supongo que decir de alguien que es un “cuco” proviene del comportamiento del pájaro cuco, al igual que llamar “pájaro” a quien vuela más alto de lo que sus alas le permiten resulta ser un acto de egoísmo y supervivencia a partes iguales, aunque le sea otorgado el galardón de “listo”.

Aquí les dejo a ustedes esta reflexión para que incuben la idea durante este fin de semana (como hace el carricero común con los huevos de la hembra del cuco). Y procuren hacerlo cuanto antes, que las ideas son como los huevos: si se les da muchas vueltas por mucho tiempo, acaban eclosionando y se monta el pollo (literalmente hablando).

DIPSOMANÍACO SENTIMENTAL

Hasta ayer, no supe el significado de la palabra dipsomanía. Si usted también la desconoce como la desconocía yo hasta ayer, sepa que la dipsomanía es un tipo de adicción alcohólica en la que el adicto consume gran cantidad de alcohol en un breve periodo de tiempo tras el cual regresa a la sobriedad durante meses para recaer nuevamente en el consumo descontrolado por un día o dos.

Ahora que ambos podemos identificar a los dipsomaníacos de nuestro entorno (usted del suyo y yo del mío), reconozco públicamente mi adicción. Pero no a la ingesta de alcohol como define claramente la enfermedad dipsomaníaca, sino al enamoramiento impulsivo en los mismos términos. Del mismo modo que el adicto alcohólico se halla poseído temporalmente por el consumo desenfrenado de litros de alcohol que corren por sus venas (como la canción de Ramoncín), en mi caso lo que corre vertiginosamente es un impulso de amor de loca juventud (como el bolero de Compay Segundo)

Sin embargo, y a diferencia del dipsomaníaco alcohólico, mi adicción está durando muchísimo más de un día o dos. A decir verdad, he perdido la cuenta de mis semanas de dependencia y si el hábito amoroso se ha transformado en vicio instalado cómodamente en mi vida de gélida austeridad castellana.

He de asumir mi condición de enamoradicto* y con ello reconozco que el simple hecho de imaginarme abrazado a una piel perfumada de sensualidad me embriaga tanto como encurda al dipsomaníaco un trago largo de su espirituoso favorito. Y al igual que el espíritu se eleva por el efecto vaporoso de los efluvios etílicos, el mío levita al contacto acuoso de unos besos provenientes de húmedos labios.

Algunos lectores dirán que el amor es una cursilería, otros que el cursi soy yo, pero esta sensación inigualable merece un brindis a diario. 

*no busquen en el diccionario el significado de la palabra “enamoradicto”, es de invención propia.

QUÉ RISA, TÍA FELISA

Según las últimas estadísticas (que únicamente manejo yo), reír es el idioma más hablado del mundo. Muy atrás quedan el chino mandarín, el inglés y el castellano.

Gracias a la sonrisa nos podemos comunicar con el resto de personas del planeta y ser entendidos sin necesidad de cursos intensivos ni clases particulares impartidas por nativos, aborígenes o indígenas.

Al igual que le ocurre a la música (aunque en su caso influyen gustos y tendencias), el lenguaje de la sonrisa es igualmente universal y comprensible en cualquier territorio, edad y situación. Todo habitante humano del globo terráqueo entiende la sonrisa de igual forma, desde Asia hasta Chicago pasando por Alaska y los Pegamoides.

Los niños y niñas saben comunicarse entre sí con la alegría propia de su edad entre risas y carcajadas. Ellos son un ejemplo de entendimiento y consenso, a diferencia de los adultos que con la edad apenas reímos, apenas entendemos y sobre el consenso, mejor ni hablamos.

Se debería incorporar la sonrisa como asignatura obligatoria a los colegios bilingües, tanto públicos como concertados e incluso privados (más dados a la seriedad propia del ilustre rancio abolengo). Sustituir las clases impartidas en lenguas extranjeras por sesiones de humor sería la mejor opción para no suspender en el aula (ni fuera de ella). De este modo, la educación sería cuestión de alegría en lugar de ser cuestionada como lo está siendo constantemente. Al mismo tiempo, estoy convencido de que los padres quedarían plenamente satisfechos al ver a sus hijos regresar del colegio con una sonrisa en los labios e incluso no pondrían impedimento alguno en ayudarles con las tareas con la enseñanza recíproca que ello conllevaría.

Aunque lo mejor de usar la sonrisa como lenguaje entre humanos es que con ella también podemos comunicarnos con nosotros mismos. Por esta razón, le aconsejo que sonría cada mañana ante el espejo y se entenderá con todo el mundo el resto del día (empezando por usted).

PIENSO, LUEGO EXISTO

Es más fácil hablar mal que pensar bien. La correspondencia entre ambas acciones no tiene por qué guardar relación directa. Pero lo primero (hablar) es la evidencia de lo segundo (pensar).

A día de hoy, abrir la boca y despejar dudas sobre el modo de pensar, ya no causa reparo. Hemos pasado de pensar antes de hablar a hablar sin pensar primero. Puede que sea debido a lo barato que sale hablar por hablar, frente al esfuerzo físico y económico que supone pensar por pensar.

La filosofía, que estuvo al borde de la extinción en el ámbito docente español no hace demasiado tiempo, invita a reflexionar sobre el mundo que nos rodea y sobre los seres humanos con quienes nos relacionamos, empezando por uno mismo. La filosofía compele a escucharnos más a nosotros para después escuchar al prójimo. Para lograrlo, bastaría con abrir bien las orejas o simplemente con extraer el cerumen incrustado en los oídos tras años de abandono personal y entrega a la mundanal intemperie.

La boca, por su parte, es esa taza de las palabras en la que se remueven los conceptos como si fueran grumos del Cola-Cao. Lo malo es que muchas veces se antepone la ansiedad irrefrenable de mojar la galleta y al final se termina tragando una mezcla de difícil comprensión que indigesta a quien escucha y certifica la ineptitud de quien habla.

Si todos fuéramos capaces (y yo el primero) de meditar la palabra exacta antes de ofrecerla en bandeja dentro de una frase gramatical incorrectamente construida, elaboraríamos un menú de contenidos muy sabroso y por el que ganar un par de estrellas Michelin (incluso dos).

Aquí les dejo este aperitivo para que disfruten de una velada gastronómica entre palabras fuera de tono y tonos fuera de lugar.  

PIEDRA, PAPEL O TIJERA

Me ha salido una piedra en el riñón y no sé si llamar al médico o a un geólogo.

Desconozco su dimensión, pero tiene toda la pinta de ser un pedrusco del tamaño ciclópeo de los bolones graníticos que abundan en el berrocal de los alrededores de mi pequeña capital de provincias y que sirvieron para levantar su monumental construcción civil dedicada al agua hace más de 2.000 años.

Cuando se sufre de piedras en el riñón, por muy pequeña que sea la piedra siempre será descomunal para quien soporta la carga. Lo mismo pasa con los problemas. Por muy pequeños que sean, siempre nos parecen descomunales ante nuestra probada incapaz para resolverlos y así poder tirar palante y a otra cosa mariposa.

Si es usted de los que ha sufrido alguna vez en su vida los problemas derivados de tener piedras en el riñón, sabrá lo bueno que es la ingesta de agua diariamente para disolver un granito de arena que podría convertirse en una roca con el paso de los días. También lo mismo les sucede a los problemas. Suelen ser minúsculos inicialmente, pero con el transcurrir de las semanas sin intención de disolverlos se convierten en un mal de proporciones colosales y en un papelón para el receptor de la pedrada.

Y hablando de papel, siempre aligerará la carga de un problema escribir detalladamente en papel todo aquello que enoja, enfada, enerva, encoleriza y demás términos que empiezan siendo pequeños disgustos.

Y si con el papel no hay solución posible, lo más eficaz es cortar por lo sano. Las tijeras se las presto yo mismo que estoy acostumbrado a cortar de raíz con lo que no me gusta antes de que acabe pesando sobre mi conciencia como una piedra.

AMOR PERIMETRAL

Tengo el corazón cerrado perimetralmente. Desde hace algo más de un año, no entra nadie ni tampoco salgo yo. Es una medida adoptada por razones de propia seguridad más que por imposiciones externas de imperativo legal.

Cuando la decisión del cierre perimetral afectivo es autoinfligida, existe menos riesgo de contraer algún tipo de dolencia que afecte emocionalmente. Si no fuera de este modo, sería necesaria una cura de reposo además de alguna clase de medicación también autorecetada y también autosuministrada. Por no hablar de los tratamientos de carácter psicológico que permiten afrontar una realidad tan gélida como infinita en espacio y tiempo.

Para esta tipología especifica de confinamiento sentimental, suele ir muy bien la ingesta de variedad de dulce en cantidades industriales. Especialmente chocolate negro y cuanto más puro o alto contenido en cacao tenga, mejor: al menos un 70%.

Otro remedio de por medio (perdón por la cacofonía) es la visión en bucle de películas de relato romántico en las que sus protagonistas sufren aún más si cabe que el espectador. El objetivo es contraponer el grado de sufrimiento por comparativa y hallar en la ficción paralelismos con la realidad. Las plataformas digitales ofrecen actualmente un amplio catálogo de novedades cada año de esta clase de películas que se suman a los clásicos en blanco y negro donde lo negro no deja espacio a lo blanco en ningún minuto del metraje. Al final, la pantalla y por extensión el salón de casa, termina más cubierto de lágrimas que el valle descrito por Jerónimo de Estridón en su Vulgata latina del siglo IV.

Querido lector y lectora, si les ha parecido una cursilada la metáfora del corazón cerrado perimetralmente como expresión emocional de un estado de aletargamiento afectivo y profunda desgana por el flirteo hacia los múltiples encantos del sexo opuesto (o del mismo, dependiendo del gusto de cada uno), les recomiendo escuchar la canción «La ventanita del amor» en la versión del grupo mexicano Garibali. Ya me dirán después si el tono cursi de este articuento es superado por la letra de dicha canción, o si, por el contrario, no le llega a la suela de los zapatos. Aunque lo mejor de todo, sería ponerse a bailar y mandarlo todo a la mierda.

PARADA BIOLÓGICA

Escucho en una emisora de radio de mi pequeña capital de provincias que la explotación del pino resinero tiene una parada biológica anual de tres meses. A pesar de vivir en una tierra sembrada de pinos, desconocía que existiera una parada biológica trimestral para pinos y pinas (también desconozco si los árboles resineros tienen género).

Desde mi ignorancia tan grande como la copa de un pino, supongo que durante 90 días al año los pinos paran de crecer, paran de exhalar resina y paran de dar sombra a pastores y pastoras (en este caso, sé que el pastoreo tiene género).

Los árboles de mi tierra de pinares siempre han sido generosos con la humanidad que les rodea. Desde época romana, han obsequiado sus preciadas posesiones al bien común, tanto al imperio de antes de Cristo (cuando España no existía en el mapa) como a los invasores napoleónicos, a la fotógrafa Gerda Taro e incluso al mismísimo Arnold Schwarzenegger cuando estuvo rodando su película Conan, el Bárbaro hace 38 años por los montes de Valsaín.

Gracias a la resina que brota como savia de sus troncos liquenados, miles de familias han sobrevivido durante décadas. A sus pies, brotan cada otoño millones de níscalos como setas. Y sus ramas secas por el otoño calientan en invierno los hogares más necesitados de calor (del calor humano también).

Por estas razones, es necesario respetar el descanso trimestral de los árboles autóctonos. Se lo han ganado tras 9 meses trabajando día y noche incansablemente y sin exigir remuneración a cambio, exceptuando la recibida por la luz del sol, la lluvia imprevista y los alisios del noreste que abrazan la pineda.

En solidaridad con los pinos de mi tierra, también me declaro en parada biológica (a mi manera, claro). Mi parada biológica se reduce a pararme primero a pensar antes de tomar una decisión, a parar de hablar de aquello de lo que quizá no sepa tanto y a parar de escuchar a quien aporta poco o nada a mi naturaleza de ser humano curioso y crítico con el medio ambiente que le rodea (y también con el otro medio).

Lo bueno de vivir entre pinos es que acabas pareciéndote a uno de ellos, aunque también se acabe rodeado setas (y algunas sean venenosas).