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INTELIGENCIA DIGITAL

Desde que estoy teniendo problemas de comunicación con mi novia, no dejo de recibir mensajes a mi correo electrónico de páginas web de contactos. 

Que cómo se habrán enterado de lo nuestro, me pregunto yo. Los algoritmos digitales tienen poderes sobrenaturales de adivinación y anticipan la respuesta que mi corazón se niega aceptar, pero que la razón está asumiendo de modo inevitable desde hace semanas. 

Las ofertas que llaman a la puerta de mis afectos cruzando el portal digital de mi ordenador tienen nombre variopinto, como variopinto es su contenido. Que si “Solteros con nivel”, “Citas en línea”, “Amor maduro “, o “Sexo sin complejos”. La variedad donde elegir (y ser elegido) es desconcertante. Si en este momento crucial, no tengo claro la conveniencia de dar un paso atrás en mi vida en pareja, ahora tengo mil y una opciones de dar un paso adelante en el inicio de una aventura en la palma de la mano (concretamente en la yema de los dedos). 

Después de lanzarme de cabeza al océano de la World Wide Web, he tomado la decisión de nadar y guardar la ropa. Es decir, iniciar una nueva relación en internet sin romper mi actual relación. 

Al final me he registrado en una de las aplicaciones para buscar pareja y para mi sorpresa, el primer “match” recibido ha sido de mi novia. Supongo que los algoritmos también habrán detectado que su corazón necesita afecto. Lo que no sabe mi novia es que mi afecto tiene nickname, y lo que yo no sé es el tiempo que lleva ella suscrita a la aplicación. 

HUMOR SE ESCRIBE CON HACHE

Vivir en este mundo siendo una hache es una putada. Lo digo aquí bien alto y claro, ya que nunca tengo oportunidad de abrir la boca. Se me ignora de todas-todas. 

Frente al resto de compañeras de abecedario, cuya presencia incluso se duplica como ocurre con la V, la L o la R, a mí se me ningunea sin piedad. Siento ojeriza en el silencio de todas mis apariciones públicas. Y en las pocas ocasiones en las que he tenido el honor de ser presentada en sociedad, lo han hecho alertando de mi presencia de modo “intercalada”, como avisando de un peligro inminente.

Por eso, quiero aprovechar la ocasión que se me brinda en este blog para reivindicar la valía de mi lugar en el vocabulario de la humanidad. Por poner solamente algunos ejemplos: soy la primera en dar la bienvenida afectuosamente en castellano abriendo paso a la conversación con un saludo. Doy apellido a una cómica segoviana. Estoy en el centro de la interjección con la que fue apodado uno de los iconos revolucionarios argentinos del siglo XX. Pero en mi propio país, me enmudecen.

En otros idiomas, sin embargo, sueno genial. El príncipe de Sussex me lleva en su nombre. La inicial del mago británico más famoso de todos los tiempos soy yo, y también me usan en la fiesta más terrorífica estadounidense que cada año encanta a niños y niñas al grito de truco o trato. Incluso soy el 50% de una marca de ropa con presencia en los 5 continentes con más de 4.800 establecimientos. Pero a pesar de todo, insisto, en mi propio país, me enmudecen.

Por todas estas razones y otras tantas que avalan mi nobleza y estirpe de rancio abolengo que ahorro mencionar aquí y ahora, reclamo mi espacio natural en el idioma español por derecho propio y alzo mis dos brazos para ser pronunciada por todo lo alto: H-A-C-H-E.

No sé si mis demandas serán escuchadas. Lo único que me consuela a día de hoy es que el humor sin mí no sería nada, absolutamente nada. 

UN PAÍS LLAMADO INSTAGRAM

Vengo de pasar las vacaciones de verano en un país llamado Instagram.

En aquel país, su población pasa el día al sol en playas paradisíacas, navega en barcos de diez metros de eslora y come platos exóticos desde primera hora de la mañana.

Dicen que es uno de los países con mayor densidad de población por metro cuadrado del mundo y, considerando su número de habitantes, puede que esté entre los tres primeros junto a India y China (juntos).

El gentilicio es “instagramer” y para conseguir la doble nacionalidad española e “instagramer”, basta con darse de alta por internet y poseer un dispositivo móvil a modo de DNI. Desde la pantalla táctil del dispositivo móvil, se accede a millones y millones de imágenes que dan buena cuenta de lo que ocurre en cada rincón de la vida de cada habitante por muy oscuro que sea el rincón (y el habitante). 

Desconozco el régimen político que gobierna el Estado de Instagram y si ha sido elegido democráticamente en sufragio universal, aunque a nadie parece preocuparle a juzgar por el intenso grado de felicidad social que muestra cada fotografía protagonizada por ciudadanos sonrientes y bien alimentados. 

En mi periodo vacacional en el país de Instagram, he tenido la oportunidad de contactar con cientos de lugareños y, aunque no hayamos tenido tiempo suficiente para conocernos personalmente ni vernos cara a cara, estoy seguro de que seguiremos en contacto de perfil a perfil. 

Me traigo de mi viaje muy buenos recuerdos con forma de emoticono de corazón y un cúmulo de experiencias ajenas inolvidables.

Si no fuera porque estoy atado a mi mierda de realidad diaria, viviría en Instagram el resto de mi vida (si es que no lo estoy haciendo ya). 

ESQUELAS, EPITAFIOS Y OTROS MENSAJES DE AMOR

No sé si la cuestión vital que atormenta a la humanidad desde tiempos inmemoriales es saber quiénes somos, de dónde venimos o a dónde vamos. Ni tampoco si estamos solos en la galaxia o acompañados. Pero sé que la respuesta a la eterna pregunta está escrita en la página de esquelas de la prensa cada día, y para siempre en las lápidas de muchas tumbas de los cementerios de cada municipio, pueblo, aldea y pedanía del planeta.

Independientemente del número de años vividos y de la calidad de vida experimentada, quien se va al otro barrio expresa su particular agradecimiento por los servicios recibidos durante su estancia en este barrio en una frase memorable que pasa a los anales de la historia (anales, ¡qué palabra!).

A veces, el finado alude al pariente más cercano recriminándole su lejanía, o que, por exceso de cercanía, contaminó la relación familiar hasta lo insoportable. En otras ocasiones, es el jefe sobre el que recae el peso de la ira o es el esposo quien recibe el despecho del último aliento. El caso es que hay mensajes enviados desde el más allá a los del más acá que los hace tan eternos como eterno es el eco de la carcajada que provocan. 

El más conocido es el falso epitafio “Disculpe que no me levante” en la tumba del genial cómico Groucho Marx, o el elegido por Jardiel Poncela para su lápida del cementerio de Santa María en Madrid: “Si buscáis los máximos elogios, moríos”. O la frase con la que el viudo de Doña María del Carmen Iglesias avisaba en su esquela de prensa a los familiares de la hora y lugar de su velatorio: “Hermanos y familia que no se han preocupado en todos estos años, no se molesten en venir”.

Si llegamos al mundo llorando tras recibir un cachete en las nalgas, lo mejor es despedirse de él con la sonrisa que deja otra bofetada en todo el morro a quien más nos hizo sufrir. 

Como dice el refrán: “Tanta paz lleves como humor dejas” (o algo así).

NO ME DA LA VIDA

A las 6 de la mañana suena el despertador. Querría dormir cinco minutitos más pero, si me quedo en la cama, mi hija no desayuna. Salgo de casa sin maquillar. El coche no arranca. Llamo a un taxi: 25 euros. Dejo a la niña en la puerta del colegio camino del trabajo. Llego a la oficina. Saludo a Maite al entrar y ella baja la vista (es nuestra señal que indica el ambiente laboral que me espera, o sea, chungo). Rezo para no tener ninguna reunión un día como el de hoy. Me siento a la mesa de mi despacho. El jefe llama sin aún haber soltado el bolso. Pide un informe sobre la competencia. ¿Qué informe? ¿Qué competencia? Quiero hacer pis, pero el pis no sale. Llamo al ginecólogo. Tengo cita para dentro de tres semanas. ¡Tres semanas! Llaman del colegio de mi hija. Que se ha peleado con una compañera de clase y no es la primera vez. Que vaya a recogerla, que está expulsada de clase y a un tris de ser expulsada del colegio. Llamo a un taxi para ir al colegio: 14 euros. La niña no para de llorar. Cuando ella termina, empiezo yo. El director del colegio acude a consolarme. Qué bueno está. Dejo de llorar y mi hija empieza a reír. Suena el móvil. Mi jefe quiere el informe ya. ¿Qué informe?, pregunto yo. El de la competencia, responde él. Prometo que mañana lo tendrá a primera hora en su mesa. Él sabe que es mentira, yo sé que es mentira. Dan las nueve de la noche. La cena está sin hacer. Suena el teléfono móvil. Es mi exmarido. Quiere cambiar los días del turno del mes que viene de custodia compartida de la niña, que tiene un viaje a Paris y las fechas coinciden. Le digo que por mi parte no puede ser, que tengo mucho lío en la oficina y que hay que cumplir los acuerdos de divorcio. Aunque podría ceder a su petición, le digo que no (que se joda). Mientras hago la cena, pregunto a mi hija si su director está casado. Dice que no, que de esas cosas no sabe. Su respuesta me alegra lo que queda de día. Me acuesto soñando que aún hay esperanza para reencontrar el amor, que el amor aparece cuando menos te lo esperas y que si tiene forma de director de colegio es porque tiene que ser así y que hay que aprovechar lo que viene.

A las 6 de la mañana suena el despertador y ya estoy maquillada. Seré la primera madre en llevar a su hija al colegio. Lo del informe sobre la competencia… ya si eso, mañana o pasado mañana.

¿POR QUÉ GUARDAMOS LIBROS?

El saber ocupa lugar. Lo sé porque los libros en casa ocupan más espacio que cualquier otra cosa. Más incluso que la ropa de invierno y, viviendo en Segovia, eso significa tener mucha ropa.

Todo el conocimiento de la humanidad está recogido en las páginas de los millones y millones de publicaciones editadas desde que en el año 1440 el orfebre alemán Gutenberg creara la imprenta en su ciudad natal. A pesar de no haber vivido en plena edad media, haber sufrido el crack del 29 o experimentar el horror del Holocausto, conozco lo que no conocí porque lo he leído en los libros. Da igual que haya ocurrido hace tres días o trescientos años, todo está en los libros.

Puede que la clave para comprender lo incompresible del momento actual esté en el conocimiento que ofrecen las páginas de un libro. Estoy convencido de que todo lo malo (y lo bueno) que sucede a cada lector que lea ahora mismo estás líneas, sucedió a otros lectores que supieron escribirlo y ponerlo en negro sobre blanco en las páginas que después formaron un libro y parte de una biblioteca.

Desde que el ser humano es humano, vivimos los mismos acontecimientos en distinta época con poca diferencia entre sí ya que nadie se molestó en leer lo que sucedió al prójimo con anterioridad porque pensamos que lo que nos pasa a nosotros es lo más importante del mundo (y casi siempre, lo único).

HACE UN CALOR QUE TE TORRAS

A veces pienso que el cambio climático es un plan secreto pergeñado para colonizar los polos. Debido a que el ser humano no cesa en su empeño de follar por follar, el fruto del intercambio de fluidos tiene como consecuencia el crecimiento desproporcionado e insostenible de la población. Y claro, la superficie habitable se nos ha quedado pequeña tras décadas de lujuria, fornicio y desenfreno. Por lo tanto, es necesario acaparar más espacio y el único a mano está en los extremos del planeta (que no son a la ultraderecha ni a la ultraizquierda, sino arriba y abajo).

Intuyo que el propósito viene de lejos. Concretamente desde el día en el que Neil Amstrong pisó la luna y dijo aquello de “Aquí no hay quien viva” pero la N.A.S.A. tradujo por “Un pequeño paso para un hombre, un gran paso para la humanidad”.

Por eso, ante la dificultad económica que supone llenar la luna de seres humanos y la falta de perspectivas de abandonar la costumbre del placer coital, lo más fácil es llenar de habitantes los casquetes polares (la palabra casquete está usada intencionadamente). 

La estrategia tiene una formulación perfecta: para derretir la corteza polar, y de este modo transformarla en suelo urbanizable, nada mejor que aumentar el calor corporal para romper el hielo en las relaciones y pasar del “hola, ¿estudias o trabajas?” al “¿Por delante o por detrás?”. 

Que el ser humano no tenga remedio es algo que sabíamos desde la Edad Media (incluso antes), pero que el remedio sea acabar con la escasa belleza que nos queda en el planeta tierra, es algo que aún hoy se escapa al entendimiento.

Estoy plenamente convencido de que sólo pensamos en follar por follar porque todo nos importa una mierda (especialmente el cambio climático). 

PEQUEÑOS DOLORES INGRATOS 

Madrugar de lunes a viernes. Desvelarse en mitad de la noche. No encontrar las llaves de casa en el bolso. Aguantarse un estornudo. Romperse una uña. Qué se vaya la luz. Que al móvil se le acabe la batería. Pedir dinero prestado. El retraso de un vuelo cuando sales de vacaciones. La caña sin pincho. Que te inviten a una boda (o peor, a una comunión). La declaración de la renta a pagar. Sentir una mano helada en la espalda. Una espinilla. Perder el tren (en el sentido literal y también en el metafórico). Recibir un regalo que no te agrada recibir. La sopa fría y el gazpacho caliente. El vino picado. Salir en una foto con los ojos cerrados. Extraviar las gafas de ver. Quemarse la piel por el sol en verano. Esperar a quien llega tarde. Ir al cine a ver una película y que ya no esté en cartelera. Romper el tacón de los zapatos de tacón. Cortarse la yema de los dedos con el filo de un folio de papel. La moto no arranca. La leche caducada. La cola del supermercado. Una carta de hacienda en el buzón. Que te toque ser presidente de la comunidad de vecinos. Una picadura de mosquito. Tu jefe. Pisar una caca de perro. Que el coche no pase la ITV. Coincidir con tu ex en un cumpleaños de un amigo común. Un escalofrío. Un tirón en el gemelo de la pierna derecha. Que se rompa el tapón de corcho al abrir el vino. El ruido de las palomitas en el cine (si aún queda algún cine abierto). Recibir la llamada de una operadora de telefonía para hacerte una oferta. El ascensor no funciona. Una gotera en casa. Una gotera provocada al vecino. Pinchar la rueda del coche. Un tomate en el calcetín o una carrera en la media. 

Escribir un articuento como este y que nadie lo lea. 

QUE VIENEN LOS ROLLING

Los Rolling Stones comienzan su enésima gira mundial celebrando un concierto en Madrid para celebrar 60 años dando conciertos por todo el mundo. 

El sobrenombre de “satánicas majestades”, más que un apodo, describe a la perfección el hecho de haber vendido su alma al diablo a cambio de dar saltos sobre un escenario a una edad en la que otro ser humano está dando tumbos en una residencia asistida. 

Por lo visto, quedaron entradas disponibles para su presentación internacional en el estadio Metropolitano que tiene capacidad para 68.000 personas. Pero teniendo en cuenta que un artista de moda con apenas 20 años de vida tiene serias dificultades para lograr reunir a 500 personas en un espectáculo en directo, el atrevimiento de reunir a 45.000 en un estadio me parece otra hazaña más propia del demonio que de un angelito pop (lo que justifica aún más el apodo diabólico de los viejos rockeros).

De la formación primigenia, nacida cuando no habían nacido ni los padres de los padres del reguetón, el trap o el phonk, solo sobreviven tres miembros que estuvieron de cuerpo presente mostrando durante más de dos horas la satisfacción de seguir en este mundo, aunque los componentes que se fueron antes sigan siendo inmortales para quienes continuamos con la capacidad auditiva en perfecto estado.

Los temas de las letras de las canciones de los Rolling Stones no tienen nada que ver con los temas de las letras de las canciones de Rosalía, aunque reconozco que se entienden mejor sin tener ni idea de inglés que las que canta en castellano Rosalía. Unas hablan de la insatisfacción de vivir y las otras de hacer realidad los sueños (en eso coinciden, salvando las distancias, claro). Supongo que será porque ambos artistas desean que su público cante al unísono sus estribillos. Aunque unos prefieran hacerlo a través de la pantalla del móvil y otros sigan empeñados en verles la cara mientras lo hacen, tal y como se hacía a mediados del siglo pasado. Larga vida a la música.

EL DINERO DA LA FELICIDAD Y MUCHA

A menudo reflexiono sobre la siguiente idea: el dinero no da la felicidad.

Supongo que usted también dedicará gran parte de las horas del día a pensar en esta misma idea (concretamente desde las 7.00 o las 9:00 hasta las 14:30 o las 18:00, dependiendo del tipo de jornada laboral).

El creador de la frase “el dinero no da la felicidad” expresó en seis palabras su concepto particular del coste de la vida (de la suya, quiero decir), ya que no especificó la cantidad de dinero a partir de la cual se alcanza el umbral de la felicidad. Y quien fuera el autor de esta frase, probablemente también sería millonario. Y si era millonario, lo seguirá siendo ya que según leí esta mañana en la prensa el beneficio de los millonarios creció en el último año de modo proporcional a lo que creció la pobreza de los pobres. Es decir, los primeros multiplicaron su riqueza y los segundos su miseria.

Por otro lado, todo lo que afirme, niegue o confirme sobre todo lo que proporciona el dinero será únicamente por todo lo que he oído, he leído o he visto sobre él, ya que mi relación con las finanzas es tan compleja como es la relación del agua y el aceite. Es decir, cuando llega a mis manos, o se me escapa entre los dedos o resbala de mi cuenta corriente. 

En conclusión, que pertenezco al alto porcentaje de personas que ha visto incrementar su miseria en la misma proporción que la riqueza de espíritu. Lo malo es que el espíritu no sirve para llenar la nevera ni para llenar el depósito del coche ni para llenar de vida la vida. Lo único que llena el espíritu es la esperanza de que algún día un poco de dinero no quite la felicidad a quien nunca lo tuvo antes.