Categoría: Sin categoría

PARADA BIOLÓGICA

Escucho en una emisora de radio de mi pequeña capital de provincias que la explotación del pino resinero tiene una parada biológica anual de tres meses. A pesar de vivir en una tierra sembrada de pinos, desconocía que existiera una parada biológica trimestral para pinos y pinas (también desconozco si los árboles resineros tienen género).

Desde mi ignorancia tan grande como la copa de un pino, supongo que durante 90 días al año los pinos paran de crecer, paran de exhalar resina y paran de dar sombra a pastores y pastoras (en este caso, sé que el pastoreo tiene género).

Los árboles de mi tierra de pinares siempre han sido generosos con la humanidad que les rodea. Desde época romana, han obsequiado sus preciadas posesiones al bien común, tanto al imperio de antes de Cristo (cuando España no existía en el mapa) como a los invasores napoleónicos, a la fotógrafa Gerda Taro e incluso al mismísimo Arnold Schwarzenegger cuando estuvo rodando su película Conan, el Bárbaro hace 38 años por los montes de Valsaín.

Gracias a la resina que brota como savia de sus troncos liquenados, miles de familias han sobrevivido durante décadas. A sus pies, brotan cada otoño millones de níscalos como setas. Y sus ramas secas por el otoño calientan en invierno los hogares más necesitados de calor (del calor humano también).

Por estas razones, es necesario respetar el descanso trimestral de los árboles autóctonos. Se lo han ganado tras 9 meses trabajando día y noche incansablemente y sin exigir remuneración a cambio, exceptuando la recibida por la luz del sol, la lluvia imprevista y los alisios del noreste que abrazan la pineda.

En solidaridad con los pinos de mi tierra, también me declaro en parada biológica (a mi manera, claro). Mi parada biológica se reduce a pararme primero a pensar antes de tomar una decisión, a parar de hablar de aquello de lo que quizá no sepa tanto y a parar de escuchar a quien aporta poco o nada a mi naturaleza de ser humano curioso y crítico con el medio ambiente que le rodea (y también con el otro medio).

Lo bueno de vivir entre pinos es que acabas pareciéndote a uno de ellos, aunque también se acabe rodeado setas (y algunas sean venenosas).

MORIR DE AMOR

Estoy enamorado de una mujer que lleva mascarilla. Yo también la llevo, pero desconozco si el sentimiento que me invade es compartido como lo es el hecho de llevar mascarilla (ella la suya y yo la mía, aclaro).

Llevar mascarilla no exime del acto del enamoramiento ni tampoco obliga a ello. Del mismo modo, la Ley 13/2005, de 1 de julio, del matrimonio igualitario no obliga a casarse a las personas del mismo sexo que estén enamoradas ni la Ley 30/1981, de 7 de julio, del divorcio obliga a divorciarse a quien esté casado sin estar enamorado. Por la misma razón, tampoco un anuncio protagonizado por Bruce Lee obliga a nadie a comprarse un coche BMW, ni conducir un BMW implica ser un maestro en las artes marciales. 

La emoción que me subyuga en silencio y siento fervorosamente por la mujer que lleva mascarilla no está determinada por su mascarilla o por llevar yo la mía. La obligación de llevarla en lugares públicos nos afecta a ambos y eso hace que sea dificultoso declararnos mutuamente (en el caso de que ella sienta lo que siento yo, cosa que dudo mucho ya que nunca nos han presentado).

En los días que vivimos, la supervivencia del afecto está supeditada a la mera supervivencia como seres humanos. Parece una verdad de Perogrullo, pero no hace demasiado tiempo los afectos no correspondidos de grandes poetas del romanticismo se anteponían a la supervivencia y enviaban todo a la mierda al tiempo que se enviaban a sí mismos al otro barrio de un tiro en el pecho (apuntando directamente al corazón, como no podía ser de otra manera).

Con esto no quiero decir que admire la actitud dramática de los grandes literatos de comienzos del siglo XIX. Aunque tampoco la repudio, allá cada cual con la interpretación de las decepciones. Lo que quiero decir es que tendré que esperar a que el uso de la mascarilla no sea obligatorio para expresar cara a cara lo que me impide la mascarilla y contagiar de emoción lo que ahora infecta mi raciocinio.

Sólo espero que ella esté pensando lo mismo de mí en este preciso instante y en el caso de que esté leyendo este articuento. Me muero de ganas de saberlo (metafóricamente hablando, claro).

UN PEQUEÑO INCISO

La vida es la suma de incisos. Son tan minúsculos que se cuelan en las grietas de la cotidianeidad. Lo hacen sin pedir perdón ni pedir permiso. La excusa de su tamaño les permite hacerse hueco en cualquier conversación sobre cualquier tema en cualquier momento y en cualquier lugar.

A pesar de no recibir invitación, los incisos aparecen de improviso en todo evento público acompañados del adjetivo «pequeño», como si acudieran de etiqueta a una recepción monárquica de rancio abolengo o a un baile de gala en una embajada de un país caucásico.

Su estrategia de incursión es similar en todos los casos. En primer lugar, un pequeño inciso hace acto de presencia sin venir a cuento. Seguidamente, escudriña el terreno en calidad de oteador. Y por último, si el horizonte se muestra despejado (había escrito «si no hay moros en la costa», pero lo he tachado para que no me acusen de xenófobo), da paso al resto de pequeños incisos. En cuestión de milésimas de segundo, un ejército de pequeños incisos invade la conversación desmontando los temas de profundo calado y mayor trascendencia para apoderarse sin remilgos del asunto que mantiene unidos a los contertulios y lograr entre ellos la confrontación inevitable.

Por el contrario, los denominados grandes incisos no tienen cabida en ningún diálogo habido y por haber. Si el inciso supera la dimensión estándar de la genética del inciso, la mutación deriva en un tema concreto con vida propia y autonomía representativa sin oportunidad para el incisivo inciso (perdón por la cacofonía).

El tema del independentismo catalán comenzó siendo un pequeño inciso y mira la que se ha liado a día de hoy. Actualmente es una materia que ocupa más espacio del que debería, aunque por suerte y con el transcurrir de los años está volviendo a ser un simple inciso dentro de un panorama social donde hay otros asuntos más importantes para la inmensa mayoría de personas como usted y como yo (y para millones de catalanes y catalanas) que además de tener preocupaciones reales, buscan soluciones eficaces de profundo calado y mayor trascendencia. 

De otros pequeños incisos hablaré otro día, que hoy tengo varios incisos laborales perentorios que atender antes de que su tamaño aumente y no haya tiempo ni lugar para sonreír a la vida que es lo verdaderamente importante (y en realidad lo único urgente).

ANTE LA DUDA, SONRÍA.

Reír es saludable. No lo digo yo. Lo he leído esta mañana en un anuncio de prensa de una clínica dental, y me ha salido una carcajada de tal sonoridad que ha despertado a mi gato que dormitaba espanzurrado en el sofá.

Que el sentido del humor mejora la calidad de vida está fuera de toda duda. De hecho, está tan afuera que casi nadie invita al humor a entrar en su vida. Si no se hace, no es porque no se quiera. Sino por la presencia de la duda que acompaña al humor y que le obliga a mirar hacia otro lado como si la duda no fuera con él.

Todo el mundo sabe que la duda inquieta de tal manera que espanta. Estar entre “Pinto y Valdemoro”, entre el “que sí y el que no”, el «ya le llamaremos», el “no sabe no contesta”, el “silencio administrativo” y el “quien calla otorga” es algo que agota a cualquiera.

Si la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma, la duda por el contrario ni construye ni destruye, sólo genera más duda.

La incertidumbre (prima hermana de la duda) es circunstancial. A diferencia de la duda, la incertidumbre puede disminuir. Pero la duda, una vez sembrada, sólo puede crecer. Para alcanzar la madurez, únicamente necesita el terreno adecuado y cantidad de agua suficiente. Metafóricamente hablando, el terreno podría ser una mente sin interés ni curiosidad y el agua sería escuchar incoherencias procedentes de bocas melladas por el resentimiento. Así es como un carácter melifluo zarpa a navegar en un mar de dudas y termina encallando en un arrecife de ampulosidad y aburrimiento (insisto en el uso de metáforas).

Por eso, es mejor reírse de la vida y obviar todas las dudas que plantea el hecho de vivir cada día (y cada noche). Si hay risa hay salud y la salud es lo único que importa, de eso no cabe duda.

Aquí les dejo este pensamiento dominical para que le den una vuelta a lo largo del día festivo de hoy.

Seguiría aportando razones para despejar la duda sobre el valor terapéutico de la risa, pero mi gato demanda mis caricias y eso también es tremendamente saludable (tanto para él, como por supuesto, para mí).

GORDOFOBIA

El término gordofobia no está reconocido en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. Aunque tampoco es de extrañar que, viendo la lentitud con la que responden los académicos a la actualización de sus sillones en lo que a igualdad de género se refiere, tengan a bien incorporar un término nuevo a su diccionario flaco en modernidad. 

Pero por ser un término no recogido en el diccionario, tampoco quiere decir que el fenómeno no exista en la sociedad ni que su verbalización sea prácticamente nula.

El mundo en el que vivo (que también es el suyo, estimado lector/a), está bombardeado insistentemente de mensajes que nos obligan a estar tan delgados físicamente como intelectualmente. Y no sólo me refiero al mundo analógico con sus vallas publicitarias, sus spots televisivos y sus páginas de prensa rosa (amarillenta, mejor dicho) que engordan contenidos con mensajes adelgazantes. También me refiero al mundo digital que cubre las pantallas con sus banners, sus landing pages y sus pop-ups también ahitados de indigestos lemas, eslóganes y palabras tan huecas como el agujero de un Donut.

Comer es imprescindible para la supervivencia. No es la primera necesidad, ni la segunda, ni siquiera la tercera, pero para algunos líderes y lideresas mediáticos de opinión unipersonal es algo que debe hacerse tal y como opinan ellos, aunque ninguno sea necesariamente dietista, endocrino, nutricionista ni mucho menos médico de cabecera con título obtenido por correspondencia.

La ingestión alimentaria más nutritiva y saludable para cuerpo, alma y mente es la lectura. Sólo a través de ella se logra adquirir un estado crítico de salud integral que permite discernir entre alimentos beneficiosos y los predicadores perjudiciales (por no usar la palabra vomitivos).

De este modo, términos como “gordofobia” sólo estarían presentes en el diccionario de modo testimonial y no en los testimonios y opiniones sin valor nutricional para el intelecto de ningún ser humano.

Un último consejo vitamínico: mastiquen bien antes de tragar todo lo que vean sus ojos y la digestión será más llevadera.

EL PERRO DE MI PERRO

Si creyera en la reencarnación, me reencarnaría en el perro de mi perro.

Salir juntos a pasear tres veces al día. Que me acariciase la barriga con las almohadillas de su pata derecha mientras meneo el rabo mostrando placer infinito. Ladrar con la ternura con la que sólo ladran los perros al verle llegar a casa tras una dura jornada de trabajo (en el caso de que fuera rastreador, ovejero, lazarillo o desactivador de explosivos). Seguiría sus pasos cuando entrase en cada habitación (incluyendo cuando va al cuarto de baño a hacer lo que se hace cuando se va al cuarto de baño). Que me lance una pelota de tenis y salir corriendo a recogerla para depositarla después a sus patas y que vuelva a lanzarla aún más lejos y salir corriendo nuevamente a recogerla para depositarla otra vez junto a sus patas y que vuelva a lanzarla (y así sucesivamente).

Si fuera el perro de mi perro, la responsabilidad de cumplir con mi domesticación se limitaría a realizar mis necesidades fuera de casa, evitar husmear a las visitas intentando descartar los motivos que incitan a restregar mi entrepierna sobre sus piernas, ofrecer miradas de ternura a la espera de recibir parte de la misma comida que él come, gruñir al mensajero de Amazon o al chico de Telepizza o a quien ose llamar al timbre de la puerta, superar la tentación de mordisquear las chanclas en verano o las zapatillas de deporte o cualquier otro calzado que encuentre a mi alcance… y, sobre todo, lamer su mejilla como expresión recíproca de afecto.

Siendo el perro de mi perro, sentiría todo el cariño que sólo un perro sabe dar a otro ser vivo (incluso si se trata de un ser de la misma especie). Por eso, no entiendo cómo los humanos insultan a su prójimo llamándole despectivamente «hijo de perra» si ningún animal es capaz de dar más amor a un humano que un perro.

Aunque sólo fuera por un día, tanto mujeres como hombres deberíamos ser el perro de un perro. Serviría para tomar conciencia del significado de dar amor sin condiciones, exigencias, ni imposiciones. Es una experiencia que únicamente disfrutan quienes comparten sus días de vida de persona con los días de vida de un perro en lugar de hacerlo con un «hijo de humano». 

ESTÚPIDOS ASINTOMÁTICOS

Hay una frase que dice que el éxito tiene mil padres y el fracaso es huérfano.

Desconozco al autor de este aforismo en cuestión. Hay quien se lo atribuye al presidente estadounidense Abraham Lincoln, otros al escritor Mark Twain, también al economista Arthur F. Burns e incluso al mismísimo Confucio. Llegados a este punto, hay que dejar claro que no hay nada más desconcertante que sentenciar el éxito masivo de una frase con un ejemplo de frase atribuida a mil padres.

El caso es que la famosa frase va pasando de boca en boca (literalmente hablando) y nadie se decide a poner la mano en el fuego para otorgar la veracidad de la misma a ninguno de los autores anteriormente mencionados. Y si nadie lo hace, no es porque no quieran, sino por no quemar sus ahorros en una demanda sobre el pago de derechos de autor (además de quemarse las manos previamente, claro).

 Vivimos en un mundo en el que hay tanto reparo a ser inteligente como a parecerlo. Basta como ejemplo acudir a un estamento publico para darse cuenta del perfil bajo de muchos de sus trabajadores. Cuando hablo del perfil bajo no me refiero a su altura física, sino a la escasa altura de sus conocimientos que contrasta notablemente con la incompetencia sin medida que demuestran en la resolución de cuestiones que afectan a la ciudadanía y constituyen la base fundamental de su función como funcionarios públicos (perdón por la cacofonía).

Lo peor es que nadie se queja, ni presenta reclamaciones, ni manifiesta indignación públicamente (ni usted, ni tampoco yo mismo). Al contrario, justificamos la actitud del funcionario de perfil bajo como «algo normal» o «algo que siempre ha sido así». Por lo tanto, nunca se termina de solucionar nada, ni mejorar nada, ni progresar en nada de nada. Se impone el silencio administrativo que se extiende al conjunto de la sociedad. Supongo que será así porque es preferible estar callado y parecer estúpido que abrir la boca y disipar las dudas. Esta frase no la digo yo, la dijo en su momento Mark Twain, o quizá fue Confucio, o quizá la dijera Marx (Groucho).

Puede que únicamente los dichos y frases del refranero ofrezcan un rayo de luz en la oscura mediocridad que nos rodea. Llámenlo sabiduría popular. Yo prefiero llamarlo estupidez colectiva.

CUANDO ZARPA EL AMOR

El otro día, mi mujer me preguntó qué pasaría si la dejase de querer. Te darías cuenta, respondí melosamente sin percatarme de estar pisando una conversación de arenas movedizas. ¿Y de qué modo me daría cuenta?, inquirió nuevamente de modo incisivo. Que te dejaría de besar, dije yo para salir del paso. Entonces ya sé cuándo vamos a dejar de ser matrimonio, dijo ella. ¿Cuándo?, pregunté muy intrigado. El día en el se nos acaben los besos, respondió convencida. ¿Acaso sabes el número exacto de besos que quedan por darnos?, volví a preguntar aún más intrigado si cabe. Sí, lo sé, respondió categóricamente.

Como soy de letras puras y mi mujer de ciencias puras, las conversaciones sobre letras me ponen a cien. En cambio, las conversaciones numéricas no me ponen nada de nada, que es lo mismo que decir que me excitan cero pelotero.

Sin embargo, a ella los números se le dan de maravilla desde que tuvo uso de razón. Cuando cumplió la edad de “la niña bonita”, tuvo a su primer novio. Contrajo matrimonio por primera vez con “los dos patitos”. Y al llegar a los 25, me eligió para sus segundas nupcias. No sé si lo hizo por amor, o por hacer la rima con un hombre de letras más experto en versos endecasílabos que cualquier matemático honoris causa.

El caso es que su nivel de acierto con el número de besos que conlleva cada relación amorosa, me ha hecho pensar en la cifra de besos que me quedan por dar (y recibir) antes de agotar el cupo de nuestro amor.

Estoy convencido de que ella lleva la cuenta de los besos que nos hemos dado desde aquel primer ósculo con el que sellamos nuestra relación cuando ella cumplió 25 años. También estoy completamente seguro de que sabe la cifra restante y, por consiguiente, del tiempo de felicidad como matrimonio a partir de hoy.

Lo que no sospecha es que nunca hay dos besos iguales. Ni que un beso vale como otro, ni tan importante es el beso en sí como el momento en el que se ofrece. Por ejemplo, no es lo mismo el beso entre Leonidas Brezhnev y Erich Honecker en 1977 que el beso de Judas a Jesucristo en el huerto de Getsemaní. O el beso entre John Lennon y Yoko Ono inmortalizado por el ojo fotográfico de Annie Leivowitz y la leyenda tras el Mors Osculi.

Por si acaso, he restringido el número de besos con mi querida esposa. Lo hago para que cada beso que nos demos cuente sólo como uno. Aunque en realidad cada beso que le doy vale por cien. (Por favor, guárdenme el secreto. La perdurabilidad de mi matrimonio está en juego).

LA VIDA ES POSTUREO

No hay palabra que intranquilice más que escuchar la palabra «tranquilo» al inicio de una conversación telefónica que irrumpe en el descanso a altas horas de la madrugada.

Tampoco hay nada más difícil de abrir que el «Abre fácil» de un tetrabrik de leche de una empresa de marca blanca (tan blanca que casi es transparente, la leche, quiero decir. La empresa nunca es transparente).

Del mismo modo, no existe información más confusa para huir del interior de El Corte Inglés que seguir las indicaciones de la señalética que marcan la dirección de salida.

Vivimos rodeados de toda clase de mentira disfrazada de verdad. Una entidad (pública o privada) o un ser incompetente es un mentiroso compulsivo que usa el engaño para ocultar lo que es en realidad. El uso de la farsa se justifica en el miedo del farsante para afrontar la verdad que se espera de su palabra, obra y pensamiento (pero que nunca fue, no es y jamás será).

Estoy convencido de que conocerán algún ejemplo de persona que coincida perfectamente con esta descripción. Puede que incluso sea usted uno de ellos (o de ellas, ya que la mentira no distingue entre géneros). Tampoco se me ofusque si se identifica con quien lo sufre. Ni se ofenda si se reconoce como quien hace sufrir y se da cuenta en este preciso instante porque nadie tuvo la osadía de decírselo a la cara antes de leer estas líneas.

Cada uno es como es. Y alcanzada cierta edad, no hay marcha atrás ni redención posible para lo que se dice o hace. Tampoco la hay para lo hecho o aquello que no se dijo o se dejó de hacer. Por lo tanto, seamos sinceros por una vez en la vida y dediquemos las lamentaciones a los muros digitales de las redes sociales. Asumamos para siempre y sin rubor que la estupidez es la actitud dominante, que la mediocridad acaba triunfando, que la pantomima es el modo de entendimiento y que aquí paz y después gloria (por este orden).

Al final convivimos con la mentira como me temo que tendremos que convivir con el virus de la Covid. Nos costará tiempo acostumbrarnos, pero ya llevamos casi un año llevando la mascarilla a diario y hasta yo mismo he aprendido a mentir con ella puesta sin que mis ojos me delaten. La vida es postureo.

GEMÍNIDAS

Según la Wikipedia, las gemínidas “son una lluvia de meteoros de actividad alta”.

Sé lo que es una lluvia de meteoros, pero con el concepto de actividad alta me pierdo. Supongo que la actividad será alta porque los meteoros están en las alturas. Pero si la acepción del adjetivo “alta” hace también referencia al movimiento incesante, la actividad será a su vez doblemente activa (especialmente por hacerlo desde una posición elevada).

Vengo a hablar de este tema precisamente hoy, día de San Valentín, porque estoy enamorado de una mujer por su actividad. Se trata de mi jefa. No es que esté enamorado de ella por ejercer de jefa, sino por la energía que emana de su figura y que percibo como nadie de mi entorno laboral.

Además de ser mi jefa, también es la jefa de todos los jefes y supervisores de la compañía. Por lo que su actividad es alta, es decir, por partida doble. Tanto por su movimiento incesante (viaja mucho), como por su posición elevada (tiene un cargo de mucha responsabilidad), se podría decir que es una gemínida celestial.

No sé si ella es consciente de lo mucho que me gusta. Porque de ella me gusta todo. No sólo su brillantez en la gestión empresarial, sino también el brillo de sus ojos, el brillo de su pelo y el brillo de sus labios acarminados. Incluso me gusta aún más por la estela de perfume que deja en el ambiente a su paso fugaz por el pasillo que hay junto a mi puesto de contable. Creo que esa estela invisible aromatizada es la prueba irrefutable de que es un meteoro de categoría tan grande como la categoría de estrella gigante que es Júpiter dentro del sistema solar.

Mi mejor amigo, que sabe de mi ceguera amorosa provocada por la sobreexposición directa y continuada a la luz que desprende, dice que no es amor, que sólo es la erótica del poder que me nubla la vista y otros sentidos como el olfato. Pero yo le contradigo. Argumento que el modo de dirigirse al comité de consejeros delegados de la compañía demuestra fehacientemente que sus palabras son meteoritos a punto de impactar contra planetas inertes. La insistencia de mi amigo en subrayar su postura contrasta con la mía que se reafirma aún más a medida que pasan los días, las semanas y los meses.

Puede que mi corazón tenga razones que la razón no entienda. Solo el tiempo dirá si vuelvo a tropezar en la misma piedra, aunque la piedra sea un meteorito, como este caso. Cuando suceda, el Armagedón emocional será inevitable.