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JUECES O ENRIQUECES

El sistema judicial en España es una cocina donde se preparan los platos de un menú que pretende gustar a todo el mundo por igual, pero que unos paladean y a otros atraganta. 

No voy a poner aquí y ahora en tela de juicio el papel de la justicia (disculpen el chascarrillo, pero me venía a huevo). Y no lo haré porque ni soy licenciado en derecho procesal, civil, ni penal o mercantil ni en nada que se le parezca. Al contrario. Desde mi insondable desconocimiento alabo y alabaré la justicia siempre que sea justa del mismo modo que siempre alabo el deporte cuando hay deportividad sin tener la menor idea de quién preside el TSJ o quién preside el PSG. 

Como ciudadano de a pie, mi postura se yergue ante la justicia por confiar en que sea justa y mi posición ante el deporte es confiar en que exista deportividad. Si no fuera así, ni lo uno ni lo otro serían lo que son. Es decir, serían otra cosa. Y como otra cosa que serían, se nos deberían explicar porque aquello que no es lo que parece merece una explicación. Esta es la razón por la que aún no entiendo las leyes que rigen el fútbol fuera del terreno de juego ni las leyes que juegan dentro de los despachos y bufetes.

En cambio, lo que sí entiendo es que haya últimamente mucha gente quemada tras cocerse algunas decisiones judiciales que afectan a unos pocos que es lo mismo que decir que nos afectan a todos. Puede que sea porque a la interpretación de las leyes les pasa lo mismo que a la interpretación de un eslogan de un anuncio de pastillas de caldo, es decir, que vale tanto para hacer publicidad como para dar título a este articuento. Qué mundo más raro.

PSIQUIATRA

No tengo psiquiatra, ni falta que me hace. Mi diván es un papel en blanco sobre el que expreso a tinta de bolígrafo Bic lo que sucede dentro de mi cabeza. A veces lo hago de forma fina y uso el Bic Naranja, y otras lo hago de forma normal y uso el Bic Cristal. 

Dicen que acudir al psiquiatra una vez al mes (como mínimo) ayuda a mantener a raya las emociones que se tuercen. En mi caso particular, cuando los renglones de lo que escribo se tuercen, corrijo la línea trazando una nueva sobre un papel distinto. Y funciona. Puede que sea por eso por lo que el problema no esté en la inclinación de la línea, sino en el papel sobre la que se trace.

De niño, solía dar inicio a una frase en perfecta caligrafía. A medida que avanzaba la escritura, que es lo mismo que decir que a medida que se incrementaba el contenido de cada frase, el encorvamiento de la oración modulaba su destino hacia abajo. Nunca supe si era debido a la fuerza de la gravedad que siempre reclama lo que es suyo, al peso de los adjetivos que varían en función del sustantivo al que van asociados o porque el destino caprichoso declinaba mostrar su apoyo a todas y cada una de las palabras que conformaban el sujeto, el verbo y el predicado.

Con el paso de los años (o gracias a la experiencia vivida en cada uno de los 365 días de cada uno de ellos), he terminado por resignarme al poder indiscutible de la gravedad, a reconocer el valor del peso de cada gramo de todas y cada una de las letras que componen un adjetivo y, sobre todo, a asumir la mayor declinación que existe en cada frase y que no es otra que el orden de los factores alterando el producto tal y como lo altera en un argumento la colocación del verbo, el sujeto y el predicado.

Digo todo esto porque con la redacción de este articuento, que he escrito a mano sobre papel en blanco con un bolígrafo Bic Naranja, me he ahorrado las tres sesiones de psiquiatra de los próximos tres meses. Estoy feliz.

BARRIENDO PARA CASA

Cada cuatro años, hago limpieza de sentimientos. Me pongo el delantal y con aspiradora en mano voy dejando cada rincón del alma sin rastro alguno de emociones corrosivas. 

Debería aumentar la frecuencia temporal de barredura para expeler el incremento de aquellas emociones tóxicas que crecen exponencialmente a pasos agigantados, pero mis horas de convenio laboral son las que son y mis energías también son las que son (especialmente cuando se supera el medio siglo de existencia existencial, perdón por la cacofonía formal).

Procuro que la época de higiene íntima sentimental coincida con las fechas electorales al Congreso de los Diputados. No es casualidad ni azar. Es intencionado. Al tiempo que paso la fregona realizo recuento de votos a favor o en contra de la permanencia del número de afectos candidatos a conservar su butaca en el hemiciclo de mi corazón o a salir de la lista de posibles cargos con responsabilidades de seguir mal gobernando mis actos a corto y medio plazo. 

La jornada de reflexión previa al barrido de toda emoción contaminada la dedico a valorar exhaustivamente el nivel de progreso y progresismo de todos y cada uno de ellos, así como su origen, desarrollo y crecimiento desde su llegada al poder (y control) de mi vida. Una vez finalizada la fase de recuento, lo que queda es un programa electoral de propuestas de mejora digno de cumplir cada día de cada semana del resto de mis años incluyendo domingos y festivos (aunque no se trabaje como si hubiera que hacerlo).

Y si al final del mandato he cubierto un diez por ciento de las expectativas, me daré por satisfecho y en plena disposición a abrir toda puerta giratoria que se abra a mi paso. En el fondo soy un animal político. 

SUTILES MANIOBRAS

La relación epistolar de Kafka con su novia Felice Bauer revela la relación insondable entre ambos que, si hubiera que definir, el propio término kafkiano se quedaría corto. 

En una de las cartas escritas en 1912 por el novelista austrohúngaro a su prometida, reveló: “el tiempo es breve; mis fuerzas limitadas; la oficina, un horror; el apartamento, ruidoso; así que llevar una vida placentera es imposible, uno debe tratar de sobrevivir mediante sutiles maniobras”. 

Para Kafka, el acto de escribir era la maniobra sutil que le permitía ser kafkiano en el sentido literal de la palabra Kafka (es decir, ser él mismo) y no en el sentido que se le ha dado a posteriori por las situaciones que describió en sus novelas o el carácter de sus personajes. 

La metamorfosis que sufrimos tanto usted como yo varias veces al día nos fuerza a mutar los placeres de la vida en favor del horror de la oficina, la inexorable brevedad del tiempo, la irremediable limitación de las fuerzas y el ensordecedor ruido del vecindario. Todo ello nos arroja a la búsqueda de alternativas que compensen el daño infligido y den sentido a cada instante al mismo tiempo que compense el espacio vital restante. 

Habrá quien lo halle en asistir cada domingo al estadio de fútbol para animar a su equipo (y desanimar al contrario), quien haga mil y una abdominales en el gimnasio o quien se dedique apasionadamente a la lepidopterología como Vladimir Navokov o al horneo de pasteles como hacía Emily Dickinson entre verso y verso.

Desconozco el motivo por el cual la Real Academia Española de la Lengua define el término kafkiano como “dicho de una situación absurda o angustiosa” cuando debería definirse como “dicho de todo aquello que hace soportable todo aquello que no lo es”. Aunque pensándolo bien, puede que ambas definiciones sean correctas (especialmente para Frank Kafka). 

MOMENTOS Y MONUMENTOS

El empeño de muchos en permanecer en el futuro cuando lo importante es estar presente en el presente, sólo conduce a no estar en ningún lugar (ni en el espacio ni en el tiempo). 

Quienes consideren malgastar su día a día en hallarse a sí mismos donde aún no hay nadie o donde lo hubo, deberían ser conscientes de que el futuro no existe del mismo modo que en el pasado sólo habita el recuerdo (si hay suerte y la memoria lo permite).

La insistencia por vivir más allá que acá no es nueva. Prueba de ello son las pirámides levantadas en vida por Tutankamón hace más de 3.000 años para decirnos cual fue su lugar en el mundo. A pesar de su repentina muerte con tan solo 18 años de vida, tuvo tiempo suficiente para dejar un legado que aún perdura con la única intención de pasar a la historia en los libros de historia (aunque poco más se sepa del fortunio experimentado en su corta vida o del infortunio que le condujo a un fallecimiento prematuro).

Casos similares encontramos en otras civilizaciones posteriores con ejemplos poco plausibles para pasar a la posteridad. Incluso en la coetareidad actual, que ofrece indicios cada día de ser más incivilizada por mucho monumento, estatua, obelisco o placa que se alce o inaugure en plazas y avenidas de norte a sur y de este a oeste.

El tesón de dejar huella es inversamente proporcional al gusto expresado publicamente, así como a la tenacidad por deleitarse con el instante efímero que nos regala la vida en cada suspiro y justifica nuestro lugar en el mundo.

Por la parte que me toca, sigo sin saber cuál es el mío después de 50 años de vida, ni la ambición desmedida de esperar 3.000 años para ser reconocido por la historia en las páginas de un libro. Me conformo con descubrirlo en este preciso instante que es la única certeza que existe y la única realidad que conozco.

DE MAYOR QUIERO SER JOVEN

Mi vecino es cirujano. Acaban de despedirle de su trabajo. Dice que ha sido sustituido por un jovencito recién salido de la facultad de medicina a quien pagan cuatro veces menos que a él y encima hace las horas extras que haga falta hacer sin rechistar ni decir ni pío.

El “sustituto” es capaz de extirpar un lipoma con un bisturí unipolar en la mano izquierda mientras con la derecha envía un Whatsapp a su coleguita, también médico, y por cierto, también novato en su primer empleo, aunque trabajando dos plantas más abajo (concretamente en ginecología).

Mi vecino excirujano logró doctorarse en cirugía y ciencias morfológicas con el número doce de una promoción de ciento veinte. Llevaba más de 16 años en el ejercicio de la profesión. Además de dedicarse en cuerpo y alma a la investigación de cirugía mínimamente invasiva a la que consagraba el poco tiempo libre que le quedaba entre operación y operación, también usaba sus domingos y fiestas de guardar a sanar a personas sin recursos, inmigrantes sin papeles y desfavorecidos en riesgo de exclusión.

Todas las personas con las que ha tratado dentro y fuera del quirófano afirman que su currículum está repleto de tantas de vidas salvadas como reconocimientos honoríficos en forma de premios y galardones. Las mismas personas que corroboran tales afirmaciones, están convencidas de que no le resultará difícil encontrar trabajo. Pero el caso es que lleva dos años y medio sin recibir llamadas ni ofertas laborales.

Por eso, cada vez que pongo la tele y veo en las noticias los innumerables casos de negligencia médica, me pregunto qué hemos hecho para acabar en tan malas manos, mientras llevo las mías a la cabeza. Entonces de repente palpo un bulto en la nuca que antes no estaba. Mi vecino me ha dicho que no hay que alarmarse, que el nuevo joven cirujano sabrá qué hacer. Y es en ese momento cuando me despierto entre sudores de mi pesadilla y caigo en la cuenta de que mi vecino realmente no es cirujano, sino creativo en una agencia de publicidad.

Por suerte, hace meses que no he vuelto a tener el mismo sueño. Aunque cada vez que veo los anuncios que ponen en la tele, me pregunto qué hemos hecho para acabar en tan malas manos, mientras llevo las mías a la cara para taparme los ojos.

AMOR TALLA XXL

Salta a la vista que el acto de amar une a las parejas en todos los sentidos. Desde el sentido del tacto (van cogidos de la mano a todas partes), hasta el sentido del gusto (comen del mismo plato e incluso de la cuchara del otro teniendo cuchara propia).

Aunque donde se aprecia la reciprocidad sentimental con mayor intensidad es en el modo de vestir. El estilo homogéneo de prendas define una línea estilística uniforme. Y las armónicas tonalidades cromáticas conviven en perfecta sintonía tal y como lo hacen los violines de la sinfonía del amor que escuchan a cada paso. 

Estoy convencido de que usted, querida lectora/or conoce de cerca más de un caso. Puede que incluso sea un ejemplo. O lo peor de todo, que lo haya sido y tras leer este texto se esté percatando en este preciso instante de aquello que fue invisible a sus ojos durante meses (o durante años). 

Aquellas parejas que comparten cama y colchón (que también curiosamente implica compartir mesa y mantel) también poseen gusto similar en el vestir. Cuando escuchamos frases del tipo “en casa no somos de pescado” o “nosotros el pan ni tocarlo”, poca esperanza de variedad estilística puede esperarse en su vestidor. 

Basta con echar un vistazo al nivel de conjunción de los complementos con las prendas o al grado de simbiosis cromática del ropaje para realizar una valoración numérica del enamoramiento. Aunque, por otro lado, si se aplica idéntica fórmula a toda pareja de tortolitos, sería fácil averiguar el porcentaje de desenamoramiento latente. Cuando los tonos fucsias de una falda plisada chocan de bruces contra el teñido verde cian de la camisa masculina de lino, se está evidenciando la prueba visual de que la pareja dejó hace tiempo de compartir gustos amatorios entre las sábanas y al mismo tiempo criterio gastronómico sobre el mantel.

Si después de leer este articuento considera seriamente revisar su fondo de armario, vaya pensando seriamente en revisar el estado actual de su relación. A veces no hay nada mejor que estrenar un abrigo de la nueva temporada otoño-invierno para darse cuenta de que el calor del verdadero amor está entre unos brazos de talla XXL.

LA VIDA ESTÁ EN LA COLA DEL SÚPER

En la cola de la caja del Lidl está la humanidad al completo. Mientras espero religiosamente y con paciencia laica mi turno para pagar, escucho con discreción (y guardando la distancia reglamentaria) a un septuagenario conversar con su homólogo del barrio periférico.

La vida ha sido generosa conmigo, empieza sentenciando, tengo todo lo que se puede tener a mi edad para disfrutar del tiempo que me queda. Tengo salud. Tengo a los hijos colocados con trabajo fijo. Tengo media docena de nietos que me alegran el espíritu cuando vienen de visita. Tengo a una chica que me limpia la casa dos veces por semana. Y tengo a mi esposa en una urna en el mueble del salón. No puedo pedirle más a la vida. Ni quiero. Me conformo con tener cerca a mi esposa, aunque sólo pueda olerla.

Tras escuchar la perorata, el amigo anciano del barrio periférico se ha echado a un lado y ha salido de la conversación para incorporarse a la cola de la caja contigua (con sólo dos clientes). No sé si lo ha hecho por saltarse la cola, por esquivar la deriva de la conversación o por llegar cuanto antes a casa a aliviar la vejiga.

El caso es que el septuagenario se ha quedado con la palabra en la boca y yo me he quedado con las ganas de saber a qué huelen las cenizas de un amor inmortal.

CAMPO DE MINAS


Opinar en redes sociales es lo más parecido a caminar sobre un campo de minas. Basta dar un paso en falso, es decir, usar un adjetivo en concreto para que el lector irascible explote y la metralla de sus palabras dejen malherido al valeroso opinante que se aventuró a cruzar las líneas enemigas de internet.


Cualquiera que desee sobrevivir al fuego cruzado de Facebook, Instagram o Twitter, debe tomar conciencia de la leve profundidad de las espoletas enterradas o, en su defecto, tomar algunos gin-tonics para perder la consciencia por el atrevimiento de la decisión a iniciar la andadura digital (un gin-tonic antes y dos después).


Dar un paso al frente en la guerra contra los ofendiditos causa bajas innecesarias y dolorosas para el bando que defiende la bandera blanca de la libertad de expresión desde la trinchera del respeto, la educación y las buenas maneras. En cambio, en el otro bando y a pecho descubierto sólo estarán los altos oficiales del ego, la ira y la soberbia enarbolando contestaciones que nunca aportan nada ni a la humanidad ni tampoco a la historia digital de la era contemporánea.


En la beligerante Edad Media, quien escollaba solía arder en la hoguera. Siglos después, arden las redes cuando el desconocimiento nuevamente enciende la mecha dando batalla para imponer su ignorancia grabada a fuego por el miedo que prevalece a la existencia de otros seres humanos que piensan (y opinan) de modo diferente. Por suerte no son muchos, pero el ruido amplificado que la world wide web proporciona, incrementa el número de seguidores iletrados que desfilan uniformados al unísono sin saber quien está al frente, ni ganas de querer saberlo.


La opción más sana es evitarles y como si de una estrategia militar se tratara, la mejor táctica es dar un rodeo para que el fétido olor que desprenden sus insultos no se impregne en las frases ni se filtre entre las letras.


Para equilibrar fuerzas, les bastaría a todos ellos ejercitar el acto de leer. La lectura amplifica el horizonte mental de las mentes estrechas. La lectura ahonda en los temas superficiales aportando luz a la oscuridad de pensamiento. La lectura genera emociones por descubrir en un universo desconocido más allá del omnipresente odio hacia todo, todos y sobre todo hacia todas.


Si tras la lectura, la interpretación de lo leído induce a la imposición del razonamiento único, el problema no será por leer, sino que se requerirá de tratamiento médico para la sanación del desequilibrio mental de quien lee lo que no está escrito.


Si están en mi bando, sigan luchando por la lectura y se ahorrarán disgustos y algún que otro insulto sin venir a cuento. Si están en el otro bando, gracias por llegar leyendo hasta aquí.

ASÍ NOS VA


Cada día existen más medios para entablar relación, pero cada día nos relacionamos menos. Nunca hemos dispuesto de tanto tiempo libre para disfrutar al libre albedrío, pero jamás hemos sido más esclavos del tiempo (y también del albedrío que no sabemos gestionar).

Queremos viajar lo más lejos posible y apenas nos movemos del mismo sitio. Anhelamos un trabajo que sirva para realizarnos profesionalmente y tras obtenerlo, deseamos la jubilación anticipada desde el punto de vista legal (o desde el ilegal sin que la ley sea consciente). Exigimos a los servicios públicos lo que no reclamamos a los privados y sin dar las gracias por la atención recibida.

De jóvenes deseamos ser mayores y de adultos añoramos la juventud. Ganamos tiempo al día para perderlo de noche y lo perdemos de noche para perder el día siguiente (o la semana, si ya se supera cierta edad).

Se nos agria el carácter al volante de una marca de coche que compramos cuando nos vendieron el slogan “Te gusta conducir?”. Se gasta más de lo que se gana. Mordemos más de lo que somos capaces de tragar. Criticamos el acto de criticar. Gritamos a quien nos pide silencio y permanecemos en silencio cuando es necesario alzar la voz. Inexplicablemente, exigimos responsabilidades sobre quien descargamos la nuestra y eludimos asumir toda responsabilidad de nuestros actos ante quien deberíamos dar explicaciones.
Cuando hablar es barato, cada palabra no vale nada. Y así nos va, claro.