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QUEMANDO PUENTES

“Al llegar a un puente, lo cruzamos y lo quemamos cuando queda atrás. No hay nada que demuestre nuestro avance, tan sólo el recuerdo del olor del humo y las lágrimas de nuestros ojos…”

Con esta bellísima metáfora, el autor checoslovaco Tom Stoppard dejó meridianamente claro que cualquier paso adelante conlleva renunciar a los pasos dados con anterioridad.En el fondo, estaba diciendo a su manera checoslovaca de decir las cosas, que cuando se toma una decisión, se dejan de tomar otras tantas (con sus perjuicios y sus prejuicios).

Del mismo modo que en una pastelería, al elegir el pastel de chocolate, se renuncia a la inmensidad de sabores elaborados por el maestro obrador, nada deja mejor sabor de boca que elegir el fuego para quemar los puentes cruzados (a excepción del regusto del sabor del chocolate, claro).

Paradójicamente, la expresión “quemando puentes” me ha perseguido a lo largo de los años. Reconozco haber quemado todos los puentes que he ido cruzando en mi azarosa vida. Ya no recuerdo el número de ellos, ni el cuándo, ni el cómo. Aunque sí recuerdo cuáles fueron. Continuando con la metáfora “stoppardiana”, he quemado puentes académicos, puentes profesionales, puentes familiares, puentes laborales, amorosos, afectivos, emocionales… y otros tantos más que ya no sé si llegué a cruzar antes o después de prenderles fuego.

Nunca miré atrás, ni siquiera cuando sentía el calor de las llamas en la nuca. Y tampoco me arrepiento de ello, que quede claro. A lo hecho, pecho (en este caso, a lo hecho, espalda). Puede que algunos puentes no hubieran merecido acabar en cenizas. También puede que, de haber seguido en pie, los recuerdos ingratos hubieran cruzado para alcanzar al presente. O simplemente fue el medio (o el miedo) de olvidar lo bueno que tuvo el pasado y jamás volverá a repetirse.

Al igual que el agua de la pila bautismal da la bienvenida a la religión cristiana, también fue la religión cristiana la que empleó el fuego para purificar a cientos de herejes (que en muchos casos luego resultaron ser santos). Si agua y fuego purifican de la misma manera aunque en distinta forma, nada mejor que iniciar una vida de pura inocencia que dejando arder lo malo y lo bueno por igual.

Nunca se sabe, puede que con el cambio climático aumente el nivel del agua y acaben todos los puentes hundidos bajo la superficie de la realidad que es lo que siempre se acaba imponiendo.

Cuando esto suceda, espero estar a salvo en la otra orilla y no sumergido en las aguas del pasado que no ceja en su empeño de perseguirme allá donde quiera que voy. Por lo tanto, ¡¡¡abran paso al futuro!!! (o mejor dicho, ¡¡¡abran fuego!!!).

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LOVE ME DO

Si me dan a elegir entre renovarse o morir, elijo renovarse. De hecho, llevo renovándome desde que tengo uso de razón. Puede que sea ese el motivo que me lleve a usar en demasía las cosas que, tras un tiempo, quedan tan desgastadas que hay que renovarlas antes de que fenezcan por inservibles.
Tengo tanta experiencia en dar uso intenso a las cosas, como en renovar aquello que dejó de cumplir la función para la que fue diseñado. Por ejemplo, del disco de vinilo pasé al Cd. Del Cd al Mp3. Del Mp3 al iPod, y del iPod al Spotify. La renovación de la forma, permite la perdurabilidad del fondo, porque lo importante es que la música no deje nunca de sonar. Llámenlo evolución. A pesar del cambio, aún conservo cientos de discos de vinilo, docenas de Cds, varios reproductores de Mp3 y media decena de iPods de varios tamaños, colores y funcionalidades (síndrome de Diógenes, supongo).
Al amor suele pasarle lo mismo, que se acaba de tanto usarlo. Y si no se renueva, se acaba muriendo (muriendo de amor, pero muriendo al fin y al cabo). Suena fatal decir que hay que renovar un amor por otro cuando ya no hay uso posible. Llámenlo evolución (insisto). Lo normal es pasar de tener novio a tener pareja. De pareja a prometido. De tener prometido a tener marido. De marido a amante, y de tener amante, a pedir el divorcio al marido que prometió amor eterno en la época de novio.

Sin embargo, conozco a cientos de parejas que continúan sin renovar sus sentimientos a pesar de que dejaron de cumplir la función inicial, y llevan años siendo inservibles. Ambas partes conviven con emociones que no tienen uso alguno y van acumulando un resentimiento tras otro, una queja más otra, y un lamento tras otro lamento (síndrome de Diógenes, supongo).

Independientemente del tiempo que dure un amor o las veces que haya que renovarlo, al final, lo importante es que la música no deje de sonar (insisto nuevamente). Aunque hay que reconocer que por mucho estilo de música que se renueve o mucho amor desgastado que exista, nada renueva mejor al corazón que escuchar la canción Love me do de los Beatles. Y en vinilo original, por supuesto.

HABLEMOS DE LA AMISTAD

Para muchos, la palabra amistad es la palabra más bella del diccionario del idioma castellano. Lo dice una encuesta, en la cual no participé. De haberlo hecho, personalmente habría elegido otras palabras como esternocleidomastoideo (que define los tres puntos óseos donde se inserta este músculo), u ornitorrinco (que define la fealdad del animal que representa).

Con lo del músculo estoy de acuerdo, pero con lo del ornitorrinco, no tanto. El pobre bicho nació así, no tiene arreglo. Pero el creador del idioma castellano podía haber sido misericordioso y en lugar de eso, prefirió ser miserable. Pudiendo haber elegido otras palabras mas bellas como «patutria» (mezcla de pato + nutria) o «rapezoca» (mezcla de rata + pez + oca), eligió ornitorrinco, y se quedó tan pancho. Da la impresión de que estaba cansado de dar lo mejor de sí mismo tras poner nombre a toda la flora y fauna del planeta tierra, que dejó para el final lo que ya no tenía arreglo posible.

A mí me pasa algo parecido con las relaciones amorosas que acaban de manera muy fea. Después de haberlo dado todo, al final, no sé cómo llamar a lo que ya no tiene arreglo posible. Por ejemplo, al estado en el que quedó mi última relación sentimental, me hubiera gustado haberle puesto nombre. Podría haberla llamado “amistad madura”. Gracias a esa denominación, podría disfrutar hoy en día de una cita madura, quedar a cenar de vez en cuando como adultos maduros, o vernos como personas maduras para tomar unas copas y compartir las novedades maduras de nuestras vidas maduras como personas separadas. Y, si se tercia, acabar follando por los viejos tiempos, y con la madurez que sólo otorga la amistad.

También podría haber llamado a la relación “afamigoce” (mezcla de afecto + amigo con derecho a roce) o “polvamigosabadonoche” (mezcla de amigo + echar un polvo + sábados por la noche).

Pero lamentablemente nunca es así. Cuando el amor desaparece, con él se va toda forma posible de acto carnal. La amistad debería sobrevivir, pero lamentablemente, nunca es así (insisto). Se va dejando todo para el último momento, y al final, los sentimientos quedan tan desfigurados que es imposible ponerles nombre. Y mucho menos la categoría de amistad.
Hoy, apenas queda nada de aquella sublime relación temporal y de todo lo que llegamos a significar el uno para el otro. Salvo cuando veo en La 2 un documental sobre ornitorrincos. Es precisamente en ese momento cuando pienso en la suerte que tiene el ornitorrinco por llamarse ornitorrinco. El pobre bicho no sabe que su nombre es ornitorrinco, ni falta que le hace. No sabe que su fealdad no tiene arreglo, ni falta que le hace. Del mismo modo, mi último amor tampoco tuvo arreglo posible, ni tampoco llegó a tener tal nombre, que es lo mismo que decir que ya no queda recuerdo alguno. Ni falta que hace.

AUTOAYUDA/AUTOHOSTIÓN

Llevo tiempo comiendo alpiste porque me han dicho que los pájaros no tienen colesterol.
Desde que me dio por cuidar la salud por dentro, he hallado en la automedicación la alternativa a la ciencia medico-farmacéutica. Y estoy más feliz que una perdiz (será por el alpiste, supongo). Además del alpiste para contrarrestar los niveles de colesterol, también ingiero cantidad ingente de agua de lluvia, que recojo yo misma en cuencos de madera, que elaboro tras tallar con mis propias manos un pedazo de rama desprendida de un árbol derribado por un rayo después de una tormenta estival, en la primera noche de luna llena.
Descubrir lo divino dentro de mi yo interior, ha encaminado mi existencia vital hacia un nuevo sendero luminoso de entender la vida, mi vida. La automedicación, la autoayuda y el autoconocimiento me han alejado automáticamente de la actitud tóxica de familiares, amigos y conocidos. Ellos son quienes no tienen interés alguno en comprender nada porque habitan en el universo del consumismo capitalista, materialista, hedonista y todo aquello que termine en “ista”. Pero como he sido agraciada por un ente superior que alumbra mis actos, sé que más pronto que tarde saldrán del lado oscuro y se integrarán al mundo sano del cuidado y limpieza del alma y del espíritu. Tiempo al tiempo. Para lograrlo, sólo tendrán que eliminar de una vez por todas sus diminutos sentimientos de amor superficial (empezando por su descomunal sentimiento de amor a las grandes superficies).
Puede que comiendo alpiste consiga que disminuyan los niveles de colesterol en mi organismo (a cambio de atrofiar el sistema intestinal), pero me siento libre como un pájaro (de mal agüero, según mi madre). Aunque, si soy totalmente sincera (empezando conmigo misma), de volar tan alto en el mundo de la automedicación, creo que me voy a dar una hostia contra la realidad de tres pares de cojones. Seguro que será de tal calibre que no me recuperaré ni leyendo “Ahora” de Ektar Thole, ni la “Buena Suerte” de Alex Rovira, ni tampoco tras averiguar de una puta vez “¿Quién se ha llevado mi queso?”.
Lo único que tengo claro de todo este berenjenal de vida alternativa en el que me he metido, es que de tanto vaciar mi interior, me está entrando tal hambre que de buena gana me comería un cochinillo asado segoviano incluso si tuviera que sacrificarlo yo misma con mis propias manos (aunque esto último jamás lo confesaré en público, que quede claro y quede entre nosotras).

LA VIDA ES UNA TÓMBOLA

Décadas atrás, Marisol cantaba a los cuatro vientos que la vida era una tómbola. Lo decía con la inocencia y alegría propias de una niña que vive en su mundo de fantasía e ilusión.

Puede que fuera por eso por lo que la melodía constituyera un éxito en su momento. Aunque si se escucha atentamente la letra, actualmente está más desfasada que el mundo fatuo (en el amplio sentido de la palabra fatuo) en el que creía vivir la Marisol adolescente.
En la feria que visita cada temporada estival mi anciana capital de provincias, es el feriante de la tómbola quien le canta las cuarenta a la vida. Lo hace sin nada de ilusión y la escasa fantasía que se le puede pedir a un autónomo que da varias veces la vuelta a España cada año para mantener en pie un triste negocio (en el amplio sentido de la palabra triste). El pobre hombre (también en el amplio sentido de la palabra pobre), comparece puntualmente a finales de cada mes de junio con motivo de la fiestas patronales. Que yo recuerde, lleva haciéndolo desde que tengo uso de razón, que no es mucho decir, pero como dato cronológico ayuda a poner fecha aproximada.

El feriante llega siempre acompañado de su inseparable familia, cuyo número de miembros se incrementa con abominable periodicidad. Las veces que he pasado por delante del carromato, que es al mismo tiempo vivienda y puesto de trabajo, nunca le he dirigido la palabra, ni a él ni a nadie de su amplia familia, más que para pedir un par de números de la rifa tras el pago correspondiente de dos billetes de 5 euros. Jamás me ha tocado nada de lo que sortea, todo hay que decirlo. Pero aun así, la esperanza de llevarme la muñeca Chochona no la he perdido nunca a pesar de los años, como supongo que él tampoco ha perdido la esperanza de regresar al mismo pedazo de tierra donde instala su caravana con su colosal familia y la ingente cantidad de muñecas Chochonas “made in China”.
Apenas quedan unos días para celebrar las fiestas patronales y sólo deseo volver a verle de nuevo puntualmente. La ilusión de que me toque como premio la muñeca Chochona es lo más parecido a dar las gracias al cielo por disfrutar un año más del mero acto de seguir vivo (en el amplio sentido de la palabra vivo). Supongo que será una ilusión similar a la que también empuja al feriante a visitar mi anciana capital de provincias para ganarse la vida a costa de la esperanza de fortuna de sus habitantes.

Por un lado, mi única fortuna como habitante son los 5 euros que reservo para el billete de la tómbola. En cambio, soy millonario en esperanza, que es lo último que se pierde en esta triste vida que nos ha tocado vivir (nuevamente, en el amplio sentido de la palabra triste).

EMOCIÓN DE CENSURA

Es muy digno indignarse por aquello que ofende, atenta o menosprecia lo que se considera ético, moral y justo. Aunque no es lo mismo mostrar la indignación a la intemperie, manifestándose en la calle con pancarta en mano, que hacerlo luciendo un lacito en la solapa o escribiendo un mensajito en las redes sociales.
Ayer mismo, sin ir más lejos, una amiga de toda la vida se indignó profundamente cuanto tuve a bien corregir una falta de ortografía que había cometido en la redacción de un texto de 140 caracteres compartido en su perfil social de Facebook. A todos nos pasa, y a mí el primero. Los lectores habituales lo saben porque son ellos quienes me corrigen con gran frecuencia y con gran acierto, por cierto (perdón por la cacofonía).

Mi sana intención fue alertar a mi amiga del error ortográfico, pero ella lo interpretó por el lado personal. Pedí disculpas por si se hubiera sentido ofendida al evidenciar el descuido gramatical, y ella las aceptó borrándome de su lista de amigos en Facebook, Instagram, LinkedIn y Twitter (además de bloquearme indefinidamente en Whatsapp).
La epidermis de las redes sociales es más fina que la piel humana. Así lo demuestran la cantidad de mensajes de odio, desprecio y falta de respeto al prójimo que se extienden por la urdimbre digital mejor que el Aftersun por la espalda en temporada estival. Si la crema solar calma las quemaduras por exceso de exposición a los rayos ultravioleta que bajan del cielo solar, las ampollas que levantan las opiniones que caen como relámpagos de la nube del cielo digital, son aún más perjudiciales y alcanzan de lleno al 100% del corazón.
Durante estos últimos días, con motivo del cambio de Gobierno, he leído opiniones e hilos de conversación procedentes del este hacia el oeste (y viceversa), con tanta ira contenida como faltas de ortografía sin contención. A nadie he respondido, ni para corregir los equivocados puntos de vista, ni mucho menos sus faltas de ortografía. Si perdí a una amiga por alertar de una errata, imagínate si contradigo el comentario de aquellos internautas que lo juzgan todo sin saber nada de nada.
Al final, las faltas de ortografía son el síntoma inequívoco de que todavía nos queda mucho por aprender. Especialmente educación, en el más amplio sentido de la palabra educación y en el más educado sentido de cada palabra.

BENDITA IGNORANCIA

Analfabeto no es el que no sabe leer, sino quien se cree todo lo que lee. A veces leer es peor que no hacerlo. Del mismo modo que amar, a veces, es peor que no hacerlo.

En casa me enseñaron que no hay mayor ciego que el que no quiere ver, ni mayor ignorante que el que no quiere entender. Como siempre fui un chico obediente, he aprendido a ver todo aquello que había que mirar y con más interés donde no había que hacerlo (bajo las alfombras de casas ajenas). Puede que fuera por eso por lo que escogí estudiar la carrera de Periodismo, para tratar de entender lo que veían mis ojos. Tras año y medio, tuve que abandonar la facultad al darme cuenta de que no veía futuro en una profesión alfombrada de falsedad, mentira e intereses espurios que se ven sin necesidad de agacharse para levantar nada de nada.

En mi afán de ver todo y por todos los medios posibles, me matriculé después en la carrera de Publicidad para comprobar, si mirando en otras direcciones se pueden tener más puntos de vista. Pero tampoco superé el segundo año de asistencia a clase. Me di cuenta de que se perdía mucho tiempo. Había que buscar y comparar para encontrar algo mejor antes de comprarlo. Y como tampoco me gustaba conducir, anulé la matrícula (la de la facultad, se entiende) y me eché a la calle para ver si existía algo que me hiciese enamorarme definitivamente de la vida que vivo. Y ahí sigo, en la calle.

Desde entonces no he cejado en mi empeño de luchar contra mi propio analfabetismo viéndolo todo, leyéndolo todo y sobre todo amando todo lo que me es posible amar. Que es lo mismo que decir que cuanto más sé de algo, más sé que menos sé sobre todo lo que hay que saber.

Y como además de obediente también soy de llevar la contraria, me siento como Don Quijote frente a los molinos de viento. Es decir, veo lo que no debo ver (como él), leo más de lo que debo leer (como él) y amo sin ser correspondido (como él). En cambio, Sancho Panza veía lo que tenía ante sus ojos, no leía nada de nada y sólo se amaba a sí mismo. Puede que esa sea la razón de su felicidad.

Bendita ignorancia.

ANCIANIDAD SOBREVENIDA

La edad es un marrón. Cualquier tipo de edad, quiero decir.
Me explico: el primer marrón nos llega nada más venir al mundo, en la sala de partos. Cuando apenas tienes minutos de edad, el doctor de turno te arrea un bofetón en el culo que te deja los dedos marcados, como si tu nalga fuera el freno de mano de un Ford Mondeo.
Según vas creciendo, el marrón de la edad es literal. Es decir, aún no controlas las emociones (se llora sin saber por qué marrón hay que llorar). Tampoco controlas el hambre (comes sin medida y sin saber cuándo fue la última vez que ingeriste alimento). Y por encima de todos los marrones (mejor dicho, por debajo), no controlas el esfínter y te vas pata’bajo cada 2 por 3 (que son 6) veces al día.
Del marrón de la infancia, saltamos al marrón de la pubertad. A esa edad, no sabes quién eres y te buscas a ti mismo (y a tu personalidad) en el cuarto de baño cerrado por dentro, con pestillo. Como en el interior no hay nadie más que tú, ya que tu personalidad va camino de erigirse por completo, uno se entretiene del modo más placentero posible. Aquí no voy a entrar en detalles, ya que todos hemos entrado al baño a esa edad con el cutis terso y hemos salido con la cara llena de granos (eso sí, con una sonrisa de oreja a oreja y la personalidad más desarrollada).
Tras el marrón oscuro de la pubertad, en la universidad el marrón es de color claro. A esa edad, está claro que se liga y sobre todo, está claro que se folla, o te follan. Todo depende de dónde te pongas, cómo te pongas y las sustancias estupefaciente que uses para ponerte (a tono).
Una vez llegada la edad madura, los marrones no los pones tú, te caen por todos lados. Tu jefe te enmarrona con trabajo extra los fines de semana. Tu mujer te enmarrona a la suegra en vacaciones, tu marido con el fútbol a todo volumen a todas horas, y los hijos enmarronan los ahorros de la cuenta corriente (y con disgustos de todos los tamaños).
Y en el final de tus días, la ancianidad no es más que un cúmulo de marrones de toda clase, a la espera de que la marrón tierra nos cubra de la cabeza a los pies dentro de una caja de madera, también marrón.
Espero que disfruten de un placido domingo en soledad o rodeados de familia. Ambas cosas en domingo son un marronazo (especialmente si hay cuñados de por medio).

TAQUIPSIQUIA

De niño fui diagnosticado de taquipsiquia. Por aquel entonces no era consciente de lo que significaba. Pero llegada la madurez, y sabiendo que es la aceleración patológica de la actividad psíquica, no paro de darle vueltas al asunto.
Desde que me levanto hasta que me acuesto, paso las horas del día elucubrando. También le dedico algunas horas de la noche, por lo que apenas queda tiempo para descansar. Dormir, lo que se dice dormir, nunca llego a las cuatro horas. Pero soñar, lo que se dice soñar, lo hago las otras veinte horas restantes del día.
Tener los ojos abiertos ayuda bastante. La mirada alcanza la línea del horizonte a la velocidad del rayo y regresa con la presteza del trueno. Entremedias, suele caer algún chaparrón, que siempre me coge de imprevisto y sin paraguas en la mano. Por consiguiente, la intensidad mental acaba refugiándose bajo techo para no terminar calada hasta los huesos (en el caso de que los pensamientos tuvieran huesos, cosa que a día de hoy, se desconoce científicamente, según tengo entendido).

El número de seres humanos que padecemos taquipsiquia sobre la faz de la tierra es muy reducido. De hecho, apenas suponemos el 0,001 de la población mundial (centésima arriba, centésima abajo). Es decir, uno de cada mil, más o menos. O una entre mil, para ser ecuánimes.

Los taquipsianos* vemos aquello que no ven los demás. *(No busquen la palabra taquipsiano porque no existe, es inventada). Pero lo que vemos, no lo vemos por tener mejor vista o poderes sobrenaturales. Es simplemente porque dedicamos más tiempo de pensamiento a todo, incluso a lo que no merece dedicarle un minuto. Como por ejemplo, el corte de pelo de fulanita, el nuevo tatuaje de menganito o si fulanita y menganito tienen una aventura sexual, además del sexo que tienen con sus respectivas parejas. Pensándolo bien, no sé si lo que digo tiene alguna importancia para ustedes. Aunque si no lo pensara, tampoco lo diría. Y al decirlo, habiéndolo pensado con anterioridad, la taquipsiquia que padezco, sigue dando muestras fehacientes de poseer un excelente estado de salud (valga la contradicción, en el caso de existir).

Si no fuera por la aceleración patológica de mi actividad psíquica, ni yo escribiría artículos como éste a altas hora de la noche, ni usted le dedicaría tiempo a su propia actividad cerebral al leerlos. Por lo tanto, su estado mental y el mío son equitativos. No sé si eso quiere decir que usted también padece de taquipsiquia. Pero por si acaso, yo en su lugar consultaría al médico de cabecera. Puede que al final, haya más taquipsianos de lo que se cree.

Ahí lo dejo, para que lo piense.

INFLUENCERS

Leo por internet, en la prensa especializada del sector publicitario, que la marca de atún Calvo (claro), empleará a influencers de moda y lifestyle para promocionar sus productos. Hasta aquí, bien. Que una marca desee tirar por tierra los beneficios obtenidos por las ventas de su producto pescado en el mar, es algo en lo que no voy a entrar.

Cada uno hace con su dinero lo que le plazca. Y por ello, merece todo mi respeto, aunque luego vengan los disgustos. Si yo tuviera dinero, también lo desperdiciaría en cosas ridículas, que conste. Pero como no lo tengo, eso que me ahorro (especialmente los disgustos).

A lo que voy, que el nombre de la acción publicitaria que ampara a las influencers de moda y lifestyle es: “Qué conservas en tu bolso”. Desvelar a estas alturas a mis lectores/as que la marca Calvo se dedica meter atún en latas de conserva, puede resultar innecesario. Pero emplear la segunda persona del singular del verbo “conservar” para convertirlo en chascarrillo de anuncio, me parece creatividad de segunda división.

Por otro lado, no imagino a ninguna mujer, ya sea influencer o no, que porte habitualmente en su bolso latas de conservas, ya sean de atún Calvo o fabada Litoral. Aunque de todo habrá en la viña del Señor, especialmente si el señor se apellida Calvo y te paga un dineral para que metas en el bolso una lata de comida envasada al vacío, pero llena de atún (claro). Si me lo hubieran dicho a mí, que no llego a fin de mes (de ningún mes, quiero decir) metería en mi bolso el pack de tres unidades, e incluso me haría pasar por influencer de moda, si lo pidieran por favor (o sin favor).

El recorte de prensa añade que la acción publicitaria denominada “Qué conservas en tu bolso”, permitirá a la audiencia conocer los objetos que llevan las prescriptoras influencers en el interior de sus bolsos. Refrescando la memoria a los creativos publicitarios de las agencias de hoy en día, fue hace más de dos décadas, cuando la publicidad española también se metió en el bolso de otras mujeres. En aquella ocasión lo hicieron en los bolsos de las actrices Rossi de Palma, María Barranco o Silke, entre otras. De repente, toda España descubrió que Rossi de Palma llevaba “unas gafas de sol, por si llueve”, “polvitos mágicos” y un paquete de compresas Evax fina y segura, que era la marca que absorbía los gastos de la inversión publicitaria (entre otras cosas).

A finales de los 90, no había español, ni española que no conociera a las actrices del anuncio. Y gracias a aquel spot televisivo, todos conocimos el interior de sus bolsos. Ahora, 20 años después, sabemos que dentro del bolso de un grupo de desconocidas influencers hay una lata de atún Calvo, y sin necesidad de haber visto ningún anuncio. Me pregunto, si habrá algo más interesante dentro de sus bolsos que una simple lata de conservas.

Me muero de curiosidad, claro.