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LÁGRIMAS Y NOCILLA

Llueve. Al regresar del colegio tiene el bocadillo de Nocilla en la mesa. Esperando. Noviembre. Llama al portero automático. Le tiembla el pulso. El padre acude a su encuentro. Llora, el niño. Que dice el maestro que vayas a hablar con él, mañana. El corte en la yema del dedo es superficial. Duele. Ni mucho ni poco, pero lo suficiente como para hacer brotar unas lágrimas inesperadas. No he hecho nada, dice el niño. Algo habrás hecho, dice el padre sacudiendo la humedad de su pelo encrespado. El recuerdo de la madre emerge de repente. Abre la puerta. Sostiene una toalla. Aguarda en el descansillo. Si estuvieras viva, nada me pesaría como me pesa, dice con voz imperceptible. Un beso en la frente y otro en la coronilla. Es el consuelo que desea y se espera de un padre. Huele a ella, piensa. Extiende Nocilla en la miga del pan con el cuchillo. Pero nadie escucha sus palabras, tampoco él mismo. Dos lágrimas se desprenden de su mirada perdida. Y caen. No se da cuenta. Este mes se cumplen dos años. El filo del cuchillo rebana la piel del pulgar al partir en dos la barra de pan. Vuelve a la realidad atraído por el dolor infligido por el filo del acero. El sonido de los pasos es el preludio de la inquietud infantil. El niño mastica el bocadillo de Nocilla. Sin ganas y con resignación. Qué descuido más tonto, qué descuido más tonto, repite en voz baja. Se chupa el dedo y aplica saliva en el corte para taponar la pequeña hemorragia. El llanto desborda la emoción de la pérdida. Inabarcable. Tiene un cierto sabor amargo. Salado. Padre e hijo hablan en silencio. Basta con mirarse el uno al otro. Leche, cacao, avellanas y lágrimas. Las del hijo y también las del padre. Tarde de merienda y de soledad. Otra más. Sin ella.

GAMBORIMBO

Todas las lectoras y lectores que siguen fielmente la lectura de artículos cada domingo conocen mi afición a descubrir nuevos términos lingüísticos que después incorporo a mi lenguaje cotidiano.

A la mínima oportunidad, suelo dejar escapar un palabro por la boca que deja a su vez boquiabiertos a los comensales (si estoy en una cena de empresa), a mi marido (si se pone espléndido en su faceta mansplaining) o a mi cuñada (si me restriega por las narices sus títulos universitarios, diplomas académicos y los máster del universo imposibles de cotejar).

Aprender una palabra nueva al día implica incorporar al lenguaje 365 nuevos términos cada año. Teniendo en cuenta que cuento con casi medio siglo de vida (a los que hay que restar los años de juventud correspondientes en los que mi uso del castellano era limitado), puedo afirmar que tengo a bien emplear 8.000 palabras más que la media de españolitas y españolitos que presumen de serlo (al modo único que predican ser español-español-español).

Personalmente no me supone ningún esfuerzo sumar vocablos porque siempre me he inclinado más hacia las letras que hacia los números (iba a escribir guarismos pero lo he tachado porque el cupo de palabros por hoy ya está cubierto).

También he de reconocer y asumir que el  enriquecimiento del lenguaje con palabras en abandono creciente o en desuso genera controversia entre los escuchantes por no decir que causa rechazado y desprecio a partes iguales. Supongo que será algo parecido a lo que ocurre cuando se prueba caviar por primera vez. Habrá quien lo considere un manjar de los Dioses del Olimpo y habrá quien te lo escupa a la cara nada más hacer contacto con las papilas gustativas. Aunque por otro lado, es un método infalible para saber quien tiene paladar exquisito para mantener una conversación fructífera y quien alimenta su intelecto con sopa de sobre de marca blanca.

Hoy me despido de todas ustedes con el término gamborimbo. Si desconocen su significado y son curiosas como yo, lo buscarán en Google y puede que lo sumen a su conversación a la mínima oportunidad (a ser posible, en una cena familiar con su marido y su cuñada de comensales).

LA CAJA DE GALLETAS

Hay personas que son igual que la caja de galletas que hay en casa de la abuela: la abres con una ilusión que te cagas y resulta que es un costurero.

Estoy plenamente convencido de que tras leer esta frase les ha venido a la cabeza el nombre de una persona, o quizá el de dos, que son como la caja de galletas de la abuela. Puede que incluso usted sea la persona que yo tengo en mente ahora mismo o que sea yo quien esté en su cabeza en este preciso instante. Es más, puede que hasta usted y yo estemos en la misma cabeza de terceras personas y no lo sepamos a día de hoy.

En definitiva, todos somos parte integrante de un costurero. Algunos son un ovillo de lana en disposición a tejer una vida que abrigue y dé calor a los demás. Los hay que son agujas que cosen los remiendos que produce la cotidianidad de la vida en sus ámbitos laborales, personales y familiares. También hay seres humanos que son dedales que protegen de las punzadas que devuelve la inercia tras tomar una mala decisión. Y al mismo tiempo hay otros, entre los que me incluyo, que somos tijeras que vamos cortando relaciones con quien se atreve a acercarse más de lo debido lanzando comentarios afilados que hieren pieles demasiado finas como si fueran de seda natural.

Cuando la vida metamorfosea en metáfora (perdón por la cacofonía), toda la dulzura que puede proporcionar el sabor de una galleta de miel y chocolate se convierte en una decepción tan puntiaguda como las alfileres que atraviesan la yema de los dedos al tocar temas espinosos.

Un consejo de nieto. La próxima vez que visiten a su abuela y les ofrezca café con galletas, beban sólo el café. Las galletas del costurero se atragantan en el alma por no decir que descosen el tejido emocional del corazón dejándolo como un trapo.

ALTURA DE MIRAS

Cuando la oportunidad lo merece, hay que estar al nivel de exigencia del momento. Nunca he llegado a saber quién o quiénes, ni cuándo ni cómo se establece con exactitud milimétrica la distancia entre el suelo y el cielo para determinar la línea que separa la mediocridad de la excelencia, lo válido de lo inútil o lo real de lo imaginario.

Tampoco supe si la exigencia, lo válido o lo imaginario son conceptos estables o varían en función de circunstancias aleatorias e incontrolables lejos del alcance de la intervención humana. El único nivel objetivo y universal que conozco y que está fuera de toda duda, a pesar de estar presente dentro del planeta tierra, es el nivel del mar. Y aún así, tengo mis reticencias de que sea cien por cien efectivo como referencia de medida. Por ejemplo, el lugar que habito está situado a 1.300 metros de altitud sobre el nivel del mar. Pero… ¿en qué nivel se encontraba el mar cuando se tomó la medida?, ¿en marea baja o en marea alta? La diferencia es notable porque cuando baja la marea es cuando nos damos cuenta de quien lleva el bañador puesto o quien queda con las vergüenzas al aire (o la vista de todos, mejor dicho).

Tampoco resulta de fiar una medida realizada cuando apenas existía impacto medioambiental en el planeta por parte del ser humano (había escrito «por parte del hombre», pero lo he tachado porque en el efecto del cambio climático no hay distinción de sexo, sino de comportamientos).

Se supone que lo hecho está bien hecho porque el tiempo transcurrido otorga capacidad de reacción o lo que es lo mismo, capacidad de corrección. Pero viendo lo que ven mis ojos, hay otra realidad más allá de la que imagino como auténtica.

El ascenso o disminución del nivel de agua pone a prueba la capacidad de reacción de los que estamos braceando cada día para sobrevivir con el agua al cuello. Si desciende rápidamente, podemos quedarnos sin motivos para forcejear. Y si, por el contrario, sube de golpe, acabaremos sumergidos sin posibilidad alguna de salir a flote. Toda esta serie de metáforas sirven a la mente humana para timonear en la cotidianidad del océano de la vida sin encallar por causas irreales o imaginarias (que suelen ser la mayoría).

Me temo que va a ser cierto eso que dicen que el cerebro humano sufre más por lo que imagina que sucede que por lo que realmente sucede. Todo depende de la altura de quien mira, o lo que es mismo, de la altura de miras de cada uno.

BUKAKE

Lo más parecido a un bukake que he estado en mi vida, ha sido en una fiesta de la espuma hace dos años. Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto. Tú reinabas detrás de la barra del único bar que vimos abierto. Te canté una canción al oído y me pusiste un cubata. “Con una condición”­­– dije– “que me dejes abierto el balcón de tus ojos de gata”. Loco por conocer los secretos de tu dormitorio, esa noche canté al piano del amanecer todo mi repertorio. Los clientes del bar, uno a uno, se fueron marchando. Tú saliste a cerrar. Yo me dije: “Cuidado, chaval, te estás enamorando”. Luego, todo pasó de repente. Tu dedo en mi espalda dibujó un corazón y mi mano correspondió debajo de tu falda. Caminito al hostal nos besamos en cada farola. Yo quería dormir contigo y tú no querías dormir sola. Y nos dieron las diez, y las once, las doce y la una, y las dos y las tres. Y desnudos al anochecer nos encontró la luna.

Para que luego digan que las letras de las canciones no pueden inspirar cosas que no tienen nada que ver. O dicho de otro modo, cómo estropear una hermosa historia de amor ficticio con un título completamente obsceno para conseguir que los usuarios de Facebook lean un artículo dominical que sólo pretende hacerles sonreír. Espero haberlo conseguido. Si no es así, siempre se pueden consolar escuchando la canción de Joaquín Sabina.

Aunque personalmente, prefiero la versión de Enrique Urquijo.

LA VIDA ES PUTO TEATRO

Ya lo cantaba hace años La Lupe en aquel conocido bolero: “teatro, la vida es puro teatro”

Hablamos más con el cuerpo que con la lengua, aunque la lengua sea parte del cuerpo y se encuentre dentro de la boca, que es otra parte del cuerpo y al mismo tiempo la taza de las palabras.

Cuando hablamos con otra persona, la complexión humana posee capacidad innata y autónoma para expresar lo contrario de lo que muestran los labios. A la vez que se expulsa por la boca la frase “Eres lo más importante de mi vida”, cada poro de la epidermis suda lo opuesto. Lo opuesto puede ser “Hace meses que me importas poco o nada”, o “Actualmente hay otra persona que me llena más de lo que me llenas que tú”  o “Me estoy follando a tu mejor amigo y también a tu hermana”, que es lo que tiene más probabilidades de ser cierto.

El lenguaje corporal es el idioma más universal que existe por encima de cualquier otra forma de expresión. En lugar de la Escuela Oficial de Idiomas y de proliferar academias de inglés, francés, alemán y chino mandarín en cada primer piso de cada bloque de viviendas de protección oficial, debería haber un instituto de interpretación del cuerpo. Únicamente a través del aspaviento de extremidades, desviación de la mirada o del modo de caminar, se puede entablar un diálogo comprensible con el prójimo y la prójima. Gracias a la traducción simultánea de gestos, se calcula a ciencia cierta la distancia del trecho al hecho y del dicho al digo.

El pasado sábado por la noche, sin ir más lejos, confesé a mi marido que estaba embarazada y su body language respondió “¿Seré yo el auténtico padre?” al tiempo que su boca vertía expresiones como “¡¡¡Qué maravilla, qué felicidad, qué emoción!!!” y otra ristra de falsedades precedidas por otros tantos qués en mayúscula, subrayados, en negrita y cursiva.

Gracias a mis clases de teatro a las que asisto cada viernes, he  comprendido el significado de sus palabras y el verdadero sentido que expresaba cada gesto de su cuerpo. Por eso, en la asignatura de lenguaje corporal he obtenido una calificación de matrícula de honor altamente valorada por mi profesor de teatro (y padre de mi futuro hijo, todo sea dicho)

 

ALTURA DE MIRAS

Cuando la oportunidad lo merece, hay que estar al nivel de exigencia del momento.

Nunca he llegado a saber quién o quiénes, ni cuándo ni cómo se establece con exactitud milimétrica la distancia entre el suelo y el cielo que determine la línea que separa la mediocridad de la excelencia. Tampoco supe si el término “excelencia” es un concepto estable o varía en función de circunstancias aleatorias e incontrolables lejos del alcance de la intervención humana.

El único nivel objetivo y medible que conozco, y que está fuera de toda duda dentro del planeta tierra es el nivel del mar. Y aún así, tengo mis reticencias de que sea cien por cien válido como referencia de medida. Por ejemplo, el lugar que habito se encuentra exactamente a 1.005 metros de altitud sobre el nivel del mar (lo sé porque lo he mirado en Google). Pero, ¿en qué nivel se encontraba el mar cuando se tomó la medida? ¿En marea baja o en marea alta? La diferencia es notable porque al bajar la marea es cuando nos damos cuenta de quien lleva el bañador puesto o quien queda con las vergüenzas al aire (o la vista de todos, mejor dicho, empezando por uno mismo).

Tampoco resulta fiable una medida realizada hace décadas, cuando apenas existía impacto medioambiental en la naturaleza por parte del ser humano (había escrito «por parte del hombre», pero lo he tachado porque en el efecto de destrucción del planeta no hay distinción de sexo, sino de comportamientos y en cuestiones de joder el medioambiente la paridad es total).

Cuando lo hecho, hecho está, se supone que está bien hecho porque el tiempo transcurrido otorga capacidad nula de reacción en el caso de ser necesaria corrección. Pero viendo lo que ven mis ojos, o sólo yo me doy cuenta que todo está mal hecho, o hay otra realidad más allá de la que imagino como real.

Me temo que va a ser cierto lo que dicen sobre el cerebro, que sufre más por lo que imagina que sucederá que por lo que realmente sucede. Supongo que es porque todo depende de la altura de quien mira, o lo que es mismo, de la altura de miras de cada uno. Ahí dejo la idea para que les dé vueltas en la cabeza durante todo este domingo y parte de la semana que viene.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Se supone que asistir a la iglesia cada domingo del año te convierte en mejor persona durante 365 días. Pero yo no noto ninguna mejoría de lunes a viernes, ni tampoco al llegar el sábado que es el día en el que acumulo cansancio, culpas y remordimientos.

Tampoco aprecio incremento cualitativo en la sensibilidad de mi conciencia individual, ni la percibo mínimamente en la colectiva. Menos aún en los devotos creyentes de la salvación eterna, o en las hordas de fieles seguidores del programa “Sálvame” de Telecinco (a pesar de la súplica divina del “naming” del bodrio televisivo).

En definitiva, ir a la iglesia cada domingo no es buen asunto. O eso creo yo. Y debo ser el único, porque miles de acólitos de la fe cristiana acuden en masa puntualmente el último día de la semana creyendo limar de ese modo las asperezas morales y éticas que genera el roce diario con la vida y con los asuntos cotidianos del ser humano y entre los seres humanos (o eso quieren creen).

No sé si sentarse cómodamente a escuchar un sermón, hincar las rodillas beatíficamente para mostrar humillación o juntar las manos para acelerar el proceso de arrepentimiento resulta más efectivo que alzar la voz y pasar a la acción con el objetivo de arreglar lo estropeado y sustituir aquello que nunca funcionó más que para unos pocos privilegiados.

Por todo ello y a modo de conclusión, como me he dado cuenta de que rezar actualmente para mejorar mi mundo interior no transforma tampoco el mundo exterior, he decidido encabezar manifestaciones reivindicativas de toda índole de exigencias y demandas de carácter social, político y ecológico (siempre y cuando no me coincidan con misa de doce, claro).