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LA CHICA DE LA CURVA

La conclusión que he sacado del resultado de las últimas elecciones municipales es que se puede perder cuando se gana y que la victoria es posible incluso si hay derrota.

Los caprichos del destino deambulan de un lado a otro por los caminos inescrutables del Señor. A más de un candidato y a más de una candidata (prefiero no decir nombres ni apellidos), les ha venido a ver la Virgen tras el recuento de votos. Para que luego digan que Dios no existe.

En los Estados donde dicen que hay Estado democrático, también se dice que el pueblo es soberano en sus decisiones. Lo que no sabemos es si el resultado de la decisión en el momento de meter la papeleta en urna se toma en base a una reflexión previa fundamentada en contrastar los programas electorales de los distintos partidos o es el efecto de haber tomado tres copas de Soberano (el brandy).

Si la Junta Electoral Central fuera consciente del peligro que supone poner el manos de la ciudadanía analfabeta funcional la conducción del país, pondrían un control de alcoholemia en la entrada de cada colegio electoral. Viendo el modo en el que han derrapado muchos votantes al tomar las curvas cerradas a la derecha, podríamos asegurar que la soberanía del pueblo ha derivado en soberana tontería.

Que gran parte de la población no lee es algo sabido por todos (especialmente por quienes leemos la prensa), y que absolutamente nadie lee los programas electorales es algo que saben muy bien los partidos políticos. Por eso, las medidas para acabar por escrito con el desempleo se quedan en medias tintas, las soluciones para los problemas sociales permanecen sin resolver y los sólidos planes en ciencia, cultura e investigación terminan en agua a borrajas antes de evaporarse definitivamente por el efecto de la sublimación.

En campaña electoral, los políticos hablan (muy alto y poco claro) y en las urnas hablamos los ciudadanos (por lo bajini, pero con claridad). Aunque teniendo en consideración que nadie lee, nadie escucha y siempre hablan los mismos, da igual a quien se vote, el partido que gane o el candidato que pierda. Al final lo único que importa es que tras el recuento de votos aparezca la Virgen (y no la Chica de la curva). Menuda papeleta.

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FOLLAR O HACER EL AMOR

Tuve una novia que tras el coito me preguntó en una ocasión por qué follaba tan apasionadamente. «Porque no sé cuándo será la última vez», respondí yo al tiempo que encendía un segundo Marlboro a los pies de la cama. Y aquella ocasión fue nuestra última ocasión. Al día siguiente me abandonó argumentando como explicación de su decisión que no era yo, sino ella (es decir «no eres tú, soy yo»).

Nunca entendí la expresión «no eres tú, soy yo» y menos cuando tras cinco palabras se esconden cientos de razones más válidas, creíbles y benignas para el estado emocional de un corazón entrado en años como el mío.

A veces, el miedo a hacer daño al prójimo es más perjudicial que el daño propiamente dicho. Imagínense al árbitro de fútbol que expulsa al jugador tras mostrar la tarjeta roja  argumentando su decisión diciendo «no eres tú, soy yo». O al director de recursos humanos que despide al empleado impuntual y le espeta a la cara «no eres tú, soy yo». O el militante del Partido Popular que vota a Vox y justifica su decisión musitando a Pablo Casado al oído «no eres tú, soy yo».

El daño por rechazo o abandono es irremediable, irreversible e irreparable. Está en la propia naturaleza humana provocarlo al prójimo en el difícil momento de la separación como está en la propia naturaleza del león y del antílope africano tener que correr para sobrevivir (aunque cada uno por diferentes motivos).

Supongo que la posición del verbo «ir» (con funciones de prefijo) es lo que define la acción y resulta ser decisivo a la hora de afrontar el veredicto final. Sin el verbo «ir», lo irremediable es remediable, lo irreversible es reversible e incluso lo irreparable consigue ser reparable. Por eso, la tercera conjugación del verbo «ir» tiene aún más significado si cabe que la primera conjugación del verbo «quedar» donde además de implementar el movimiento de la huida, el que da primero, da dos veces.

A lo mejor por eso cuando hago el amor con quien sea mi pareja en ese momento, siempre lo hago  apasionadamente. Puede que lo haga porque no sepa cuando será nuestra próxima vez o porque realmente sé que será mi última vez y sea el destino el que me esté diciendo que me tengo que ir, en lugar de quedarme con quien no deseo conjugar nada más que un instante efímero.

TODOS MIENTEN

Convivimos con la mentira desde que venimos al mundo. La madre que nos parió confió su hijo (la suya a usted y la mía a mí) a un desconocido de bata blanca en la sala de partos de un hospital y lo primero que hizo para recibirnos a la vida fue soltarnos una bofetada en el culo (a usted en el suyo y a mí en el mío).

Los médicos mienten al afirmar que el cachete se da para cerciorarse de que hemos llegado a la vida como hay que llegar, es decir, entre lágrimas. Creo que una caricia en las nalgas (por parte del doctor) y un gemido como respuesta (por parte del recién nacido) sería lo más adecuado, digo yo.

Según vamos creciendo, las mentiras continúan aderezando nuestro entorno con falsedades como la existencia del «Coco, que te comerá» o del «Hombre del saco, que te llevará» (a no sé dónde si no obedeces). Otra vez más, todo es mentira.
Después, está la creencia de tres Reyes Magos que vienen del lejano Oriente, la existencia del ratoncito Pérez y algunos años mas tarde, la mentira de la ceguera por exceso de masturbación. Una vez más, todo es mentira.
Normalizar inocentemente la mentira puede provocar que se interprete como verdad sin culpa ni remordimiento (lo que es peor). El nazi Joseph Goebbels llevó esta máxima a sus máximas consecuencias (permítanme la repetición cacofónica) y millones de arios creyeron su mentira a pies juntillas al tiempo que los talones de sus botas acharoladas marcaban el paso de la marcialidad hitleriana hacia un holocausto genocida y cultural. Por suerte, la historia y el tiempo pone a cada mentiroso en su lugar (en este último caso bajo tierra) y también por fortuna se pilla antes a quien miente que a un cojo (será porque es más fácil saber de qué pie cojea incluso estando sentado).
Por eso, prefiero ayudar a cruzar la calle a una persona con dificultad de movimiento que mover un dedo por aquellos que mienten con la normalidad de hacerlo cada cuatro años. Llegados a este punto, aconsejaría leer los programas electorales antes de acudir a votar para saber de verdad lo que hay de mentira en cada propuesta política. La lectura es el mejor antihistamínico contra futuros dolores de cabeza generados por la mentira de los candidatos a liderar la gestión pública. Y además, es el único método para ejercitar el pensamiento crítico ante iniciativas de dudosa viabilidad pagadas con dinero de nuestro bolsillo (tanto del suyo como del mío).
Aunque pensándolo fríamente, a lo mejor hay algo de verdad en lo que dicen de la ceguera por masturbarse demasiado. Últimamente he notado un aumento considerable de mis dioptrías. ¿Algún lector o lectora sabría decirme cuánto es «demasiado»?

MEA CULPA

A la gente le gusta cantar en la ducha. Será porque cantando se espantan los males o porque el agua purifica, no sé.

Es cierto que el mejor modo de purificar el espíritu es vociferando el último éxito de Freddie Mercury bajo la lluvia del grifo plateado modelo Gröngnen que venden en Ikea y puedes instalar tú mismo con tan solo tres giros de muñeca.

Los médicos endocrinos, que tanto saben de nutrición y metabolismo, también aconsejan encarecidamente ir al baño tres o cuatro veces al día, y también para purificar el interior (en este caso, el interior físico).

Dejando de lado la higiene corporal matutina, justifico mi visita al espacio íntimo del hogar para aliviarme de aquello que oprime mi alma o la vejiga, que es otro órgano que tampoco se ve pero se siente como se siente el alma. Es entonces cuando entono el «mea culpa» y orino lo indecible tras la ingesta de litro y medio de agua diaria, sin contar las bebidas espirituosas de las que soy fervoroso sediento (había escrito adicto, pero lo he tachado para que no me tomen por borrachuzo).

Supongo que mi «mea culpa» es literal y por eso libero mi carga pecaminosa en forma de agüita amarilla al tiempo que suelto el lastre emocional sobrante que mi organismo no quiere como inquilino en el templo de mi conciencia.

Siguiendo la prescripción médica a pies juntillas, algunos obedientes como yo, vamos al excusado incluso en seis o siete ocasiones con devota fidelidad (había escrito felicidad pero lo he tachado para no ser demasiado explícito).
A veces lo hacemos para cantar bajo la lluvia procedente de la alcachofa de grifería nórdica y otras para expulsar la ira interior y despejar cualquier atisbo de duda sobre las sombras que anublan nuestro entendimiento y cubren de negrura nuestra existencia (había escrito «para quitarnos de encima los marrones del día a día», pero lo he tachado para evitar símiles escatológicos).

Habrá quien considere que el artículo de hoy es una asquerosidad y habrá quien considere que nuestra habitación propia es ese lugar alicatado hasta el techo y con detalles cromados de diseño sueco. En cualquier caso y llegados a este punto, agradezco la incontinencia lectora y espero que sus esfínteres rijan cumpliendo sus órdenes y no las de la madre naturaleza a su libre albedrío.

Y si leen este artículo con el móvil en la mano y sentados en el trono, sólo les puedo decir una cosa: en la república independiente de su casa, usted es el rey (o la reina).

LA CESTA DE LA COMPRA

Tengo la manía de mirar lo que compra la gente cuando va a pagar en la caja del súper. Mientras espero mi turno, contemplo la procesión de productos avanzando religiosamente por la cinta transportadora al paso de cofradía sevillana e imagino el carácter del cliente que escoge un tetra-brik de leche desnatada versus quien lo hace de leche entera. ¿Será de trato fácil o tendrá mala leche? (Perdón por el chascarrillo, no he podido resistirme).

Me pregunto si detrás de tres pizzas tamaño familiar se esconde realmente una gran familia o una persona con gran soledad y gran pereza por cocinar su propia comida.

¿Qué hará nada más levantarse quien compra cuatro cajas de cereales deshidratados, seis kilos de naranjas, dos docenas de huevos y una bandeja de beicon en lonchas?

Todas las respuestas a las preguntas del psicoanalista están encima de la cinta transportadora del supermercado y no sobre el diván de una sala en penumbra. Y teniendo en cuenta el precio de la hora de sesión de terapia, es como para pensar seriamente sustituir la cita médica por recibir la vez en la cola de la carnicería.

Siguiendo la metodología de observación de campo (a veces en Carrefour, otras en Eroski y otras en Lidl) resulta fácil valorar si el grado de ansiedad roza lo enfermizo por el numero de tabletas de chocolate que se adquieren o si el complejo de Edipo es el motor que guía el consumo a juzgar por la familia de productos que escoge el consumidor.

Algunas teorías politicoeconómicas afirman que cuando el cliente compra lo que compra está ejerciendo su derecho al voto. Y tienen razón. No hay mayor demostración de sufragio universal que la lista de la compra. Cada Mercadona de cada suburbio de las afueras es un colegio electoral y cada caja registradora es una urna de votos a favor del consumo mayoritario de productos poliinsaturados y algunas verduras para compensar como hace la oposición (pero sin valor representativo en el hemiciclo de la despensa).

Suelo dejar para el viernes por la tarde la compra de la semana, como supongo que también hará usted, aunque por una razón muy diferente. La mía es que ese día y a esas horas encuentro el súper a rebosar de personas y las colas en las cajas son kilométricas (sin que ello me moleste lo más mínimo). Puedo pasar horas y horas imaginando cómo será la vida de cientos de personas analizando aquello que compran, por cuánto dinero lo hacen  y por cómo lo pagan. En el fondo lo hago para dar forma a los personajes que después uso como protagonistas de mis artículos dominicales, como este mismo que esta usted leyendo.

Aquí termino, que hay una mujer detrás de mí en la cola para pagar que me mira raro porque llevo tres botes de gel lubricante íntimo.

AMOR VEGANO

Al amor le pasa lo mismo que a las verduras fritas en tempura, que cuando el rebozado es excesivo, se pegan entre sí.

Esta reacción química (y sobre todo física) se debe a que hay verduras que no se llevan bien y cuando la combinación natural de elementos no cuaja, comienzan a discutir al calor de la vitrocerámica. Tan pronto como se calienta el aceite, empieza a hervir la convivencia y el roce de la fricción en espacios reducidos no provoca cariño sino rechazo. Es en ese momento cuando se acabó comer saludablemente, o lo que es lo mismo, se marchitó el amor gastronómico de tanto usarlo (como cantaba Rocío Jurado).

Les cuento esto porque tengo un romance con una mujer casada. El marido no sabe nada, o eso cree ella (y también creo yo). Dice de él que es un inmaduro insípido y que por eso está conmigo, que estoy más sazonado en la práctica de las artes amatorias.

Hace tiempo que el fruto de su amor, un hijo universitario de veintipocos años, crece con su media naranja en Bruselas y desde que salió del tiesto hogareño ya no hay razón que una al matrimonio. También ella lamenta que por más grande y dulce que ha sido la zanahoria que le ha puesto delante del hocico durante años a su marido, éste no responde a sus atenciones como respondo yo con el abono regular del fértil campo de su piel. Los cuidados que exige mantener un matrimonio florido y hermoso han acabado dejando la relación en barbecho para él. Pero no para ella, ya que desde que brotó el injerto que puse en el tallo de su infelicidad, no paran de crecer ramificaciones de sentimientos hacia mi persona.

Hay que añadir que hace tiempo que la frescura pasional de juventud se marchitó sin el riego automático que supone el cuidado constante de las raíces. Puede que por eso esté buscando otro jardinero impetuoso y me tenga a mí para regar de ternura las flores de su juventud perdida.

Por mi parte, mimo los brotes verdes de su afecto susurrando palabras bonitas al oído para que el sentimiento crezca buscando la luz del sol. Aunque por otro lado, también me gustaría saber lo que susurra mi propia esposa a su amante diez años más joven que ella. Sé que se ven desde hace meses. Sé que está fuerte como un roble y más fresco que una lechuga y que por eso su ciruelo aguantará rígido como un pepino más tiempo que mi marchita fidelidad, que ya no reverdece ni con fertilizante extramarital.

Qué raro resulta el sexo sin amor: el pecado carnal muta en pecado vegetal.

ESPAÑA CAMISA BLANCA

España es un país de Quijotes. Y también de Sancho Panzas. No sabría corroborar con datos estadísticos si a partes iguales, pero casi-casi.

Del mismo modo, podría afirmar sin miedo a equivocarme que la mitad de los que dicen haber leído el Quijote no ha pasado de la primera página y el resto ha pasado olímpicamente incluso de abrir el libro.

Quienes sí hemos leído el Quijote, sabemos que es tan difícil de afrontar como pelar un kiwi (aun usando cuchillo). Con momentos dulces como una tajada de sandía y amargos como gajo de toronja. Con algún personaje que hiere como coger un higo chumbo directamente de la chumbera y muchos otros secos como una bellota. Lo más interesante es que todos ellos son fruto del genio de un español del que se duda donde nació y del que no hay certeza donde está enterrado.

En cada personaje del interior del Quijote está la humanidad entera que hay fuera de cada página y muy especialmente dentro de mi querida España esta España mía esta España nuestra. Sobre a piel de toro que asemeja su geografía, habitan «hombres doctos» como el cura licenciado Pedro Pérez, labradores como Pedro Alonso capaz de salvar de accidentes a los más imprudentes, o desdichados de amor que vagan errantes como el joven Cardenio.

En España también hay ínsulas que son la ambición de gobernadores de pacotilla y alguna Dulcinea “hombruna” que es objeto de deseo de enamoradizos irredentos. Incluso hay galgos corredores que siguen huyendo de una muerte segura tras años de servicio leal al mismo amo que le ahorca de una rama de una encina de un coto privado al acabar la temporada de caza.

Todo lo que hay ahí fuera, está en cada pasaje de cada capítulo del Quijote (y sin necesidad de leer entre líneas). Su protagonista podía enfrentarse a gigantes como molinos y al mismo tiempo era capaz de ver gigantes injusticias que combatir. Por su parte, su fiel e inocente escudero Sancho Panza, veía locura en quien ve injusticias que combatir aún sin saber que la mayor locura es la ingenuidad de creerse para lo que no se está capacitado como gobernar un lugar que no te pertenece aunque sea sólo una pequeña ínsula imaginaria.

Es una lástima que el libro más universal sea el menos leído del universo.  Puede que por eso cada día me sienta tan español como un personaje más de Cervantes. Hay mañanas en los que sólo deseo derribar los molinos de la gigante incompetencia de quien gobierna Ayuntamientos, dirige multinacionales y otorga becas y subvenciones, y otros días en los que sólo veo ingenuos por todas partes (especialmente al levantarme al amanecer y mirarme al espejo).

PIROPO

Hasta esta mañana, nunca me habían piropeado por la calle. Tampoco yo he piropeado a nadie en mi vida, todo sea dicho. De hecho, a día de hoy no sé a cómo está el kilo de piropo, su estado de cotización en bolsa, o si el precio de palabras escogidas del piropo está al alcance de mi bolsillo (o de mi boca). Tampoco sé si está de moda, si lo ha dejado de estar o si es algo propio del Pleistoceno como las hombreras, el cardado heavy a lo Bon Jovi y la Nintendo Game Boy

Espetar a una persona desconocida lo que no espera oír, ni tampoco necesita escucharlo de quien lo dice, debe ser tan violento como que te caiga un piano encima cuando no has visto ningún camión de mudanzas aparcado en doble fila.

El piropo gratuito dirigido a quien no se conoce (ya sea del sexo opuesto o del mismo o del que cada uno guste ejercer) no tiene nada que ver con la opinión personal, la libertad de expresión, el halago y mucho menos con el elogio. Tampoco tiene que ver con el receptor, aunque sí mucho con el emisor. Cuando se escupen la selección de palabras que contiene un piropo, quien lo vomita está hablando de su propia educación recibida, del entorno familiar en el que se ha criado y del ámbito laboral donde recibe un salario cuando lo que debería recibir es la carta de despido porque se la merece más que el dinero que cobra por abrir la taza del váter que tiene por boca.

Cuento todo esto porque esta misma mañana, al entrar por la puerta del rascacielos de oficinas que cruzo de lunes a viernes a las ocho y media de la mañana para cumplir con mi horario laboral como empleada de la limpieza, tres ejecutivos que compartían la jugada polémica del último derbi del Real Madrid entre intensas caladas de tabaco y sonoras risotadas me han espetado a mi espalda «…rubia, te dejaría el ojete como un bostezo!!!».

Y aquí me tienen, en comisaría, presentando una denuncia por acoso. Espero que la ley sea la que les abra a los tres un buen agujero. Si no es en su conciencia de primate al menos que sea en su cuenta corriente, porque el hueco más grande ya lo tienen en su cabeza. Si Darwin viviera…

LA GRAVEDAD DE LA GRAVEDAD

Tengo la moral por los suelos. No sé si es culpa mía, de mis alter-egos literarios o es culpa de la gravedad terrestre que siempre reclama lo que es suyo.

Luchar contra la consternación que infunde un exiguo estado de ánimo es un combate sin tregua ni cartón (o como se diga). El caso es que tras cuatro visitas al psiquiatra este último mes a ochenta euros por visita y trescientos veinte euros menos en mi cartilla, sigo sin levantar cabeza (también literalmente).

Me afecta todo de todos y sobre todo aquello que no debería afectarme por el simple hecho de que no me incumbe directa o indirectamente. Si enciendo la tele y hay un documental en La 2 de ñus cruzando el rio Mara en Tanzania, lloro un mar de lágrimas contando el número de animalitos que caen presa de las fauces del cocodrilo autóctono. Si acudo en transporte público a mi lugar de trabajo y una anciana nonagenaria rechaza ocupar el asiento de Metro que he cedido educadamente, de nuevo estallo en llanto por el negligente desprecio a mi ofrecimiento. Lloro al abrir el buzón y ver que la única  carta que recibo siempre es la del banco. Lloro con la película Pretty Woman aunque tenga el televisor apagado (me basta con saber que algún canal la está reponiendo por enésima vez). Lloro porque todo tiempo pasado fue anterior y si fue mejor, ya no importa, ni tampoco sirve de nada saber en detalle lo mejor que fue para los tiempos que corren. Lloro porque mi exnovia me abandonó diciendo la frase “no eres tú, soy yo” (aunque en realidad lo que había era “otro”). Lloro porque todo en la vida va cuesta abajo y a mí la vida se me hace muy cuesta arriba.

Por suerte les tengo a ustedes cada domingo que me apoyan en internet con la lectura de mis artículos y corresponden a la emoción que transmite su contenido escribiendo comentarios con puntualidad británica (la puntualidad, otra costumbre virtuosa en declive).

Sólo espero que hoy precisamente no se caiga la conexión a la red y me quede sin lectores. Aunque podría ocurrir, ya que como dije antes, la gravedad siempre reclama lo que es suyo y si se cae Internet es por motivo de fuerza mayor. Y mayor fuerza que la ejercida por la madre naturaleza es imposible de superar a primera hora de la mañana. Aunque dos Diazepanes de 10 miligramos para desayunar ayudan bastante.

NI EN CONTRA NI A FAVOR

Del mismo modo que para salir hay que entrar, para bajar de peso hay que coger peso (concretamente coger las mancuernas del gym tres veces por semana). Parece una contradicción, pero no lo es.

También dicen que para sortear las consecuencias del veneno de serpiente conviene inocularse veneno del mismo reptil, tal y como hacia el pirata Roberts en “La Princesa Prometida”.

Al mismo tiempo, las dietas más efectivas de la operación bikini confirman que para comer menos cada día hay que comer más veces al día.

Incluso hay asesores matrimoniales que recomiendan la infidelidad conyugal para revivir la fidelidad del amor connubial perdido.

Tampoco he llegado a comprender por qué la cama se llama cama y la cómoda se llama cómoda si la cama es más cómoda que la cómoda.

España no es el único país contradictorio. En Francia, el puente más viejo de París sobre el río Sena se llama Pont Neuf y en Inglaterra la obra más conocida de Sackespeare lo es por cuestionarse «ser o no ser».

Para dejar las cosas claras, es mejor ponerlas en negro sobre blanco ya que, aún siendo negro, todo se ve más claro que si se ponen en blanco sobre negro.

También el silencio administrativo de las Instituciones Públicas demuestra completo desinterés, frente al refrán popular que confirma que «el que calla, otorga». Y hablando de aquello que es público y que sólo beneficia a unos pocos, hay cargos públicos cobrando sueldo institucional que defienden la laicidad del estado para después inaugurar la Semana Santa con el mayor boato mediático posible (persignación ante las cámaras incluida). También hay quien se posiciona abiertamente contra el divorcio, contra el matrimonio gay y contra el aborto para después divorciarse sin remordimiento moral, acudir con orgullo a la boda homosexual de un compañero de partido y enviar a su hija menor de edad a abortar a las clínicas privadas de mayor prestigio médico sin el menor interés por la integridad psicológica de la madre y mucho menos por la integridad ética propia.

Un claro ejemplo de la contradicción en la que estamos inmersos la ejemplifica con más razón que un santo mi admirado Juanjo Millás en su libro «El mundo» al describir la función del bisturí que disecciona y cauteriza al mismo tiempo. Todo resulta contradictoriamente contradictorio. En especial, en asuntos del corazón, tal y como decía Santa Teresa de Jesús (en esta ocasión con tanta razón como santidad).

Yo tampoco estoy libre de contradicción. Por ejemplo, nunca estuve más enamorado de la mujer que amaba que cuando se acabó el amor definitivamente.

Para concluir, puede que sea la sinrazón la razón que dé sentido a la vida. Por eso tiene sentido que todo en este mundo sea unas veces a favor y otras en contra