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EL DINERO DA LA FELICIDAD Y MUCHA

A menudo reflexiono sobre la siguiente idea: el dinero no da la felicidad.

Supongo que usted también dedicará gran parte de las horas del día a pensar en esta misma idea (concretamente desde las 7.00 o las 9:00 hasta las 14:30 o las 18:00, dependiendo del tipo de jornada laboral).

El creador de la frase “el dinero no da la felicidad” expresó en seis palabras su concepto particular del coste de la vida (de la suya, quiero decir), ya que no especificó la cantidad de dinero a partir de la cual se alcanza el umbral de la felicidad. Y quien fuera el autor de esta frase, probablemente también sería millonario. Y si era millonario, lo seguirá siendo ya que según leí esta mañana en la prensa el beneficio de los millonarios creció en el último año de modo proporcional a lo que creció la pobreza de los pobres. Es decir, los primeros multiplicaron su riqueza y los segundos su miseria.

Por otro lado, todo lo que afirme, niegue o confirme sobre todo lo que proporciona el dinero será únicamente por todo lo que he oído, he leído o he visto sobre él, ya que mi relación con las finanzas es tan compleja como es la relación del agua y el aceite. Es decir, cuando llega a mis manos, o se me escapa entre los dedos o resbala de mi cuenta corriente. 

En conclusión, que pertenezco al alto porcentaje de personas que ha visto incrementar su miseria en la misma proporción que la riqueza de espíritu. Lo malo es que el espíritu no sirve para llenar la nevera ni para llenar el depósito del coche ni para llenar de vida la vida. Lo único que llena el espíritu es la esperanza de que algún día un poco de dinero no quite la felicidad a quien nunca lo tuvo antes. 

LA MOTOMAMI Y EL CHANELAZO

Para tener una mínima conversación con mi hija tiktoker adolescente, he decidido comunicarme con ella en lenguaje trap. Y parece que funciona okai.

Al principio me costó. Pero como madre, soy capaz de con tal de estar keep in cute con mi bizcochito. Reconozco que el mundo ‘tá loco-loco como para que una mujer madura con carrera universitaria, master en dirección de empresas, CEO de una multinacional y dos veces separada de hombres que no entendieron mi sentido de conciliación familiar, tenga que recurrir al doom-doom y al zoom-zoom para estar cerca de su baby de doce años recién cumplidos.

Yo, que siempre estuve ready para romper las normas sociales, ahora estoy ready pa’ romper cadera con tal de que mi little hijita lovemi y want me more, more, more tal y como yo la adoro a ella.

Puede sonarte crazy o dejarte lo,lo,lo-co,co,co, pero desde que el trap ha entrado en mi life, ahora mantengo una comunicación súper fluida con mi hija adolescente. El flow entre las dos es slow mo, mo, mo y mo. Ella dice que soy su mami queen, y yo me siento la madre más feliz del world mundial.

Pero no se confundan, señora y señore. Sin yo quererlo me he convertido en la Motomami del barrio y eso que no tengo moto ni carné, aunque sí mucho de madre y mucho de tran-tran.

PEQUEÑOS PLACERES DE LA VIDA (GRATIS)

La siesta. Un masaje de pies. El rayito de sol que entra por la ventana. Dar las gracias. Que te pidan las cosas por favor. Ser puntual y que sean puntuales. El viento en la cara. Bañarse en el río. Pisar descalzo la hierba. Sonreír a un desconocido (y que te devuelva la sonrisa). Desear los buenos días y escuchar a alguien decir “Buenos días”. Caminar por la playa (sin zapatos). Ceder el asiento a una mujer embarazada. Explotar las burbujas del papel burbuja. El olor a tierra mojada. El frío de un copo de nieve en la lengua. Los “cinco minutitos más”. Encontrar un billete de 5 euros en el bolsillo de un pantalón que no te pones desde hace un año. Que el autobús llegue a su hora. El aroma del pan recién hecho. Meter los pies en un charco. Releer los apuntes de C.O.U. El chupito de invitación del menú del día. Rascarse donde pica. Leer un libro (un libro cada quince días, quiero decir). Que te duela el estómago de reír. Contar un cuento a un niño antes de dormir. Dibujar en la arena. Recibir un abrazo de un desconocido. El silencio. El olor de una rosa. Regar los tiestos. Hacer un muñeco de nieve. Pasar la lengua por las encías después de cepillarse los dientes. Jugar como un niño con un niño. Bostezar en este preciso instante mientras se lee la palabra bostezar. Dar de comer a los patos. Abrir la ventana a primera hora del día para ventilar la casa. Dar un beso en la nuca. Recibir un beso en la nuca. Montar en columpio. El tacto de las sábanas recién planchadas. Que te hagan cosquillas en la planta de los pies. Una ducha de agua bien caliente. Abrazar a un árbol. Ver una reposición de cualquier película de Frank Capra. Pisar nieve virgen. El agua del mar golpeando los tobillos. Encontrar sitio para aparcar a la primera. Probarse un pantalón del año pasado y que te valga. El paseo de media hora al atardecer. Escuchar el sonido de un patio de colegio a la hora del recreo. Encender la radio y que esté sonando tu canción favorita. Pasear en bicicleta. Cruzar la mirada con un actor de cine por la calle. Ceder el paso a una persona mayor al entrar (o al salir). Coincidir con un escritor famoso en un ascensor. Leer poesía. Que te den monedas de más en el cambio (y devolverlas). Que el coche pase la ITV. Acariciar a un perro, o a un gato, o a un caballo, o a un burro, o a una vaca (si se deja, claro). Entrar gratis a un museo. Dormir del tirón. Escribir articuentos como este (y que haya personas que lo lean).

LA VIDA ES RARUNA

Manolo se siente un bicho raro. El único lugar donde encuentra seguridad está entre las cuatro paredes de su vivienda de protección oficial. Por eso apenas sale a la calle más que para bajar la basura y siempre al caer la noche, que es el momento que aprovecha para hacer la compra en el DIA, justo antes de cerrar y justo después de ver si el coche sigue en el mismo lugar donde aparcó hace seis meses.

Manolo sabe que él no es normal, y que tampoco es normal el mundo que le rodea. Hace años se deshizo del aparato de televisión poniendo un anuncio fotocopiado en una farola (también de noche). No fue necesario llevarlo a ningún sitio. El que fue a recogerlo a su domicilio no tuvo que llamar al timbre. Manolo ya lo tenía disponible en el descansillo para que se lo llevara cuanto antes. Manolo no salió ni a recoger los 50 euros que dejó el comprador en su buzón como gratitud.

Manolo tampoco escucha la radio, ni lee la prensa online, ni responde a mensajes de Whatsapp o llamadas telefónicas. Y no lo hace porque, además de no querer hacerlo, ni tiene radio ni ordenador ni teléfono móvil. 

En realidad, Manolo no existe para nadie. Porque lo cierto es que Manolo es solo un personaje de ficción creado por quien escribe estas líneas con el objetivo de ser quien nunca será por mucho que se desee.

La vida no es rara. Raros somos nosotros. Todos nosotros, como Manolo. 

FELIZ DÍA DEL LIBRO

La riqueza del castellano es casi tan suculenta como un puchero de garbanzos. Cuando crees saborear un sustantivo, aparece un adjetivo repleto de matices y el paladar descubre una sensación desconocida hasta la fecha que transforma el instante lingüístico en un deleite gastrosemántico* único e inimitable.

*No se molesten en buscar el palabro gastrosemántico porque no existe. Es invención propia.

Para quienes leemos con frecuencia (a diario, quiero decir) el placer de descubrir un nuevo término en las líneas del texto de un libro de narrativa, ensayo o poesía es lo más parecido a apreciar una especia oriental en una crema vegetal, un matiz oculto en una cata de vino o un aroma diferente en la inmensa variedad de quesos elaborados artesanalmente en la Francia rural. 

La lectura, además de alimentar el alma, desarrolla el intelecto y favorece el despertar de innatas facetas dormidas por el transcurrir de los años. Las propiedades nutritivas de un adjetivo son aporte calórico indispensable para la supervivencia en momentos de carente conversación ajena o de bajo contenido en contenido (valga la redundancia). El incremento inusitado de vocablos es correspondido con una atención en igual proporción que suscita admiración y recelo a partes iguales.

Cuento todo esto porque hoy tengo una cita a ciegas con una mujer tras cuatro meses en barbecho afectivo y necesito seducirla a toda costa. Como no creo que lo logre por mis valores físicos, voy a intentarlo por mi intelecto. Y si finalmente no alcanzo los objetivos previamente marcados, al menos habré ejercitado la mente que es tan sano como ejercitar el cuerpo. O eso decían los literatos en el Imperio Romano.

EL DON 

Todos tenemos un don. Hay quien lo descubre al poco de nacer y quien lo encuentra a lo largo de sus años de vida. Aunque una inmensa mayoría nos iremos al otro barrio sin saber a qué vinimos a este ni el porqué.

Tener un don no significa necesariamente estar en posesión de una habilidad intelectual, física o creativa muy por encima de la media del españolito de a pie. Tener un don tampoco conlleva manifestar capacidades especiales que el prójimo no intuye ni por asomo y a veces tampoco el que las posee. Los hay que necesitarían vivir tres vidas para cerciorarse de aquello que les haría feliz si fuera descubierto a tiempo, o que, por esa misma razón, reniegan de él ocultándolo bajo un manto de susto e ignorancia a partes iguales. 

Aunque para lo que sí estamos capacitados todos y cada uno de nosotros, es para el don de dar vida. Por eso, si aún no sabes si lo tuyo es componer arias que erizan la piel al ser escuchadas, retratar a monarcas en lienzo del modo más realista posible o desarrollar un estilo narrativo de escritura digno del premio Nobel, siempre puedes donar tus órganos a la ciencia cuando ya no des más de sí en este mundo.

Considéralo tu legado para la posteridad. Podría ser la mejor sinfonía que nunca has compuesto o la obra maestra que jamás has pintado. Al hacerlo, serías distinguido como el benefactor más generoso e inteligente al nombrar anónimamente a los herederos de tus pertenencias más íntimas sin entrar en detalles superficiales como nombres y apellidos.

Y si aún no eres donante, pero lo estás valorando, puedes empezar donando sangre. A lo mejor descubres que tu don es donar y averiguas el verdadero sentido de la vida; y de paso tu razón de estar en este mundo. Desde la primera gota extraída, te llamarán Don Donante, el título nobiliario más prestigioso del mundo.

EL BOFETÓN DE WILL SMITH

Vivimos tiempos convulsos. Aunque no creo que sean más convulsos que los tiempos vividos por nuestros padres y madres, los padres de nuestros padres, las madres de nuestras madres o tatarabuelos y tatarabuelas.

Afirmar que toda incertidumbre de hoy es diferente a la incertidumbre del ayer en términos tan categóricos como se hace en tertulias, reuniones y conversaciones de barra de bar es mostrar profundo desconocimiento hacia el pasado y poco respeto por el momento presente. Especialmente hacia quien obra lo imposible por mejorar el futuro de los suyos muy suyos que es también el de los míos muy míos y por extensión el de todos muy todos.

Nadie dijo que la convivencia en sociedad fuera fácil, aunque para unos sea más fácil que para otros. Mientras navego por el mar de internet, leo una frase que afirma que el 75% de la riqueza mundial está en manos del 10% de la población. En el mismo párrafo, se dice que en nueve de cada diez ocasiones son los mismos los que tienen más opciones para acceder a los recursos básicos, pero que aún así, se lo ponen difícil a los demás en lugar de hacérselo fácil desde su posición socioeconómica de ventaja. 

A medida que leo y releo todo lo que hay escrito en internet sobre el estado actual del planeta tierra, soy más consciente de lo poco que sé de lo que realmente debería saber, y eso me irrita.

Al final, he decidido apagar el router y he abierto el catálogo de IKEA que han dejado en el buzón. Nada más saludable para el equilibro emocional que vivir en la completa ignorancia de todo lo que sucede a mi alrededor en el mundo de hoy en día.

Posdata: sé que el título de este articuento no tiene nada que ver con su contenido. Pero era el único modo de llamar su atención para que leyera algo en internet que no tuviera que ver con el bofetón de Will Smith. 

NADA ES CASUAL

De pequeño quería ser médico, pero como tenía buena letra, no me dejaron. Al llegar la juventud, también quise ser pintor, pero el daltonismo congénito que padezco confundía a los galeristas de arte que al ver mi obra pictórica no entendían por qué el cielo que veían rojo era el azul celeste que veía yo.

Pronto tuve que sustituir los pinceles por la cámara de fotos que usé a modo de linterna en el oscuro camino de la expresión artística, pero nunca hallé el instante decisivo ni tampoco momento para aprender la diferencia entre ISO y ASA. 

Aposté a ser crupier en un casino de lujo, pero la dislexia jugó en mi contra y acabé perdiendo mi puesto de trabajo por dejar ganar antes a los tahúres que a la banca (y a los bancos).

Probé como periodista y el único titular que logré fue relegado a la penúltima página (concretamente entre la sección de esquelas y la de anuncios por palabras).

He ejercido labores de jardinero, peón de albañil, oficial tornero y conductor de autobús a tiempo parcial durante varios años completos (que suena contradictorio, pero no lo es). 

Tengo poca experiencia en muchas profesiones que es lo mismo que decir que valgo tanto para un roto como para un descosido. Lo malo es que a día de hoy ya nadie remienda nada y menos los errores. 

Por eso me dio por escribir y contar las historias de mis vidas y de las personas que invento en cada una de ellas.

Lamentablemente tampoco vivo de lo que escribo porque de “eso” no se vive. Pero escribir alimenta el alma, que es lo más parecido a disfrutarlo todo sin tener nada. 

SIRI ES TU MADRE

Mi jefe se ha enterado de que quiero dejar la empresa. No sé cómo cojones lo sabe porque yo no se lo he comunicado oficialmente. Tampoco se lo he dicho a ninguno de los compañeros con los que comparto mesa de oficina cada día y mesa de restaurante cada noche de jueves. Ni siquiera lo saben en casa. Ni mi mujer, ni mis dos hijas adolescentes, ni la amante con quien me veo dos veces por semana en un hotel de las afueras. De hecho, ni yo mismo sé que quiero dejar la empresa.

Desde que el entorno digital apareció en nuestras vidas, el algoritmo binario ha tomado las riendas de mis actos. Si necesito comprar un par de botas para esquiar en Baqueira Beret, el algoritmo sabe de antemano el modelo, la marca deportiva que mi sueldo alcanza e incluso mi número de pie sin indicación alguna por mi parte, salvo que no necesito botas para esquiar porque no sé esquiar ni tengo ganas de aprender a mi edad.

Si mi estado de ánimo está por los suelos, el algoritmo conoce las causas, realiza un análisis exhaustivo de mi caso y ofrece varias alternativas de índole psiquiátrica y farmacopea, aunque la euforia me domine por la cascada de victorias del Atlético de Madrid en Liga, Champions y Copa del Rey.

Por esa razón, desconozco lo que ha motivado a mi jefe ponerme de patitas en la calle argumentando que estoy fuera del entorno digital exigible en un puesto de mi categoría.

La culpa de todo es del algoritmo que se ha adueñado de nuestras vidas y sabe lo que queremos antes incluso de quererlo. 

EL ASTRONAUTA AUTÓNOMO

De niño quise ser astronauta. Me imaginaba a mí mismo surcando el espacio interestelar a los mandos de una nave equipada con infinidad de palancas, botones y artilugios. Atravesar la inmensidad de la galaxia esquivando el impacto de los inconvenientes burocráticos a modo de meteoritos sin perder de vista el horizonte cósmico visible a través de la escotilla. Sortear multitud de impedimentos administrativos surgidos de improviso y afrontarlos con el talante innato del profesional en permanente estado de mejora. Dominar el uso de las nuevas tecnologías de la información extrayendo de todas ellas sus ilimitadas posibilidades dispuestas a mi antojo para ser implementadas en cualquier territorio desconocido. Emplear día y noche solventando con éxito misiones imposibles sin considerar la escasez de recursos económicos y humanos. Vestir un traje hecho a medida para impresionar a quien se cruzara en mi camino. Asistir a reuniones, conferencias, encuentros y entrevistas envuelto en un aura de confianza y seguridad avalada por miles y miles de horas de vuelo. Brillar como una estrella en el firmamento laboral de un sector altamente competitivo y repleto de adversarios sobrecualificados. Alcanzar la cima de mi carrera profesional tras una travesía jalonada de reconocimientos, premios y galardones. Salir en las páginas de los libros del gremio con mi nombre subrayado en tipografía cursiva y un texto lisonjero redactado por un premio Nobel junto a una foto de cuerpo entero realizada por el artista del momento. Ser reconocido por la calle, tener mesa reservada permanentemente en los restaurantes de moda y recibir invitaciones como tertuliano en los programas prime time de radio y televisión para opinar sobre aquello que no sé ni me importa. Formar parte de la historia reciente como el hombre que primero dijo esto, hizo aquello y logró lo de más allá.

Por suerte para mí, el destino caprichoso ha querido que aquellos sueños de estilo vida se cumplan. Quise ser astronauta y me convirtió trabajador autónomo.