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EL DON 

Todos tenemos un don. Hay quien lo descubre al poco de nacer y quien lo encuentra a lo largo de sus años de vida. Aunque una inmensa mayoría nos iremos al otro barrio sin saber a qué vinimos a este ni el porqué.

Tener un don no significa necesariamente estar en posesión de una habilidad intelectual, física o creativa muy por encima de la media del españolito de a pie. Tener un don tampoco conlleva manifestar capacidades especiales que el prójimo no intuye ni por asomo y a veces tampoco el que las posee. Los hay que necesitarían vivir tres vidas para cerciorarse de aquello que les haría feliz si fuera descubierto a tiempo, o que, por esa misma razón, reniegan de él ocultándolo bajo un manto de susto e ignorancia a partes iguales. 

Aunque para lo que sí estamos capacitados todos y cada uno de nosotros, es para el don de dar vida. Por eso, si aún no sabes si lo tuyo es componer arias que erizan la piel al ser escuchadas, retratar a monarcas en lienzo del modo más realista posible o desarrollar un estilo narrativo de escritura digno del premio Nobel, siempre puedes donar tus órganos a la ciencia cuando ya no des más de sí en este mundo.

Considéralo tu legado para la posteridad. Podría ser la mejor sinfonía que nunca has compuesto o la obra maestra que jamás has pintado. Al hacerlo, serías distinguido como el benefactor más generoso e inteligente al nombrar anónimamente a los herederos de tus pertenencias más íntimas sin entrar en detalles superficiales como nombres y apellidos.

Y si aún no eres donante, pero lo estás valorando, puedes empezar donando sangre. A lo mejor descubres que tu don es donar y averiguas el verdadero sentido de la vida; y de paso tu razón de estar en este mundo. Desde la primera gota extraída, te llamarán Don Donante, el título nobiliario más prestigioso del mundo.

EL BOFETÓN DE WILL SMITH

Vivimos tiempos convulsos. Aunque no creo que sean más convulsos que los tiempos vividos por nuestros padres y madres, los padres de nuestros padres, las madres de nuestras madres o tatarabuelos y tatarabuelas.

Afirmar que toda incertidumbre de hoy es diferente a la incertidumbre del ayer en términos tan categóricos como se hace en tertulias, reuniones y conversaciones de barra de bar es mostrar profundo desconocimiento hacia el pasado y poco respeto por el momento presente. Especialmente hacia quien obra lo imposible por mejorar el futuro de los suyos muy suyos que es también el de los míos muy míos y por extensión el de todos muy todos.

Nadie dijo que la convivencia en sociedad fuera fácil, aunque para unos sea más fácil que para otros. Mientras navego por el mar de internet, leo una frase que afirma que el 75% de la riqueza mundial está en manos del 10% de la población. En el mismo párrafo, se dice que en nueve de cada diez ocasiones son los mismos los que tienen más opciones para acceder a los recursos básicos, pero que aún así, se lo ponen difícil a los demás en lugar de hacérselo fácil desde su posición socioeconómica de ventaja. 

A medida que leo y releo todo lo que hay escrito en internet sobre el estado actual del planeta tierra, soy más consciente de lo poco que sé de lo que realmente debería saber, y eso me irrita.

Al final, he decidido apagar el router y he abierto el catálogo de IKEA que han dejado en el buzón. Nada más saludable para el equilibro emocional que vivir en la completa ignorancia de todo lo que sucede a mi alrededor en el mundo de hoy en día.

Posdata: sé que el título de este articuento no tiene nada que ver con su contenido. Pero era el único modo de llamar su atención para que leyera algo en internet que no tuviera que ver con el bofetón de Will Smith. 

NADA ES CASUAL

De pequeño quería ser médico, pero como tenía buena letra, no me dejaron. Al llegar la juventud, también quise ser pintor, pero el daltonismo congénito que padezco confundía a los galeristas de arte que al ver mi obra pictórica no entendían por qué el cielo que veían rojo era el azul celeste que veía yo.

Pronto tuve que sustituir los pinceles por la cámara de fotos que usé a modo de linterna en el oscuro camino de la expresión artística, pero nunca hallé el instante decisivo ni tampoco momento para aprender la diferencia entre ISO y ASA. 

Aposté a ser crupier en un casino de lujo, pero la dislexia jugó en mi contra y acabé perdiendo mi puesto de trabajo por dejar ganar antes a los tahúres que a la banca (y a los bancos).

Probé como periodista y el único titular que logré fue relegado a la penúltima página (concretamente entre la sección de esquelas y la de anuncios por palabras).

He ejercido labores de jardinero, peón de albañil, oficial tornero y conductor de autobús a tiempo parcial durante varios años completos (que suena contradictorio, pero no lo es). 

Tengo poca experiencia en muchas profesiones que es lo mismo que decir que valgo tanto para un roto como para un descosido. Lo malo es que a día de hoy ya nadie remienda nada y menos los errores. 

Por eso me dio por escribir y contar las historias de mis vidas y de las personas que invento en cada una de ellas.

Lamentablemente tampoco vivo de lo que escribo porque de “eso” no se vive. Pero escribir alimenta el alma, que es lo más parecido a disfrutarlo todo sin tener nada. 

SIRI ES TU MADRE

Mi jefe se ha enterado de que quiero dejar la empresa. No sé cómo cojones lo sabe porque yo no se lo he comunicado oficialmente. Tampoco se lo he dicho a ninguno de los compañeros con los que comparto mesa de oficina cada día y mesa de restaurante cada noche de jueves. Ni siquiera lo saben en casa. Ni mi mujer, ni mis dos hijas adolescentes, ni la amante con quien me veo dos veces por semana en un hotel de las afueras. De hecho, ni yo mismo sé que quiero dejar la empresa.

Desde que el entorno digital apareció en nuestras vidas, el algoritmo binario ha tomado las riendas de mis actos. Si necesito comprar un par de botas para esquiar en Baqueira Beret, el algoritmo sabe de antemano el modelo, la marca deportiva que mi sueldo alcanza e incluso mi número de pie sin indicación alguna por mi parte, salvo que no necesito botas para esquiar porque no sé esquiar ni tengo ganas de aprender a mi edad.

Si mi estado de ánimo está por los suelos, el algoritmo conoce las causas, realiza un análisis exhaustivo de mi caso y ofrece varias alternativas de índole psiquiátrica y farmacopea, aunque la euforia me domine por la cascada de victorias del Atlético de Madrid en Liga, Champions y Copa del Rey.

Por esa razón, desconozco lo que ha motivado a mi jefe ponerme de patitas en la calle argumentando que estoy fuera del entorno digital exigible en un puesto de mi categoría.

La culpa de todo es del algoritmo que se ha adueñado de nuestras vidas y sabe lo que queremos antes incluso de quererlo. 

EL ASTRONAUTA AUTÓNOMO

De niño quise ser astronauta. Me imaginaba a mí mismo surcando el espacio interestelar a los mandos de una nave equipada con infinidad de palancas, botones y artilugios. Atravesar la inmensidad de la galaxia esquivando el impacto de los inconvenientes burocráticos a modo de meteoritos sin perder de vista el horizonte cósmico visible a través de la escotilla. Sortear multitud de impedimentos administrativos surgidos de improviso y afrontarlos con el talante innato del profesional en permanente estado de mejora. Dominar el uso de las nuevas tecnologías de la información extrayendo de todas ellas sus ilimitadas posibilidades dispuestas a mi antojo para ser implementadas en cualquier territorio desconocido. Emplear día y noche solventando con éxito misiones imposibles sin considerar la escasez de recursos económicos y humanos. Vestir un traje hecho a medida para impresionar a quien se cruzara en mi camino. Asistir a reuniones, conferencias, encuentros y entrevistas envuelto en un aura de confianza y seguridad avalada por miles y miles de horas de vuelo. Brillar como una estrella en el firmamento laboral de un sector altamente competitivo y repleto de adversarios sobrecualificados. Alcanzar la cima de mi carrera profesional tras una travesía jalonada de reconocimientos, premios y galardones. Salir en las páginas de los libros del gremio con mi nombre subrayado en tipografía cursiva y un texto lisonjero redactado por un premio Nobel junto a una foto de cuerpo entero realizada por el artista del momento. Ser reconocido por la calle, tener mesa reservada permanentemente en los restaurantes de moda y recibir invitaciones como tertuliano en los programas prime time de radio y televisión para opinar sobre aquello que no sé ni me importa. Formar parte de la historia reciente como el hombre que primero dijo esto, hizo aquello y logró lo de más allá.

Por suerte para mí, el destino caprichoso ha querido que aquellos sueños de estilo vida se cumplan. Quise ser astronauta y me convirtió trabajador autónomo.

EL PUNTO DE LA i

El idioma es sabio. La lengua de cada comunidad exhibe la semántica de una cultura propia. A veces se coincide en lo que se desea expresar, otras no. Pero no por ello una cultura es menos que otra; o  un idioma es menos que otro, si se mide únicamente por la capacidad de sus beneficiarios en dar el uso que merecen la riqueza de sus miles de términos. Habrá quien se sienta millonario empleando vocablos cervantinos y quien se sienta intimidado por la polisemia.

Los matices de cada adjetivo, cada adverbio o cada sustantivo demuestran la necesidad del ser humano en mostrar al detalle la particularidad del sentimiento a manifestar. Una minúscula diferencia hace inmenso un sentimiento y pasar por alto la posibilidad de expresar la diferencia (por pequeña que sea) puede transformarlo en una emoción insignificante. 

La cultura germana define como Sehnsucht al anhelo hacia aquello intangible. Algo así como nostalgia por lo que no se ha vivido ni experimentado. Por ejemplo, esos millennials que sienten morriña por la Movida Madrileña de la que sólo han oído hablar cuando han visto a sus padres “moviendo la pierna, moviendo el pie, moviendo la tibia y el peroné”. La cultura nipona describe etimológicamente el estado emocional de felicidad permanente con el término Yorokobu. En cambio, en la cultura española no hay locución explícita para lo primero ni para lo segundo. Será porque no fue necesario crearlas en su momento y a día de hoy, tampoco hay motivos.

Por su parte, el idioma castellano posee expresiones que ni germanos ni nipones contemplan en sus diccionarios, lo que constituye un ejemplo más de la importancia de dar nombre a cada diferencia para constatar que el ser humano es tan único aquí como allí e incluso en el más allá.

Pero en lo que todos los idiomas coinciden, es que ninguno de ellos ha sabido poner nombre al punto de la i. Si por casualidad usted conociera el vocablo en otro idioma, no dude en hacérmelo saber cuanto antes. Será como poner el punto sobre la i a este articuento (y también el punto final).

PLANTAR UN HIJO, ESCRIBIR UN ÁRBOL, TENER UN LIBRO

En casa me dicen que debo madurar, como si yo fuera una manzana verde o un plátano de Canarias. ¿A qué viene tanta prisa? me pregunto yo. 

Todo el mundo sabe que el proceso enzimático de maduración es irreversible. Por esa razón me niego en rotundo a exponerme públicamente a los rayos solares y evito las corrientes de vientos alisios que precipitan el estado de terneza de todo elemento orgánico tal y como también hace el frigorífico, pero de modo inversamente proporcional.

De la misma manera que algunas frutas granan antes que otras, también hay seres humanos que tardamos lo nuestro en llegar al punto de sazón propio de la edad, frente al herbazal de individuos que llega antes de tiempo sin habérselo propuesto. En mi caso particular, ni lo uno ni lo otro. 

Se supone que alcanzar la edad adulta (entendiendo edad adulta cuando se supera la cuarentena) conlleva intrínsecamente la expresión “madurez” que queda manifiesta en la trilogía imperativa “ten un hijo, planta un árbol, escribe un libro”.

El caso es que los que son de mi generación andan ya por el tercer hijo y actualmente están ocupados seleccionando el tipo de semilla de árbol que plantarán cuando alcancen el otoño de su jubilación. En mi caso particular, insisto, ni lo uno ni lo otro. Supongo que por el hecho de que en mis 52 años de existencia jamás he plantado un hijo ni tampoco escribí un árbol, mi candor pueril está más que justificado.

Llámenme inmaduro, pero prefiero vivir en una eterna primavera para nunca pasar pagina del libro de la vida. 

EL ESCRITOR

El escritor se sienta a la mesa ante una hoja de papel en blanco, límpido, inmaculado. Mira el papel fijamente, pero el papel es el que le mira a él. El escritor observa desafiante la página impoluta, aunque no podría llamarse página porque aún no hay ninguna palabra escrita.

Papel y escritor cruzan sus miradas en lo que parece un duelo a muerte. O mejor dicho, un duelo a vida. La batalla comenzó semanas antes en la cabeza del escritor, cuando las voces que únicamente escucha él no cejan en su empeño instigándole a iniciar el ataque lo antes posible.

Ambos miden sus fuerzas. El escritor se enfrenta al lance con un bolígrafo Bic en su mano izquierda. El papel no necesita ningún arma, le basta con mostrar orgulloso su pulcra extensión de 29,7 centímetros de alto por 21 centímetros de ancho. Lo hace con provocación como retando al escritor a dar el primer embate. Pero al escritor le cuesta dar un paso al frente. Permanece arqueado sobre la mesa, sobrecogido por la inmensidad que ven sus ojos y abrumado por el abismo que se cierne en el caso de superar el primer combate. Si alcanzara el triunfo, nacería una motivación que habrá de confrontar con el terror imperecedero. Ninguna victoria es completa. Tras la primera página en blanco abatida, vendrá otra y después otra más. El desafío interminable.

Entonces el miedo se hace más acuciante. También la angustia, el tormento y la desesperación. La exigencia infligida a sí mismo ofrece muestras en la sudoración que perla su frente y un leve tembleque en la mano derecha. Un escalofrío vaticina la derrota. Lo superará. O eso cree. No es la primera vez que le ocurre y tampoco será la última. El papel en blanco espera el avance del adversario. La actitud pasiva del papel intimida al escritor que muestra la punta del bolígrafo con ímpetu amenazante, pero dubitativo. Aproxima el bolígrafo dejando ver el color de la tinta en el extremo. El primer contacto cuerpo a cuerpo supera todas las expectativas. De repente, el escritor hincha el pecho con una bocanada de aire que inflama su interior. El pánico que le invadía tan solo unos segundos antes se bate en retirada sabiéndose derrotado. El papel asume la pérdida reconociendo el triunfo del escritor y entregándose de lleno en una capitulación incondicional.

El escritor entorna la mirada clavando sus ojos en un punto fijo de la hoja en blanco. Aferra con firmeza el bolígrafo y abalanzándose sobre el papel escribe una palabra: Fin.

NO CREER

No creo en los chollos, ni en las ofertas. Ni en gangas, rebajas o descuentos. Ni en el dos por uno, el Black Friday o el llévese cuatro y pague tres.

No creo en la promesa del más blanco no se puede. No creo en el milagro antigrasa, ni creo que exista la república independiente de mi casa porque mi casa nunca será mi casa hasta que finalice el pago de la hipoteca que llegará cuando esté jubilado (si llego a disfrutar de la jubilación, cosa que dudo).

No creo telepredicadores, prescriptores, ni en famosos a quienes les dicen lo que decir. No creo en los que ponen la mano en el fuego por alguien que no conozco. Tampoco creo que haya fuego que apagar salvo todos los provocados por la mano humana (que son la inmensa mayoría).

No creo en el puedo prometer y prometo y desconfío de lo prometido antes de meter porque después de haber metido nada de lo prometido. No creo en quien dice Diego después de haber dicho digo. No creo en la revolución o muerte ni en que el trabajo nos hará libres. No creo en los que te quieren por el interés donde no hay interés que valga.

No creo en quien sin argumento alguno defiende lo indefendible. No creo en el mal que dura cien años ni en quien bien te quiere te hará llorar, porque el mal dura lo que dura y quien te quiere bien te hace reír.

Por propia política, no creo en la política de buenas palabras, ni en la política de hechos consumados, ni en el politiqueo. No creo en esto ni en aquello si no van acompañados de lo otro y lo de más allá. No creo en lo que me dice un amigo que le ha dicho otro amigo que conoce a un amigo.

No creo en lo que será. Me fío más de lo que fue que de lo que puede ser. No creo en las encuestas, las estadísticas, los estudios de mercado, los logaritmos, ni en las previsiones aunque sean meteorológicas. No creo en el horóscopo, las bolas de cristal, los posos del café o la numerología de tres al cuarto ni en los adivinos que salen en la tele cada dos por tres seis.  

Sólo creo en lo que ven mis ojos y desde que me diagnosticaron astigmatismo, solo creo en mis gafas.

CREER

Creemos que tenemos toda la vida por delante. Creemos que todo irá bien. Creemos que nada saldrá mal. Creemos que todo tiempo pasado fue mejor. Creemos que nunca sucederá, que será lo que tenga que ser y que lo que viene conviene. Creemos que jamás se irá, que jamás volverá, que jamás se quedará o que jamás existió, ni existe, ni existirá.

Creemos en el poder de la amistad. Creemos que nadie nos fallará. Creemos en la prosperidad, en el futuro, el progreso y el porvenir. Creemos en la innovación y el desarrollo. Y a la vez en la tradición y en las costumbres. Creemos en la ciencia y en la religión. Creemos que el destino está escrito y que cada uno escribe su destino. Creemos que el amor lo puede todo, que sin amor nada es posible y que lo imposible es posible con amor.

Creemos que nadie es como dice ser y que la cara es el espejo del alma. Creemos en el amor eterno, en el amor fugaz, en el amor platónico y el amor inmortal. En el dinero, la recompensa del esfuerzo, el azar, la fortuna y en quien cree a pies juntillas y pone la mano en el fuego.

Creemos en lo que vemos para después negar lo que hemos visto. Se cree en lo increíble sin evidencias, en lo intangible e incluso en lo invisible. Creemos en lo que nos dicen, en quien lo dice y sobre todo en como lo dice. Decimos mucho que creer aquí es creer y creer en el más allá es una creencia. Creemos en el Creador y creamos para creer en nosotros mismos. 

Creemos tenerlo todo, pero no es así. Solo lo creemos.