NO ME DA LA VIDA

A las 6 de la mañana suena el despertador. Querría dormir cinco minutitos más pero, si me quedo en la cama, mi hija no desayuna. Salgo de casa sin maquillar. El coche no arranca. Llamo a un taxi: 25 euros. Dejo a la niña en la puerta del colegio camino del trabajo. Llego a la oficina. Saludo a Maite al entrar y ella baja la vista (es nuestra señal que indica el ambiente laboral que me espera, o sea, chungo). Rezo para no tener ninguna reunión un día como el de hoy. Me siento a la mesa de mi despacho. El jefe llama sin aún haber soltado el bolso. Pide un informe sobre la competencia. ¿Qué informe? ¿Qué competencia? Quiero hacer pis, pero el pis no sale. Llamo al ginecólogo. Tengo cita para dentro de tres semanas. ¡Tres semanas! Llaman del colegio de mi hija. Que se ha peleado con una compañera de clase y no es la primera vez. Que vaya a recogerla, que está expulsada de clase y a un tris de ser expulsada del colegio. Llamo a un taxi para ir al colegio: 14 euros. La niña no para de llorar. Cuando ella termina, empiezo yo. El director del colegio acude a consolarme. Qué bueno está. Dejo de llorar y mi hija empieza a reír. Suena el móvil. Mi jefe quiere el informe ya. ¿Qué informe?, pregunto yo. El de la competencia, responde él. Prometo que mañana lo tendrá a primera hora en su mesa. Él sabe que es mentira, yo sé que es mentira. Dan las nueve de la noche. La cena está sin hacer. Suena el teléfono móvil. Es mi exmarido. Quiere cambiar los días del turno del mes que viene de custodia compartida de la niña, que tiene un viaje a Paris y las fechas coinciden. Le digo que por mi parte no puede ser, que tengo mucho lío en la oficina y que hay que cumplir los acuerdos de divorcio. Aunque podría ceder a su petición, le digo que no (que se joda). Mientras hago la cena, pregunto a mi hija si su director está casado. Dice que no, que de esas cosas no sabe. Su respuesta me alegra lo que queda de día. Me acuesto soñando que aún hay esperanza para reencontrar el amor, que el amor aparece cuando menos te lo esperas y que si tiene forma de director de colegio es porque tiene que ser así y que hay que aprovechar lo que viene.

A las 6 de la mañana suena el despertador y ya estoy maquillada. Seré la primera madre en llevar a su hija al colegio. Lo del informe sobre la competencia… ya si eso, mañana o pasado mañana.

¿POR QUÉ GUARDAMOS LIBROS?

El saber ocupa lugar. Lo sé porque los libros en casa ocupan más espacio que cualquier otra cosa. Más incluso que la ropa de invierno y, viviendo en Segovia, eso significa tener mucha ropa.

Todo el conocimiento de la humanidad está recogido en las páginas de los millones y millones de publicaciones editadas desde que en el año 1440 el orfebre alemán Gutenberg creara la imprenta en su ciudad natal. A pesar de no haber vivido en plena edad media, haber sufrido el crack del 29 o experimentar el horror del Holocausto, conozco lo que no conocí porque lo he leído en los libros. Da igual que haya ocurrido hace tres días o trescientos años, todo está en los libros.

Puede que la clave para comprender lo incompresible del momento actual esté en el conocimiento que ofrecen las páginas de un libro. Estoy convencido de que todo lo malo (y lo bueno) que sucede a cada lector que lea ahora mismo estás líneas, sucedió a otros lectores que supieron escribirlo y ponerlo en negro sobre blanco en las páginas que después formaron un libro y parte de una biblioteca.

Desde que el ser humano es humano, vivimos los mismos acontecimientos en distinta época con poca diferencia entre sí ya que nadie se molestó en leer lo que sucedió al prójimo con anterioridad porque pensamos que lo que nos pasa a nosotros es lo más importante del mundo (y casi siempre, lo único).

HACE UN CALOR QUE TE TORRAS

A veces pienso que el cambio climático es un plan secreto pergeñado para colonizar los polos. Debido a que el ser humano no cesa en su empeño de follar por follar, el fruto del intercambio de fluidos tiene como consecuencia el crecimiento desproporcionado e insostenible de la población. Y claro, la superficie habitable se nos ha quedado pequeña tras décadas de lujuria, fornicio y desenfreno. Por lo tanto, es necesario acaparar más espacio y el único a mano está en los extremos del planeta (que no son a la ultraderecha ni a la ultraizquierda, sino arriba y abajo).

Intuyo que el propósito viene de lejos. Concretamente desde el día en el que Neil Amstrong pisó la luna y dijo aquello de “Aquí no hay quien viva” pero la N.A.S.A. tradujo por “Un pequeño paso para un hombre, un gran paso para la humanidad”.

Por eso, ante la dificultad económica que supone llenar la luna de seres humanos y la falta de perspectivas de abandonar la costumbre del placer coital, lo más fácil es llenar de habitantes los casquetes polares (la palabra casquete está usada intencionadamente). 

La estrategia tiene una formulación perfecta: para derretir la corteza polar, y de este modo transformarla en suelo urbanizable, nada mejor que aumentar el calor corporal para romper el hielo en las relaciones y pasar del “hola, ¿estudias o trabajas?” al “¿Por delante o por detrás?”. 

Que el ser humano no tenga remedio es algo que sabíamos desde la Edad Media (incluso antes), pero que el remedio sea acabar con la escasa belleza que nos queda en el planeta tierra, es algo que aún hoy se escapa al entendimiento.

Estoy plenamente convencido de que sólo pensamos en follar por follar porque todo nos importa una mierda (especialmente el cambio climático). 

PEQUEÑOS DOLORES INGRATOS 

Madrugar de lunes a viernes. Desvelarse en mitad de la noche. No encontrar las llaves de casa en el bolso. Aguantarse un estornudo. Romperse una uña. Qué se vaya la luz. Que al móvil se le acabe la batería. Pedir dinero prestado. El retraso de un vuelo cuando sales de vacaciones. La caña sin pincho. Que te inviten a una boda (o peor, a una comunión). La declaración de la renta a pagar. Sentir una mano helada en la espalda. Una espinilla. Perder el tren (en el sentido literal y también en el metafórico). Recibir un regalo que no te agrada recibir. La sopa fría y el gazpacho caliente. El vino picado. Salir en una foto con los ojos cerrados. Extraviar las gafas de ver. Quemarse la piel por el sol en verano. Esperar a quien llega tarde. Ir al cine a ver una película y que ya no esté en cartelera. Romper el tacón de los zapatos de tacón. Cortarse la yema de los dedos con el filo de un folio de papel. La moto no arranca. La leche caducada. La cola del supermercado. Una carta de hacienda en el buzón. Que te toque ser presidente de la comunidad de vecinos. Una picadura de mosquito. Tu jefe. Pisar una caca de perro. Que el coche no pase la ITV. Coincidir con tu ex en un cumpleaños de un amigo común. Un escalofrío. Un tirón en el gemelo de la pierna derecha. Que se rompa el tapón de corcho al abrir el vino. El ruido de las palomitas en el cine (si aún queda algún cine abierto). Recibir la llamada de una operadora de telefonía para hacerte una oferta. El ascensor no funciona. Una gotera en casa. Una gotera provocada al vecino. Pinchar la rueda del coche. Un tomate en el calcetín o una carrera en la media. 

Escribir un articuento como este y que nadie lo lea. 

QUE VIENEN LOS ROLLING

Los Rolling Stones comienzan su enésima gira mundial celebrando un concierto en Madrid para celebrar 60 años dando conciertos por todo el mundo. 

El sobrenombre de “satánicas majestades”, más que un apodo, describe a la perfección el hecho de haber vendido su alma al diablo a cambio de dar saltos sobre un escenario a una edad en la que otro ser humano está dando tumbos en una residencia asistida. 

Por lo visto, quedaron entradas disponibles para su presentación internacional en el estadio Metropolitano que tiene capacidad para 68.000 personas. Pero teniendo en cuenta que un artista de moda con apenas 20 años de vida tiene serias dificultades para lograr reunir a 500 personas en un espectáculo en directo, el atrevimiento de reunir a 45.000 en un estadio me parece otra hazaña más propia del demonio que de un angelito pop (lo que justifica aún más el apodo diabólico de los viejos rockeros).

De la formación primigenia, nacida cuando no habían nacido ni los padres de los padres del reguetón, el trap o el phonk, solo sobreviven tres miembros que estuvieron de cuerpo presente mostrando durante más de dos horas la satisfacción de seguir en este mundo, aunque los componentes que se fueron antes sigan siendo inmortales para quienes continuamos con la capacidad auditiva en perfecto estado.

Los temas de las letras de las canciones de los Rolling Stones no tienen nada que ver con los temas de las letras de las canciones de Rosalía, aunque reconozco que se entienden mejor sin tener ni idea de inglés que las que canta en castellano Rosalía. Unas hablan de la insatisfacción de vivir y las otras de hacer realidad los sueños (en eso coinciden, salvando las distancias, claro). Supongo que será porque ambos artistas desean que su público cante al unísono sus estribillos. Aunque unos prefieran hacerlo a través de la pantalla del móvil y otros sigan empeñados en verles la cara mientras lo hacen, tal y como se hacía a mediados del siglo pasado. Larga vida a la música.

EL DINERO DA LA FELICIDAD Y MUCHA

A menudo reflexiono sobre la siguiente idea: el dinero no da la felicidad.

Supongo que usted también dedicará gran parte de las horas del día a pensar en esta misma idea (concretamente desde las 7.00 o las 9:00 hasta las 14:30 o las 18:00, dependiendo del tipo de jornada laboral).

El creador de la frase “el dinero no da la felicidad” expresó en seis palabras su concepto particular del coste de la vida (de la suya, quiero decir), ya que no especificó la cantidad de dinero a partir de la cual se alcanza el umbral de la felicidad. Y quien fuera el autor de esta frase, probablemente también sería millonario. Y si era millonario, lo seguirá siendo ya que según leí esta mañana en la prensa el beneficio de los millonarios creció en el último año de modo proporcional a lo que creció la pobreza de los pobres. Es decir, los primeros multiplicaron su riqueza y los segundos su miseria.

Por otro lado, todo lo que afirme, niegue o confirme sobre todo lo que proporciona el dinero será únicamente por todo lo que he oído, he leído o he visto sobre él, ya que mi relación con las finanzas es tan compleja como es la relación del agua y el aceite. Es decir, cuando llega a mis manos, o se me escapa entre los dedos o resbala de mi cuenta corriente. 

En conclusión, que pertenezco al alto porcentaje de personas que ha visto incrementar su miseria en la misma proporción que la riqueza de espíritu. Lo malo es que el espíritu no sirve para llenar la nevera ni para llenar el depósito del coche ni para llenar de vida la vida. Lo único que llena el espíritu es la esperanza de que algún día un poco de dinero no quite la felicidad a quien nunca lo tuvo antes. 

LA MOTOMAMI Y EL CHANELAZO

Para tener una mínima conversación con mi hija tiktoker adolescente, he decidido comunicarme con ella en lenguaje trap. Y parece que funciona okai.

Al principio me costó. Pero como madre, soy capaz de con tal de estar keep in cute con mi bizcochito. Reconozco que el mundo ‘tá loco-loco como para que una mujer madura con carrera universitaria, master en dirección de empresas, CEO de una multinacional y dos veces separada de hombres que no entendieron mi sentido de conciliación familiar, tenga que recurrir al doom-doom y al zoom-zoom para estar cerca de su baby de doce años recién cumplidos.

Yo, que siempre estuve ready para romper las normas sociales, ahora estoy ready pa’ romper cadera con tal de que mi little hijita lovemi y want me more, more, more tal y como yo la adoro a ella.

Puede sonarte crazy o dejarte lo,lo,lo-co,co,co, pero desde que el trap ha entrado en mi life, ahora mantengo una comunicación súper fluida con mi hija adolescente. El flow entre las dos es slow mo, mo, mo y mo. Ella dice que soy su mami queen, y yo me siento la madre más feliz del world mundial.

Pero no se confundan, señora y señore. Sin yo quererlo me he convertido en la Motomami del barrio y eso que no tengo moto ni carné, aunque sí mucho de madre y mucho de tran-tran.

PEQUEÑOS PLACERES DE LA VIDA (GRATIS)

La siesta. Un masaje de pies. El rayito de sol que entra por la ventana. Dar las gracias. Que te pidan las cosas por favor. Ser puntual y que sean puntuales. El viento en la cara. Bañarse en el río. Pisar descalzo la hierba. Sonreír a un desconocido (y que te devuelva la sonrisa). Desear los buenos días y escuchar a alguien decir “Buenos días”. Caminar por la playa (sin zapatos). Ceder el asiento a una mujer embarazada. Explotar las burbujas del papel burbuja. El olor a tierra mojada. El frío de un copo de nieve en la lengua. Los “cinco minutitos más”. Encontrar un billete de 5 euros en el bolsillo de un pantalón que no te pones desde hace un año. Que el autobús llegue a su hora. El aroma del pan recién hecho. Meter los pies en un charco. Releer los apuntes de C.O.U. El chupito de invitación del menú del día. Rascarse donde pica. Leer un libro (un libro cada quince días, quiero decir). Que te duela el estómago de reír. Contar un cuento a un niño antes de dormir. Dibujar en la arena. Recibir un abrazo de un desconocido. El silencio. El olor de una rosa. Regar los tiestos. Hacer un muñeco de nieve. Pasar la lengua por las encías después de cepillarse los dientes. Jugar como un niño con un niño. Bostezar en este preciso instante mientras se lee la palabra bostezar. Dar de comer a los patos. Abrir la ventana a primera hora del día para ventilar la casa. Dar un beso en la nuca. Recibir un beso en la nuca. Montar en columpio. El tacto de las sábanas recién planchadas. Que te hagan cosquillas en la planta de los pies. Una ducha de agua bien caliente. Abrazar a un árbol. Ver una reposición de cualquier película de Frank Capra. Pisar nieve virgen. El agua del mar golpeando los tobillos. Encontrar sitio para aparcar a la primera. Probarse un pantalón del año pasado y que te valga. El paseo de media hora al atardecer. Escuchar el sonido de un patio de colegio a la hora del recreo. Encender la radio y que esté sonando tu canción favorita. Pasear en bicicleta. Cruzar la mirada con un actor de cine por la calle. Ceder el paso a una persona mayor al entrar (o al salir). Coincidir con un escritor famoso en un ascensor. Leer poesía. Que te den monedas de más en el cambio (y devolverlas). Que el coche pase la ITV. Acariciar a un perro, o a un gato, o a un caballo, o a un burro, o a una vaca (si se deja, claro). Entrar gratis a un museo. Dormir del tirón. Escribir articuentos como este (y que haya personas que lo lean).

LA VIDA ES RARUNA

Manolo se siente un bicho raro. El único lugar donde encuentra seguridad está entre las cuatro paredes de su vivienda de protección oficial. Por eso apenas sale a la calle más que para bajar la basura y siempre al caer la noche, que es el momento que aprovecha para hacer la compra en el DIA, justo antes de cerrar y justo después de ver si el coche sigue en el mismo lugar donde aparcó hace seis meses.

Manolo sabe que él no es normal, y que tampoco es normal el mundo que le rodea. Hace años se deshizo del aparato de televisión poniendo un anuncio fotocopiado en una farola (también de noche). No fue necesario llevarlo a ningún sitio. El que fue a recogerlo a su domicilio no tuvo que llamar al timbre. Manolo ya lo tenía disponible en el descansillo para que se lo llevara cuanto antes. Manolo no salió ni a recoger los 50 euros que dejó el comprador en su buzón como gratitud.

Manolo tampoco escucha la radio, ni lee la prensa online, ni responde a mensajes de Whatsapp o llamadas telefónicas. Y no lo hace porque, además de no querer hacerlo, ni tiene radio ni ordenador ni teléfono móvil. 

En realidad, Manolo no existe para nadie. Porque lo cierto es que Manolo es solo un personaje de ficción creado por quien escribe estas líneas con el objetivo de ser quien nunca será por mucho que se desee.

La vida no es rara. Raros somos nosotros. Todos nosotros, como Manolo. 

FELIZ DÍA DEL LIBRO

La riqueza del castellano es casi tan suculenta como un puchero de garbanzos. Cuando crees saborear un sustantivo, aparece un adjetivo repleto de matices y el paladar descubre una sensación desconocida hasta la fecha que transforma el instante lingüístico en un deleite gastrosemántico* único e inimitable.

*No se molesten en buscar el palabro gastrosemántico porque no existe. Es invención propia.

Para quienes leemos con frecuencia (a diario, quiero decir) el placer de descubrir un nuevo término en las líneas del texto de un libro de narrativa, ensayo o poesía es lo más parecido a apreciar una especia oriental en una crema vegetal, un matiz oculto en una cata de vino o un aroma diferente en la inmensa variedad de quesos elaborados artesanalmente en la Francia rural. 

La lectura, además de alimentar el alma, desarrolla el intelecto y favorece el despertar de innatas facetas dormidas por el transcurrir de los años. Las propiedades nutritivas de un adjetivo son aporte calórico indispensable para la supervivencia en momentos de carente conversación ajena o de bajo contenido en contenido (valga la redundancia). El incremento inusitado de vocablos es correspondido con una atención en igual proporción que suscita admiración y recelo a partes iguales.

Cuento todo esto porque hoy tengo una cita a ciegas con una mujer tras cuatro meses en barbecho afectivo y necesito seducirla a toda costa. Como no creo que lo logre por mis valores físicos, voy a intentarlo por mi intelecto. Y si finalmente no alcanzo los objetivos previamente marcados, al menos habré ejercitado la mente que es tan sano como ejercitar el cuerpo. O eso decían los literatos en el Imperio Romano.