NUEVA ANORMALIDAD

Son muchos los términos que se han incorporado al lenguaje coloquial a lo largo de una cuarentena que, a pesar de su nombre, ha durado más de cuarenta días.

No ha habido rueda de prensa, conversación telefónica, tertulia radiofónica o debate político donde no se hayan verbalizado vocablos hasta ahora desconocidos. Palabros de nuevo cuño como “desescalada”, “balconazis” o “covidiotas” se han popularizado junto a algunas palabras existentes, aunque sin apenas uso hasta la fecha, como “pandemia”, “teletrabajo” o “desinfectante”.

También ha sido reiterado el empleo de términos, pero con un significado aún más profundo, tales como “casa”, “hogar”, “solidaridad”, “sanidad” o “mayores”. Y se han manifestado, con demasiada frecuencia, numerosas expresiones de mal gusto (que no voy a reproducir aquí y ahora por respeto a mis lectores), algunas de ellas desde la tribuna del Congreso de los Diputados y la mayoría en perfiles de redes sociales que no dejan de ser otro tipo de congreso con personajes igualmente de todo pelaje.

Sólo el tiempo evidenciará cuántas de esas palabras permanecerán en nuestro lenguaje cotidiano, quién de nosotros mejorará aún más como persona y quién seguirá envileciéndolo todo a su alrededor empezando por su propia conciencia.

Con este articuento que hoy comparto con ustedes, doy por finalizado mi cuaderno de bitácora que inicié el mismo día de iniciada la cuarentena hace casi 50 días.

A partir de hoy, a pesar de la imposición de establecer distanciamiento corporal, trataré de mirar a la vida cara a cara, arrimar el hombro cuando sea necesario, trabajar codo con codo con quien trabaje y hacerlo mano a mano con los que desean que la vieja normalidad se transforme en la normalidad de lo nuevo.

Como dijo el gran ensayista y pintor argentino Ernesto Sabato: “El ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos porque a la vida le basta el espacio de una grieta para nacer”.

Sean felices de ahora en adelante. No hay otra opción.

¿QUÉ HAY DEBAJO DE LA ALFOMBRA?

El planeta ha decidido hacer limpieza general y al levantar la alfombra se ha encontrado con lo peor del ser humano.

En el año 2001, se publicó un estudio que señalaba que una alfombra estaba de media 4.000 veces más sucia que el asiento de un inodoro. No quiero imaginar el número de veces que estará de sucia por debajo, es decir, por el lugar que no está a la vista. Ese mismo lugar al que ha ido a parar la mugre que hemos estado ocultando desde hace décadas.

El tiempo es la mayor fuerza natural que existe, nadie puede ir en su contra. Pero al igual que la fuerza de la gravedad, el tiempo siempre acaba reclamando lo que es suyo. Y a día de hoy, la miseria humana no es suya porque tiene sólo un único dueño: la propia humanidad. Por eso, apartar la vista de la inmundicia no evita que desaparezca, aunque se oculte bajo la alfombra. Tarde o temprano rebosa por algún lado. Casi siempre por el lugar que menos se ve (el mismo que nunca queremos mirar).

La Madre Naturaleza lleva años mostrando su malestar. Pero sus inquilinos, no hemos escuchado. Finalmente el planeta, como único propietario del inmueble que ocupamos usted y yo, ha decidido exigir el pago de los numerosos destrozos causados por el tiempo de arrendamiento en forma de virus letal.

Cuando todo esto cambie y al mismo tiempo empiece todo de nuevo, volverá a sonar aquella vieja canción de los años 80 del grupo musical Golpes Bajos titulada “No mires a los ojos de la gente”. Seguro que la recuerdan: “…No mires a los ojos de la gente, me dan miedo, siempre mienten…”.

Hoy he salido a pasear a la calle tras 49 días de confinamiento y la gente apartaba la mirada entre sí.

AGORAFOBIA

Desde mi más infinita ignorancia que roza también el atrevimiento más infinito, supongo que las personas que sufren agorafobia deben de ser las que menos están sufriendo el estado de confinamiento obligatorio. Lo digo con la boca pequeña porque no conozco a nadie que sufra agorafobia y aunque la conociera tampoco podría salir de casa para preguntárselo ya que me juego una multa de 600 euros según reza el Decreto Ley aprobado por el flamante Gobierno de coalición.

Desde la máxima responsabilidad ejecutiva pública nacional, se nos exige la máxima responsabilidad individual para que nos quedemos en casa indefinidamente, salvo los intervalos necesarios para el avituallamiento propio, el alivio de mascotas (quien la tenga) y tres cosillas más. Sin embargo, quienes tenemos una vida social intensa que no discrimina un lunes a mediodía de un sábado noche, ni una reunión de empresa con una cena de Nochevieja, la petición gubernamental está suponiendo un gran desafío a nuestro estilo habitual de vida. Se trata de una norma legislativa que asumimos con resignación y responsabilidad a partes iguales. En cambio, quien padece agorafobia no interpreta la exigencia de modificar los hábitos de conducta como un inconveniente, sino más bien como un reconocimiento global a su trastorno de ansiedad al poner a todo el país en su misma situación, es decir, permanecer encerrado en casa por causas ajenas a su voluntad.

Tanto en un caso como en otro, el confinamiento en el hogar privado se produce por miedo a salir a la calle pública, aunque la diferencia entre ambos difiere mucho entre sí (disculpen la cacofonía). Para la inmensa mayoría, la razón estriba en el terror que provoca el contacto con el corona virus, y para quien padece agorafobia el terror lo provoca el contacto con el espacio público, es decir, con nosotros. Por lo que se podría decir que para ellos el virus somos usted y yo. Salvo que usted también sufra agorafobia. En ese caso, quien resulta altamente peligroso para la salud soy solo yo

SOPA DE LETRAS

Cuando escribo articuentos, como el articuento que estoy escribiendo ahora mismo, suelo comerme alguna letra. No lo hago intencionadamente. Me sale así, sin darme cuenta. Por eso, sólo escribo después de desayunar y nunca antes. Con el estómago vacío no conviene escribir, ni tampoco pensar. Si escribo con hambre, me como muchas letras y luego no hay quien entienda lo que escribo (ni yo mismo).

Puede que el hecho de comerme alguna letra se deba a las letras que comía cuando comía sopa de letras. O sea, que la cosa de comer letras viene de lejos, concretamente desde la infancia. Cuando dejé atrás la cándida niñez, también dejé de comer sopa de letras, pero nunca abandoné el hambre por las letras. De hecho, pertenezco a la generación que se autodenomina “de letras”, frente a quienes afirman convencidos ser “de ciencias”.

Por suerte, nunca ha existido rivalidad entre quienes somos “de letras” y los que son “de ciencias”. Ser “de letras” o “de ciencias” no es un campeonato como la Liga profesional de fútbol, donde “ser Merengue” es el antagonismo a “ser Culé”. En mi mundo “de letras” hay gran respeto por las ciencias, del mismo modo que en el mundo “de ciencias” hay enorme deferencia por las letras. Supongo que por eso el fútbol atrae a un tipo de personas y las letras atraen a personajes. Con esto no quiero decir que los “de fútbol” sean iletrados, no me malentiendan. Conozco a apasionados del fútbol que sienten pasión por las letras, aunque en su mundo predominen más las grandes cifras que las buenas palabras. El fútbol es “asín”, dicen algunos.

Si a lo largo de esta lectura han leído algún verbo tullido o un adjetivo que ha sufrido la amputación de una extremidad vocal o consonante, hágamelo saber. Gracias a las nuevas tecnologías digitales es fácil injertar letras que den sustancia a los articuentos. En cambio, si se tratase de una sopa, tendría que añadir fideos. Y los fideos no hay quien se los trague, ni tan siquiera los futbolistas más acostumbrados a ingerir esteroides.

LA IMPUNTUALIDAD NOS HACE POBRES

Asisto a clases de inglés cada martes y jueves con puntualidad británica (como no podía ser de otra manera). La razón de estudiar un segundo idioma es doble. Por un lado, crecer intelectualmente como persona. Y por otro lado, hallar una mejora laboral que permita incrementar los ingresos y por consiguiente afianzar mi calidad de vida presente y garantizar la futura de mi pequeño bebé de seis meses.

Por ambas razones, también acudo frecuentemente a congresos, seminarios, cursos, talleres y todo tipo de encuentros a lo largo y ancho del país que proyecten a lo largo y a lo ancho mi conocimiento.

Aquellos eventos organizados por instituciones españolas, organismos públicos de España o empresas del sector privado cuyo accionariado mayoritario es español, suelen dar comienzo con la frase “demos 15 minutos de cortesía para los que vienen de camino”. Ahora entiendo el motivo por el cual la economía española va por detrás del resto de economías de su entorno. Se debe a la suma de quince minutos consecutivos que se conceden a quienes deciden llegar tarde por sus santos cojones o vienen de camino por el camino más largo (el de la falta de previsión).

Lo peor de todo, no es que por su culpa se retrase el comienzo de una actividad, sino que el retraso tiene consideración de “cortesía”. Por lo visto, en España, hacer esperar a los demás se considera socialmente un acto de buena educación, tócate los…(otra vez)

Cuando mi novia (actual esposa) tuvo un retraso, fue la señal inequívoca de que el nacimiento de nuestro primer hijo venía de camino. En este caso no fue falta de previsión. Llevábamos varios años deseando tener un niño y fuimos a por él sin descanso, literalmente hablando.

El bebé tardó en llegar nueve meses, pero tuvo la cortesía de hacerlo con puntualidad y asomándose al mundo con pataletas y berridos. Supongo que sabía a lo que se enfrentaba incluso antes de abrir los ojos. No hizo falta que ningún doctor o doctora le arreara un cachete en las nalgas para mostrar al mundo que la herencia recibida no era de su agrado.

Por eso, cuando escucho la frase “demos 15 minutos de cortesía a los que vienen de camino”, enfilo mis pasos hacia la salida y abandono la sala de inmediato. Nadie en este mundo merece mi tiempo más que mi hijo, que me espera en casa para enseñarle que la puntualidad es la verdadera cortesía, y no sólo en la Gran Bretaña.

No me extraña que el talento español emigre a Londres. Aquí, están perdiendo el tiempo (concretamente 15 minutos. Y ese tiempo a día de hoy, es una eternidad).

A FOLLAR, A FOLLAR, QUE EL MUNDO SE VA A ACABAR

Si hay algo que me repatee más que quedarme sin papel higiénico en el preciso instante en el que es más necesario el papel higiénico, es que los enamorados restrieguen su amor ante quienes no se hallan en su misma situación afectocorrespondida*

*No busquen la definición de la palabra “afectocorrespondencia” porque no existe, me la acabo de inventar.

¿Es necesario mostrar tal cantidad de apasionamiento a los ojos del resto de mortales constantemente y en cualquier lugar?–me pregunto yo. No hay momento del día en el que no me cruce con dos enamorados que estén intercambiando sentimientos en medio de la calle como si estuvieran en medio del salón de su casa. Y digo el salón de su casa por no decir en medio del dormitorio (concretamente sobre la cama y para ser más específico preposicionalmente hablando “entre” las sábanas). Hay parejas a las que solo les falta estar desnudos para alcanzar el clímax a plena luz del día sin percatarse de que hay niños mirando (porque los niños son muy de mirar fijamente esas cosas, ¿a que sí?).

Hace algo más de un mes sin ir más lejos, y antes de que todo este lío del virus nos diese la vuelta a la vida a todos, me di de bruces con dos jóvenes que no sé si tenían cuatro brazos cada uno o las extremidades superiores se habían multiplicado por arte de magia. La mano izquierda de él estaba oculta bajo el jersey de ella, el antebrazo de ella desaparecía en la entrepierna de él ejerciendo un movimiento ascendente y descendente de modo intermitente, el brazo derecho de él rodeaba la parte baja de la cintura de ella de tal manera que la circundaba perimetralmente. Y todo este virtuosismo contorsionista era ejecutado sin parsimonia y con los ojos cerrados, además de tener sus bocas adheridas como las lapas lo están al casco de un buque mercante.

Estoy convencido de que la medida gubernamental de confinamiento en la que estamos inmersos, incrementará el índice de natalidad. Porque ya me dirán ustedes qué se puede hacer en casa durante todo el día, incluyendo sus noches, y sobre todo estando enamorado. Pues está claro: follar y follar como si no hubiera un mañana (que por cierto, a lo mejor no lo hay).

Nadie mejor que los enamorados conocen el verdadero significado de vivir el presente.

FCUK THE WORLD

Quienes me conocen bien, también conocen mi propensión casi enfermiza a aprender nuevos términos que se incorporan a diario al idioma castellano. Tal es la magnitud del hábito, que mi costumbre roza el vicio. Y como todo buen vicio que se precie de serlo, cada día exijo mayor índice de pureza para inyectar a mi inteligencia.

Los adictos a la palabrería sabrán que el mejor producto lingüístico llega importado de otros países. Y en el caso del idioma, el género de más calidad procede de áreas anglosajonas.

Desde hace tres años, asisto a clases nocturnas en la Escuela Oficial de Idiomas para mejorar mi nivel (el vicio se disfruta más al irse el sol). Entre las 20h y las 21:30h me inoculo por vía intravenosa una buena dosis de términos y expresiones en ingles que lo estoy enjoying de lo lindo.

El anglicismo es la droga más extendida en el mercado. Está en boca de todos. Es de lo más heavy ahora mismo. En el momento en el que se prueba un anglicismo, el sistema semántico exige su dosis diaria de formas verbales acabadas en “ing” como parking, shopping o mobbing. Estoy seguro que más de uno de ustedes las ha probado en privado, aunque después lo niegue en público.

Hasta los miembros de la RAE se han rendido a la evidencia de su implantación en el modo de hablar de la población y no han tenido más remedio que incorporar al diccionario vocablos como stock, link, click y otros similares terminados en K, como las siglas del Ku Klux Klan. Todo ello para blanquear el lenguaje ennegrecido por el paso de los años, supongo.

Aunque el consumo de anglicismos suele dar comienzo en los suburbios de la city, tarda poco en extenderse a zonas rurales. Se han dado casos de aldeanos chutándose por vía oral expresiones como “by the face”, “like Pedro in his house”, “you are the milk” que evidencian claramente el alto grado de adulteración de la mezcla.

Por eso, si tienen hijos en edad adolescente, manténgales alejados de los libros. Puede que comiencen metiéndose anglicismos los fines de semana y acaben emigrando a Londres buscando a alguien que les entienda. Do you know what I mean?

EL AMOR EN TIEMPOS DE CONFINAMIENTO (segunda y última parte)

Muchos días después de iniciada la cuarentena, hemos podido pisar la calle. No habrá otro mes de mayo como este mes de mayo. Los hubo antes y los habrá después. Pero este mayo será siempre “aquel mes de mayo”.

Para celebrar la vida, las calles se han llenado de la vida que estuvo encerrada en casa durante 8 semanas, 2 días y 14 minutos. Sin acuerdo previo y de modo espontáneo, los vecinos del barrio nos hemos congregado a lo largo y ancho de las aceras, a la puerta de los portales y a los pies de los mismos balcones desde donde nos citábamos a las ocho de la tarde de cada día, cuando el mundo que conocíamos cambiaba y nosotros con él. Nadie será la misma persona desde este mes de mayo.

Como punto final al confinamiento, se va a aplaudir por última vez a los sanitarios y a todos aquellos a quienes desde su lugar de trabajo o función pública han participado en el despertar de la nueva conciencia social. Somos muchos aplaudiendo porque hay mucho que agradecer. Será la ovación final que reconozca su entrega, esfuerzo y sacrificio. Hoy damos por terminado, con un último aplauso, la reclusión forzosa y nuevamente ovacionamos a quien ha obrado el milagro de la extinción de un mal que nos ha hecho más fuertes, más generosos y más solidarios.

Entre los aplausos de la multitud he reconocido un aplauso único.
Al escucharlo, he correspondido aplaudiendo del mismo modo que hacía cada día a las ocho en punto desde el balcón de casa. Y mientras el resto de aplausos se han ido apagando, el nuestro ha permanecido hasta el momento en el que nuestras palmas se han reconocido. Si primero fue con el sonido, ahora ha sido con el tacto. Luego con los  gestos y finalmente con la mirada. Pero en esta ocasión, sin una calle de doble dirección de por medio ni desde un balcón a otro. Lo hemos hecho cara a cara. Por fin y por siempre.

Intuyo que este mes de mayo será tan único como el resto meses de nuestra nueva vida juntos. Toda una vida aplaudiendo por estar vivos. No se puede pedir más.

DONDE HUBO FUEGO

El otro día me encontré en el Mercadona con una antigua amiga de la Universidad. Hacía siglos que no nos veíamos. Apenas la reconocí como supongo que ella también tardaría lo suyo en reconocerme. La vi exactamente igual que hace 30 años, incluso peor, diría yo.

De cerca, comenzó a ser visible aquello que sólo hace visible el paso del tiempo. Es decir, las arrugas en la piel, las patas de gallo, las canas, manchas en el dorso de las manos, las tetas caídas, las estrías, etcétera, etcétera, etcétera. Supongo que ella también debió ver lo peor del paso del tiempo sobre mi persona. Es decir, calvicie instaurada desde hace años, papada bamboleante acorde a la curvatura pronunciada de la barriga, cierta parsimonia a la hora de caminar, respiración jadeante y sobre todo, el carácter rancio que ya asomaba cuando compartíamos apuntes en la Facultad de Farmacia.

Aunque jamás ejercimos como profesionales farmacéuticos, ambos supimos antes de acabar la carrera que no existe medicina ni medicamento que cure los efectos del paso de la edad que asolan al ser humano cuando la alegre juventud deja paso a una sombría vejez que ha visto alejarse los mejores años de vida ante sus ojos.

Tras el ritual de besos en las mejillas y la ristra de frases hechas que maquillan el nulo interés por el estado de salud, el estado laboral y el estado civil, hemos dado paso a intercambiar nuestros números de teléfono.

El caso es que hemos quedado esta noche para cenar y lo que surja. Bueno, «lo que surja» lo he añadido yo, ya que desde que me diagnosticaron satiriasis hace cinco años, las citas nunca van más allá de ser primera cita.

No sé si surgirá algo durante la cena. Y tampoco sé si surgirá la oportunidad de echar un polvo. Pero en el caso de que así sea, espero que no se dé cuenta de la persistencia de mi trastorno obsesivo compulsivo, motivo por el cual dejamos de acostarnos cuando éramos amigos de facultad (o eso quise creer entonces). O quizá sea el verdadero motivo por el que hemos vuelto a quedar treinta años después, no sé…

Qué complicada es la vida.

AMOR ES UNA PALABRA DE CUATRO PATAS

Con este lío del confinamiento en el que estamos todos metidos (literalmente hablando), he decidido adoptar a un perro. Así podrá sacarme a la calle veinte minutos por la mañana y otros veinte por la tarde, tal y como permite el decreto dictaminado por el flamante Gobierno de coalición. Es algo menos de tiempo del que disfrutaran los niños a partir de este domingo, pero menos es nada.

Llevo toda mi vida de adulto sin pareja y tampoco había tenido nunca un animal de compañía (no busquen el símil entre pareja y animal de compañía porque no lo hay, no me sean retorcidos). Y que conste que si estoy soltero, no es por falta de ofertas del sexo opuesto. Es una opción personal como también la decisión de no compartir casa con mascota de ningún tipo. Creo que coartan el espacio personal, limitan el movimiento y exigen esfuerzo, tiempo y dedicación (ahora sí que hay símil entre pareja y animal).

Pero tras más de 40 días encerrado conmigo mismo y coartado por el espacio doméstico, con la imposición de limitar el movimiento y dedicando esfuerzo, tiempo y dedicación a mantener la mente sana, he decidido por voluntad propia adoptar a un perro de un refugio. Nadie mejor que un perro que vive encerrado en un refugio comprenderá cómo me siento tras semanas confinado. Estoy seguro de que nos vamos a entender  a la perfección. Seremos almas gemelas.

Esta mañana lo he sacado a pasear por primera vez cumpliendo a rajatabla las normas gubernamentales. En la calle, me he cruzado con el vecino del tercero derecha. Al ver mi nueva compañía, me ha preguntado desde el metro y medio de distancia de seguridad reglamentaria:

–¿Cómo se llama tu nueva mascota?

–Felicidad– he respondido mirando a mi perro. Y me ha devuelto la mirada con lágrimas en los ojos.