EL SER HUMANO ES UNA MEDUSA

Que sean necesarios los 365 días del año para lograr que el ser humano tome conciencia de un aspecto diferencial de otro ser humano, revela su falta de sensibilidad. Cuando digo 365, no me refiero solamente al número de días que conforman un año, sino al número de temas en los que se conmemora algo concreto cada uno de esos días.

Existe el día del padre, el día de la madre, el día internacional de la abolición de la esclavitud (que fue ayer), el día de las personas con discapacidad (que es hoy), el día de los enamorados (que casualmente coincide con el día de la salud sexual) o el día de los solteros (que es el día anterior al día de los enamorados, ¿otra casualidad?). Por haber, hay incluso un día de los cuñados (es el 20 de noviembre, y en España coincide con el día de la muerte del dictador Franco, ¿más casualidades?).

No importa el día que lea usted este artículo. Seguramente será el día conmemorativo de un género de ser humano, o el de un colectivo de seres humanos, o el  de una dolencia conocida o desconocida. Y si no es así, puede que sea el día del orgullo Friki, que como dolencia humana por conocer también cuenta.

Desde nuestros parientes más ancestrales hasta nuestros familiares más cercanos en espacio y tiempo, el hombre y la mujer han necesitado innumerables motivos para normalizar la convivencia, o lo que es lo mismo, hacer visible ante los ojos de los demás aquel aspecto que se transforma en invisible por la suma de individuos.

Compartir el entorno que habitamos es lo que da sentido democrático al ecosistema social de hombres y mujeres, siempre y cuando exista afinidad en todos los sentidos. Sin embargo, cuando lo que falta es un sentido (la vista, por ejemplo) es cuando nace la necesidad de hacer visible la carencia (valga la contradicción semántica). Para dar luz a esta ceguera social, se declaró el 15 de octubre como el día internacional de las personas ciegas. De este modo, las personas no ciegas pierden momentáneamente la carencia que tienen como sociedad, y los ciegos ven cumplidas sus demandas al estar en el punto de mira al menos durante 24 horas. Al día siguiente, 16 de octubre, desnutridos y hambrientos del mundo celebran el día internacional de la alimentación para concienciar a los que tienen sobrepeso de la carga moral que significa el mal trago de no hacer nada para paliar la falta de comida en muchos países, incluidos los países de la dieta mediterránea.
La necesidad de días conmemorativos los 365 días del año para empatizar con el prójimo son una prueba más de que el ser humano no proviene del mono, sino de la medusa, porque se mueve como ella. Es decir, por impulsos.
Les dejo, que esta noche los calvos celebramos el día mundial de la alopecia y hace mucho tiempo que no me ven el pelo.

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EL 155 DEL AMOR

Cuando te separas de quien más quisiste, o quien más te quiso lo hace de ti, lo normal es que cada cual continúe con su vida como si tal cosa. Digo que es lo normal, pero todo el mundo sabe que en esta vida normal no hay nada (excepto la Coca-cola que lleva instalada en la fórmula de la normalidad desde su creación hace casi un siglo)

Por eso, me pregunto si tratar de mantener relación de amistad con quien hubo relación íntima previa, no sería como aplicar el artículo 155 de una Constitución no escrita todavía.

Por un lado, existe un deseo latente de que la relación continúe, aunque sea manteniendo una distancia prudencial acordada por tácito consenso estatutario. Por otro lado, existe la reclamación insistente de una de las partes de alejarse, ya sea de modo explícito (negando constantemente cualquier propuesta recibida), o de modo implícito (no ofertando ninguna propuesta). Esa misma parte, también demanda disfrutar de su independencia, empezando por la emocional y terminando por la sexual que es libre de ejercer en virtud a un artículo de la misma Constitución no escrita todavía.

En mi caso, esta situación lleva dilatándose desde hace meses. Es un tira y afloja en el que ninguno obtiene beneficio tangible a corto plazo, ni tampoco se vislumbra solución posible en el largo. De hecho, familiares, amigos y conocidos están comenzando a rozar entre sí por el distanciamiento generado (valga la contradicción semántica). Discuten por lo que consideran sería mejor para nosotros, sin consultar siquiera si lo que desean ellos es lo mismo que deseamos, ella y yo (ya sea juntos o por separado). Con este panorama a mi alrededor, no sé si llamar a mi expareja para hacer las paces y quedar como amigos, o si quedar con ella para follar como dos desconocidos.

El caso es que la he telefoneado en tres ocasiones pero tiene el móvil apagado, tal y como solía tenerlo al hacer el amor conmigo (cuando había amor en nuestra relación). Ella, por su parte, me ha enviado cinco Whatsapps que no me he molestado en leer, tal y como suelo hacer desde que el sentimiento que nos unía desapareció para siempre y dejó paso a la aplicación del articulo 155 de una Constitución no escrita todavía: la del amor.

BLACK FRAUDE

Leo en la prensa digital la decisión política de incrementar la disponibilidad de transporte público en la capital de España con motivo de la celebración del Black Friday. También he leído que habrá policías municipales para regular en la calle el tráfico de personas en una sola dirección. Y por el mismo motivo: el Black Friday.

Dicho así, da la impresión de que viajar en Metro este viernes será como hacerlo un lunes a primera hora y que la policía trafica con seres humanos a plena luz del día.

Desconozco el origen del Black Friday, del mismo modo que no sé los motivos que llevan a millones de españoles a celebrar Halloween o Santa Claus. Son esos misterios de la humanidad que resulta mejor no cuestionar, ya que hacerlo supone que le cuestionen a uno sus creencias, empezando por las consumistas y terminando por las religiosas (que en muchas ocasiones se solapan).

El Black Friday es como el ensayo general del despilfarro que supone el dispendio navideño que tendrá lugar dentro de quince días. Como si de una ópera se tratara, los tramoyistas preparan el escenario (la decisión política de incrementar el transporte es un ejemplo). Desde bambalinas, los ayudantes de dirección ordenan a los actores moverse de acá para allá según dispone el guión escrito por el autor teatral (los policías dirigiendo la circulación personas en calles y avenidas en dirección a las puertas de acceso de los grandes centros comerciales). En el patio de butacas, el público soberano ejerciendo su derecho disfrutar de una sesión interminable de compras alzando la voz, como si de la Caballé se tratara, cada vez que descubren un precio supuestamente inferior al marcado 24 horas antes. Y desde el palco presidencial, el capitalismo aplaude a rabiar.

Señoras y señores, el espectáculo está a punto de comenzar. O debería decir, consumidoras y consumidores, el Black Friday está a punto de comenzar. Esta jornada de gasto inútil, pásenla bien (como su tarjeta VISA, pásenla bien).

Por mi parte, viendo lo que me espera al salir de casa este viernes, creo que será mejor guardar reposo. La salud de mi bolsillo me lo agradecerá el año que viene. Para mí, el único Black que me motiva los Fridays, es el “Back in Black” de AC/DC. Eso sí, a todo volumen.

ESTOY CADUCADO

Nadie mira la fecha de caducidad de nada de lo que adquiere, salvo cuando vas una entrevista de trabajo.

El Currículum Vitae de los que sobrepasamos los 40 años con creces (y con experiencia) tiene más opciones de acabar en la bolsa de basura que de estar en la bolsa de trabajo de cualquier empresa que ofrezca contratos basura.

La semana pasada acudí a una entrevista de empleo para cubrir el puesto libre dejado por un señor mayor que acababa de jubilarse. Supongo que era por haber cumplido los 67 años tal y como estipula la ley (y que por ser ley no quiere decir que sea justa, que quede claro). Las condiciones específicas del contrato estipulaban que para “el correcto desempeño del oficio es exigible una formación acorde con la función a desarrollar, experiencia mínima de 2 años en puestos similares, así como una cualificación avalada por logros obtenidos en base a objetivos empresariales definidos en el plan anual de empresa de la compañía y fiel al historial laboral según convenido sindical”.

De los 52 candidatos parados de larga duración en situación de desempleo que presentamos Currículum Vitae, únicamente 3 cumplíamos la totalidad de requisitos exigidos. De los 3, uno de ellos retiró su candidatura por haber aceptado una oferta similar en Holanda (por triple remuneración), el segundo optó por acogerse a su derecho de capitalizar la totalidad del montante del paro para abrir su propio negocio (un bar de copas en un polígono industrial). Por lo que el único cualificado que quedó disponible para cumplir con el trabajo por eliminación, era yo.

A la hora de ir a firmar el contrato, mostré mi DNI. Y para mi sorpresa, fui descartado de inmediato. El responsable de recursos humanos argumentó que “los mayores de 40 no aguantamos más de tres escenas diarias”, palabras textuales. Salí a la calle con el rabo entre las piernas, la moral por los suelos y el orgullo más herido que el cuerpo del mártir San Sebastián.

Qué dura es la vida laboral del actor porno. Jamás llegaremos a la edad de jubilación por mucha vocación que se tenga y por muy grande sea el tamaño de la voluntad (interprétese el concepto voluntad como se quiera).

RESPUESTAS QUE DA LA VIDA SIN HABER PREGUNTADO NADA

Desde que venimos al mundo hasta que el mundo se va de nuestro lado, la vida da buena muestra del poder vocacional de su docencia.

Durante el tiempo que pasamos de media sobre la faz de la tierra (85,4 años las mujeres y 79,9 años los hombres) ningún ejemplar de ambos sexos biológicos logra aprender algo de todo lo que la vida puede enseñar. Como ser humano que soy, también aprendo poco. Por no aprender, no aprendo ni de mis propios errores que cometo sucesivamente como si fuera la primera vez. Incurro en faltas de modo constante. Empezando por la falta de liquidez, siguiendo por las faltas de ortografía y terminando por las faltas en el área que siempre acaban en penalti. Es algo que no me explico. Aunque tampoco pongo interés, lo reconozco. Así soy, y así voy haciendo camino (como decía el poeta), o caminando por la vida, como decía Melendi (otro poeta, según creen los que no han leído poesía en su vida).

Tropezar en la misma piedra es otro de mis reconocidos defectos, junto con el de caer de bruces y el de sangrar siempre por las mismas heridas. Tengo otros defectos reconocibles a distancia que no voy a detallar aquí y ahora, pero el mayor de todos es no escuchar. Escucho poco y mal, (especialmente del oído derecho). Y cuando lo hago, escucho a quien no debo y en el momento más inoportuno.

Si escuchara lo que me dice el corazón todos los días con cada uno de sus latidos, puede que me fuera mejor en la vida. Pero tal y como he dicho, soy un ser humano. Y como ser humano que soy me debo una explicación. Una explicación que nunca daré porque estaré sangrando por las heridas con forma de pregunta que ni el tiempo logra cicatrizar, ni tampoco quise aprender a curar.

Mis compañeros de oficina me recomiendan que escuche las canciones de Melendi. Dicen que son muy animadas, que alegran el corazón y que ayudan a olvidar las penas producidas por algunos seres humanos a lo largo de sus vidas (85,4 años en el caso de las mujeres y 79,9 en el de los hombres, que son muchos años, insisto).

Si por mí fuera, escucharía las canciones de Melendi, pero además de no querer hacerlo por defecto (otro más), es que no le soporto ni medio minuto. Ni a mis compañeros de oficina, tampoco. Qué complicada es la vida. O yo, no sé…

LA DICTADURA DEL OPTIMISMO

“Me gusta leer tus artículos porque me ponen de buen humor”. “¿De dónde sacas tanto buen rollo?”. “Da gusto meterse en tu blog cada mañana de domingo, me alegras el día”. “Nadie me hace reír como tú. ¿Tienes novia? ¿Y novio? ¿Y plan para este sábado?”

Estos son sólo algunos comentarios enviados a mi email personal por parte de personas que, en un arrebato de generosidad, han tenido la amabilidad de mostrar la emoción positiva que provoca la lectura de mis artículos (lo que mi ego agradece enormemente). También hay personas (muchas menos, pero haberlas haylas) que escriben para quejarse, maldecir, regañarme e incluso lanzar improperios sobre la emoción negativa que les ha provocado la misma lectura que generó a los anteriores un sentimiento contrario. En fin, como decía Manolete (el torero): “Hay gente pa’tó”.

Como me enseñaron a ser agradecido, a los que escriben palabras amables y cariñosas, les contesto de inmediato. Y a pesar de mi educación católicoapostólicoromana que dice que hay que poner la otra mejilla, a los que me critican, ni me molesto en responder a sus correos llenos de mala hostia y de faltas de ortografía.

Heredé de mi difunta abuela su afición a los refranes. En situaciones comprometidas siempre decía “no hay mayor desprecio que no demostrar aprecio”. Y como también heredé de ella ser agradecido (insisto), cumplo a rajatabla su consejo por venerar su memoria y también porque tiene enorme dosis de verdad. Así que, si usted es de los que en algún arrebato de ira le dio por enviarme un email mostrando su descontento con algún aspecto relacionado con alguno de mis artículos, mis preguntas son:

Primera: ¿Por qué sigue leyendo lo que no le gusta leer?

Segunda: ¿Por qué pierde su supuesto valioso tiempo en quejarse?

Y tercera y última pregunta: ¿Por qué no se va a tomar por culo y deja de tocar los cojoñes* a quienes ejercemos la libertad de expresión tal y como reconoce la carta magna?

Muchos lectores se preguntarán, qué le pasa al amigo éste hoy que tiene un humor de perros, poco habitual en él. Y tienen razón. Les pido disculpas. Pero no se puede estar de buen humor todos los días. Ni mucho menos sacar el buen rollo de buenas a primeras. Ni tampoco tengo tantos amigos como ustedes creen. Al contrario. Tengo tan pocos amigos con los que hablar que me refugio en la escritura de estos artículos para tener algo que decir, aunque a algunos les ofenda lo que digo (que todo es ficción, por si no se habían dado cuenta, incluso este artículo).

Les cuento esto porque mantener el optimismo en nuestros días exige un esfuerzo sobrehumano. Y yo no escribo para hacer reír a nadie. Del mismo modo que tampoco espero que ustedes rían con cada uno de mis artículos. Soy exactamente como usted, tengo días buenos y días menos buenos.

Por eso, cuando me cruzo por la calle con alguien y me suelta eso de: “alegra esa cara, que el optimismo lo puede todo”, me acuerdo de Fernando Fernán Gómez (que en gloria esté) y realizando un homenaje a su figura, exclamo: “ A la mierda, váyase usted a la mierda”.

En cambio, a todos los demás, muchísimas gracias por ser tan amables, dulces, respetuosos y cariñosos con este pobre mortal. Si no fuera por ustedes…

*Por cierto, no busquen en el diccionario la palabra cojoñes porque es inventada.

BUON GUIORNO PER LA MATINA

No hay nada como empezar el día con energía. Eso es lo que decía un spot televisivo de una marca estadounidense de cereales deshidratados. También había otro anuncio que decía que el Cola-Cao era el alimento de los campeones. Y otro más que invitaba a “despertar a la vida con una taza de Nescafé”.

Desde que dejé de ver la televisión y tragarme sus anuncios, reconozco que mi calidad de vida ha aumentado considerablemente, y también estoy desayunando más sano que nunca.

Por otro lado, reconozco que desde que lo dejé con mi exnovia, la calidad de mis relaciones sexuales ha disminuido ostensiblemente y la energía con la que solía iniciar el día desapareció de mi lado tal y como hizo ella una fría mañana del otoño pasado.

Para los que ya no estamos en suficiente estado de forma en esto de encontrar el verdadero amor, levantarnos cada amanecer con la ilusión de hallar compañía al otro lado de la cama, resulta más complicado que deshacer en el tazón los grumos del Cola-Cao (el de los campeones).

Si comenzar cada día ya es duro, imagínate hacerlo sabiendo que te acostarás del mismo modo que despertaste, es decir, en soledad. Que conste que no tengo nada en contra de la soledad. Al contrario. De hecho, la disfruto muchísimo. Especialmente desde que lo dejé como mi exnovia. No echo de menos sus manías, ni sus reproches, ni su rencor, ni tan siquiera sus constantes cambios de humor o su permanente estado de insatisfacción que se incrementaba a medida que se acercaba la noche. Aunque he de reconocer, que el sexo que practicábamos cada mañana al despertar es algo por lo que hubiera merecido la pena haber continuado siendo novios.

Recuerdo que empezar el día con su cabeza entre mis piernas era el motivo que justificaba la enorme sonrisa que lucía al entrar en la oficina, y también la razón de soportar el tedio de trabajar en lo que más odio para cubrir los créditos bancarios que mantienen un estilo de vida que nunca elegí. Supongo que por algo dicen que la comida más importante del día es la primera.

TOCAR POR TOCAR

No conozco a nadie a quien no le guste que le toquen. Ya sea en la última fila de un cine, sobre el asiento de atrás de un coche o bajo las sábanas, o con la luz encendida, o en un cuarto oscuro, ser tocado, mola.

En forma de caricias combinadas con cachetitos en las nalgas, o a través de suaves deslizamientos circulares con la yema de los dedos, sentir el tacto humano reconforta, y mucho. Puede que por eso el concepto ser humano contenga la palabra “mano”, porque para sentirse como tal es necesario ser tocado por la mano (o manos) de otro (u otra).

Hemos de reconocer que según avanza la edad disminuye el deseo de ser tocable para el resto de la humanidad. Por lo que se aprecia, el paso del tiempo convierte a la gente reacia a tocar a quien más agradece ser tocado. Cronológicamente hablando, la infancia es el punto álgido del sobeteo. De niños, somos manoseados por todo tipo de manos. Empezando por la mano del doctor que nos da un manotazo con la palma para empujarnos a entrar en este mundo, y terminando por la arrugada mano de la cariñosa abuela que no cesa de estirarnos el carrillo como si el moflete fuera chicle. Poco después, en la tierna pubertad, nos manoseamos a nosotros mismos para endurecer todo órgano sensible al tacto. En esa edad descubrimos el placer que proporcionan los extremos de las extremidades superiores aplicadas sobre protuberancias y cavidades naturales de la naturaleza de cada género. A continuación, en la adolescencia y juventud, experimentamos el placer que dan las extremidades de los otros a lo largo y ancho de nuestra propia piel. Para terminar en la madurez y ancianidad, cuando tocamos fondo y nos conformamos con que la orquesta de la verbena sea la que toque la canción que nos recuerde la primera vez que nos metió mano aquella persona con quien había afinidad tangible.

En mi caso, de un tiempo a esta parte, palpo en el ambiente el desinterés del sexo opuesto por mi persona. Es un tema de piel, lo sé. Por eso, a falta de haber sido tocado por la gracia de Dios en lo que a atractivo físico se refiere, lo único que deseo es que lo que me toque sea la lotería. Aunque siendo sincero, me conformaría con que al menos nadie me tocara mucho los cojones.

LA MANCHA DE UNA MORA

Existe un refrán popular usado para superar rupturas sentimentales que llega donde no alcanza la resiliencia: “La mancha de una mora, con una verde se quita”.

Quienes sufrimos dicho refrán (con más frecuencia de la que desearíamos), además de paladear el sabor de las moras maduras, también hemos saboreado el amargor de la ruptura por muy madura que haya llegado a ser la relación sentimental. Debido a esta causa, los hay que poseemos más manchas de mora en nuestro currículum amoroso que lamparones iluminan el babero de un lactante.

Del mismo modo que hay que reconocer la encomiable labor de una mora verde, también hay que decir que resultará dificultoso dilucidar si la mancha emocional de la ruptura perdurará a pesar del efecto de la mora verde. O si la mora verde pronto preferirá el sabor de otra mora igual de verde en lugar de la hiel de la mancha de mora negra, que también puede ser.

Lo que es inevitable es que la mora verde dejará de serlo con el paso del tiempo, y más pronto que tarde, con la llegada de su madurez, dejará de cumplir su función de mora verde. Es entonces cuando será otra mora negra más dispuesta a dejar mancha como marca permanente en el historial amoroso de quien sufre el abandono del ser amado.

Con este juego metafórico de carácter frutal, lo que les quiero decir es que por mucho que el amor caducado pretenda suplirse con amor fresco, la mancha del dolor provocado por el desapego permanecerá perenne en el ánimo de quien ha amado sin ser correspondido del mismo modo.

Al final, al amor le ocurre lo mismo que a los yogures, todos llevan fecha de caducidad. La decisión de hacer caso omiso a la recomendación de consumo es personal. Pero no olviden que la ingestión de producto en mal estado, suele terminar con diarrea. Es decir, cagándose uno en todo. (Especialmente efectivos son los de sabor a frutas del bosque. Será porque llevan mora, no sé).

SIN TRETAS NO HAY PARAÍSO

Un buen titular debe captar la atención del público lector con tal intensidad como para incitar la lectura del resto del artículo. Esta norma periodística tiene su máxima expresión en la limitación (valga la contradicción) de los escuetos 140 caracteres de Twitter.

Debido al hecho de que 7 de cada 10 españoles (aquí empleo intencionadamente el género masculino plural) no pisa una biblioteca o librería en su puta vida (perdón por el uso de la palabra malsonante “biblioteca”), podemos deducir que leer, lo que se dice leer, el españolito medio lee poco, por no decir que no lee una puta letra (perdón nuevamente por el uso malsonante de la palabra “letra”).

Quizá sea la falta de interés por leer o la lectura de las mierdas que otros iletrados publican en menos de 140 caracteres, lo que justifica que piense lo que piensa (si es que se puede llamar pensar a lo que hace el españolito medio).

Por eso, en mi cruzada personal por incrementar el índice de lectores y por extensión de usuarios de bibliotecas y clientes de librerías, he aunado en el titular del artículo de hoy la ley periodística por un lado, y por el otro, la máxima de los 140 caracteres.

Por cierto, ¿recuerdan la serie de televisión llamada “Sin tetas no hay paraíso” y basada en la novela homónima del autor colombiano Gustavo Bolívar? El título original no era “Sin tetas no hay paraíso” sino otro que ya no recuerda nadie, ni siquiera el propio autor. Quien lo recordará siempre es la editorial, que supo ver que el título original no tendría éxito de ventas y por eso sugirió un cambio más “seductor”. Gracias al nuevo título, la novela fue un éxito de lectores como también lo fue de audiencia la serie en la televisión española.

Y como lo que yo quiero es tener lectores, he recurrido a la misma treta. Esa es la razón por la que cambié el titular de este artículo. Y parece que la treta ha funcionado, porque usted ha llegado leyendo hasta aquí.

Ya lo decía Joseph Goebbles: “Nada mejor para ser obedecido que decir a la gente lo que quiere oír”. Y a ser posible, sin que haya que leer mucho, añado yo.