IN AND OUT

En los dorados años 80, se definía con el término “in” a lo que en los 90 se llamó “guay”. Después, en la primera década del siglo XXI, a lo mismo se le llamó “trendy”. Y actualmente recibe el nombre de “cool”.

Digo esto porque el pasado sábado, a altas horas de la noche, en un bar de copas “cool” donde se junta gente “trendy” para hablar de cosas “guays”, un chico me dijo que yo era lo más “in” que había visto en su vida.

Al principio me lo tomé como un halago, y especialmente viniendo de un jovencito con la mitad de años que yo. Pero tras varios segundos de gloria efímera, su explicación ampliada del prefijo “in” distó mucho del significado ochentero que yo interpreté inicialmente.

Lo más “in” que él veía en la propuesta que yo le había realizado minutos antes al oído, era de “índole inmoral, indecente, indecorosa e inapropiada en alguien de mi edad e inadecuada para alguien de la suya” (palabras textuales salidas de su boca ininterrumpidamente una tras otra. Por eso las pongo entrecomilladas). A su larga lista de “in”, sólo le faltó añadir im-bécil. Pero como delante de la letra be se escribe la letra eme, me libré de otro insulto más gracias a la inteligente ortografía.

Y hablando de orto, a ese lugar argentino fue al que indicó que me fuera a modo de conclusión de su letanía de desagravios. Bueno, he de aclarar que el jovencito inculto no usó el término argentino “orto”. Concretamente usó otro sinónimo de igual significado y que podía describirse como el lugar donde la espalda pierde su nombre. Aunque fue muy gráfico en el modo de hacérmelo saber. Incluso levantó el dedo corazón de su mano derecha para reforzar visualmente la expresión gramatical. Y lo dijo mientras se alejaba de la barra del bar dejando a deber dos gin-tonics de Brockmans que tuve que abonar religiosamente del modo más “in” que existe, es decir, in situ.

Desde entonces no he vuelto a introducir el pie en ningún bar de copas “cool”, ni he vuelto a dirigir la palabra a jovencitos “trendy” que hablan de sus cosas “guays”. Ahora prefiero las cafeterías de gasolinera a medianoche, donde no hay gente “cool”, ni “trendy”, ni conversaciones “guays”. Sólo velludos camioneros con sobrepeso, repartidores de fruta con brazos musculados y conductores extraviados que con la excusa de llenar el depósito del coche salen de casa para olvidar durante unos minutos que el amor de su esposa no es el tipo de amor incondicional que encuentran en corazones incomprendidos como el mío.

Qué mundo más inverosímil.

Anuncios

CUARENTÍN

Los humanos de género masculino plural que sobrepasamos los cuarenta en situación singular estamos relegados a sufrir en silencio una cuarentena de sexo y amor (por este orden).

El resto de seres inferiores en edad, y muy especialmente los infectados de pasión amorosa provocada por el hormonal virus «veinteañero», nos superan en cantidad y pluralidad. Los miembros de este colectivo numeroso se dirigen a nosotros despectivamente usando el término «cuarentón». Lo hacen como si la edad no fuera de su incumbencia, o si el hecho de mantener distancia temporal les previniera del contagio (que también puede ser). O quizá puede que lo hagan porque el adjetivo singular tiene un significado más pleno para ellos que cuando se emplea asociado al género masculino con más de cuarenta años de existencia. En mi caso singular, tengo sólo cuarentena y pico. Y como el pico es pequeño, prefiero el término «cuarentín». Prefiero el uso del diminutivo porque me previene a mí mismo de contraer los síntomas que manifiestan los cuarentones avanzados que son los que tienen un pico más grande que el mío.

No sé si existe o si se usa la palabra «cuarentín»,  pero la reclamo aquí y ahora para su popularización social y mediática. Aunque la digo con la boca pequeña, para minimizar el conocimiento masivo de que mi cuarentena dura más de cuarenta días. Pero que quede claro que no es el tipo de cuarentena que exige permanecer enclaustrado y apartado de cualquier contacto físico como si fuera un virus inoculado artificialmente. Es un confinamiento involuntario provocado por la invisibilidad que transforma la fisicidad del aspecto en etérea incorporeidad por el simple hecho de ser “cuarentín”.

Mi caso no es único. Conozco a más hombres “cuarentines” a quienes les pasa lo mismo. Y también a muchas mujeres. Es un efecto corolario de carácter genérico que afecta a más personas de las que se cree. Puede que incluso usted, sea uno/a de ellas.

Por eso, si alguna lectora “cuarentina” desea compartir posturas sobre los matices que existen entre los conceptos singular y plural, podemos concertar una cita para confirmar (entre gin-tonic y gin-tonic) que las diferencias de edad no existen. También hago un llamamiento a las “treintañerinas” quienes seguramente ofrecerán una visión más palpable del momento actual de su género.

Será un encuentro singular, por definirlo de un modo que todo el mundo entienda (incluso los “veinteañeros”).

INDEPENDENTISMO

He tomado la decisión de trasladar la sede social de mi amor a otro corazón. Tras los últimos acontecimientos acaecidos en el entorno más cercano y que ponen en evidente riesgo la viabilidad de mis emociones, el Consejo de Administración unipersonal de la empresa que dirige mi vida ha decidido por unanimidad inscribirse en un domicilio social con mejores condiciones que no fiscalicen negativamente cada uno de mis actos generando con ello un clima de convivencia inestable.

El distanciamiento progresivo, la tensión e incertidumbre, así como el cúmulo de desatenciones, junto a la desidia hacia los activos de mi persona, hacen inviable el desarrollo recíproco de cariño que estipulaba el convenio de afecto y sexo periódico firmado por ambas pares y que dio lugar a la relación.

El cambio de sede social a otro corazón estaría motivado por la protección jurídica ante el incremento inusitado de rencores, desprecios y otra serie de sentimientos tóxicos surgidos repentinamente en el territorio en el que actualmente se encuentra ubicado el sentimiento amoroso.

La estabilidad emocional, la seguridad afectiva y la demostración tangible de amor con besos, caricias, abrazos y otras muestras de carácter íntimo siempre han sido imprescindibles en nuestra unión para asegurar la sostenibilidad de la compañía, así como para mantener un nivel de producción de confianza constante y en crecimiento exponencial. Por estos motivos señalados que, a día de hoy, no ofrecen garantías de permanencia, el amor que guía mis actos personales se ve en la obligación corporativa de trasladarse, no sin pena y dolor, a otro corazón que le reciba con los brazos abiertos y donde ejerza libremente sus funciones en un ambiente de cordial estabilidad.

Esta es la razón que justifica mi declaración unilateral de independencia del romance que hemos mantenido desde el día en el que con nuestros labios firmamos el acuerdo tácito de compartir los días y noches de nuestra vida bajo el mismo techo y sobre el mismo colchón.

No desearía dar por terminada esta declaración unilateral de independencia sin aclarar que la estructura operativa de actos sexuales de mi compañía permanecerá activa de modo indefinido y próxima al territorio de tu cuerpo por si en un momento dado se desea un encuentro carnal de carácter esporádico que rentabilice con alto interés físico para ambas partes la amistad que nos une.

Atentamente,

El Amor Que Tuvimos, Sociedad Anónima.

EL ODIO NOS HARÁ LIBRES

Internet está lleno de haters. Los haters son aquellos internautas que a falta de amor recibido, se vengan de la humanidad repartiendo odio a diestro y siniestro a través de foros en páginas web, en blogs y en diversas redes sociales (como esta misma red social que lee usted en este momento).
En el reparto equidistante de odio de los haters no hay distinciones entre izquierda y derecha, o arriba y abajo. Tanto unos como otros odian por igual. Los hay incluso que odian en distintas direcciones al mismo tiempo, pero en cantidad similar de desprecio.

Estoy plenamente convencido de que usted ha odiado a alguien o algo en un momento concreto de su vida, si es que no lo hace habitualmente varias veces a lo largo del día. Da lo mismo ser de una ideología que de otra, de un partido político con color corporativo azul que de otro con color morado, de un club de fútbol de quinta regional que de otro de primera división, o de un país francófono, angloparlante o hispano. Cuando se trata de odiar, no hay distingos que valgan. Tampoco de territorio geográfico, ni de lengua, ni de género, ni de número, ni de entorno laboral,  analógico o virtual.

El odio emisor es igual para un único individuo receptor, que para un colectivo, para una organización gubernamental que no gubernamental, para una persona heterosexual, pansexual, demisexual o asexual. No importa ser oriundo, foráneo, vecino o residente, ser de aquí o de Katmandú. El odio es odio, y punto.
En mi caso, he de admitir que odio muchas cosas y a muchas personas. Empezando por reconocer que ahora mismo le odio a usted. Le odio porque en lugar de estar leyendo este odioso artículo debería emplear su tiempo en enamorar a su mujer día sí y noche también. Y por eso le odio, porque si yo tuviera mujer a quien hacer el amor no perdería el tiempo en escribir este articulo (ni otros tantos que escribo semanalmente y a los que dedico mucho amor, pero por los que recibo poco sexo). Por eso, también me odio a mí mismo.
También odio a su mujer por seguir al lado de un hombre como usted que pierde el tiempo leyendo mis artículos en lugar de tener los ojos (y los dedos) puestos en otro lugar en vez de usarlos en teclear el ordenador para responderme: «Tienes toda la puta razón, ahora me odio a mí mismo y también te odio a ti por hacérmelo saber”.
Por este motivo, los haters abundan en Internet. Porque internet es el reflejo de lo que somos. A veces encuentras personas saludables (en pocas ocasiones) y casi siempre chocas de bruces con el odio ajeno, que es una forma camuflada de encubrir las carencias afectivas (o las sexuales, que también puede ser).
Ahí se lo dejo para que lo digieran y después regurgiten su ira en forma de comentario odioso. Prometo no tomármelo como algo personal. Todo quedará entre haters.

COPIAR POR COPIAR

Hace un par de días, Carmen Lomana copió casi al completo para el periódico La Razón la columna que había escrito mi amigo Guille Viglione para su periódico El Diario Vasco dos semanas antes. Flipé en colores.

La Wikipedia dice de Carmen Lomana que es una “Spanish businesswoman, socialite and haute couture collector”. Como se trata de un texto extraído de la Wikipedia, lo pongo entre comillas para que quede claro que no es una definición propia. Y para que quede aún más claro que la definición está escrita en inglés, también la escribo en cursiva. Carmen Lomana, por su parte, ni entrecomilló el texto de Viglione ni tampoco lo escribió en cursiva para dar a entender al lector que todo lo escrito era de cosecha propia y en español de España.

Todos sabemos a día de hoy que copiar es lo más fácil del mundo. Basta con usar las teclas Comando C y Comando V del teclado del portátil para redactar una columna de opinión (usando la opinión de otra persona), y enviarla al periódico que te paga firmándola como original (tal y como ha hecho la “Spanish businesswoman”). Parece que el personaje emblema de la alta burguesía española ha caído muy bajo recurriendo al corta/pega. Aunque lo de cortar y pegar debe ser por su afición a la “haute couture”.

No voy a culpar a Carmen Lomana de usar de las teclas de su portátil como considere oportuno (dudando mucho de que sepa hacerlo). Pero por lo que sí voy a alzar la voz es por la incompetencia de los responsables de contenidos del periódico La Razón a la hora de permitir la publicación de un texto firmado sin haber contrastado anteriormente la verdadera autoría.

El caso de plagio de Lomana versus Viglione, me ha recordado al plagio del discurso de 2016 de Melania Trump versus Michelle Obama (busquen en Youtube, merece la pena verlo). No es que esté comparando a Carmen Lomana con Melania Trump o a Guillermo Viglione con Michelle Obama, faltaría más. Pero las carcajadas que me ha generado el plagio han sido las mismas. Conociendo como conozco el buen humor de Guille, tras el primer impacto causado por la sorpresa, habrá estado riéndose un buen rato de la bajeza que reina en la alta burguesía española y la gran altura de incompetencia que campa a sus anchas en las redacciones de algunos periódicos de tirada nacional.

Tal y como decía el genial Stephen King: “La imitación es la forma más sincera de elogio”. La cita se la he copiado al autor de Portland para cerrar este artículo. Y lo hago como creo que debe hacerse cuando se copia a alguien, es decir, entre comillas y mencionando siempre al autor. En primer lugar porque hay que reconocer la autoría de la originalidad. En segundo lugar porque soy admirador del escritor norteamericano. Y en tercer lugar porque por mucho que trate de elogiarle, jamás se me ocurriría copiar ni una de sus frases (aunque ganas no me faltan, del mismo modo que también copiaría a Guille Viglione si supiera escribir tan bien como él y tuviera la desvergüenza de Carmen Lomana).

EL MUNDO ES DE LOS QUEJICAS

El mundo está lleno de quejumbrosos. Todos se quejan de algo, por algo, de alguien o por alguien. Y yo, el que más. Que conste que no lo hago con afán de ir mejorando lo presente. Si me quejo, es porque no tengo otra cosa mejor que hacer.
Si fuera más tolerante con la imperfección ajena, podría sobrellevar la falta de respeto, la falta de decoro, la falta de educación, la falta de conciencia medioambiental, la falta de saber estar en público, la falta de conocimientos, la falta de experiencia, la falta de ética, la falta de moral, la falta de amor propio, la falta de atención, la falta de sensibilidad, la falta de sentido común, la falta de ilusión, de motivación, de compromiso y otros miles de vacíos que existen por falta de voluntad en mejorar como seres humanos.
Tal y como he dicho unas líneas más arriba, podría ser más tolerante con la imperfección ajena si fuera más intolerante con mis propias imperfecciones, que son muchas y muy visibles. Empezando por la alopecia galopante, hasta el carácter dominante que me posee (también desbocado). Desde las carencias físicas hasta los excesos etéreos, soy un «desecho» de virtudes como diría Cándida Villar.
Aunque por muy imperfecto que me considere a mí mismo, lo que no estoy dispuesto a pasar por alto, son las faltas de ortografía. Es algo que daña mi vista, lo «juro por mi conciencia y honor» como dicen los cándidos políticos al tomar posesión de su cargo en cualquier villa o villorrio de mi querida España camisa blanca de mi esperanza.
Lo malo es que, desde que estoy enganchado a las redes sociales, me he dado cuenta de que quejarse públicamente de las faltas de ortografía que comete un amigo al escribir, también conlleva un alto riesgo de perder al amigo. Y como ando falto de amistad desde hace tiempo, prefiero quejarme hoy de la falta de lluvia en verano o la falta de sol en invierno que quejarme mañana por no tener a nadie que me escuche (o que me lea, que es peor).
Disfruten del domingo, y que la compañía que les rodea no les falte (en el amplio sentido del verbo faltar).

 

HOY EMPIEZA TODO

He decidido retomar los estudios. Volveré a estudiar. Pero no estudiaré lo mismo que estudié cuando fui joven y que, a día de hoy, no me ha servido para mucho (concretamente para nada de nada). Voy a estudiar por el placer de estudiar. No sé… Historia del Arte, puede que Arquitectura, quizá Literatura, o Geografía, o puede que Filosofía… algo que llene el vacío que inunda de completa ignorancia el sentimiento que tengo por haber aprendido durante años lo que no es útil ni siquiera cuando es exigido laboralmente para dedicarle ocho horas al día, cinco días a la semana y once meses al año.

Además de emplear tiempo a aprender lo que enriquece el alma, dedicaré tiempo a las cosas que no son urgentes. A ese tipo de cosas que nunca reciben tiempo suficiente por mi parte para transformarlas en cosas realmente importantes: observar en lugar de mirar, saborear en lugar de masticar. pasear en vez de caminar y caminar en lugar de correr. Voy a saltar, brincar y piruetear. Borraré de mi agenda telefónica los números de quien no me llama nunca y conservaré únicamente aquellos de quien reciba llamadas con cierta periodicidad (al menos una vez a la semana). Leeré aquel libro que compré porque me gustó la portada y donaré los que adquirí siguiendo la recomendación de no sé quién que escuché en no sé dónde diciendo que son los libros que hay que leer sí o sí. Voy a dormir desnudo y con la ventana abierta (salvo en invierno que dormiré tapado hasta las cejas). Y cuando esté a tu lado o tú estés conmigo, prometo mirarte a los ojos cuando me hables, prestar atención a todas y cada una de tus palabras y arroparte de abrazos cuando la situación lo exija (y si no lo exige, la encontraremos).

Esperaré a que termines las frases, sin prisa y sin miedo. Sentiré en la piel los múltiples significados de cada párrafo que salga de tu boca, con sus puntos, sus comas, sus dos puntos y su punto y seguido. Y seguidamente, hablaré si tengo algo que decir, y si no, guardaré silencio. Voy a llevarte el desayuno a la cama, y no sólo los domingos. Con zumo de naranja recién exprimido, dos tostadas (una de jamón con tomate y otra con queso de Burgos y aceite de oliva) y un café muy caliente para que no se enfríe mientras me cuentas lo que has soñado. Te daré masajes en la planta de los pies, apretando en la zona donde haya que apretar. Te escucharé cuando me llames por teléfono y acudiré a tu lado cuando me lo pidas sin hacerte esperar, o esperar a terminar lo que esté haciendo por mi cuenta.

Sólo hablaré del pasado para recordar dónde dejé las llaves de casa antes de cruzar el umbral o dónde guardé el molde de silicona para hacer las tartas de chocolate que tanto disfruta tu paladar. Sólo hablaré del futuro para elegir entre los platos del menú de los restaurantes a los que te invite a cenar, o para pedir la cuenta después de postre y el café.

Sólo viviré el presente con la sabiduría que otorga decidir estudiar aquello que se desea aprender, sabiendo que lo mejor es conocerse a uno mismo a través de quien se tiene más cerca y me mira como sólo me miras tú.

Lástima que tu presente y el mío ya no estén en el mismo lugar, ni en el mismo momento.

EYACULACIÓN PRECOZ

“Me corro a toda hostia”. No lo digo yo. Lo he leído en un anuncio por palabras en la sección de contactos de las últimas páginas de uno de los periódicos de mi pequeña capital de provincias.

Desconozco si el anunciante tiene prisa por iniciar una relación sentimental o si desea iniciar otra cosa distinta para terminarla cuanto antes. Lo que está claro es que, en este caso, lo que mal ha empezado, acabará peor (y apresuradamente).

Volviendo a leer en detalle el texto del anuncio, tampoco sé con certeza el tipo de relación emocional que se pretende con semejante frase. Aunque las únicas 5 palabras que emplea para hallar a su media naranja, delatan que, además de urgencia por llegar al orgasmo, tiene tan poca educación como dinero, ya que el número mínimo de palabras exigido por el departamento comercial del periódico para inscribir un anuncio es justamente de 5 palabras.

Resulta evidente que logra llamar la atención. Al menos, ha captado la mía. No es que desee contactar telefónicamente (nada más lejos de mi intención). Tampoco pretendo dar lecciones a nadie sobre las formas del arte amatorio (allá cada cual). Lo que sí ha funcionado conmigo es la capacidad que posee la vulgaridad para llamar la atención por encima de la corrección lingüística.

El caso del anuncio por palabras de quien proclama “correrse a toda hostia” no es el primer caso de vulgaridad verbal en un medio de comunicación de masas, ni el único. Basta con encender la televisión y hacer zapping para cerciorarse de la ingente cantidad de personas que usan un lenguaje zafio para mostrar su opinión sobre cuestiones de relevancia, o para responder preguntas periodísticas, o simplemente para anunciar un detergente.

Puede que sea por eso por lo que hace dos años desconecté la televisión y me pasé a la prensa escrita. Qué iluso de mí. Pensé que en los periódicos habría menos mediocridad, pero estaba equivocado. Donde haya un ser humano dispuesto a demandar la máxima atención del mayor número posible de semejantes, estará acompañado de ingentes dosis de adocenamiento.

Si nunca he pretendido dar lecciones sobre artes amatorias, tampoco lo haré sobre corrección lingüística y menos sobre el comportamiento humano. Será por eso por lo que cada vez me encuentro más solo en este mundo donde en privado se impone lo políticamente correcto, y en público se es incorrecto en todo.

Por cierto, el título del artículo lo cambié en el último momento porque el anterior que escribí no me parecía lo suficientemente inapropiado para llamar la atención. Espero que el cambio haya funcionado con ustedes como funcionó conmigo el anuncio por palabras del hombre que se “corría a toda hostia”. Aunque pensándolo bien, puede que fuera una mujer quien lo envió al periódico. Llamaré para comprobarlo.

ESPAÑA DE QUIJOTES

Don Quijote, don Juan y la Celestina. Son los tres mitos que definen la literatura castellana de cabo a rabo. O lo que es lo mismo, la locura, el amor y el engaño. Es decir, el carácter español de quienes habitamos la piel de toro de nuestra nación. Hay más mitos y muchos otros caracteres, pero todos los que son, están en estos tres.

Aunque han pasado varios siglos desde que Cervantes, Zorrilla y Rojas definieran el perfil de sus personajes, no sé de nadie que a día de hoy no se reconozca en algún aspecto de ellos o conozca a personas caracterizadas por la locura, el amor o la mentira. Puede que sea ese el motivo que les defina como auténticos mitos de la literatura (o mitos de la actitud española ante la vida, que también puede ser).

En el fondo, don Quijote, don Juan y la Celestina no son malas personas. Del mismo modo que no son malas personas los “quijotes, juanes y celestinas” de carne y hueso. Tanto unos como otros son personajes que imitan una vida de ficción dentro de una realidad en la que también habitamos usted y yo.

Los motivos que subyacen las acciones de los mitos más célebres de la literatura en castellano son obra y gracia de su creador. A veces son héroes, en contadísimas ocasiones, y miserables en muchas otras. Y como en todo buen relato que se precie de serlo, el personaje acaba tomando las riendas de su propia narración vital.

No sé si ustedes tienen hijos, pero a ellos les pasa lo mismo que a los personajes de las historias que nacen de las mentes creativas de los autores literarios. Por mucho hincapié que pongan los padres en guiarles por un camino en concreto, cada uno terminará decidiéndose por la locura, por el amor o por el engaño. Lo harán cuando ellos decidan hacerlo o cuando las circunstancias lo requieran. Y si no, tiempo al tiempo. Este modo de comportamiento de los hijos es la prueba fehaciente de su carácter netamente español y que, por consiguiente, van camino de convertirse en mitos.

Seguro que, como padre o madre, algo de usted mismo reconocerá en ellos. Quizá sea la manera de superar las dificultades, o el modo de afrontar las decepciones, o cómo plantan cara al fracaso o al éxito, o su comportamiento en público o ante personas de género distinto al suyo. Esta es la forma en la que, como progenitores, verán reconocida su consanguinidad, la educación aprendida en casa o lo que les han visto hacer o decir a ustedes durante el tiempo que vivieron bajo el mismo techo. Es decir, la herencia recibida, que pasará entonces a ser el legado patriarcal o matriarcal para el resto de sus vidas.

Será en esos momentos decisivos cuando veamos si cada uno de nosotros está a la altura del ingenio de Miguel de Cervantes, José Zorrilla o Fernando de Rojas, quienes, además de ser padres de los mitos de la literatura en castellano, son también un poco padres de todos nosotros.

Por eso, nada mejor que releer el Quijote, don Juan Tenorio y La Celestina para aprender si lo que estamos enseñando a nuestros hijos es el tipo correcto de vida que necesitan, o sólo una ficción sin arte literario alguno.

LO INVISIBLE ES ESENCIAL A LOS OJOS

El autor de El Principito estaba equivocado y en lugar de decir “lo esencial es invisible a los ojos”, debió decir “lo invisible es esencial a los ojos”. ¿Por qué digo esto?, se estarán preguntando ustedes. Les respondo a continuación.

Leo en la sección de “Cartas al director” del periódico El País correspondiente al día 4 de abril de 2016 una misiva firmada por un tal Carlos Vargas Escobar que lleva dándome vueltas en la cabeza desde que la leí el lunes, de esto hoy hace 8 días. En ella, el señor Vargas da un repasito a los medios de comunicación de masas (no confundir el término “masa” con peso ni con sustancia, aunque un poco sustancia espesa sí que tienen) por ensalzar en demasía los méritos del fallecido futbolista Johan Cruyff (muy justificados, por otra parte) frente al no aprecio mostrado por el deceso de otra persona que, al igual que ustedes (supongo), tampoco conocerán como yo antes tampoco conocía.

El enfado del señor Vargas con la prensa (más justificado si cabe que los méritos del futbolista Johan Cruyff) viene dado por el poco aprecio que disponemos los españoles y españolas a quienes más aprecio nos disponen. En este caso, por el no aprecio mostrado por el gremio periodístico hacia el profesor FRANCISCO ESCOBAR DEL REY (lo pongo con mayúsculas porque se lo merece), quien falleció el 16 de diciembre de 2015 a la edad de 92 años. ¿Y quién era?, se estarán preguntando muchos de ustedes. Él y su mujer, GABRIELA MORREALE (también mayúscula mujer) han pasado más de medio siglo consagrados a la ciencia, a la medicina y al amor que profesaban el uno por el otro. ¿Y qué tiene eso de especial frente a la Medalla de Oro de la Real Orden del Mérito Deportivo concedida a Johan Cruyff?, se estarán preguntando una vez más. Les respondo nuevamente. Tanto GABRIELA MORREALE como su marido FRANCISCO ESCOBAR DEL REY, fueron los precursores de un programa nacional de prevención infantil de la subnormalidad por hipotiroidismo congénito basado en la prueba del talón (todos los padres sin excepción sabrán a qué prueba me refiero) que permite el diagnóstico precoz y un tratamiento que, de no ser así, derivaría en el desarrollo inevitable de deficiencias mentales profundas en nuestros hijos recién nacidos. Según estadísticas médicas, este descubrimiento previene el retraso mental grave de unos 150 niños al año, tan sólo en España, ya que dicha prueba es casi universal. Una vez dicho esto, es comprensible el rebote del señor Vargas al no apreciar en ningún medio de comunicación de tirada nacional (excluyo a los deportivos que van a lo suyo) una extensa mención al fallecimiento de quien sin su ayuda, muchos de los niños nacidos a partir de mediados de los 70 (entre los que me incluyo) podríamos haber sido incapaces de escribir este artículo (en mi caso) o de leerlo (en el suyo). No hace falta ser padre, madre, tío, tía, padrino o madrina para tomar conciencia de lo que ha supuesto para nuestros hijos, sobrinos y ahijados el trabajo médico de la pareja MORREALE/ESCOBAR desde hace 40 años. Por esa razón, la noticia del fallecimiento del profesor ESCOBAR DEL REY debía haber ocupado la portada de todos los periódicos junto a la de Cruyff, aunque la de este último sólo en la prensa deportiva, que es lo suyo.

Tal y como dice el señor Vargas en su carta al director de El País, “si nadie conoce a los héroes que hacen todo lo posible por evitar enfermedades a nuestros hijos, ¿a qué héroes imitarán cuando sean adultos?”

Ahí lo dejo para que lo mediten mientras leen el Marca.