DORMIR ACOMPAÑADA

Mi mujer duerme con disfraz. Entre la máscara facial hidratante de crema de pepino, la redecilla crochet que cubre las ondas rubias de su cabello, la férula del bruxismo, la tirita adhesiva en el tabique nasal para expandir las fosas e incrementar el nivel de oxígeno epitelial y los tapones en los oídos para amortiguar la acústica exterior, no sé si duermo con mi esposa o con un superhéroe mutante de los X-Men (en su caso sería X-Woman).

No se rían. Al principio hace mucha gracia, pero cuando llega la hora de iniciar el ritual de las artes amatorias conyugales con la finalidad de consumar el acto sexual en un coito y su consecuente orgasmo, la parafernalia cosmética antiedad resulta tan engorrosa como antierótica.

He de reconocer que cada día parece más joven, por lo que podría confirmar la eficacia de los productos de belleza que emplea y que hacen justicia a su formulación contra los signos visibles del envejecimiento cutáneo, tal y como prometen los anuncios que emiten por televisión. No mencionaré las marcas para no hacer publicidad gratuita por la que no recibiré remuneración, pero podría informar con todo lujo de detalles de la diferencia entre un retinoide y un serum hialunórico según lo hace la voz en off de un tutorial de YouTube.

De hecho, también distingo de un simple vistazo el tipo de crema antiarrugas que usa mi secretaria del que usa la mujer de mi jefe y el usado por la hija universitaria de mi vecino de abajo. Con tan sólo tres segundos de contacto visual, aprecio el grado de sequedad epidérmica que indicaría la necesidad de incrementar el porcentaje de manteca de karité en cada caso particular. Mencionaría las tres marcas que ellas usan, pero como he dicho anteriormente, no cobro por ello.

Total, que por culpa de la cosmética de alta gama que rejuvenece al sexo femenino, mi sexo masculino está envejeciendo cada noche y mi corazón está perdiendo todo atractivo por la falta de hidratación afectiva de mi querida esposa. Mencionaría los detalles de mi desdicha, pero tampoco ganaría nada haciéndolo.

EL ENEMIGO ESTÁ DENTRO, DISPARAD SOBRE NOSOTROS

Leí esta frase escrita en un inmenso neón luminoso en lo alto de la fachada del magnífico edificio del teatro de la Laboral en Gijón, y recordé el acontecimiento que inspiró la obra artística de mi amigo Avelino Sala del año 2008.

Si desconocen el motivo histórico que desencadenó la intervención artística, resulta que a las 11 horas del 21 de agosto de 1936, apenas transcurrido un mes del alzamiento militar fascista contra el gobierno republicano español, un buque de la armada afín a la rebelión, que singlaba las costas del mar Cantábrico recibió el siguiente mensaje en el puente de mando: “Enemigo está dentro. Disparad sobre nosotros”. La orden había sido enviada por la guarnición del cuartel de Simancas en Gijón, comprometida con la sublevación, que llevaba 33 días asediada por el Frente Popular. El buque, obedeciendo la súplica, cañoneo sin miramientos el cuartel que también recibió lo suyo por tierra y aire (pero por los del bando contrario). Al final, entre unos y otros, todo quedó en ruinas.

Los días de incertidumbre que estamos viviendo provocados por una guerra de vacunas contra una pandemia de origen desconocido me han hecho rememorar aquel acontecimiento bélico, pero 85 años después. Por eso, conviene rememorar al mismo tiempo la obra de Avelino Sala de 2008 como metáfora en la que el arte puede ser la única salvación cuando falta el entendimiento, el diálogo y la solidaridad a día de hoy. Al final, entre unos y otros, todo quedará en ruinas.

Además del arte, quizá también pueda salvarnos el humor. No hay nada mejor que recurrir al arte y al humor para sobrevivir. Y si coinciden en espacio y tiempo, mucho mejor. Por esa razón me temo que más pronto que tarde será real aquella broma del periódico satírico El Mundo Today en la que el presidente del Gobierno de España Pedro Sánchez afirmaba en una desconcertante rueda de prensa: “Qué ironía, al final el auténtico coronavirus éramos nosotros mismos”.

Pues eso. Disparen humor y arte a discreción, y sálvese quien ría.

EL AMOR PERFECTO

Dicen que el amor perfecto es una amistad con momentos eróticos.

Teniendo en cuenta esta definición y aplicando el refrán que afirma categóricamente que el perro es el mejor amigo del hombre, me pregunto qué lugar ocupa la zoofilia en el escalafón de la expresión amorosa masculina. También me pregunto cuántas parejas coinciden con esta definición para aplicarla a su propia relación sentimental cuando el momento erótico hace tiempo que dejó de ser erótico. A su vez, quisiera yo saber si la amistad se inicia con el erotismo de un instante o es el momento erótico el causante del final de una amistad.

Me temo que hay muchas cuestiones por resolver antes de afirmar gratuitamente y sin argumento sólido ni base científica que para follar con una amiga o amigo tiene que existir amor de por medio, o quizá con echar un polvo en un momento de calentón es más que suficiente. Si hubiera respuesta a esta última duda, también se daría contestación adecuada a definiciones que únicamente interesan a quienes hace tiempo que no follan (y lo saben, como decía aquel meme de Julio Iglesias).

Otro dato empírico que desmonta este concepto basado en la dicotomía entre amistad y erotismo es el número de momentos eróticos exigibles para considerar que la amistad es tan perfecta como para valorar el cariño con derecho a roce como sinónimo de amor. ¿Dos veces por semana? ¿Tres, quizá? Si la frecuencia es inferior, puede que haya que reformular la acepción del término perfecto como adjetivización del sustantivo amor y aplicarle además un adverbio o diminutivo. Para el primer caso sugiero los adverbios «casi», «apenas» o «escasamente». Y para el segundo caso, propongo aplicar los diminutivos que transformarían la palabra en «perfect-ito» o «perfect-ín».

Aunque lo que realmente hace justicia siempre a la palabra amor es añadir al adjetivo perfecto un prefijo en concreto. De este modo, el amor quedaría finalmente como lo que realmente es: «im-perfecto».

HUMOR INTELIGENTE

Humor e inteligencia son sinónimos. No lo digo yo, lo dicen diversos estudios de investigación sobre personalidad y conducta que demuestran que las personas divertidas poseen un alto coeficiente intelectual.

Los mismos estudios también reconocen que los hombres y mujeres con sentido del humor asumen los cambios como algo intrínseco a la existencia, demuestran poseer un componente filosófico de alto nivel cognoscitivo además de resolver más rápidamente los inconvenientes de los imprevistos.

Pero de todos los estudios sobre la influencia del humor en la calidad de vida del ser humano, me quedo con el centrado en su uso como herramienta pedagógica de aprendizaje. Son infinidad los autores que participan para corroborar en mayor o menor medida el peso del humor en el ámbito docente y la consecuente mejora de resultados académicos.

Algunos estudiosos avalan sus palabras con experimentos empíricos focalizados en el lenguaje. Otros aportan datos concluyentes sobre el efecto desmitificador, desdramatizador, desacralizador y otros muchos más “des” que la perspectiva humorística confronta a una realidad hostil.

Sócrates, otro gran estudioso del comportamiento humano, dijo que “el hombre es el único animal que ríe” (supongo que también incluiría a las mujeres griegas, aunque a él le hicieran más gracia los jovencitos). Y si por decir lo que decía, fue condenado a morir por envenenamiento y 2.500 años después seguimos sin reírnos lo suficiente, es que a lo mejor aún nos queda mucho por estudiar (o no asistimos a las clases de filosofía en B.U.P.)

La puesta en práctica del humorismo (que recomiendo encarecidamente tras la lectura de este texto), no es más que la contraposición de dos ideas de un modo aparente o real. Por ejemplo, hay quien considera el chirimiri un castigo divino a la altura del diluvio universal y quien se regocija anticipadamente con el perfume de las flores que nacerán al día siguiente en su jardín gracias al riego caído del cielo (literalmente hablando).

Aún sin haber sido nunca un gran estudiante, considero que la diversión que proporciona la práctica del humor debe ser bidireccional. Es decir, no basta con hacer reír a los demás sino divertirse cuando se hace reír, que no es lo mismo que reírse de uno mismo (que también es muy saludable, pero merecería otro artículo aún más extenso que este).

Por cierto, todos los estudios que he consultado también afirman que los hombres con sentido del humor son considerados como más atractivos por las mujeres. Ahí lo dejo para que lo mediten con una sonrisa en los labios.

LA REINA DEL TRAP

Con el paso de los años, también paso olímpicamente de mostrar interés por aquello que no entiendo.

A pesar de ir creciendo intelectualmente, personalmente e incluso emocionalmente, aún hay temas con los que no doy pie con bola. Si el movimiento jipi me pilló de lejos y el movimiento punk me pilló de lleno, el movimiento que ahora me supera es el trap. ¿Qué cojoneshostiascoño es el trap?

Para salir de dudas, he preguntado a mi hija adolescente y me ha dicho que “el trap es una evolución del reguetón donde el hiphop, el rap y el dubstep tienen más protagonismo rítmico, así como la letra, que evoca experiencias marginales vividas en primera persona” (palabras textuales salidas de su boca sin pestañear ella, ni yo). “Tampoco entiendo el reguetón” he contestado dando por hecho que me preguntaría si sé lo que es el reguetón. “Da igual, mamá” ha dicho ella zanjando la conversación con un portazo en las narices en el umbral de su habitación y hundiendo mi curiosidad en la zanja de profundidad abismal que divide su generación y la mía.

Las diferencias de edad se manifiestan en aspectos tan dispares como el gusto gastronómico, el gusto musical y el estar a gusto con una misma. En la edad del pavo, no se está a gusto con el mundo en general. Mientras que en la madurez, el mundo importa poco con tal de estar a gusto en lo particular.

Los que saben de crecimiento personal, dicen que el éxito está fundamentado en saber distinguir lo positivo dentro de lo negativo, en vislumbrar la luz del final del túnel al principio del túnel y también en encontrar el equilibrio emocional entre lo que se desea alcanzar y lo que finalmente se logra (palabras textuales salidas de la boca de un coach de autoayuda de cuyo nombre no puedo acordarme).

Por mi parte, estoy convencida de que el crecimiento personal (es decir, el mío propio) está en seguir haciendo pie para no ahogarse en el mar de dudas que supone vivir cada día. Por eso, deseo saber en qué consiste exactamente el movimiento trap. Y quiero saberlo para crecer aún más culturalmente sin dejar de hacer pie en la realidad actual y no alejarme de la superficie desde donde se puede divisar la línea del horizonte. Pero como madre, sobre todo quiero saberlo para estar en contacto con mi hija adolescente y compartir mi tiempo con ella, aunque sólo sean unos minutos musicales al día (y aun sin saber qué cojoneshostiascoño es el trap).

LOS REYES MAGOS EXISTEN

Mis vacaciones favoritas siempre han sido las de Navidad porque llegan cuando menos falta hacen.

Para empezar, no se está muy cansado del trabajo porque no ha dado tiempo a alcanzar la fatiga acumulada tras el descanso del mes de veraneo tumbado en la playa durante todo agosto (siempre y cuando se tenga la fortuna de tener empleo o no haberlo perdido, todo sea dicho).

Las vacaciones navideñas llegan cuando ya no le quedan días al año, que es lo más parecido a hacer borrón y cuenta nueva. Al mismo tiempo, se disfruta de una semana libre a principios de enero que sirve para tomar impulso y subir la cuesta del resto del mes más empinado que tiene el año. Y para mayor gozo, son momentos de asueto en los que la única obligación es comer sin hambre, beber sin sed y amar a quien no se ama. Por lo tanto, es normal que sea la época más feliz del año incluso para los ateos, que no tienen reparo en montar el belén con tal de tener a los hijos entretenidos sin molestar en casa.

Durante las vacaciones de Navidad, se desea felicidad a raudales, tanto a quien no se conoce de nada como a quien se conoce y se desprecia. La emoción está en el aire como lo estaba el amor en aquella canción tan cursi de John Paul Young de finales de los 70.

Son días de alborozo, algazara y de Alcampo (ahora hablo de los supermercados). No se escucha a nadie lamentarse por nada. Ni por la subida injustificada del precio de los langostinos, el besugo o la pularda. Ni por sentar a la mesa al cuñado impertinente. Ni tan siquiera por no haber recibido ni un pellizco del Gordo de lotería que tanto hace volar la imaginación tras pagar docenas de euros por varios billetes y que después son sólo papel mojado (literalmente hablando porque recogen las lágrimas de la ilusión perdida).

Si viviéramos en periodo vacacional navideño de modo permanente, seríamos mejores seres humanos de lo que somos. Desde los más adultos hasta los más pequeños. No tengo la menor duda. ¿Se imaginan la alegría de los niños al descubrir regalos bajo el árbol cada mañana al despertar todos los días 6 de cada mes del año?

Mejor no se lo imaginen, sería tan frustrante como tratar de explicar a los padres que los Reyes Magos existen.

LEER Y COMER, TODO ES QUERER

La riqueza del castellano es casi tan suculenta como un puchero de garbanzos. Cuando crees degustar un sustantivo, aparece inesperadamente un adjetivo repleto de matices y de repente el paladar saborea una sensación desconocida hasta la fecha que transforma el instante lingüístico en un deleite gastrosemántico* único y memorable.

(*No se molesten en buscar el palabro “gastrosemántico” porque no existe, me lo acabo de inventar).

Para quienes leemos con frecuencia, el placer que supone descubrir una palabra inédita en las líneas de texto de un libro de narrativa, ensayo o poesía es lo más parecido a distinguir kión oriental en una sopa Wantán o un matiz floral secundario oculto en una cata de vino chileno de cepa Carménère o un aroma toffee aislado en la inmensa variedad de quesos elaborados artesanalmente en la Francia rural. 

Al hábito de la lectura, le ocurre lo mismo que al ritual de la alta cocina. Una vez que se prueba, todo sabe a poco. Por eso, la incorporación de un término nuevo a nuestro hambriento vocabulario está a la altura de sumar unas hebras de azafrán a un arroz valenciano elaborado por Ferrán Adriá o la emulsión de kakigori de chocolate y naranja del postre diseñado por su hermano Albert.

La lectura, además de alimentar el alma, desarrolla el intelecto y favorece el crecimiento de facetas ocultas. Las propiedades nutritivas de un adverbio constituyen el aporte calórico indispensable para la supervivencia intelectual en momentos de carencia de conversación ajena o con bajo contenido en contenido (valga la redundancia).

Les cuento todo esto porque esta noche he invitado a cenar a mi casa a una mujer tras cuatro meses de flirteo y necesito seducirla a toda costa. Como no creo que lo logre por mi físico, voy a intentarlo por la elevada calidad intelectual de mi conversación. Y si tampoco lo consigo, que al menos alabe mi sentido del gusto en la cocina (puede que sea el preámbulo para disfrutar posteriormente del sentido del tacto en la cama). Bon appetit.

DOBLEGAR LA CURVA

El miedo que tengo a doblegar la curva es que la cuesta abajo me pille sin frenos.

El bofetón que voy a darme será épico, casi tan épico como la escena final de la playa en la película El Planeta de los Simios. Lo malo es que no estamos dentro de una película y tampoco dentro de un cine, ya que últimamente sólo se ven series en Netflix desde casa y nadie pisa un local de cine desde hace años (si es que queda alguno en pie, cosa que dudo).

Decir a estas alturas que la pandemia de la Covid nos ha cambiado la vida de forma radical, además de estar demodé es no querer mirar más atrás de los últimos 10 meses. Antes de la llegada del maldito virus, ya éramos muy diferentes tanto los unos con los otros como con nosotros mismos, no nos engañemos.  

Repasando los selfis antiguos que aún conservo en el móvil, me he dado cuenta de que apenas tengo contacto con las personas que me rodean en las fotos que hice en su momento. De hecho, no recuerdo su nombre de pila. Por no saber, no sé ni quiénes son.

Para llevar todo el día y gran parte de la noche un teléfono en la mano, a nadie se le ocurre llamar a viejos amigos para saber cómo les va la vida, cómo se encuentran sus familiares o si hay novedades en el trabajo, en su casa o en la del vecino. Habría que hacerlo, aunque sólo fuera por poner nombre y apellidos a las personas de las fotos selfi que se llevan en el bolsillo junto a las llaves de casa, las monedas para el parking y la cartera repleta de tarjetas de crédito de bancos que tributan en paraísos fiscales.

Puede que la negativa a contactar con viejas amistades sea la pereza, o la desidia o quizá la dejadez. O simple y llanamente sea por miedo a enterarnos de que han fallecido por culpa del coronavirus y nos remuerda la conciencia haber roto la amistad hace años sin motivo alguno (o si lo hubo, se olvidó).

El caso es que resulta dificilísimo hacer amigos y demasiado fácil perderlos. Ésta será la siguiente curva que habrá que doblegar, y también habría que hacerlo para siempre.

Cuesta muy poco mantener a los amigos, casi tan poco como mantener la suscripción mensual a Netflix. Eso, o revisar con más frecuencia los selfis de la memoria del móvil para no olvidar quiénes éramos cuando fuimos personas con un corazón menos endurecido por el paso del tiempo.

TONTO EL QUE LO LEA

Vengo del ambulatorio de hacerme un análisis y ha salido todo bien.

Cuando entré en la consulta, creía tener un morfema ligeramente inflamado. Pero tras observar los resultados de las pruebas, la doctora confirma que no hay de qué preocuparse. Me ha dicho que tengo los índices semánticos algo elevados para mi edad, pero normales para mi ritmo leyente de vida.

­            –Si en dos semanas la hinchazón persiste, sustituye la ingesta de poesía por la prosa y en pocas horas descenderá el bulto­–ha dicho con total convencimiento–. Tu caso es propio de los que sois como tú–ha apostillado para dar por hecho un padecimiento que casi nadie sufre como sufre un servidor, y cuya causa se debe a un exceso de rimas incompatible con el inusual hábito de lectura diaria de la población general.

Los que padecemos TLC (trastorno de lectura compulsiva) debemos vigilar lo que cae en nuestras manos porque tendemos a cuestionar las formaciones gramaticales por encima de las posibilidades que ofrece el contenido narrativo. Por esa razón, no es de extrañar que suframos ataques incontrolados de decepción cuando una novela o ensayo carece de sentido estructural lingüístico por muy acertada que sea la trama o la audacia de su desarrollo conceptual.

Incluso extendemos nuestra conducta obsesiva a la prensa escrita, a los catálogos comerciales y a los folletos de buzoneo comercial de barrio sin poder esquivar la mala conjugación de un tiempo verbal o la sustitución de pronombres personales en la posición de complemento directo.

Por fortuna para los que sufrimos este mal crónico, la Seguridad Social también cubre el tratamiento desde el mismo instante en el que los síntomas hacen acto de presencia. Gracias al Sistema de Sanidad Universal, podemos acceder sin coste añadido a librerías y bibliotecas donde profesionales altamente cualificados nos suministran dosis generosas de textos correctamente redactados desde el punto de vista gramatical para sobrellevar la mediocridad imperante en la sociedad iletrada que nos rodea.

Si usted se siente identificado o reconoce como propio algún efecto de los anteriormente mencionados, sepa que forma parte de nuestro diminuto colectivo aun sin saberlo. Por lo tanto, sea bienvenida a la minúscula minoría minoritaria de la casta lectora. 

A OLVIDAR QUE SON DOS DÍAS

Este año he decidido no montar el belén. Me da no sé qué poner a los Reyes Magos demasiado cerca del Niño Jesús, de San José y de la Virgen María, y acaben por contagiarse los pastorcillos, Herodes e incluso el caganer.

Por edad, los tres Reyes son personas de riesgo. Además, tampoco tengo claro que estén considerados como allegados por mucho que viajen desde el lejano Oriente. En el fondo lo hago por ellos. Melchor está a punto de cumplir los 70 años. Gaspar superó la edad de jubilación hace una década, aunque cada año decida darse de alta en autónomos el mes de diciembre para cumplir con las obligaciones cristianas y también con las tributarias. Y por su parte, Baltasar, que siempre parece más joven de lo que aparenta, tiene prohibido conducir por las cataratas inoperables de la vista. Por eso viaja en camello guiado por dos pajes y ofrece al Niño Dios un cofre con mirra (aunque él piense que está lleno de diamantes de De Beers al no distinguir visualmente entre una cosa y otra).

A mis dos hijos pequeños, que este año no vendrán a casa a cenar en Nochebuena por decisión irrevocable de su madre, les voy a enviar por email las fotos del belén que monté el año pasado. Las viraré a tono sepia con el efecto del Photoshop y añadiré en tipografía cursiva un mensaje de paz y amor para ellos (excepto para su madre, que desde que nos divorciamos hace 5 años sólo nos dirigimos la palabra por Whatsapp).

Total, entre unas cosas y otras, las Navidades de este año 2020 las voy a pasar más sólo que la una. Y me temo que las uvas me las comeré de igual manera, es decir, de una en una hasta que den las doce campanadas para acto seguido meterme en la cama ipso facto, que las fechas no están para fiestas ni festines.

Me bastará mirar la pantalla compartida del ordenador para brindar online con mis cuatro amigos por un Feliz Año 2021 que estoy seguro será fantástico porque lleva un número 1 al final, que es la cifra que sirve para empezar a contar y además marca una dirección a seguir: Adelante, siempre adelante.

Lo dicho. Cuídense mucho y ánimo a todos y todas. Feliz Navidad. Y como dice el villancico: “25 de diciembre, Zoom, Zoom, Zoom”.