MODO AVIÓN

Desde que lo dejé con mi ex, llevamos en «modo avión» algo más de tres meses. Puede parecer mucho o parecer poco, depende con qué se compare. Si se compara con la edad del planeta, apenas es una parte infinitesimal. Pero si se compara con el tiempo que es capaz el ser humano de mantener la respiración bajo el agua, es una eternidad asfixiante (hablando tanto sentido literal y como en el figurado).

Lo que realmente quiere dar a entender la expresión en «modo avión» es que todo está en el aire, especialmente la relación. Lo opuesto sería vivir en «modo barco» que sería estar flotando (en este caso hablo sólo en sentido figurado).

Durante los cuatro años que compartimos casa, cama, comida y coche (las famosas cuatro «ces» en las que se fundamenta cualquier relación sexual-afectiva), todo fue en «modo auto», es decir, sobre ruedas. Pero del mismo modo que al coche hay que echarle gasolina para que funcione, la relación dejó de avanzar desde el momento en el que los sentimientos que la alimentaban incorporaron nuevas tecnologías híbridas basadas en energías alternativas (es decir, ella me ponía los cuernos con su profesor de yogilates y yo se los ponía a ella con una alumna en la facultad donde doy clase de filosofía).

El suministro de energía renovable a la vida de cada uno mejoró por un tiempo el medio ambiente doméstico. Pero pronto el ambiente entero se contaminó por completo y la relación comenzó a decelerar paulatinamente hasta que fue necesario aparcarla. Concretamente, ella aparcó sus sentimientos en el chalet de su yogilates y yo me quedé al ralentí con nuestra casa entera, la hipoteca entera y la entera manutención de sus tres perros de raza desconocida y de hambre infinito.

Desde que mi ex y yo lo dejamos, no nos dirigimos la palabra de ninguna de las maneras posibles de dirigirse la palabra. Ni estamos en contacto a través de ningún medio tecnológico digital, ni tampoco analógico (ya sea visual, lingüístico, táctil o auditivo). Desde entonces, en lugar de escuchar sus continuos reproches por hacer esto o dejar de hacer lo otro, sólo escucho la canción «Love is in the air», que para los que no saben inglés quiere decir: «El amor está en modo avión».

 

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TINDER SÍ, TINDER NO

La última vez que me concedieron un premio literario, un amigo seudoescritor me dijo que el mérito no era mío, sino del jurado por haber tomado una decisión que me favorecía a mí, pero que también podía haber favorecido a otro.

Desde que escuché aquella frase, no he vuelto a ganar ningún premio porque el que decidió no presentarse a ningún otro concurso fui yo. Tampoco me presento a ninguna entrevista por mucho que insistan los medios de comunicación en querer mostrar a su audiencia de dónde saco la inspiración para escribir artículos como este. Por no presentarme, no me presenté a la última cita con una mujer que decidió tirarme los tejos a través de una aplicación online que sirve precisamente para tirarse los tejos entre sus usuarios y acabar follando como si no hubiera un mañana.

Cuando el éxito de tu vida depende de las decisiones que toman los demás, nunca sabes si mereces lo que vales o si realmente vale para algo aquello que haces.

Supongo que el valor de un premio está en función de ser elegido con acierto por un jurado que vote a tu favor por el favor que les hiciste en un momento dado o por el favor que deberás devolverles si te hacen el favor de concederte el premio (vuelvan a leer la frase si no la comprendieron del todo).

Como odio pagar favores a quien no debo nada y tener que escribir para favorecer a quien no merece un favor, nunca estoy presente en ninguna lista de premiados, ni tampoco aparezco en la prensa diaria, ni mucho menos tengo orgasmos en la comodidad del colchón de la cama de ninguna mujer.

El anonimato es el mayor premio que ofrece la libertad, frente a la esclavitud que supone alimentar el ego siempre hambriento de popularidad mediocre e intrascendente. Por un lado, me siento el escritor más afortunado. Aunque por el otro, mi auténtico mérito como persona es llegar a fin de mes y cubrir el inmenso coste de una vida sin visibilidad mediática, ni analógica, ni digital.

En cambio, a mi amigo seudoescritor parece que le va muy bien. Él gana todos los concursos literarios a los que yo no me presento y sale en la tele y en la sección cultural de los periódicos un día sí y otro también. Supongo que además le irá muy bien con las mujeres, siempre y cuando se presente a las citas de todas las que conoce por Tinder. Y conociéndole como le conozco, no tendrá reparos en sustituir el reto de la hoja en blanco por el placer las sábanas blancas. Qué mundo.

ÉRASE UNA VEZ

Érase una vez, un hombre viudo que vivía en una casa muy humilde en la montaña acompañado de su único hijo de apenas dieciséis años.
De repente, un caballo salvaje apareció en sus tierras atraído por el pasto. Según manda al tradición del lugar, el hombre tenía derecho a quedarse con el caballo salvaje al no tener dueño conocido.

Qué suerte tienes, le dijeron sus vecinos, antes no tenías caballo y ahora tienes uno sin que te haya costado nada.

El hombre respondió con serenidad: No sé si es buena suerte, ya se verá.

Días después, en un paseo a lomos del caballo, su hijo adolescente sufrió una caída. Fruto del accidente, el joven se rompió dos huesos del brazo derecho. Qué mala suerte tienes, dijeron los vecinos al padre, el caballo que encontraste ha hecho que tu hijo tenga una desgracia.

No sé si es mala suerte, ya se verá, respondió nuevamente el padre con tono pausado.

Semanas más tarde, llamaron a filas a todos los jóvenes ante el inminente estallido de una guerra contra el país vecino. El joven, aún convaleciente de la caída del caballo, fue rechazado por los militares para acudir al frente de batalla ante la imposibilidad de empuñar un arma.

Qué suerte tienes, volvieron a decirle lo vecinos, el accidente del caballo ha librado a tu hijo de ir a la guerra.

El hombre volvió a contestar: No sé si es buena suerte, ya se verá.

Esta historia popular, que muchos de ustedes ya conocerán y podría continuar hasta el infinito y más allá, sirve para ilustrar la facilidad con la que se juzgan los acontecimientos sin tener en consideración la variable del tiempo.

El paso de los días, los meses e incluso de los años pone todo (y nos pone a todos) en un sitio y en un lugar determinado (a veces deseado, otras no). Y será la historia (nuestra historia) la que diga si lo que hacemos o dejamos de hacer en el momento presente es un acierto o un inmenso error. Hasta que llegue ese instante, sólo nos queda gestionar nuestra vida cada día como buenamente podemos y del mejor modo que sabemos dentro de nuestras posibilidades económicas y la capacidad física e intelectual. No le den más vueltas. Sean felices con lo que tienen hoy.

Si llegamos a tener buena suerte o no, ya se verá. Lo mismo le pasa a este articulo. No sé si es bueno o no lo es, ya se verá.

FELIZ 2019 (Si Dios quiere)

Que Dios hizo el mundo en seis días es de todos sabido.

El lunes creó el día y la noche (supongo que el día lo haría de día y la noche la creó haciendo horas extra).

El martes creó el cielo y el mar (aquí no está claro si el cielo lo hizo de día y el mar lo hizo de noche).

El miércoles creó la tierra y la vegetación (supongo que lo hizo todo en horario laboral).

El jueves creó las estrellas, el sol y la luna (me pregunto cómo pudo hacer todo lo anteriormente mencionado si la luz solar todavía no existía).

El viernes hizo los ríos y sus afluentes, y a sus criaturas, incluyendo peces y aves (supongo que al ornitorrinco lo dejó para final con lo que le había sobrado de los patos, los topos y las nutrias).

El sábado creó al resto de los animales y también a la humanidad (no sabemos si por ese orden o a la inversa). Tampoco sabemos el motivo por el cual dejó a la humanidad para el último momento. Estoy seguro que Dios dejó a los españoles en último lugar de la lista de creaciones divinas. Fuimos creados tras un festín de creación sagrada de seis días de duración. Y claro, así hemos quedado, como salidos un sábado noche de un afterhours de Chueca.

 Y por fin, llegó el domingo. Y ese día Dios decidió dedicarlo a descansar. Lo que tampoco está claro es en qué empleó su tiempo de descanso. Puede que Dios se dedicara a no hacer nada, o puede que hiciera esas cosas que se hacen cuando se tiene el día libre. Mientras los humanos (creados a su imagen y semejanza), pasamos el día de descanso durmiendo la mona, limpiando el coche, barriendo la casa o metiendo lavadoras como si no hubiera un final, Dios lo dedicó a hacer esas cosas que sólo puede hacer Dios. Por ejemplo: apretar pero no ahogar. Rogar y dar con el mazo al mismo tiempo. Dar hijos a quienes el diablo ha dado sobrinos. Ayudar a los que madrugan. Juntar a los que se crían. Disponer sobre lo que el hombre propone. Y otra serie de benditos entretenimientos que tienen más de pasatiempo que de hacer un mundo más terrenal.

Puede que sea por eso por lo que el domingo por la tarde lo pasamos en casa tirados en sofá frente al televisor. Y quizá sea por eso por lo se diga aquello de “Cada uno en su casa y Dios en la de todos”.

Y como hoy es domingo, sólo puedo terminar deseándoles a todos y todas, feliz descanso.

Y de paso, feliz año 2019 (si Dios quiere, por supuesto).

EL AMOR ES LA POLLA

Hay que tener cojones para hacer nudismo en una playa nudista. En primer lugar, hay que tenerlos muy bien puestos. Y en segundo lugar, hay que tenerlos cuadrados para lucir la integridad de las partes íntimas ante desconocidas y desconocidos.

Cuando digo que hay que tenerlos cuadrados, no es una expresión literal. Si así fuera, no irías a una playa nudista a mostrar la diferencia geométrica de los genitales (o quizá sí, que hay gente pa’tó). Lo que quiero decir es que una playa nudista es el único lugar donde las formas son más importantes que el fondo (exceptuando una recepción Real con su Majestad la Reina Doña Leticia donde en el fondo todo importa y todos son importantes menos tú, que eres un plebeyo).

He visitado playas nudistas en España, Croacia, Brasil y Francia, y he de confesar que las mejores vistas que ofrece la madre naturaleza están en la costa portuguesa. No sé si es por el rizo de la famosa toalla autóctona que es más suave que la toalla nórdica, o por la delicadeza del rizo del bello púbico de algunos bañistas lusos (que parece muy acolchado).

El caso es que fue en una playa nudista del Algarve portugués donde conocí a mi actual marido (también portugués). Ninguno de los dos tenía nada que ocultar (ni mucho que ofrecer, como es mi caso). Pero desde el primer golpe de vista, nos enamoramos. Él de mi rostro de belleza angelical y yo del tamaño y envergadura de su de belleza apolínea (lo de en-verga-dura, no es un juego de palabras, aunque lo parezca).

Desde que estamos juntos, veraneamos en las playas nudistas de aquellos destinos de mar donde se permite enseñar la merienda aunque no sea media tarde. No lo hacemos porque seamos militantes de una ONG naturista o esas gilipolleces. Yo lo hago para mostrar públicamente que mi amor por mi pareja es lo más grande del mundo. Concretamente 18 centímetros en estado de reposo. Del otro estado y del efecto que produce en mi estado de ánimo cada noche daré buena cuenta en otro artículo.

¡Viva la grandeza del amor!

LA VIDA ES SUEÑO

No sé quién dijo aquello de la vida es sueño, pero tenía más razón que un santo (me vale cualquier santo, desde San Pedro a San Pablo o San-tiago).

A mí, lo que me da la vida es mogollón de sueño, que es lo mismo que decir que me da una pereza que te cagas. Como vivo solo, me acuesto por la noche con un libro con la intención de abrazar algo, aunque lo que abrace realmente sea la lectura. Pero a mitad de primera página, caigo en un frenesí somnoliento que se me va la vida en ello. Supongo que por eso dicen que la vida es sueño.

Por eso, les digo a mis alumnos en el colegio que el mayor bien es pequeño y que lean y lean para que el día de mañana sean los chicos más despiertos de nuestra sociedad. Si abren un libro cada noche, cumplirán su sueño de ser personas de provecho tras ocho horas de descanso ininterrumpido desde el primer minuto (concretamente el minuto que tardan en leer media página). Los padres y madres alaban mi táctica educativa. Mientras los hijos alcanzan el estado REM en su cuarto con un libro entre las manos, ellos por su lado alcanzan el orgasmo en su dormitorio de matrimonio con las manos del uno en las partes del otro y también con otras partes del cuerpo que no describiré aquí y ahora para no ser acusado de viejo verde con suscripción premium al canal online Pornhub (aunque sea verdad).

Quien no logra cumplir sus sueños en vida, es porque no ha leído lo suficiente. El maestro de las artes marciales Bruce Lee alcanzó su sueño de ser agua (be water my friend, decía él) gracias a los libros que leía. Cuando alguien preguntaba “¿Qué hace Bruce?”, todos respondían «Bruce, lee», de ahí su nombre artístico. Supongo que otras personas de éxito como el actor Christopher Lee o la cantante estadounidense Peggy Lee lograron sus sueños de fama, fortuna y gloria gracias a los libros que leían.

Por esa razón, les recomiendo a ustedes encarecidamente el hábito de leer. Es el único modo de vivir una vida de ensueño. Porque tal y como decía Quevedo la vida es sueño (¿O lo dijo Calderón de la Vega?)

SOY UN INCOMPRENDIDO

A la gente no le gustan los incomprendidos hasta que se mueren. En el funeral es cuando se da rienda suelta a la admiración taponada durante lustros y comienza la hemorragia incontenible de retórica lapidaria (lo de lapidaria no es un chiste, aunque lo parezca).

«Tu llama indeleble nunca se apagará», «Quererte ha sido fácil, olvidarte será imposible»,  «No existe la muerte, es una mudanza» son sólo algunas de las frases hechas que se oyen repetidamente en los pasillos del tanatorio cuando el incomprendido fallece (por suerte, él no las oye).

El día que me toque irme (no tengo prisa, que conste) espero no recibir más condolencias que las que merezca la voluntad propia de la conciencia de cada uno. Y estoy convencido de que ninguna visita dirá algo parecido a lo anterior. Más que nada, para no hacer el ridículo delante de quien pueda estar escuchando (incluyendo al fallecido, o sea, yo).
El otro día acudí al velatorio de la abuela de una antigua amiga del colegio. A la pobre anciana (ahora hablo de la abuela) no la había visto en mi vida y a la amiga no la veía desde el colegio. Tratando de ser políticamente correcto en el contexto físico y emocional en el que me vi envuelto, imagínense mi sorpresa al reconocer ante el cadáver de la difunta que «tu llama indeleble nunca se apagará». Mi amiga, que sollozaba a metro y medio de distancia, escuchó mis palabras y creyendo que se lo decía a ella, ahora no para de enviarme mensajes por Whatsapp confesando que siente lo mismo por mí desde aquel viaje de fin de curso de octavo de EGB.
En la puta hora que fui al tanatorio a presentar mis respetos. No sé cómo quitármela de encima. Por más educado que trato de ser diciendo que lo nuestro es imposible, ella considera que lo que es imposible es olvidarme y que por eso la resulta tan fácil quererme.
Tendré que mudarme de barrio y poner tierra de por medio para que su amor eterno e imperecedero sea pasajero y caduco. Eso, o que el destino me envíe al otro barrio y la tierra que ponga de por medio sea la que caiga sobre la tapa de mi ataúd. Aún así, dudo mucho que mi amiga coja la indirecta. Qué complicado es todo.

MARTA DICE

Dice Marta Sanz en su libro Amor fou que «la culpa es una forma, más bien insípida, de enfrentarse al mundo». Quienes hemos sufrido desamor en carne propia (y varias veces en la vida), sabemos a qué sabe la culpa. Por eso, tratamos de darle sabor al día a día cometiendo pecados diferentes para expiar los cometidos en el pasado. De este modo, el regusto insípido de la culpa se traga mejor y la cotidianeidad se digiere sin flatulencias posteriores.

Marta Sanz dice que «las cicatrices son heridas que han curado». Supongo que por eso las heridas abiertas que no cicatrizan son producto de la inmensidad de culpa que se siente cuando el arrepentimiento no tiene el efecto cauterizador que viene de serie cuando se ha nacido, crecido y madurado en una sociedad católico-apostólico-romana.

Marta Sanz dice que «lo prematuro y extemporáneo del amor hacen de cada encuentro un regalo o un remanso». La última vez que fui extemporáneo en el amor, mi expareja fue prematura con mi mejor amigo. Fue el regalo de nuestro tercer aniversario. El remanso de la relación bajó repentinamente de nivel y terminó evaporándose al instante para no volver a fluir jamás por ningún cauce.
Marta dice que «los celos verdaderos son los que no se manifiestan en voz alta». Puede que por eso tenga que refugiarme en la escritura para acallar los celos que llaman a la puerta de la conciencia sin cesar, y así evitar que la pena se instale en el ánimo, ya que según dice Marta Sanz «lo que da pena, aterra y lo que aterra, se odia»
Por eso, cada vez que acuden a mi memoria los amores que he disfrutado a lo largo de mi vida y revivo el amargor que deja su recuerdo, me retiro emocionalmente para no salir perjudicado ni odiarme por haber herido del modo en el que lo hice.

Como también dice Marta Sanz: «No todos dañamos con los mismos filos».

A LA PUTA CALLE

Hacerse un tatuaje es como despedir trabajadores de una empresa. Una vez hecho el primero, no importa seguir haciéndose más.

Digo esto porque fue algo que sufrí en mi propia piel cuando lo hice por primera vez. Al principio me costó muchísimo atreverme. No paraba de darle vueltas al asunto. Tardé una eternidad en elegir el lugar exacto y el motivo idóneo. La elección del motivo siempre tiene que llevar asociado una causa justificada y de peso. No vale cualquier cosa por pequeña que sea. Tiene que ser algo que se note de verdad, para que los demás se fijen y presten atención. Hay que estar por encima de modas y no sentirse condicionado por la tendencia del momento. Es importante ser consciente de que puede ser algo de por vida, casi definitivo. O al menos, por mucho tiempo. Tomar una decisión tan relevante acarrea consecuencias insondables en el presente y también en el futuro. Si no sale bien, o no se hace adecuadamente puede dejar secuelas, sobre todo psicológicas. En el fondo es una marca que queda para siempre, especialmente en el estado de ánimo. Quien ha pasado por lo mismo sabe que hay un antes y un después. En mi caso, cuando llegó el momento de hacerlo, durante días no pensaba en otra cosa. Miles de preguntas se agolpaban en mi cabeza. ¿Qué dirían los amigos al verme? ¿Sería capaz de salir de casa? ¿Y si me arrepiento después? ¿Se puede borrar del todo? ¿Existe la posibilidad de dar marcha atrás? ¿Afectaría al entorno familiar? ¿Y si me cierra puertas laborales? Cuando supe definitivamente que lo haría, la noche anterior, no pude dormir. Tan sólo imaginar que después vendrían otros más, me impedía conciliar el sueño. También tuve que tener en cuenta el coste económico y los gastos que acarrea. Los buenos siempre salen más caros y los que llevan más tiempo también. Pero al final sales ganando. Hay que reconocer que no todo el mundo tiene lo que hay que tener para tomar una decisión en firme. Es necesario estar hecho de una pasta diferente. Si no te crees capaz, es mejor no hacerlo, porque luego vienen los disgustos y ya no hay vuelta atrás. Quienes lo llevan haciendo años lo saben: superado el mal trago del primero, la decisión de continuar con otros es muy fácil. Así fue como viví yo mi primera vez. Aunque de eso hace ya mucho tiempo.

Esta mañana he despedido a un tercio de mis empleados de la empresa multinacional en la que soy Consejero Delegado. Y es cierto lo que dicen sobre los trabajadores. Una vez que mandas a la puta calle al primero, seguir despidiendo a más no importa tanto. Como cuando te haces un tatuaje. A mí me han servido de mucha ayuda para aliviar mi conciencia. Gracias a eso, esta noche dormiré como un tronco.

CUESTIÓN DE QUÍMICA

Dicen que “donde hubo fuego, hay rescoldos”. También dicen que “quien tuvo y retuvo, no teme por no tener”. Lamentablemente, en mi caso nunca he retenido nada porque nada tuve, y me temo que sea por eso que donde hubo fuego sólo quedan cenizas (y no rescoldos que es lo que se supone debería de haber)

Si hubiera tenido interés en retener el fuego, además de haber ardido en el intento, ahora estaría escaldado o con quemaduras de tercer grado repartidas por todo mi cuerpo (especialmente en mi interior).

La naturaleza es sabia y nos da claras muestras de que a veces el mejor final es la combustión que la dilatación. Cuestión de química, supongo. Alargar o dilatar (para seguir con la metáfora del efecto químico), aquello que no tiene sentido de continuidad, es más antinatural que transformarlo en lo que no es posible de ninguna de las maneras.

El doctor Frankenstein aconsejaría ser práctico. Es decir, ahorrar fuerzas. Que por mucha energía que se use para devolver a la vida lo que está muerto, tarde o temprano todo acabará en cenizas, tal y como acabó su creación más querida entre las ruinas de un viejo molino abandonado.

Revivir el ardor sin que exista razón ni motivo para hacerlo, conduce irremisiblemente a la transformación completa (tanto de aquello que no tiene vida, como de quien desea recuperarlo). Cuestión de química, vuelvo a suponer, ya que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.

Muchos lectores creerán que les hablo de una relación sentimental fallida. Pero no se equivoquen, simplemente he dejado el puchero de lentejas más tiempo en el fuego de lo que dice la receta, y se me ha quemado el guiso. Que es lo mismo que decir, que me quedo sin ingerir el hierro que proporciona la legumbre y caracteriza a la dieta mediterránea. Nuevamente cuestión de química, supongo. Ahora tendré que pedir comida a Telepizza y quemar en un futuro próximo las grasas polisaturadas de una pizza barbacoa a base de horas y horas de flexiones, abdominales y clases de body pump, ciclo y spinning.

Esperemos que la pizza barbacoa no llegue con sabor a ceniza, porque me gusta más el sabor que da el rescoldo (el del horno de asar, aclaro).