PLANTAR UN HIJO, ESCRIBIR UN ÁRBOL, TENER UN LIBRO

En casa me dicen que debo madurar, como si yo fuera una manzana verde o un plátano de Canarias. ¿A qué viene tanta prisa? me pregunto yo. 

Todo el mundo sabe que el proceso enzimático de maduración es irreversible. Por esa razón me niego en rotundo a exponerme públicamente a los rayos solares y evito las corrientes de vientos alisios que precipitan el estado de terneza de todo elemento orgánico tal y como también hace el frigorífico, pero de modo inversamente proporcional.

De la misma manera que algunas frutas granan antes que otras, también hay seres humanos que tardamos lo nuestro en llegar al punto de sazón propio de la edad, frente al herbazal de individuos que llega antes de tiempo sin habérselo propuesto. En mi caso particular, ni lo uno ni lo otro. 

Se supone que alcanzar la edad adulta (entendiendo edad adulta cuando se supera la cuarentena) conlleva intrínsecamente la expresión “madurez” que queda manifiesta en la trilogía imperativa “ten un hijo, planta un árbol, escribe un libro”.

El caso es que los que son de mi generación andan ya por el tercer hijo y actualmente están ocupados seleccionando el tipo de semilla de árbol que plantarán cuando alcancen el otoño de su jubilación. En mi caso particular, insisto, ni lo uno ni lo otro. Supongo que por el hecho de que en mis 52 años de existencia jamás he plantado un hijo ni tampoco escribí un árbol, mi candor pueril está más que justificado.

Llámenme inmaduro, pero prefiero vivir en una eterna primavera para nunca pasar pagina del libro de la vida. 

EL ESCRITOR

El escritor se sienta a la mesa ante una hoja de papel en blanco, límpido, inmaculado. Mira el papel fijamente, pero el papel es el que le mira a él. El escritor observa desafiante la página impoluta, aunque no podría llamarse página porque aún no hay ninguna palabra escrita.

Papel y escritor cruzan sus miradas en lo que parece un duelo a muerte. O mejor dicho, un duelo a vida. La batalla comenzó semanas antes en la cabeza del escritor, cuando las voces que únicamente escucha él no cejan en su empeño instigándole a iniciar el ataque lo antes posible.

Ambos miden sus fuerzas. El escritor se enfrenta al lance con un bolígrafo Bic en su mano izquierda. El papel no necesita ningún arma, le basta con mostrar orgulloso su pulcra extensión de 29,7 centímetros de alto por 21 centímetros de ancho. Lo hace con provocación como retando al escritor a dar el primer embate. Pero al escritor le cuesta dar un paso al frente. Permanece arqueado sobre la mesa, sobrecogido por la inmensidad que ven sus ojos y abrumado por el abismo que se cierne en el caso de superar el primer combate. Si alcanzara el triunfo, nacería una motivación que habrá de confrontar con el terror imperecedero. Ninguna victoria es completa. Tras la primera página en blanco abatida, vendrá otra y después otra más. El desafío interminable.

Entonces el miedo se hace más acuciante. También la angustia, el tormento y la desesperación. La exigencia infligida a sí mismo ofrece muestras en la sudoración que perla su frente y un leve tembleque en la mano derecha. Un escalofrío vaticina la derrota. Lo superará. O eso cree. No es la primera vez que le ocurre y tampoco será la última. El papel en blanco espera el avance del adversario. La actitud pasiva del papel intimida al escritor que muestra la punta del bolígrafo con ímpetu amenazante, pero dubitativo. Aproxima el bolígrafo dejando ver el color de la tinta en el extremo. El primer contacto cuerpo a cuerpo supera todas las expectativas. De repente, el escritor hincha el pecho con una bocanada de aire que inflama su interior. El pánico que le invadía tan solo unos segundos antes se bate en retirada sabiéndose derrotado. El papel asume la pérdida reconociendo el triunfo del escritor y entregándose de lleno en una capitulación incondicional.

El escritor entorna la mirada clavando sus ojos en un punto fijo de la hoja en blanco. Aferra con firmeza el bolígrafo y abalanzándose sobre el papel escribe una palabra: Fin.

NO CREER

No creo en los chollos, ni en las ofertas. Ni en gangas, rebajas o descuentos. Ni en el dos por uno, el Black Friday o el llévese cuatro y pague tres.

No creo en la promesa del más blanco no se puede. No creo en el milagro antigrasa, ni creo que exista la república independiente de mi casa porque mi casa nunca será mi casa hasta que finalice el pago de la hipoteca que llegará cuando esté jubilado (si llego a disfrutar de la jubilación, cosa que dudo).

No creo telepredicadores, prescriptores, ni en famosos a quienes les dicen lo que decir. No creo en los que ponen la mano en el fuego por alguien que no conozco. Tampoco creo que haya fuego que apagar salvo todos los provocados por la mano humana (que son la inmensa mayoría).

No creo en el puedo prometer y prometo y desconfío de lo prometido antes de meter porque después de haber metido nada de lo prometido. No creo en quien dice Diego después de haber dicho digo. No creo en la revolución o muerte ni en que el trabajo nos hará libres. No creo en los que te quieren por el interés donde no hay interés que valga.

No creo en quien sin argumento alguno defiende lo indefendible. No creo en el mal que dura cien años ni en quien bien te quiere te hará llorar, porque el mal dura lo que dura y quien te quiere bien te hace reír.

Por propia política, no creo en la política de buenas palabras, ni en la política de hechos consumados, ni en el politiqueo. No creo en esto ni en aquello si no van acompañados de lo otro y lo de más allá. No creo en lo que me dice un amigo que le ha dicho otro amigo que conoce a un amigo.

No creo en lo que será. Me fío más de lo que fue que de lo que puede ser. No creo en las encuestas, las estadísticas, los estudios de mercado, los logaritmos, ni en las previsiones aunque sean meteorológicas. No creo en el horóscopo, las bolas de cristal, los posos del café o la numerología de tres al cuarto ni en los adivinos que salen en la tele cada dos por tres seis.  

Sólo creo en lo que ven mis ojos y desde que me diagnosticaron astigmatismo, solo creo en mis gafas.

CREER

Creemos que tenemos toda la vida por delante. Creemos que todo irá bien. Creemos que nada saldrá mal. Creemos que todo tiempo pasado fue mejor. Creemos que nunca sucederá, que será lo que tenga que ser y que lo que viene conviene. Creemos que jamás se irá, que jamás volverá, que jamás se quedará o que jamás existió, ni existe, ni existirá.

Creemos en el poder de la amistad. Creemos que nadie nos fallará. Creemos en la prosperidad, en el futuro, el progreso y el porvenir. Creemos en la innovación y el desarrollo. Y a la vez en la tradición y en las costumbres. Creemos en la ciencia y en la religión. Creemos que el destino está escrito y que cada uno escribe su destino. Creemos que el amor lo puede todo, que sin amor nada es posible y que lo imposible es posible con amor.

Creemos que nadie es como dice ser y que la cara es el espejo del alma. Creemos en el amor eterno, en el amor fugaz, en el amor platónico y el amor inmortal. En el dinero, la recompensa del esfuerzo, el azar, la fortuna y en quien cree a pies juntillas y pone la mano en el fuego.

Creemos en lo que vemos para después negar lo que hemos visto. Se cree en lo increíble sin evidencias, en lo intangible e incluso en lo invisible. Creemos en lo que nos dicen, en quien lo dice y sobre todo en como lo dice. Decimos mucho que creer aquí es creer y creer en el más allá es una creencia. Creemos en el Creador y creamos para creer en nosotros mismos. 

Creemos tenerlo todo, pero no es así. Solo lo creemos. 

HIJOS DE PERRA

Que el ser humano es sociable por naturaleza está fuera de toda duda. Pero que el ser humano sea humano con otros seres ya es otra cuestión diferente. Por eso me congratula como ser humano amante de otros seres que los perros gocen a partir de ahora de la consideración de seres sintientes por ley*.

Esto significa que no podrán ser maltratados, abandonados, embargados, hipotecados o apartados del dueño/a en caso de divorcio recurriéndose a la custodia compartida en caso de separación. O sea, tal y como ocurre con los niños y adolescentes fruto de un amor en extinción por el paso de los años o producto del desgaste de tanto usarlo (como pregonaba Rocío Jurado).

Suena ampulosa la comparación, pero no lo es en la medida que hasta solo antes de ayer, los perros en lugar de seres sintientes eran considerados simplemente un objeto. El único perro/objeto que considero cosa es el perro de porcelana que venden en los chinos a tamaño natural y que todos reconoceríamos si emitiera esporádicos ladridos, el intermitente olisqueo y un perenne estado de gula.

Que hayamos tardado 2021 años en considerar (por ley, insisto) como parte de la familia a los animales de compañía cuando siempre dan más compañía que algunos miembros de la familia, dice mucho de la familia humana a la que pertenecemos tanto usted como yo. 

Si don Quijote de La Mancha, el loco más admirado de la historia de las historias presumía de “galgo corredor” como se presume de un hijo, ¿en qué momento perdió el ser humano la cordura para creer que un perro era una cosa?

Puede que la nueva ley sobre el régimen jurídico de los animales nos haga entrar en razón y nos convierta a nosotros en seres sintientes y demos las gracias a los perros por considerarnos parte de su familia. 

*Ley 17/2021, de 15 de diciembre, de modificación del Código Civil, la Ley Hipotecaria y la Ley de Enjuiciamiento Civil, sobre el régimen jurídico de los animales.

Hola 2022:

Hola 2022:

Sé que aún es pronto para pedir. Apenas llevamos tres semanas de relación y no quisiera mostrarme exigente desde el principio. Aunque, por otro lado, cuanto antes desvelemos nuestras intenciones, antes quedará claro si a lo nuestro merece la pena dedicarle tiempo.

En primer lugar, desearía que el pasado fuera pasado. Sonará a perogrullada, pero me aburre revivir en el presente experiencias anteriores con efecto de obsolescencia programada.

También quiero ir despacio, muy despacio. Estoy cansado de la velocidad a la que estoy sometido constantemente para llegar cuanto antes a donde no sé si quiero llegar. 

Además, me gustaría que mi suegra Quisquillosa y tu hermana Pereza dejasen de visitarnos tal y como llevan haciendo cada día desde Año Nuevo. ¿Acaso no tienen casa propia? Habla tú con ellas y que quede claro que sólo vendrán en fechas señaladas, que ya las avisaremos con tiempo. No te preocupes, que a mi primo Pedante y al cuñado Sabihondo les envío un WhatsApp para decirles lo mismo. 

Por mi parte, quiero que sepas que toda mi atención será para ti y nada más que para ti. Se acabó seguir consejos ajenos que a nadie he pedido y no significan nada. Además, a quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga, yo soy así y así seguiré, nunca cambiaré.

Y por último, querido 2022, de ahora en adelante caminaremos de la mano semana tras semana, mes tras mes, sin mirar atrás. Como mucho, echaremos un vistazo de reojo a los acontecimientos que sucedan a nuestro lado sin que ello nos condicione a cada paso. Es la única manera de que lo nuestro salga bien. Porque estamos juntos en esto, ¿verdad?

Si aceptas, estoy plenamente convencido de que el tiempo que nos queda de ahora en adelante y hasta el 31 de diciembre nos hará felices a ambos. Más felices de lo que nunca hemos sido. Día a día, tú y yo.

Atentamente, Hoy. 

¡VIVA LA REPÚBLICA!

La semana pasada vinieron a casa los Reyes Magos. A pesar de que este año me he portado muy bien, no me trajeron nada de lo que había pedido. Y de lo que me han traído, no he querido nada. 

Les pedí paciencia porque la perdí hace tiempo, y ya han pasado 8 días desde el 6 de enero y aún la sigo buscando. 

Pedí sentido del humor y al ver que no habían traído ni pizca, me invadió un sentimiento de mala hostia que todavía me dura.

Pedí tiempo que perder y tampoco lo han traído porque entre unas cosas y otras no gano un minuto para asuntos propios. 

Pedí reconocimiento al esfuerzo y por más que lo intento nunca recibo ni las gracias. 

Pedí consideración y mi petición no fue considerada. 

Pedí respeto y Melchor miró hacia otro lado, Gaspar se puso de perfil y Baltasar agachó la cabeza.

Ante el cúmulo de desatenciones monárquicas, por un momento pensé que la carta que escribí con mis peticiones nunca llegó a manos de sus Majestades de Oriente. Pero a los pies del árbol terminé encontrando un pequeño sobre envuelto en papel de regalo. De repente, esbocé con fulgor espontáneo una sonrisa que iluminó por completo mi rostro. Era el recibo de la compañía eléctrica informando de que el brillo que desprendía mi mirada incrementará un 46% la próxima factura de la luz. 

No me extraña que la República reciba cada año más apoyo (especialmente en estas fechas tan señaladas).

PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO

Con la llegada del nuevo año, se me están acumulando los propósitos.

Hace tiempo que renuncié a cumplirlos por orden de importancia, por lo que se podría decir que todos son igual de importantes. Aunque siendo sincero, dejar de fumar no es igual de importante que dejar de robar paquetes de folios de la oficina.

Para este año que comienza, en mi lista de propósitos destacan aquellos que tienen que ver con las buenas intenciones, como por ejemplo, apuntarme al gimnasio, junto con los que son deseos inalcanzables, como por ejemplo, ir al gimnasio (que parece lo mismo, pero no lo es). 

También he apuntado a lápiz (por si hay que borrar después) deseos que dependen de otros más que de mí mismo. Pongo otros dos ejemplos: Por un lado, pasar más tiempo con mis seres queridos y por el otro, pasar menos tiempo con quien no me quiere como quiero que me quiera (aunque a veces se trate de las mismas personas). 

En la lista abundan los propósitos de hacer lo que aún no me he atrevido a hacer al lado de los de dejar de hacer lo que no me atrevo a dejar de hacer. Para aclararlo vuelvo a poner dos ejemplos: Ser sincero con los demás y dejar de engañarme a mí mismo. El primer propósito está tan íntimamente relacionado con el segundo que sé que tarde o temprano se acabará imponiendo la pereza. Y al final, ni lo uno ni lo otro.

Por cierto, acabar con la pereza es otro propósito que he apuntado para cumplir en este año 2022 (mañana mismo empiezo). 

LITERALMENTE HABLANDO

La literatura trata de disipar la duda implícita en la realidad más difusa. Por eso, cuando afirmamos algo con certeza inequívoca usamos la palabra “literalmente”.

De cada expresión, frase o mención que de inicio o final incluya como complemento aclaratorio la palabra “literalmente”, solo cabe esperar una veracidad incuestionable.

Existen otro tipo de expresiones que sirven al mismo fin como por ejemplo: “Eso es así y punto”, “Tal cual” o “Porque lo digo yo”, pero no poseen el acierto ni la musicalidad de la palabra “literalmente” que, además, otorga intelectualidad en cuanto a fondo y forma. 

La literalidad de lo literal (perdón por la cacofonía, la redundancia, la aliteración y otras figuras retóricas aplicables), no deja espacio para la sombra que proyecta la duda sobre el concepto a explicar. Del mismo modo, arroja luz sobre la dimensión del lugar que ocupa el saber. Parece contradictorio, pero no lo es. Como tampoco es contradictorio definir una película de cine como “Documental de ficción” u “Original basada en hechos reales” e incluso afirmando que “Todo parecido con la realidad es pura coincidencia”.

Ser literal a día de hoy es lo más parecido a ser luterano hace 500 años en la ciudad alemana de Wittenberg o presumir de Mod en un concierto de Rockers a principios de los 70. Si actualmente nadie compagina en su vida la estética Mod con la vida que vive, ni casi nadie cristiano comulga con el luteranismo, es comprensible que ser literal esté tan olvidado como lo está la propia literatura (literalmente hablado). 

A LA TERCERA VA LA VENCIDA

Debido a la distancia interpersonal de metro y medio que nos obligan a mantener para evitar nuevamente el contagio, era previsible que este año no me tocase ni el gordo de Navidad, ni ningún otro gordo. Por mucho que se alargue la mano, es imposible alcanzar a quien más se desea tocar con la yema de los dedos que es donde está la cima de la sensibilidad táctil. 

La mascarilla tampoco pone fácil lucir a vista de todos y todas la sonrisa placentera que provoca la sonrisa ajena y mucho menos lanzar besos seductores poniendo morritos como los suelen poner las top models de Victoria’s Secret. 

Por si fuera poco, el gel hidroalcohólico censura completamente todo aroma primaveral que ofrezca claras pistas olfativas sobre la intención de aproximación carnal o de rozamiento físico (o lo que surja). Aunque por otro lado, camufla el tufo que desprende quien repele el agua como si fuera un gato de angora (que no son pocos, por cierto).

En fin, que cada vez estoy más convencido de que la Covid19 es un invento de los fundamentalistas castos radicales del planeta tierra para alcanzar su objetivo ideológico célibe de la nula relación sexual salvo para la procreación. Aunque, por otro lado, si únicamente fuera esa la intención del maligno invento, me pregunto quién querría mantener relaciones sexuales con el fin de tener hijos con quien ha perdido el tacto en los dedos, olvidó besar hace tiempo y lo más dramático: huele peor que el cenicero de un bingo.

Por eso, independientemente de la intención que subyaga al intercambio de fluidos, invito a todos y todas a que acudan en masa a vacunarse por tercera vez y completen la pauta (de una vez por todas).

Mejor que nos inoculen el antídoto contra al virus de la Covid que convivir con quien jode mucho por haber follado poco.