LEER ENGORDA

Con todo lo que estoy leyendo en el tiempo de confinamiento, estoy cogiendo peso.

La ansiedad que provoca el encerramiento conduce al trastoque de los hábitos literarios alimenticios facilitando la aparición de deseos psicosociales perniciosos. Si usted es buen lector o buena lectora (que no lo dudo), sabrá que hay algunos autores que engordan más que otros. Por esa razón, conviene seguir una dieta equilibrada donde evitar ante todo el exceso de bestseller (aunque reconozco que alguna que otra vez me he caído en la tentación y he leído a un Premio Planeta, o peor, a un finalista cuyo único mérito es ser presentador de televisión en activo).

A pesar de lo delicado del momento y la necesidad de sentirse bien con uno mismo por dentro y por fuera, tampoco es recomendable la ingesta indiscriminada de libros de autoayuda. Suelen atascar las arterias con riesgo de embolia cerebral y, aunque los títulos lleven a engaño, no ayudan más que a la cuenta bancaria de la editorial que los publica.

Los libreros y bibliotecarios, que ejercen de endocrinos en el cuidado de la salud nutricional literaria, suelen recomendar el intercambio de la densidad de un ensayo con una lectura ligera e intrascendente. De este modo se consigue que cerebro y corazón palpiten al mismo ritmo sin que uno exija más esfuerzo al otro. Quid pro cuo que se diría en latín.

Durante estos días de confinamiento, me peso a diario en la báscula que tengo en el baño. Si veo que supero en varios centenares de gramos mi peso ideal por altura y edad, cierro rápidamente la tesis que tengo entre las manos y abro una novela negra de un autor nórdico, que suelen contener mucho Omega 3, tan sano para la vista como para el riego sanguíneo.

Es cierto, leer engorda. Aunque ya no sé si lo que me está engordando estos días es el intelecto o estar tantas horas en el sofá con la misma historia dando vueltas en la cabeza.

LA ESPERA Y LA ESPERANZA

María Teresa esperaba encontrar al amor de su vida antes de llegar a los treinta, pero acabó encontrando un bulto en su pecho izquierdo.

No parece grave–dijo el oncólogo con medida serenidad–. Sólo hay que ser paciente y tener paciencia.

¿Y para encontrar el amor?–preguntó ella.

Basta con tener paciencia–insistió el doctor.

Pero María Teresa no sabía si el tiempo que la quedaba por delante se acabaría antes que la paciencia, y decidió entrar en una de esas páginas web de contactos diseñadas para encontrar rápidamente aquello que había echado a perder con el paso del tiempo. Es decir, el tiempo.

Durante semanas compaginó las sesiones de búsqueda de lo uno con las de desaparición de lo otro. Las visitas al hospital eran casi tan frecuentes como las visitas a la página web.

Poco a poco fue perdiendo peso, pelo, tersura en la piel y brillo en los ojos. Pero la ilusión de hallar a alguien con quien compartir lo que iba quedando de cuerpo no la perdió jamás.

Puede que su paciencia estuviera muy por encima de su deseo de seguir siendo paciente. O puede que su empeño en buscar la amistad más duradera fuera clave para vencer al enemigo más atroz.

Al final, el destino quiso que el bulto desapareciera para siempre del pecho de María Teresa. Pero la búsqueda del amor eterno en su corazón no terminó nunca.

HOY ESTRENO VIDA NUEVA

No hay fragancia comparable al aroma de lo nuevo.

¿Quién no recuerda el olor al volante de aquel primer coche comprado con los ahorros de años de esfuerzo? ¿O el perfume que desprende al contacto de la piel un vestido de lino que enamora a quien lo ve y aún más a quien lo viste?

¿Y qué me dicen de la sensación única de abrir una caja cuyo interior embriaga de ilusión un momento inolvidable? ¿O la esencia que desprende el papel de celofán que cubre por completo un regalo siendo desenvuelto agitadamente por unas pequeñas manos nerviosas?

Hay quien afirma que el sentido del olfato es el que mayor recuerdo registra nuestra memoria a pesar del paso del tiempo. Basta una leve excitación de la glándula pituitaria para que el estímulo generado acuda al baúl de la memoria de nuestro cerebro y rebusque en su interior hasta hallar la emoción exacta que se vivió y está asociada al olor que envió la orden de captura.

No deja de ser irónico que el olfato sea uno de los sentidos que primero ataca el maldito coronavirus. Es un ente tan despreciable que desea acabar con el modo innato del ser humano para acceder a los recuerdos más arraigados de la historia vital de cada uno de nosotros.

Cuando próximamente salgamos libremente de casa y respiremos otra vez el olor de calles y avenidas que pisábamos no hace mucho, o el de los caminos de arenisca entre pinares o el de los senderos pedregosos a orillas del río, será como si estrenáramos una vida nueva.

Todos los matices que percibamos al respirar serán tan extraordinarios que permanecerán intactos en la memoria para el resto de nuestra vida. Será lo más parecido a una segunda oportunidad para disfrutar de lo que nunca fuimos plenamente conscientes.

Sigamos respirando, es lo único que nos mantiene vivos.

LA PUBLICIDAD HA MUERTO, VIVA MI VECINA

Tengo una duda. Cuando veo a un actor anunciando un producto por televisión y afirma convencido de que lo usa, ¿cómo sé que no está actuando? En el cine, veo al mismo actor interpretando el papel de un asesino en serie y me pregunto si no me convertiré en asesino por consumir el producto que anuncia.

Nunca he entendido la manía de los publicitarios por emplear a actores de cine o de teatro para vender un producto. Si el motivo se debe a ser un buen actor, es evidente que todo lo que sale de su boca obedece a un guión escrito por otra persona. Por otro lado, si la razón es por la popularidad lograda por el personaje que interpreta, es evidente que el personaje es más popular que el propio actor. Por lo tanto, no hay motivo ni razón para fiarse de él, ni de las bondades del producto que promociona.

Hace poco vi a un actor anunciando un yogur que sirve para cagar (lo diría menos escatológicamente, pero hay que decir siempre la verdad y aún más cuando se habla de marketing). Ese mismo actor es popular por interpretar en la pantalla grande el papel que revisa los momentos decisivos en la biografía de un cantante mundialmente conocido que pasó a mejor vida a finales del siglo pasado. Al ver al actor anunciando el yogur que sirve para lo que sirve, ¿quién está anunciando el yogur, el actor o el cantante fallecido? En este sentido, la publicidad del yogur no mentía porque el anuncio era una cagada.

A la hora de hacer la lista de la compra para ir después al Carrefour, me fío más de lo que me recomienda mi vecina de abajo que de lo que anuncia un actor por televisión. En primer lugar, porque si posteriormente me siento engañado, sé dónde vive mi vecina y puedo exigir daños y perjuicios por su publicidad engañosa. Y en segundo lugar porque está vivita y coleando. En cambio, al cantante mundialmente conocido ya no se le puede exigir nada, ni siquiera que cante una canción.

Como decía aquel anuncio de coches de los años 90: “La publicidad ya no es como antes” (…¿o decía que era el fútbol?…)

DESESCALAR

El palabro “desescalar” no existe. ¿Y a quién le importa? A mí, personalmente me importa mucho. Porque todo aquello que aún no existe, hay que inventarlo. Y si está inventado, hay que mejorarlo.

En 1984, el joven emprendedor tecnológico estadounidense Steve Jobs inventó el Macintosh como si no existieran otros ordenadores. Y a nadie le extrañó. De hecho, el lanzamiento del producto fue un éxito. Su secreto fue mejorar considerablemente lo que ya estaba inventado: el ordenador personal.

Jobs no sólo ideó el Macintosh basándose en algo inventado. También hizo lo mismo posteriormente con los reproductores de música Mp3 que llevaban años siendo usados por los melómanos más jóvenes. A su nuevo invento lo llamó iPod. Años más tarde, volvió a insistir en su empeño de mejorar otro producto existente: el teléfono móvil. Al de su creación lo bautizó como iPhone. Seguro que usted tiene uno de ellos ahora mismo al alcance de su mano. O puede que esté leyendo este texto en la pantalla del último modelo.

La notoriedad de su estrategia pronto pasó a ser estudiada como caso de éxito en empresas y universidades de todo el mundo. Incluso el propio Jobs llegó a ser nombrado Doctor honoris causa en una universidad de Estados Unidos. Concretamente en la de Stanford (privada, of course).

Por esa razón, cuando escucho una rueda de prensa gubernamental en la que se emplea el palabro “desescalar” para definir el retraimiento de la cifra de infectados por conoravirus, a mí me parece correcto. Qué digo correcto, me parece correctisisisisísimo.

El verbo “desescalar” no sólo está relacionado con aquello que no existía anteriormente (como es la pandemia del coronavirus), sino que además, describe una mejora considerable de la situación existente, tal y como hizo Steve Jobs con los ordenadores personales, el reproductor musical Mp3 y los teléfonos móviles.

Por esa razón, creo que la Real Academia Española de la Lengua debería incluir el verbo “desescalar” en la próxima actualización del diccionario del idioma castellano.

Si lo hacen, además de velar por los cambios que experimenta la Lengua Española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes, sería también la señal inequívoca de que la pandemia habrá pasado a la historia (como Steve Jobs, que en gloria esté).

DISLXESIA

Padezco dislxesia desde que tengo uso de razón. No es grave. Al menos, mi médico de cabecera dice que no hay por qué preocuparse. Salvo algunas faltas de ortrogafía y algo de lentitud a la hora de relacionarme con el resto de personas, o mantener una conversación fluida, o rellenar los campos de la matrícula del gimnasio, soy una mujer joven completamente normal de la cabeza a los pies y vizreversa. Digo joven a pesar de haber sobrepasado la cuarentena (de largo, de muy largo). Pero así es como me veo a mí misma cada mañana ante el espejo. Es decir, joven. Hay que reconocer que el cuerpo ya no es lo que era. La fuerza de la gravedad reclama permanentemente lo que es suyo y los pechos turgentes de juventud se parecen más a dos lenguados al sol que a dos manzanas relucientes ofreciéndose a recibir el mordisco de un surfero con el cuerpo musculado de un Adonis griego (ahora estoy soñando, discúlpenme).

Tampoco la vista es lo que fue. Ni el oído, que ha ido a menos de modo galopante tras el cambio de prefijo en la edad de 4 a 5. Si antes oía el sonido de la hierba al crecer, ahora ni oigo los ronquidos de mi marido a la hora de la siesta cuando le vence el sueño tras la ingesta de un cachopo de cuatro metros cúbicos. A decir verdad, ya ni me molesta (el ronquido, quiero decir, mi marido me molesta desde que dije sí en el altar. Maldita la hora).

La dislxesia, en cambio, no ha cambiado. Sigue siendo la misma de la infancia, la misma que en la adolescencia e igual que en la juventud. En este sentido está en plena forma, a diferencia de la flacidez de la piel, las decadentes glándulas mamarias, la turbia visión y el declive auditivo.

Por suerte, con mis familiares y amigos más cercanos me entiendo (y me entienden) a la prefección. Son muchos años de relación y amistad duradera y saben de sobra que cuando digo certero quiero decir tercero, que al escribir monja en la lista de la compra he querido escribir jamón y que cuando me encasquillo con la letra “r” basta con un empujón verbal por su parte en forma de sinónimo para continuar con la narra/narr/narra/cicici… con la conversación.

A fin de cuentas, quienes sufrimos dislexia tenemos tanto sentido del humor como cualquier otro ser humano. Igual que usted. En el fondo, también somos persianas normales y corrientes.

SE ACABÓ EL SUFRIR

Desde que vivimos confinados, nuestra realidad se está digitalizando. Lo hacemos para sufrir menos, empezando por el motivo primordial de evitar el contagio por contacto analógico con el maldito virus.

En los tiempos ancestrales en los que hablábamos cara a cara (parece una eternidad, pero en realidad sólo hace algo más de un mes), el riesgo de contraer la enfermedad era infinitamente superior al que se produce a través de una pantalla digital, ya sea la del ordenador o la del teléfono móvil (también mirándose a la cara pero de reojo, ya que la pupila está fija en el visor de la cámara)

Muchas voces agoreras predicen que todo volverá a la normalidad en el mismo instante en el que se levante la prohibición del modo humano de mantener relaciones analógicas, es decir, mirándose directamente a los ojos. Pero tengo serias dudas. Nunca se ha fingido tanto y se han dicho más mentiras de las que se están diciendo actualmente. Y todo como consecuencia de la mutación de las relaciones humanas.

Viendo los efectos de la implantación digital en el modo de relacionarse, parece ser que está resultando beneficioso, especialmente para quienes nunca van de frente.

Por otro lado, quien recibe el mensaje resulta ser el más perjudicado, ya que carece de experiencia previa en discernir con claridad si lo que entra por sus oídos concuerda con la intención de la mirada de quien habla.

Estoy convencido de que cuando el Gobierno decrete el fin del estado de alarma y las calles se inunden de seres humanos demandando contacto físico entre sí (ya sea a través de un abrazo, un beso o simplemente mediante una conversación), la gran mayoría regresará rápidamente a sus hogares buscando recuperar el calor electrónico que desprende su pantalla de ordenador.

No hay nada como parapetarse tras una trinchera digital para sentir el confort de una vida de mentira repleta de falsedades. Y se hará por el mismo motivo, para sufrir menos.

PAELLA

Estoy en esa edad en la que recuerdo con más detalle lo que hice hace 30 años que lo que he comido hoy. No sé si el cerebro está queriéndome decir algo o es que el paso del tiempo está echando un pulso a los recuerdos. Y hablando de recuerdos, aún tengo fresco en la memoria el día en el que me agarré la primera borrachera (y su consecuente resaca). Sin embargo, no sé cuándo me tomé el último cubata, ni dónde, ni con quién. También puedo decir de carrerilla el número de teléfono fijo de casa de mis padres, pero para recordar las cifras del número de mi móvil tengo que pedir a un amigo que me telefonee y me muestre después los nueve dígitos que aparecen en la pantalla táctil de su teléfono.

Nunca sé dónde dejo las llaves, en qué bolsillo de qué chaqueta guardé la cartera o en qué lugar pongo las gafas de ver de cerca. Tampoco me acuerdo de la última vez que tuve ocasión de charlar con mis amigos de infancia. Puede que fuera en la boda de alguno de sus hijos o quizá en la de uno de sus nietos.

Regreso de la compra del Mercadona por la misma ruta que hice cuando salí de casa con el carrito vacío. Es una rutina que cumplo a rajatabla, por si al salir por la puerta del supermercado me viene a la cabeza que estoy en la casa de verano de Dénia y enfilo la acera en dirección al paseo marítimo que es donde tenemos el apartamento de veraneo mi mujer y yo (que en paz descanse).

El otro día tuve que preguntar a un turista el camino más corto para llegar caminando a la Plaza Mayor (luego resultó que no era un turista, sino un vecino del barrio con quien me crucé en la misma Plaza Mayor).

Cuando tenía 40 años menos de los que tengo ahora, también tenía el sueño de convertirme en quien no soy. Recuerdo que estudié un carrera que no quise estudiar. Lo hice obligado por las circunstancias de quienes decían querer lo mejor para mí en un futuro, que finalmente llegó a mi vida sin darme cuenta y sin pedir permiso.

En 1973 quería llegar a ser alguien importante para mi familia, para mis compañeros y para mí el primero. Pero nada de eso importa hoy.

Hace 40 años tenía grandes sueños y lo que tengo ahora es mucho sueño.

DE CARAVAGGIOS Y LUCIÉRNAGAS

El coleóptero Lampyris noctiluca, más conocido simplemente por luciérnaga, debe su nombre común a la capacidad innata de brillar en la oscuridad de la noche. Rodeado de tinieblas, el minúsculo insecto se expone a ser devorado por la ingente cantidad de animales de presa que pueblan la noche mas cerrada. Aun a riesgo de perder la vida, la luciérnaga ofrece uno de los espectáculos más bellos que la Madre Naturaleza regala a la vista del ser humano.

El genio italiano de la pintura de los siglos XVI y XVII Michelangelo Merisi da Caravaggio, más conocido simplemente por Caravaggio, sabía que para que brillara la luz en las figuras de sus lienzos, tenía que existir sombra alrededor.

En estos días sombríos, estamos siendo deslumbrados por la generosidad de la creación artística que ilumina con su talento los días más oscuros de nuestra vida a través de innumerables propuestas compartidas en foros y redes sociales digitales.

Puede que la visión del vuelo nocturno de una luciérnaga o el deleite visual de un lienzo de Caravaggio ante nuestros ojos sea una experiencia única en el mundo. Una emoción que disfrutamos en contadas ocasiones en nuestra corta vida, casi siempre más centrada en prestar atención únicamente a ilusiones efímeras sin valor trascendental alguno. Por esa razón, en los momentos de oscuridad que vivimos, deberíamos estar eternamente agradecidos a los creadores que están iluminando con la luz de su talento el camino tenebroso que todos recorremos cada día y cada noche.

Si no fuera por aquellos creadores y creadoras que comparten su trabajo, el trabajo de quedarse en casa sería una esclavitud. Amemos la cultura porque la cultura nos hace libres (incluso estando encerrados).

BRUMMEL

Voy a parafrasear aquel anuncio de televisión de los ochenta que decía “En las situaciones difíciles, es cuando la colonia de un hombre se la juega”. Bueno, en realidad no decía “en las situaciones de difíciles” sino “en las distancias cortas”. Pero lo traigo a colación aquí y ahora para tener algo interesante que contar en estos momentos de crisis en los que hace semanas que no nos ponemos colonia para salir a la calle porque no salimos a la calle desde hace semanas.

No deja de ser curioso que la colonia más pestilente del mercado tenga el anuncio de colonia más memorable de la historia (otro claro ejemplo de la incongruencia del mundo del marketing). A pesar de continuar a la venta en el mercado, no conozco a nadie que la use. Aún así, todo el mundo recuerda el anuncio incluso después de varios lustros de haber dejado de emitirse por televisión.

En aquellos años 80 de la Movida Madrileña y de quietud en el resto de España, los creativos publicitarios diseñaban los anuncios de colonia de hombre para convencer a los hombres de que podían llevarse a una mujer a la cama si usaban la colonia. En tan solo veinte segundos, el protagonista del anuncio de televisión tenía tiempo suficiente para terminar una partida de billar metiendo todas las bolas y acabar metiendo otra cosa gracias a la colonia en la cual se había embadurnado antes de afilar el taco.

Discúlpenme la concatenación de metáforas, pero cuando hablamos de publicidad, la alegoría es una figura retórica estilística muy recurrente siempre que se quiera decir una cosa sin mencionar explícitamente la cosa en sí (lo sé porque lo he estado haciendo durante más de 20 años).

Me huelo que la situación actual de crisis sanitaria va a durar mucho más que un intermedio de una película de Antena Tres. Por eso, si aquel anuncio terminaba diciendo “mejor cuanto más cerca”, lo que ahora debemos hacer es estar “mejor cuanto más lejos”.

Por lo tanto, quédense en casa viendo anuncios en la tele. O, mejor, jugando al billar con su pareja (y esto, también es una metáfora).