LEER Y COMER, TODO ES QUERER

La riqueza del castellano es casi tan suculenta como un puchero de garbanzos. Cuando crees degustar un sustantivo, aparece inesperadamente un adjetivo repleto de matices y de repente el paladar saborea una sensación desconocida hasta la fecha que transforma el instante lingüístico en un deleite gastrosemántico* único y memorable.

(*No se molesten en buscar el palabro “gastrosemántico” porque no existe, me lo acabo de inventar).

Para quienes leemos con frecuencia, el placer que supone descubrir una palabra inédita en las líneas de texto de un libro de narrativa, ensayo o poesía es lo más parecido a distinguir kión oriental en una sopa Wantán o un matiz floral secundario oculto en una cata de vino chileno de cepa Carménère o un aroma toffee aislado en la inmensa variedad de quesos elaborados artesanalmente en la Francia rural. 

Al hábito de la lectura, le ocurre lo mismo que al ritual de la alta cocina. Una vez que se prueba, todo sabe a poco. Por eso, la incorporación de un término nuevo a nuestro hambriento vocabulario está a la altura de sumar unas hebras de azafrán a un arroz valenciano elaborado por Ferrán Adriá o la emulsión de kakigori de chocolate y naranja del postre diseñado por su hermano Albert.

La lectura, además de alimentar el alma, desarrolla el intelecto y favorece el crecimiento de facetas ocultas. Las propiedades nutritivas de un adverbio constituyen el aporte calórico indispensable para la supervivencia intelectual en momentos de carencia de conversación ajena o con bajo contenido en contenido (valga la redundancia).

Les cuento todo esto porque esta noche he invitado a cenar a mi casa a una mujer tras cuatro meses de flirteo y necesito seducirla a toda costa. Como no creo que lo logre por mi físico, voy a intentarlo por la elevada calidad intelectual de mi conversación. Y si tampoco lo consigo, que al menos alabe mi sentido del gusto en la cocina (puede que sea el preámbulo para disfrutar posteriormente del sentido del tacto en la cama). Bon appetit.

DOBLEGAR LA CURVA

El miedo que tengo a doblegar la curva es que la cuesta abajo me pille sin frenos.

El bofetón que voy a darme será épico, casi tan épico como la escena final de la playa en la película El Planeta de los Simios. Lo malo es que no estamos dentro de una película y tampoco dentro de un cine, ya que últimamente sólo se ven series en Netflix desde casa y nadie pisa un local de cine desde hace años (si es que queda alguno en pie, cosa que dudo).

Decir a estas alturas que la pandemia de la Covid nos ha cambiado la vida de forma radical, además de estar demodé es no querer mirar más atrás de los últimos 10 meses. Antes de la llegada del maldito virus, ya éramos muy diferentes tanto los unos con los otros como con nosotros mismos, no nos engañemos.  

Repasando los selfis antiguos que aún conservo en el móvil, me he dado cuenta de que apenas tengo contacto con las personas que me rodean en las fotos que hice en su momento. De hecho, no recuerdo su nombre de pila. Por no saber, no sé ni quiénes son.

Para llevar todo el día y gran parte de la noche un teléfono en la mano, a nadie se le ocurre llamar a viejos amigos para saber cómo les va la vida, cómo se encuentran sus familiares o si hay novedades en el trabajo, en su casa o en la del vecino. Habría que hacerlo, aunque sólo fuera por poner nombre y apellidos a las personas de las fotos selfi que se llevan en el bolsillo junto a las llaves de casa, las monedas para el parking y la cartera repleta de tarjetas de crédito de bancos que tributan en paraísos fiscales.

Puede que la negativa a contactar con viejas amistades sea la pereza, o la desidia o quizá la dejadez. O simple y llanamente sea por miedo a enterarnos de que han fallecido por culpa del coronavirus y nos remuerda la conciencia haber roto la amistad hace años sin motivo alguno (o si lo hubo, se olvidó).

El caso es que resulta dificilísimo hacer amigos y demasiado fácil perderlos. Ésta será la siguiente curva que habrá que doblegar, y también habría que hacerlo para siempre.

Cuesta muy poco mantener a los amigos, casi tan poco como mantener la suscripción mensual a Netflix. Eso, o revisar con más frecuencia los selfis de la memoria del móvil para no olvidar quiénes éramos cuando fuimos personas con un corazón menos endurecido por el paso del tiempo.

TONTO EL QUE LO LEA

Vengo del ambulatorio de hacerme un análisis y ha salido todo bien.

Cuando entré en la consulta, creía tener un morfema ligeramente inflamado. Pero tras observar los resultados de las pruebas, la doctora confirma que no hay de qué preocuparse. Me ha dicho que tengo los índices semánticos algo elevados para mi edad, pero normales para mi ritmo leyente de vida.

­            –Si en dos semanas la hinchazón persiste, sustituye la ingesta de poesía por la prosa y en pocas horas descenderá el bulto­–ha dicho con total convencimiento–. Tu caso es propio de los que sois como tú–ha apostillado para dar por hecho un padecimiento que casi nadie sufre como sufre un servidor, y cuya causa se debe a un exceso de rimas incompatible con el inusual hábito de lectura diaria de la población general.

Los que padecemos TLC (trastorno de lectura compulsiva) debemos vigilar lo que cae en nuestras manos porque tendemos a cuestionar las formaciones gramaticales por encima de las posibilidades que ofrece el contenido narrativo. Por esa razón, no es de extrañar que suframos ataques incontrolados de decepción cuando una novela o ensayo carece de sentido estructural lingüístico por muy acertada que sea la trama o la audacia de su desarrollo conceptual.

Incluso extendemos nuestra conducta obsesiva a la prensa escrita, a los catálogos comerciales y a los folletos de buzoneo comercial de barrio sin poder esquivar la mala conjugación de un tiempo verbal o la sustitución de pronombres personales en la posición de complemento directo.

Por fortuna para los que sufrimos este mal crónico, la Seguridad Social también cubre el tratamiento desde el mismo instante en el que los síntomas hacen acto de presencia. Gracias al Sistema de Sanidad Universal, podemos acceder sin coste añadido a librerías y bibliotecas donde profesionales altamente cualificados nos suministran dosis generosas de textos correctamente redactados desde el punto de vista gramatical para sobrellevar la mediocridad imperante en la sociedad iletrada que nos rodea.

Si usted se siente identificado o reconoce como propio algún efecto de los anteriormente mencionados, sepa que forma parte de nuestro diminuto colectivo aun sin saberlo. Por lo tanto, sea bienvenida a la minúscula minoría minoritaria de la casta lectora. 

A OLVIDAR QUE SON DOS DÍAS

Este año he decidido no montar el belén. Me da no sé qué poner a los Reyes Magos demasiado cerca del Niño Jesús, de San José y de la Virgen María, y acaben por contagiarse los pastorcillos, Herodes e incluso el caganer.

Por edad, los tres Reyes son personas de riesgo. Además, tampoco tengo claro que estén considerados como allegados por mucho que viajen desde el lejano Oriente. En el fondo lo hago por ellos. Melchor está a punto de cumplir los 70 años. Gaspar superó la edad de jubilación hace una década, aunque cada año decida darse de alta en autónomos el mes de diciembre para cumplir con las obligaciones cristianas y también con las tributarias. Y por su parte, Baltasar, que siempre parece más joven de lo que aparenta, tiene prohibido conducir por las cataratas inoperables de la vista. Por eso viaja en camello guiado por dos pajes y ofrece al Niño Dios un cofre con mirra (aunque él piense que está lleno de diamantes de De Beers al no distinguir visualmente entre una cosa y otra).

A mis dos hijos pequeños, que este año no vendrán a casa a cenar en Nochebuena por decisión irrevocable de su madre, les voy a enviar por email las fotos del belén que monté el año pasado. Las viraré a tono sepia con el efecto del Photoshop y añadiré en tipografía cursiva un mensaje de paz y amor para ellos (excepto para su madre, que desde que nos divorciamos hace 5 años sólo nos dirigimos la palabra por Whatsapp).

Total, entre unas cosas y otras, las Navidades de este año 2020 las voy a pasar más sólo que la una. Y me temo que las uvas me las comeré de igual manera, es decir, de una en una hasta que den las doce campanadas para acto seguido meterme en la cama ipso facto, que las fechas no están para fiestas ni festines.

Me bastará mirar la pantalla compartida del ordenador para brindar online con mis cuatro amigos por un Feliz Año 2021 que estoy seguro será fantástico porque lleva un número 1 al final, que es la cifra que sirve para empezar a contar y además marca una dirección a seguir: Adelante, siempre adelante.

Lo dicho. Cuídense mucho y ánimo a todos y todas. Feliz Navidad. Y como dice el villancico: “25 de diciembre, Zoom, Zoom, Zoom”.

EL MUNDO TODAY

No veo televisión desde hace seis años. No es broma, aunque lo parezca. Ni siquiera conservo el aparato que tuve en su momento. Por esta razón no sigo las noticias del telediario, exceptuando las noticias del diario satírico El Mundo Today, si consideramos a este medio de comunicación digital como un medio informativo.

Que conste que no leo los titulares de El Mundo Today con la intención de reír, sino para estar al tanto de la actualidad mundial y de lo que ocurre a mi alrededor cada día del calendario (domingos incluidos y fiestas de guardar). Seguirán pensando ustedes que continúo estando de broma. Pero si me dan a elegir entre la actualidad real de los telediarios de las cadenas de televisión públicas y privadas, y el surrealismo de El Mundo Today, elijo lo segundo. De hecho, fue lo que decidí hace seis años y sigo sin percibir diferencia alguna salvo que antes lloraba al ver las noticias por televisión y ahora me parto de risa leyendo en el móvil (aunque también llore después).

Si fuera periodista de carrera con la suerte de ejercer la profesión y la inmensa fortuna añadida que supone ganarse la vida en este bendito país haciendo aquello para lo que se ha estudiado, me estaría preguntando qué estoy haciendo cada día como profesional de la comunicación para que una noticia satírica redactada en el diario El Mundo Today sea considerada prensa seria a pesar de ser un tipo de prensa que nació para todo lo contrario, es decir, para hacer reír a sus lectores.

Supongo que este hecho ejemplifica, como ningún otro medio de masas sabe hacer, que todo en lo que ocurre en esta vida es una broma de proporciones bíblicas. Así también lo supieron reflejar los Monthy Pyton en su fabulosa película La vida de Bryan. Del mismo modo que los cómicos británicos se inspiraron en la biblia como guion de cine para una película de risa, los de El Mundo Today hacen humor con la vida para no perder la fe en la misma propia vida.

Así están las cosas hoy y así es la actualidad del mañana.

ASINTOMÁTICO

Lo que siento por la mujer que me gusta de mi oficina tiene carácter asintomático. Es decir, al no demostrar por mi parte indicio evidente de enamoramiento, cada intento de contacto físico resulta infructuoso.

A pesar de haber dado positivo en todas las pruebas realizadas, especialmente en la de temperatura que se incrementa varios grados cuando ella invade mis pensamientos, ninguna otra cosa delata exteriormente mi estado emocional.

Los doctores y doctoras a quienes he consultado, tanto telefónicamente como presencialmente (previa cita), insisten en que la mejor medida es el confinamiento perimetral del corazón. Y recomiendan que, en caso de ser inviable, al menos mantener la distancia de seguridad (que cumplo rigurosamente desde que se decretó el estado de alarma pasional en el mismo momento en el que nos conocimos el pasado mes de marzo, que fue cuando se incorporó al trabajo como responsable de marketing relacional).

Respecto al uso de mascarilla, los expertos consultados no me han dicho nada, dando por hecho que aún no hemos hablado cara a cara. Al no cruzar palabra, la boca permanece cerrada sin riesgo de intercambio de frases que puedan contagiar el organismo llenando de mariposas el estómago o haciendo circular la sangre por las venas como si fueran autopistas de seis carriles e incendiando mis mejillas por combustión espontánea.

Compañeros de oficina comentan en los corrillos de la hora del café que mi caso es excepcional y que debería compartir con ella la emoción que me embarga cuando coincidimos en espacios cerrados, despachos sin ventilación o en reuniones de trabajo de no más de seis personas.

El caso es que transcurren los días, las semanas y los meses y la vacuna para mi desasosiego sentimental no termina de llegar a mi corazón. He preguntado a varias farmacéuticas del barrio y no saben darme respuesta fiable. Algunas afirman que estará disponible a comienzos de año y las menos optimistas que tras la época estival. Hasta que llegue ese día, tanto unas como otras aconsejan encarecidamente seguir los protocolos de especialistas en salud cardiológica, pero no veo que nada dé resultado en mi caso particular.

Si conocen un remedio casero o por experiencia propia saben de algún consuelo que alivie o disminuya la angustia de mi incertidumbre, no duden en hacérmelo saber cuanto antes ya que por mi edad estoy al límite de estar considerado persona de riesgo.

Y por favor, que se abstengan de dar consejos los negacionistas, que para negar la evidencia del desamor ya me valgo yo sólito. Gracias.

EL TORNILLO DE IKEA

Si al montar un mueble de IKEA, sobra un tornillo, algo irá mal tarde o temprano.

No pretendo ser agorero, pero en la vida ocurre exactamente lo mismo. A cada hueco, le corresponde un tornillo. Es una evidencia tan irrefutable, que aquello que no encaja, queda fuera. Puede que por eso no resulte extraño ver cantidad de personas sueltas deambulando por la calle buscando atornillar su vida a este mundo.

Hallar nuestro lugar en el territorio que se ocupa no resulta tan fácil como fácil es encontrar el orificio donde insertar un tornillo en el armario Songesand de IKEA. Tampoco es sencillo el uso de la llave Allen para facilitar el proceso vital, a pesar de la simplicidad implícita de su manejo basado en girar y girar, o sea, en darle vueltas y más vueltas a las cosas.

Lamentable, la vida no tiene manual de instrucciones. Ni siquiera viene acompañada de un puñado de ilustraciones para entender con un solo golpe de vista la complicación del montaje que significa vivir con la presión que exige hacerlo hoy en día.

Lo que terminológicamente denominamos calidad de vida es sólo una comodidad concebida dentro de un Centro Comercial donde también se ubican el hogar, el trabajo y el ocio. Lo solemos llamar barrio, pero en realidad todo es una Gran Superficie. Y las Grandes Superficies no son grandes en tamaño por engrandecer nuestra pluralidad de elección sino por empequeñecerla, y al mismo tiempo por reducir el contenido del crédito de nuestra tarjeta bancaria a la mínima expresión.

El consumo homogéneo coarta la libertad tanto como una dictadura impide el disfrute de la heterogeneidad, la diversidad sexual-afectiva, la multipicidad lingüística o simplemente expresarse sin miedo a las consecuencias de palabras, obras y pensamientos.

En un mundo donde los mismos sectores ultraprivilegiados que demandan libertad y democracia son quienes exigen condena y dictadura para los sectores ultrahumildes, es normal que sobren tornillos. Por eso, tarde o temprano algo irá mal.

Al final será cierta la metáfora que cuando sobra un tornillo de IKEA lo que falta realmente es un tornillo a la sociedad.

RIP, RIP, HURRA!!!

En el momento en el que escribo este articuento se celebra el Día Internacional de la Filosofía. En el momento en el que usted lea este articuento, será el Día Internacional del Músico (y de la Música, para ser correctos genéricamente hablando).

En el calendario gregoriano, hay casi tantos Días Internacionales con un motivo de celebración como días hay a lo largo del año. Es decir, 365 motivos. Exceptuando los años bisiestos en los que hay un día que aparece de repente como por arte de magia y entonces se celebra el Día Internacional de la Prestidigitación e Ilusionismo (como no podía ser de otra manera).

El problema de los Días Internacionales con celebración concreta surge cuando lo concreto ya no tiene razón de ser ni posee categoría suficiente para ostentar el título de «Día Internacional». Por ejemplo, el Día Internacional del Compact Disc, o el Día Internacional del SMS, o del Walkman. En su momento, existieron numerosos motivos por los que estaba justificado el objeto de celebración de un Día Internacional de todos y cada uno de ellos. Pero a día de hoy no hay motivo, ni tan siquiera existe casi el objeto.

Las generaciones del siglo XXI sólo saben del Compact Disc, del SMS o del Walkman por lo que dice la Wikipedia (por cierto, otro motivo que debería tener su propio Día Internacional a juzgar por la cantidad de veces que es consultada diariamente a nivel mundial).

Pero como el destino es sabio, como también sabio es el refranero popular y a Rey muerto Rey puesto, cuando desapareció el Compact Disc se sustituyó por otro motivo diferente para no perder ningún día que celebrar. Desconozco los nuevos motivos elegidos tanto para reemplazar al Compact Disc como al SMS y al Walkman. El caso es que hoy es el Día Internacional de la Filosofía y cuando usted lea este articuento será otro Día Internacional completamente diferente. Y así será año tras año hasta que no haya motivo alguno para celebrar nada de nada y será necesario que encontrar otros nuevos.

Espero poder disfrutarlos también tal y como los disfruto ahora. Y lo mismo le deseo a usted. A no ser que ya no nos queden días que disfrutar (usted ya me entiende).

VIVA LA REVOLUCIÓN (tipográfica)

Buenos días, soy la letra pequeña. Estoy aquí, en representación de mi colectivo, para exigir el derecho a recibir la misma atención que recibe la letra Regular. 

Como caracteres pertenecientes a la familia tipográfica, no estamos pidiendo nada que no nos pertenezca por linaje. Reclamamos justicia equitativa para todas y cada una de nosotras, sin tachadura que valga.

Durante décadas, el colectivo de letra pequeña ha sufrido discriminación en todos los ámbitos de la lectura. Nos sitúan en un lugar que no nos corresponde, relegando nuestra función esencial a la última pagina, a un último párrafo o a una última línea. Nadie nos tiene en consideración por el hecho de ser como somos, es decir, inferiores al resto.

A veces, la discriminación nos avergüenza de tal manera que nos sitúan en un anexo o precedidas por un simple asterisco. O lo que es aún más denigrante, nos adjuntan en un email en formato Pdf con un cuerpo de 7 puntos. ¿Acaso no estamos a la altura de un cuerpo 10?

El desprecio al que somos sometidas dista muchísimo del privilegio de compatriotas como la Negrita o la Cursiva, que gozan de una posición social equiparable a las MAYÚSCULAS o al Subrayado, pero también muy alejadas de la Letra Capital, que ostenta el trono de la monarquía tipográfica. 

La displicencia que sufrimos oculta nuestro papel en el papel y que no es otro que el paraíso de la lectura. Existimos para ser leídas y no para ser obviadas. Nos sentimos invisibilizadas en el anverso de contratos bancarios, en los pliegues de prospectos farmacológicos y en el contrahaz de los manuales de instrucciones.

Únicamente se acuerdan de nosotras cuando hay problemas y solemos acabar en solicitudes de quejas, hojas de reclamaciones e incluso llegamos a juicios y demandas como argumento para eludir responsabilidades de lectores iletrados.

Estamos hartas del trato recibido. Por ello, el conjunto de letras pequeñas de todos los sectores afectados acudiremos a la huelga general a lo largo y ancho de cualquier documento escrito. Durante las próximas 72 horas colapsaremos el sistema tipográfico neocapitalista y opresor. Sólo así lograremos nuestro objetivo. La revolución de la letra pequeña ha estallado y no habrá rotulador fluorescente que la sofoque. 

Si eres una letra minúscula, versalita o una letra estilo Light, súmate a nuestra causa. Entre todas podremos cambiar el diseño tipográfico para siempre. Un mundo Bold es posible para todas sin distinción de fuente o serifa.

¡¡¡Camarada!!! Las letras desunidas jamás serán leídas. ¡¡¡Hasta la lectura, siempre!!!!

RAFA NADAL

En el deporte del tenis se suman tantos puntos por los aciertos propios que por errores del rival. Bajo esta premisa, son muchos los aspectos de la vida en los que esta característica está presente aún sin necesidad de tener raqueta en mano o conocer el significado de «match point».

Pero lo cierto es que no debería ser así, ni en la vida, ni en ningún deporte. No hay nada más antideportivo que alcanzar la victoria cuando falla el contrario. Lo justo sería vencer por mérito personal en lugar de hacerlo por la desgracia ajena. El triunfo basado en el sufrimiento del prójimo no es una conquista plena al estar fundamentada en el dolor del otro.

¿Qué clase de valores inculca un deporte que otorga ventaja a una parte cuando la otra yerra? El afán de superación humana como principio ético del espíritu olímpico no puede erigirse sobre aquello que nos hace humanos, es decir, la equivocación. Equivocarse nos humaniza. El acto de errar nos convierte en mejores personas porque el acto del intento lleva aparejada la acción de fallar. Y el fallo es el modo pragmático más próximo a la excelencia al despejar el camino hacia la perfección. Ya lo dijo el científico e inventor Thomas Alva Edison, quien descubrió un único modo de crear la bombilla incandescente y 999 maneras de no hacerla.

Por esa razón, Rafa Nadal no es mejor persona por los 20 torneos Gran Slam que tiene en su haber, sino por incitar a sus rivales a cometer equivocaciones como sólo él sabe hacerlo en cada partido. Y su talento en la pista le honra, ya que convierte a sus rivales en mejores personas, o lo que es lo mismo, en mejores seres humanos. Si tomásemos a Rafa Nadal como referente en la vida, estoy convencido de que nos iría mejor a todos. Nunca es tarde para seguir sus pasos en la excelencia de instigar la equivocación del contrario. Basta con empezar a entrenar al ritmo en el que lo hace a diario como número uno del mundo en su especialidad deportiva.

 Les dejo este pensamiento en forma de pelota botando. Si hallan rival con quien jugar a debatir la parte de razón que existe en esta tesis sobre el triunfo del fracaso, procuren vencerle deportivamente. Es decir, por méritos propios y no por los fallos que pueda cometer.

Por otro lado, si gana usted, recuerde que los vencidos tienen la oportunidad de la revancha y llegado el momento, siempre afrontan la segunda vuelta con una mejor preparación intelectual. O lo que es más peligroso, como si se tratara de una venganza personal.

Que gane el mejor.