A VIVIR QUE SON DOS DÍAS

Todo en esta vida está pagado por anticipado y en cómodos plazos. La muerte es un claro ejemplo. No hay compañía de seguros que se precie que no asegure ofrecer entre su múltiples servicios, el deceso a plazos. O sea, que en vida vas pagando poco a poco a la muerte antes de que llegue. Que, por otro lado, siempre tiene el mal gusto de presentarse cuando menos se la espera y sin avisar, como los cuñados, que llaman al timbre de la puerta de casa sin ser invitados y dispuestos a vaciar la nevera de cerveza y llenar la barriga con las anchoas del cantábrico reservadas para la Nochebuena. Pagar el deceso por fascículos, significa abonar cada mes una cuota que nos recuerda que la mortalidad tiene un precio (como decía Sergio Leone), concretamente 6.441 euros en el caso Barcelona y 2.261 euros en el caso de Cuenca, que es el valor de un entierro. Lo que pocos saben es que con el aumento de la esperanza de vida, hay muchas personas que disponen de tiempo suficiente a lo largo de su vida para pagar los plazos de su propia muerte y también la de otras dos personas más. Es como si en cada cumpleaños su deseo de deshacerse de quien más odian estuviera más cerca de hacerse realidad. Y me les imagino soplando las velas de la tarta deseando encender las del tenebrario de la iglesia con la esperanza de perder de vista a quien desprecian sobre la faz de la tierra. Que digo yo que todos tenemos en mente al menos un par de personas con nombre y apellidos a las que mandaríamos al otro barrio si tuviéramos la valentía suficiente para cometer un asesinato aunque pareciera un accidente, como decía don Vito Corleone en boca de Marlon Brando. Quienes tienen contratado un servicio de deceso están convencidos que el mundo tal y como lo conocemos hoy se va acabar. Por eso creen que hay que llegar al otro con el dinero suficiente para pagar la entrada, no sea que al llamar a la puerta San Pedro no abra y tengas que pasar la noche en un cajero y no en una caja de pino que es donde suelen pasar la noche (y los días) los que están muertos. Los previsores que cotizan a la muerte en vida son tanto o más que las empresas que cotizan en bolsa. Conozco a familiares, amigos, amigos de familiares e incluso a amigos de amigos que abonan su cuota religiosamente cada mes como si fueran socios de número de un equipo de fútbol de primera división. La diferencia está en que en el fútbol puedes ver cada domingo cómo se ganan la vida once señores corriendo tras un balón, frente al seguro de decesos en el que consigues que mucha gente se gane la vida con los últimos días de quienes van a bajar de la primera división de la vida y sin posibilidad de ascenso.

Les dejo, que llaman al timbre. No sé si será el de la aseguradora que viene a cobrar la cuota mensual de deceso o será mi cuñado que viene a vaciarme otra vez la nevera. Aunque para el caso es lo mismo, tanto el uno como el otro me recuerdan con su presencia que vivir en este mundo son dos días.

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