MOMENTOS Y MONUMENTOS

El empeño de muchos en permanecer en el futuro cuando lo importante es estar presente en el presente, sólo conduce a no estar en ningún lugar (ni en el espacio ni en el tiempo). 

Quienes consideren malgastar su día a día en hallarse a sí mismos donde aún no hay nadie o donde lo hubo, deberían ser conscientes de que el futuro no existe del mismo modo que en el pasado sólo habita el recuerdo (si hay suerte y la memoria lo permite).

La insistencia por vivir más allá que acá no es nueva. Prueba de ello son las pirámides levantadas en vida por Tutankamón hace más de 3.000 años para decirnos cual fue su lugar en el mundo. A pesar de su repentina muerte con tan solo 18 años de vida, tuvo tiempo suficiente para dejar un legado que aún perdura con la única intención de pasar a la historia en los libros de historia (aunque poco más se sepa del fortunio experimentado en su corta vida o del infortunio que le condujo a un fallecimiento prematuro).

Casos similares encontramos en otras civilizaciones posteriores con ejemplos poco plausibles para pasar a la posteridad. Incluso en la coetareidad actual, que ofrece indicios cada día de ser más incivilizada por mucho monumento, estatua, obelisco o placa que se alce o inaugure en plazas y avenidas de norte a sur y de este a oeste.

El tesón de dejar huella es inversamente proporcional al gusto expresado publicamente, así como a la tenacidad por deleitarse con el instante efímero que nos regala la vida en cada suspiro y justifica nuestro lugar en el mundo.

Por la parte que me toca, sigo sin saber cuál es el mío después de 50 años de vida, ni la ambición desmedida de esperar 3.000 años para ser reconocido por la historia en las páginas de un libro. Me conformo con descubrirlo en este preciso instante que es la única certeza que existe y la única realidad que conozco.

DE MAYOR QUIERO SER JOVEN

Mi vecino es cirujano. Acaban de despedirle de su trabajo. Dice que ha sido sustituido por un jovencito recién salido de la facultad de medicina a quien pagan cuatro veces menos que a él y encima hace las horas extras que haga falta hacer sin rechistar ni decir ni pío.

El “sustituto” es capaz de extirpar un lipoma con un bisturí unipolar en la mano izquierda mientras con la derecha envía un Whatsapp a su coleguita, también médico, y por cierto, también novato en su primer empleo, aunque trabajando dos plantas más abajo (concretamente en ginecología).

Mi vecino excirujano logró doctorarse en cirugía y ciencias morfológicas con el número doce de una promoción de ciento veinte. Llevaba más de 16 años en el ejercicio de la profesión. Además de dedicarse en cuerpo y alma a la investigación de cirugía mínimamente invasiva a la que consagraba el poco tiempo libre que le quedaba entre operación y operación, también usaba sus domingos y fiestas de guardar a sanar a personas sin recursos, inmigrantes sin papeles y desfavorecidos en riesgo de exclusión.

Todas las personas con las que ha tratado dentro y fuera del quirófano afirman que su currículum está repleto de tantas de vidas salvadas como reconocimientos honoríficos en forma de premios y galardones. Las mismas personas que corroboran tales afirmaciones, están convencidas de que no le resultará difícil encontrar trabajo. Pero el caso es que lleva dos años y medio sin recibir llamadas ni ofertas laborales.

Por eso, cada vez que pongo la tele y veo en las noticias los innumerables casos de negligencia médica, me pregunto qué hemos hecho para acabar en tan malas manos, mientras llevo las mías a la cabeza. Entonces de repente palpo un bulto en la nuca que antes no estaba. Mi vecino me ha dicho que no hay que alarmarse, que el nuevo joven cirujano sabrá qué hacer. Y es en ese momento cuando me despierto entre sudores de mi pesadilla y caigo en la cuenta de que mi vecino realmente no es cirujano, sino creativo en una agencia de publicidad.

Por suerte, hace meses que no he vuelto a tener el mismo sueño. Aunque cada vez que veo los anuncios que ponen en la tele, me pregunto qué hemos hecho para acabar en tan malas manos, mientras llevo las mías a la cara para taparme los ojos.

AMOR TALLA XXL

Salta a la vista que el acto de amar une a las parejas en todos los sentidos. Desde el sentido del tacto (van cogidos de la mano a todas partes), hasta el sentido del gusto (comen del mismo plato e incluso de la cuchara del otro teniendo cuchara propia).

Aunque donde se aprecia la reciprocidad sentimental con mayor intensidad es en el modo de vestir. El estilo homogéneo de prendas define una línea estilística uniforme. Y las armónicas tonalidades cromáticas conviven en perfecta sintonía tal y como lo hacen los violines de la sinfonía del amor que escuchan a cada paso. 

Estoy convencido de que usted, querida lectora/or conoce de cerca más de un caso. Puede que incluso sea un ejemplo. O lo peor de todo, que lo haya sido y tras leer este texto se esté percatando en este preciso instante de aquello que fue invisible a sus ojos durante meses (o durante años). 

Aquellas parejas que comparten cama y colchón (que también curiosamente implica compartir mesa y mantel) también poseen gusto similar en el vestir. Cuando escuchamos frases del tipo “en casa no somos de pescado” o “nosotros el pan ni tocarlo”, poca esperanza de variedad estilística puede esperarse en su vestidor. 

Basta con echar un vistazo al nivel de conjunción de los complementos con las prendas o al grado de simbiosis cromática del ropaje para realizar una valoración numérica del enamoramiento. Aunque, por otro lado, si se aplica idéntica fórmula a toda pareja de tortolitos, sería fácil averiguar el porcentaje de desenamoramiento latente. Cuando los tonos fucsias de una falda plisada chocan de bruces contra el teñido verde cian de la camisa masculina de lino, se está evidenciando la prueba visual de que la pareja dejó hace tiempo de compartir gustos amatorios entre las sábanas y al mismo tiempo criterio gastronómico sobre el mantel.

Si después de leer este articuento considera seriamente revisar su fondo de armario, vaya pensando seriamente en revisar el estado actual de su relación. A veces no hay nada mejor que estrenar un abrigo de la nueva temporada otoño-invierno para darse cuenta de que el calor del verdadero amor está entre unos brazos de talla XXL.

LA VIDA ESTÁ EN LA COLA DEL SÚPER

En la cola de la caja del Lidl está la humanidad al completo. Mientras espero religiosamente y con paciencia laica mi turno para pagar, escucho con discreción (y guardando la distancia reglamentaria) a un septuagenario conversar con su homólogo del barrio periférico.

La vida ha sido generosa conmigo, empieza sentenciando, tengo todo lo que se puede tener a mi edad para disfrutar del tiempo que me queda. Tengo salud. Tengo a los hijos colocados con trabajo fijo. Tengo media docena de nietos que me alegran el espíritu cuando vienen de visita. Tengo a una chica que me limpia la casa dos veces por semana. Y tengo a mi esposa en una urna en el mueble del salón. No puedo pedirle más a la vida. Ni quiero. Me conformo con tener cerca a mi esposa, aunque sólo pueda olerla.

Tras escuchar la perorata, el amigo anciano del barrio periférico se ha echado a un lado y ha salido de la conversación para incorporarse a la cola de la caja contigua (con sólo dos clientes). No sé si lo ha hecho por saltarse la cola, por esquivar la deriva de la conversación o por llegar cuanto antes a casa a aliviar la vejiga.

El caso es que el septuagenario se ha quedado con la palabra en la boca y yo me he quedado con las ganas de saber a qué huelen las cenizas de un amor inmortal.

CAMPO DE MINAS


Opinar en redes sociales es lo más parecido a caminar sobre un campo de minas. Basta dar un paso en falso, es decir, usar un adjetivo en concreto para que el lector irascible explote y la metralla de sus palabras dejen malherido al valeroso opinante que se aventuró a cruzar las líneas enemigas de internet.


Cualquiera que desee sobrevivir al fuego cruzado de Facebook, Instagram o Twitter, debe tomar conciencia de la leve profundidad de las espoletas enterradas o, en su defecto, tomar algunos gin-tonics para perder la consciencia por el atrevimiento de la decisión a iniciar la andadura digital (un gin-tonic antes y dos después).


Dar un paso al frente en la guerra contra los ofendiditos causa bajas innecesarias y dolorosas para el bando que defiende la bandera blanca de la libertad de expresión desde la trinchera del respeto, la educación y las buenas maneras. En cambio, en el otro bando y a pecho descubierto sólo estarán los altos oficiales del ego, la ira y la soberbia enarbolando contestaciones que nunca aportan nada ni a la humanidad ni tampoco a la historia digital de la era contemporánea.


En la beligerante Edad Media, quien escollaba solía arder en la hoguera. Siglos después, arden las redes cuando el desconocimiento nuevamente enciende la mecha dando batalla para imponer su ignorancia grabada a fuego por el miedo que prevalece a la existencia de otros seres humanos que piensan (y opinan) de modo diferente. Por suerte no son muchos, pero el ruido amplificado que la world wide web proporciona, incrementa el número de seguidores iletrados que desfilan uniformados al unísono sin saber quien está al frente, ni ganas de querer saberlo.


La opción más sana es evitarles y como si de una estrategia militar se tratara, la mejor táctica es dar un rodeo para que el fétido olor que desprenden sus insultos no se impregne en las frases ni se filtre entre las letras.


Para equilibrar fuerzas, les bastaría a todos ellos ejercitar el acto de leer. La lectura amplifica el horizonte mental de las mentes estrechas. La lectura ahonda en los temas superficiales aportando luz a la oscuridad de pensamiento. La lectura genera emociones por descubrir en un universo desconocido más allá del omnipresente odio hacia todo, todos y sobre todo hacia todas.


Si tras la lectura, la interpretación de lo leído induce a la imposición del razonamiento único, el problema no será por leer, sino que se requerirá de tratamiento médico para la sanación del desequilibrio mental de quien lee lo que no está escrito.


Si están en mi bando, sigan luchando por la lectura y se ahorrarán disgustos y algún que otro insulto sin venir a cuento. Si están en el otro bando, gracias por llegar leyendo hasta aquí.

ASÍ NOS VA


Cada día existen más medios para entablar relación, pero cada día nos relacionamos menos. Nunca hemos dispuesto de tanto tiempo libre para disfrutar al libre albedrío, pero jamás hemos sido más esclavos del tiempo (y también del albedrío que no sabemos gestionar).

Queremos viajar lo más lejos posible y apenas nos movemos del mismo sitio. Anhelamos un trabajo que sirva para realizarnos profesionalmente y tras obtenerlo, deseamos la jubilación anticipada desde el punto de vista legal (o desde el ilegal sin que la ley sea consciente). Exigimos a los servicios públicos lo que no reclamamos a los privados y sin dar las gracias por la atención recibida.

De jóvenes deseamos ser mayores y de adultos añoramos la juventud. Ganamos tiempo al día para perderlo de noche y lo perdemos de noche para perder el día siguiente (o la semana, si ya se supera cierta edad).

Se nos agria el carácter al volante de una marca de coche que compramos cuando nos vendieron el slogan “Te gusta conducir?”. Se gasta más de lo que se gana. Mordemos más de lo que somos capaces de tragar. Criticamos el acto de criticar. Gritamos a quien nos pide silencio y permanecemos en silencio cuando es necesario alzar la voz. Inexplicablemente, exigimos responsabilidades sobre quien descargamos la nuestra y eludimos asumir toda responsabilidad de nuestros actos ante quien deberíamos dar explicaciones.
Cuando hablar es barato, cada palabra no vale nada. Y así nos va, claro.

EL ARTE DE LA ESCRITURA

Quienes amamos el arte, sabemos que la definición de estilos y corrientes artísticas sólo sirve para el vano intento de comprender lo incomprensible de la expresión humana.

Esta fea costumbre de encasillar lo inencasillable* se extiende a otras formas de expresión que por inexplicables no dejan de ser menos humanas. 

*no busquen el significado de la palabra inencasillable porque no existe, es invención propia.

Al afirmar, por ejemplo, que la decisión de pitar un penalti en el ultimo minuto es «surrealista», no quiere decir que se trata de un “movimiento que intenta sobrepasar lo real impulsando lo irracional y onírico mediante la expresión automática del pensamiento o del subconsciente”, si no más bien que no se comparte la decisión del arbitro quien, además, es tachado de inculto (aunque sea el único con título universitario en un estadio con 50.000 butacas).

Cuando escuchamos una soflama electoral y no entendemos ni una sola palabra de entre las mil y una frases enrevesadas que salen por la boca del candidato político, solemos definir el discurso como «barroco» como si hablásemos del “estilo que se desarrolló durante los siglos XVII y XVIII, opuesto al clasicismo y caracterizado por la complejidad y el dinamismo de las formas, la riqueza en la ornamentación y el efectismo”.

O si vemos a un hombre capacitado para hacer dos cosas diferentes (meter una lavadora y planchar, por ejemplo) decimos que es un “hombre del renacimiento”. Aunque “medieval” sería un término más adecuado y más acorde con el siglo en el que vivimos.

Lo que quiero decir, es que la adjetivación allana el camino de toda descripción y suma la opinión como valor añadido, aunque para muchos no haga otra cosa que restar.

Con todo esto, lo que deseo expresar es que todo lo que sucede en la vida es susceptible de ser opinable. Y que al final de todo, lo único que queda es poco o nada, que es lo mismo que decir que la vida es “minimalista” (desde el punto de vista artístico, claro).

EL ACIERTO DEL ERROR

Vivir es un libro mal encuadernado. Los recuerdos son páginas que se van despegando de la memoria, si no se evocan con asiduidad.

Cada instante es tan efímero como frágil es el fresado de un tomo enciclopédico de más de 500 hojas. El anverso y el reverso del acto de rememorar reescriben el presente. Y lo hacen de tal manera que el momento vivido va desasiéndose poco a poco como si fuera la cola impresa del interior de la cubierta del primer volumen de los instantes inolvidables de una vida.

Todos guardamos en casa álbumes de fotos repletos de eventos estelares de nuestra historia personal, la única que importa. Pedazos del ayer, congelados en el espacio y en el tiempo (como la leyenda urbana del cadáver congelado de Walt Disney).

Curiosamente, existe un dicho popular que afirma que olvidar la historia condena a repetir los errores que se produjeron cuando los acontecimientos históricos pasaron a ser historia (o algo así). Pese a ello, el ser humano se empecina en repetir los errores propios y también los del prójimo. Se tropieza una y otra vez en la misma piedra (y a veces en la que tropezaron otros antes que nosotros), aunque la piedra sea de diferente tamaño o cambie de lugar.

Al final, la culpa de todo es de esos álbumes de fotos donde se inmortaliza la vida que sólo por el hecho de ser pasada creemos que fue mejor de lo que es el presente del que disfrutamos (o incluso que el futuro que ni siquiera existe).

Aquí les dejo esta sesuda reflexión para que la maduren por unos minutos y que no les hará mejores personas ni tampoco impedirá que cometan el mismo error una y otra vez. El ser humano se define por sus errores y el errar nos hace humanos.

Y si no les da por reflexionar, al menos lean mucho y hagan muchas fotos, eso también humaniza más que nada en la vida. Walt Disney lo sabía.

MANDA HUEVOS

Vivo en una contradicción permanente. La duda se ha instalado en mi vida como una hembra de cuco instala sus huevos en el nido de un carricero común.

Ante cualquier situación que exija respuesta rápida, ya sea autoimpuesta o sobrevenida, la indecisión toma las riendas. Y claro, así es imposible alzar el vuelo.

Reconozco que debería aprender más de las estrategias que ofrece la madre naturaleza e intentar que me afectara menos todo lo que me afecta. Pero no. No termino nunca de aprender porque en realidad tampoco empiezo nunca.

El modo de ver la vida como la ve el pájaro cuco sería un buen ejemplo a seguir. E incluso podría incorporarla como hábito de conducta cotidiana (especialmente en el ámbito laboral). Si la llevara a la práctica, por mucho que otros tocaran los huevos, no me importaría lo más mínimo (tal y como le ocurre al pájaro cuco).

Supongo que decir de alguien que es un “cuco” proviene del comportamiento del pájaro cuco, al igual que llamar “pájaro” a quien vuela más alto de lo que sus alas le permiten resulta ser un acto de egoísmo y supervivencia a partes iguales, aunque le sea otorgado el galardón de “listo”.

Aquí les dejo a ustedes esta reflexión para que incuben la idea durante este fin de semana (como hace el carricero común con los huevos de la hembra del cuco). Y procuren hacerlo cuanto antes, que las ideas son como los huevos: si se les da muchas vueltas por mucho tiempo, acaban eclosionando y se monta el pollo (literalmente hablando).

DIPSOMANÍACO SENTIMENTAL

Hasta ayer, no supe el significado de la palabra dipsomanía. Si usted también la desconoce como la desconocía yo hasta ayer, sepa que la dipsomanía es un tipo de adicción alcohólica en la que el adicto consume gran cantidad de alcohol en un breve periodo de tiempo tras el cual regresa a la sobriedad durante meses para recaer nuevamente en el consumo descontrolado por un día o dos.

Ahora que ambos podemos identificar a los dipsomaníacos de nuestro entorno (usted del suyo y yo del mío), reconozco públicamente mi adicción. Pero no a la ingesta de alcohol como define claramente la enfermedad dipsomaníaca, sino al enamoramiento impulsivo en los mismos términos. Del mismo modo que el adicto alcohólico se halla poseído temporalmente por el consumo desenfrenado de litros de alcohol que corren por sus venas (como la canción de Ramoncín), en mi caso lo que corre vertiginosamente es un impulso de amor de loca juventud (como el bolero de Compay Segundo)

Sin embargo, y a diferencia del dipsomaníaco alcohólico, mi adicción está durando muchísimo más de un día o dos. A decir verdad, he perdido la cuenta de mis semanas de dependencia y si el hábito amoroso se ha transformado en vicio instalado cómodamente en mi vida de gélida austeridad castellana.

He de asumir mi condición de enamoradicto* y con ello reconozco que el simple hecho de imaginarme abrazado a una piel perfumada de sensualidad me embriaga tanto como encurda al dipsomaníaco un trago largo de su espirituoso favorito. Y al igual que el espíritu se eleva por el efecto vaporoso de los efluvios etílicos, el mío levita al contacto acuoso de unos besos provenientes de húmedos labios.

Algunos lectores dirán que el amor es una cursilería, otros que el cursi soy yo, pero esta sensación inigualable merece un brindis a diario. 

*no busquen en el diccionario el significado de la palabra “enamoradicto”, es de invención propia.