LA RISA Y LA MALA HOSTIA

La risa es como la mala hostia, cuanto más se ejercita, más se desarrolla. En mi caso, rezumo tanta mala hostia que cuando abro la boca para opinar sobre un asunto en concreto, expulso más veneno que el que lanza por la boca la cobra escupidora africana al sentir amenazada su zona de confort.

Si pusiera el mismo empeño en ofrecer sonrisas a troche y moche, estoy plenamente convencida de que acabaría de igual forma que suele acabar la serpiente africana cuando no se defiende al sentirse atacada, es decir, hecha un bolso de alta costura francesa. Por eso, para seguir vivita y coleando, ejercito la mala hostia en lugar de la comedia. De este modo, evito acabar colgada del hombro de una top model influencer instagramer sin oficio conocido, por muy bien que practique el inglés o el francés (el idioma, quiero decir, no me sean retorcidos).

Y hablando de sexo, puede que la culpa de mi mala hostia la tenga el sexo (la falta de sexo, quiero decir), y que por eso se diga aquello de «tener mala follá». Cuando se deja de hacer el amor, como es mi caso, también se deja de hacer el humor, como también es mi caso. Sin amor no hay humor que valga y sin humor es difícil (por no decir imposible) llevarse a alguien al huerto (si lo que excita es el cruising) o llevarse el gato al agua (si lo que excita es la zoofilia) o llevarse a un hombretón a la cama (si lo que excita es dormir después de alcanzar el multiorgasmo tras ejercitar el tipo de sexo que guste de ejercer cada cual).

En definitiva (y por no alargar más este asunto que se me está agriando el carácter), si alguien es capaz de decirme qué fue primero hacer el humor o hacer el amor, que me lo diga. Junto al dilema del huevo y la gallina, son las dos únicas cuestiones que priorizan ahora mismo la existencia humana. Al menos, mi propia existencia a la que no encuentro gracia alguna (como este artículo, que tampoco tiene puta gracia).

 

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LA MENTIRA Y LA CULPA

La culpa siempre busca culpables. Del mismo modo, los mentirosos siempre encuentran la mentira perfecta con la que expiar sus patrañas.

Mentira y culpa no son sinónimos, pero comparten protagonismo y protagonistas. Las consecuencias de ambas son catastróficas menos para quienes mienten o quienes culpabilizan a otros de sus errores provocados y la intención de sus engaños.

A lo largo de nuestra vida, hay momentos en los que mentimos reiteradamente sin sentir pesadumbre por ello. Medias mentiras, las llaman unos. Verdades a medias, las llaman otros. Nadie está exento del pecado de la mentira por muy mitad que sea, ni nada exime del sentimiento completo de culpa por obra u omisión.

En mi caso, miento por todos mis compañeros y por mí el primero. Miento compulsivamente, me sale de modo natural, como por instinto. Aunque no sabría decir si lo hago guiado por el instinto de supervivencia o por otra clase de motivación igual de básica. Desde el amanecer me miento a mí mismo prometiendo al despertador que me levantaré de la cama después de cinco minutitos más. Mientras empapo el churro grasiento en la taza con chocolate, me miento de nuevo justificando la glotonería con la dieta que comenzaré a poner en práctica mañana mismo. En el trabajo, miento a mi supervisor quien insiste, al borde de la histeria, en disponer de los informes que debí haber entregado la semana pasada. En el gimnasio, numero las abdominales de dos en dos, es decir, contabilizando únicamente los números pares entre el cero y el diez. Y al llegar a casa, tras haber sembrado el día de falsedades, miento a mi esposa mostrando un fingido amor hacia ella con palabras vacías de emoción y caricias sin sentimiento implícito alguno.

Lo peor de todo es que no me corroe la culpa por dentro ni por fuera, ni por cada mentira, ni por las consecuencias que conllevan mis actos pecaminosos carentes de empatía hacia los demás o hacia mi persona. Me la pela todo, hablando en plata de ley.

Puede que lo haga porque ser víctima de mi propia mentira ayuda bastante a aligerar el peso de la culpa ajena que supone ver pecar a quien predica la verdad de palabra y no de obra, y además, lo hace sin remordimiento ni cargo de conciencia alguno. Qué raro es todo (para ser honesto).

FIESTA DE LOS MANIQUÍES

Las dependientas del Zara me han dicho que el vestido que más se vende siempre es el que lleva puesto el maniquí del escaparate. Por eso, desnudan y visten a los maniquíes tres y cuatro veces cada día. Así aumentan las ventas y por consiguiente, su comisión.

Si no fuera por los maniquíes, venderíamos un tercio de lo que vendemos, me dijo una de ellas mientras colocaba la sisa de la chaqueta a un hombre de poliuretano. Los maniquíes son los mejores empleados de Inditex, dijo jocosamente su compañera al tiempo que corregía el rímel en las pestañas de una mujer sin expresión facial ni rastro de vida alguna (a pesar de la asombrosa similitud del poliestireno expandido con la faz humana).

Que los maniquíes están en alza es algo que no se le escapa a nadie hoy en día. Un ejemplo de ello es el incremento progresivo de ventas en Amazon punto com de las «realdolls», que tanto gustan a ese tipo de hombres de mediana edad necesitados de compañía femenina de cualquier edad. No importa la raza, el color del pelo, o la altura, los maniquíes de látex han demostrado servir para un roto y para un descosido, tanto con ropa como sin ella.

Al dueño de Zara le viene muy bien poblar sus escaparates de maniquíes con diseños de ultimísima tendencia en costura. Y a las dependientas se les alegra la cara (y el bolsillo) mudarles la ropa cada dos horas. Supongo que son los designios del destino, o los del progreso capitalista que nos deshumaniza cada día más en favor del beneficio que proporciona el plástico (ya sea forma de tarjeta de crédito o de látex antropomorfo).

La conclusión del artículo de hoy es que prestamos más atención a un maniquí vestido que a la persona que tenemos en frente, ya sea el vecino, el compañero de trabajo o nuestra propia pareja. Puede que sea esa la razón del éxito de ventas de la ropa que llevan puesta los maniquíes. Ya que pasamos desapercibidos ente los ojos del prójimo, al menos, que miren la ropa que vestimos.

Lo malo de todo es que siempre hay alguien a quien le queda el vestido mejor que a mí, especialmente si se trata de una «realdoll». 

UN LIBRO A LA SEMANA

En el instituto donde cursé primero de bachillerato, había un profesor de literatura que recomendaba a sus alumnos leer un libro por curso. Repito, un libro por curso. Daba igual el título, nombre y origen del autor, el género literario, el idioma, la editorial, el año de publicación, si era de tapa dura o tapa blanda, el gramaje del papel o el número de ISBN. Bastaba seguir la recomendación de leer un libro para impulsar hacia arriba las décimas de la calificación en época de exámenes.

A pesar de la suculenta “zanahoria” que suponía el incremento de la nota, pocos fuimos los que aceptamos la oferta de leer un libro. Insisto, sólo era necesario leer un libro, y a lo largo de un año escolar, o sea, nueve meses.

En mi caso, con el paso del tiempo aquella obligación de leer un libro por año, derivó en costumbre que acabó siendo hábito (por no decir vicio). Primero fue un libro anual, después trimestral y finalmente ha terminado por ser quincenal e incluso semanal (si el tiempo y la fuerzas lo permiten, o el libro lo merece).
En el instituto al que acude mi hijo Alejandro, ya no quedan profesores de literatura que recomiendan leer un libro al año. Por no recomendar, no recomiendan ni siquiera leer lo que ellos mismos escriben en la pizarra. Pero, como desde que Alejandro vino al mundo nos ha visto leer a su madre y a mí, él también lee (dentro y fuera de casa). Si yo hubiera suspendido bachillerato por ser incapaz de leer un libro al año, mi hijo Alejandro únicamente leería hoy los mensajes de Whatsapp que le envían sus amigos, llenos de erratas y faltas de ortografía, y que él responde con textos puntuados debidamente, verbos perfectamente conjugados, y todo ello sin necesidad de usar el corrector automático del móvil, ni sustituir frases emotivas por caritas sonrientes o boñigas con ojitos.

Como lamentablemente no tengo a nadie que me obligue acudir al gimnasio cada semana (y por eso no voy), yo mismo me obligo a leer un libro cada siete días, que es como ir a un gimnasio, pero de otro tipo. Y funciona. La musculatura intelectual que he desarrollado con los años se activa al instante cuando hay conversaciones en las que hay que intervenir para sembrar cordura, cuando se impone ofrecer una explicación clarificadora a quien no ve más allá de sus narices, o cuando es obligatorio comprender lo incomprensible de la vida que vivimos.

Y todo gracias a aquel viejo profesor de literatura que nos obligaba a leer un libro al año. Debió obligarnos a leer dos.

USA LA IMAGINACIÓN

La última vez que usé la imaginación, me salió un esguince.  De la ocasión anterior, hace tanto tiempo que ya no lo recuerdo. Tendría que remontarme al siglo pasado, y a esa edad llamada infancia donde eres tan inocente que crees en la magia de los Reyes y no en la magia que hacen los padres cada día para poder llegar a fin de mes.

El motivo que provocó el esguince fue imaginar mi vida siendo feliz.
Demasiado poco te has hecho, me dijo Carmen, mi fisioterapeuta de cabecera, y de rodillera, tobillera, espaldera y de toda parte anatómica susceptible de añadir sufijo «era» cuando deja de «ser» lo que es. Tendrías que haber hecho estiramientos antes de imaginar ser feliz, volvió a decirme Carmen con conocimiento de causa y de las otras causas que derivaron en daño muscular.
Como mi imaginación vive por encima de mis posibilidades, estoy sometido a las leyes del mercado imaginativo. Es un mercado que se rige por los valores de la oferta y la demanda. Si la oferta de imaginación supera en más de tres puntos al valor de la demanda, el mercado se resiente y la imaginación se devalúa de modo inversamente proporcional al ascenso de la prima de riesgo y todos su familiares. Aún así, y poniendo en tela de juicio mi integridad mental durante la búsqueda de felicidad como si fuera el Santo Grial, no cejo en mi empresa de conseguirlo, aunque la empresa sea anónima y limitada al mismo tiempo.
Por eso, desde que mi fisioterapeuta Carmen me dijo que había que estirarse para ser feliz, voy dejando suculentas propinas en bares, restaurantes y cafeterías de mi pequeña capital castellana de provincias, y ayudo generosamente a diestro y siniestro cuando lo piden por la derecha o por la izquierda.
A pesar de seguir a pies juntillas la recomendación de Carmen, aún no percibo ninguna señal que indique lo feliz que soy (o debería ser). Aunque, por otro lado, comienzo a notar un incremento de popularidad en mi pequeña capital castellana de provincias. Todo el mundo sonríe a mi paso y me saluda efusivamente con cariño desmedido. Nadie especifica si es por otra cosa que no sea por el hecho de ir dejando propinas y ser generoso con todos. Por eso, sospecho sin temor a equivocarme que se trata únicamente por esa razón.

Mientras tanto, los días pasan y la felicidad sigue sin hacer acto de presencia. Ni está, ni se la espera.

DE TÚ A TÚ

La degradación del respeto a través del tiempo también se muestra a través del lenguaje.

Hace décadas, la admiración por el prójimo se expresaba hablando de usted. Hoy, en cambio, los que hablan de tú no expresan admiración por nadie, porque ya nadie habla de usted a nadie.

Otro ejemplo del uso de lenguaje como expresión de degradación, se produce cuando escuchamos a una persona refiriéndose a sí misma usando la tercera persona del singular. Este truco (por definirlo de alguna manera comprensible para el ciudadano medio que es usted y que soy yo) refleja la alta autoestima de quien lo emplea y la baja imagen que proyecta cuando la práctica es ejecutada en público. Como ya nadie les llama de usted, eligen hablar de sus actos usando la tercera persona esperando la admiración que nunca llega (ni llegará).

Si es lector habitual de mis artículos dominicales, habrá apreciado que me dirijo a usted en los siguientes términos: siempre en primera persona (cuando hablo de mí) y siempre desde el respeto (cuando hablo de otro, otra, otros u otras).

Para empezar, lo hago porque fui educado en una época en la que había que ustedizar* a las personas mayores en edad, experiencia y sabiduría. Y en segundo lugar, porque usted tampoco sabe lo suficiente de mí (ni yo nada de usted) como para andar tuteándonos mutuamente como si tal cosa. Aunque no por ello vamos a faltarnos al respeto, o deje de admirar su fidelidad lectora cada domingo.

*No busquen en el diccionario la palabra “ustedizar”, es inventada.

Conocerá de sobra, como fiel lector que es (insisto), los múltiples alter-egos que protagonizan mis artículos dominicales. A veces ejerzo de cuarentón en plena crisis existencial. En otras ocasiones soy una mujer joven con henchida efervescencia creativa, o un gay orgulloso recordando tiempos mejores, o un enamorado que busca la expiación de sus errores afectivos, o incluso un animal doméstico abandonado a la intemperie por quien más ama a pesar del innombrable desprecio que significa dejarlo atado a un quitamiedos de carretera. Poco o nada de mí hay en cada personaje. Pero reciben mucho cariño por mi parte, como padre putativo que soy de todos y cada uno de ellos, a la vez que respeto y admiración a partes iguales.

Siempre respeto a quien admiro. Pero cuando se trata de dar y recibir amor, querida lectora (sí, ahora te hablo a ti), todo fue admirable hasta que empezamos a tutearnos. Fue entonces cuando me di cuenta de que nos habíamos perdido el respeto. Todo el mundo a nuestro alrededor envidiaba la confianza mutua depositada el uno en el otro. Pero pocos sabían que donde había confianza también hubo asco. Y el principio del fin de perdernos el respeto empezó por dejar de llamarnos de usted, o lo que es lo mismo, por cogernos confianza, que es igual que decir que te tengo un asco digno de admiración.

No tomes a mal lo que te digo, porque te lo digo desde el respeto más absoluto. O sea, con un respeto admirablemente despreciable.

EL LÁPIZ

Me han regalado un lápiz. Un lápiz para escribir. Hasta aquí, todo normal. Pero lo que no es normal es el lápiz. A diferencia de otros lápices, el lápiz que me han regalado se consume si no escribes. Es decir, cuando escribo con él, la mina de grafito permanece intacta en tamaño, forma y densidad. Pero el día que no escribo con él, va menguando lentamente, como si hubiera sido usado.

Al principio, pensé que se trataba de un nuevo invento de los chinos o de los japoneses (nunca supe distinguirles a primera vista). Luego me dio por creer que se trataba de un prototipo de artilugio para espías, como aquellos mensajes que enviaban a Ethan Hunt en Misión Imposible y que se destruían en cinco, cuatro, tres, dos y… boom!!! También consideré seriamente que podría tratarse de una aleación biotecnológica basada en el concepto de la obsolescencia programada, pero a la inversa.
Tras horas de elucubraciones estériles, finalmente he llegado a la conclusión de que la razón de tan inexplicable fenómeno radica en la relación paralela del uso del lápiz y el uso del cerebro. Es decir, si me da por pensar, el cerebro conserva su tamaño y permanece en su forma original. Pero en el momento en el que no reflexiono sobre algún aspecto concreto de la vida que me rodea, noto el vacío craneal provocado por el espacio que deja la masa encefálica al disminuir su diámetro por empequeñecimiento repentino.

Debido a esta conclusión, desde que tengo el lápiz mágico (así he decidido llamarle) escribo más que nunca. También corrijo más que nunca. Y eso me transforma día tras día en mejor escritor y, por extensión, en mejor persona (o viceversa, no lo sé; o eso creo yo, tampoco lo sé).

Nunca me definiría como escritor del mismo modo que tampoco diría de mí que soy piloto por el hecho de conducir un coche Seat de segunda mano; o me llamaría chef por meter al microondas un plato precocinado comprado en la sección gourmet de El Corte Inglés. Pero como en esta vida te llaman de todo por no hacer nada de nada, prefiero ser yo el que elija lo que quiero que me llamen en las redes sociales antes de que lo hagan otros usando adjetivos llenos de faltas de ortografía y carentes de raciocinio (tanto los adjetivos como quien los escribe).
Aquí les dejo mi reflexión dominical para que la digieran con el café del desayuno, mientras salgo a comprar un sacapuntas para escribir artículos más afilados. De esos que al leerlos te rasgan el alma sin saber si hay cura posible y reflejen las inquietudes de un humilde escritor que escribe por la necesidad de escribir (o por no consumirse domingo tras domingo, como le ocurre al lápiz que me han regalado cuando no le doy uso).

CONVENCERÉIS, PERO NO VENCERÉIS

El ser humano es ignorante por naturaleza. Con esta afirmación, no quiero decir que usted sea un ignorante (categóricamente hablando). Lo que estoy diciendo es que, en el preciso instante de venir al mundo, el ser humano no sabe nada de nada.

Tras nueve meses sumergidos en elemento líquido amniótico, salimos de cabeza a la superficie de la impericia, y la ignorancia comienza a ser el elemento en el que nadar libremente. Algunos lo hacen con verdadera soltura desde que abren los ojos. A otros, en cambio, nos cuesta más adaptarnos a la ignorancia que nos rodea.

Con el paso del tiempo, el empeño en contrarrestar la ignorancia innata se palía sin éxito con años de pedagogía escolar, años de adiestramiento bachiller, años de instrucción universitaria, por no mencionar los años de evangelización eclesiástica, independientemente de la religión que se profese o se desprecie.

Todo este esfuerzo en sacar a la humanidad de la ignorancia congénita, sólo sirve para terminar nadando nuevamente en otro líquido. A veces es ginebra, otras es whisky… para acabar la mayoría de las veces ahogado en un vaso de agua.

Vencer la ignorancia es una guerra sin fin que se gana batalla a batalla, día a día, noche tras noche y resaca tras resaca. La última vez que aprendí algo de la vida, no fue ni asistiendo como alumno a la escuela, ni en el instituto­­­ o como aplicado estudiante universitario. Me lo enseñó un camarero de Dublín en un pub irlandés de Malasaña donde estaba de Erasmus para sacarse unos euros durante su estancia en España. “Beer is the most widely consumed beverage in the world next to water. Everyone knows it”, me dijo el joven extranjero. Este dato lo desconocía personalmente, hasta que a la cuarta pinta, comenzó a tener sentido en mi cabeza y a darle sentido a mi vejiga.

“La ignorancia es el territorio de confort de la humanidad. Lo mejor de ser ignorante es que nadie sabe que lo eres, porque nadie es más ignorante ni más inteligente de lo que eres tú”, dijo nuevamente el camarero en un perfecto espanglish añadiendo frases desconocidas para mi intelecto al tiempo que también añadía otra pinta de cerveza a mi cuenta.

Lástima de mi ignorancia con los idiomas. Estoy plenamente convencido que de haber sabido inglés, hubiera aprendido mucho de sus palabras de sabio irlandés.

Salí del pub convencido de que era aún más listo de lo que había entrado, aunque completamente vencido por las seis pintas de Guinness. Todo un récord para un inculto de nacimiento que nada como pez en el agua de la ignorancia cotidiana más absoluta.

ASÍNTOTA

Cada mañana, apunto en una libreta una palabra nueva y su definición. Anteayer escribí rebatiña. Ayer fue alcuza. Y hoy, he escrito asíntota. Para quien no conozca el significado de esta última, se lo explico (sin querer por ello ser pretencioso, nada más lejos de mi intención). Asíntota es la línea recta que, prolongada indefinidamente, se acerca de continuo a una curva o a su función, pero sin llegar nunca a encontrarla.

Este término es usado con asiduidad en geometría, matemáticas y otro tipo de ciencias que no son las letras, que es la única ciencia pura de la que soy devoto. Quizá sea esa la razón de que no conociera la palabra asíntota y mucho menos el concepto que expresa.

Sin embargo, descubrir su belleza me ha deslumbrado tanto que he querido ver reflejado en su significado las malas decisiones que he tomado en mi azarosa vida. Es decir, todas se han prolongado indefinidamente acercándose de continuo a su función, sin llegar nunca a cumplirla o lo que es lo mismo, a funcionar debidamente y en consecuencia, a existir como era mi intención inicial.

Por esa razón, escribo cada día una palabra en una libreta: para poner nombre a lo que no existe en mi vida. Con un poco de suerte, de tantas palabras que escriba a diario, alguna llegará a cumplir su función existencial. Y si tienen razón de existir, es que hay motivos para acertar de lleno con las decisiones que se toman.

Y no soy el único que lo cree. Por ejemplo, nadie creía hace unos meses que Pedro Sánchez llegaría a ser presidente del Gobierno. Ni tan siquiera si llegaría a ser alguien en el mundo de la política. Sin embargo, gracias al significado de las palabras «moción de censura», que dan nombre a una estratagema política, lo que no existía ayer, existe hoy. De este modo, Pedro Sánchez no sólo es actualmente presidente del Gobierno de España, sino que además es el político más valorado de entre todos los políticos del panorama nacional (según un reciente barómetro del CIS).

Por eso, escribo cada día una palabra desconocida en las hojas de mi libreta. Así doy significado a lo que aún no existe e imagino que pueda existir en mi vida, tal y como hizo Pedro Sánchez con la «moción de censura» en su vida.

Puede que al escribir palabras desconocidas terminen por existir y den significado a las decisiones erróneas que tomo sucesivamente. Porque si existen en papel, quedarán escritas en mi destino. Un destino que cumpla su función, de una vez por todas.

MISANTROPÍA

El mundo se divide en dos tipos de personas: los optimistas y los realistas. Los optimistas viven entusiasmados con la vida que les ha tocado vivir. Los realistas, por el contrario, son aquellos que viven por (y para) joder la vida entusiasta a los optimistas.

Los realistas, que por lo visto son sabios de nacimiento, opinan sobre lo que no saben ni se molestan en querer saber. Por ejemplo, si encuentras al amor de tu vida, al instante un realista te dirá que “nada es para siempre”. Si te toca la lotería, un realista afirmará que “el dinero no da la felicidad”. O si logras un ascenso laboral tras años de esfuerzo y dedicación, pronto llegará un realista para fastidiarte la buena nueva diciendo que “años y trabajo, ponen el pelo blanco”, e ilustrará todas y cada una de sus teorías con casos de personas que conoce de cerca (que él sólo conoce, quiero decir).

Puede que el germen del comportamiento realista esté en la necesidad innata que tiene el odio en buscar afinidades. Quien siente odio hacia algo o hacia alguien, anda al acecho permanente de reclutar adeptos a su causa negativa. Mientras que el optimista, por su parte, se limita a mostrar alegría por el bien ajeno sin el ansia de captar simpatizantes.

Más ejemplos: que yo sepa, no existe un grupo de aficionados al club de futbol del Real Madrid que elogien el juego del Futbol Club Barcelona, o viceversa. En cambio, existen los Ultras Sur y los Boixos Nois, respectivamente, que manifiestan con jolgorio, jocosidad y jarana el declive del contrario. Aunque ellos hacen uso de estos términos desde el significado de otra palabra que también comienza por la letra “j” (de joder).

Otro ejemplo similar en fondo y forma al fenómeno hooligan futbolístico es Adolf Hitler. Hitler logró mas unión entre los alemanes por su visceral odio hacia los judíos que por mostrar afecto y amor al prójimo. Recordemos que estuvo a punto de ganar una guerra mundial, si no hubiera sido aún mayor el odio de los aliados hacia el fascismo que el odio de Hitler hacia los no arios.
Los avinagrados realistas se reconocen entre sí y ansían el triunfo por repudiar a los optimistas, quienes son felices con cosas tan pequeñas como leer artículos como este. Tanto a unos como a otros, les envío un saludo de positivismo, aún a riesgo de ser el foco de animadversión de los amargados realistas.

Por suerte, los optimistas también nos reconocemos entre nosotros. Si usted es uno de ellos o ellas, hágamelo saber cuanto antes, porque hace tiempo que no soy optimista con nada de lo que me rodea y temo que la realidad más amarga termine por invadir de ira todo mi ser (si es que no lo ha hecho ya, la muy cabrona-maldita-hija de la grandísima puta).