HIPÓCRITA

Sufro quemaduras de tercer grado en el treinta y cinco por ciento de mi cuerpo por arrimarme al sol que más calienta.

El médico me ha recetado una pomada antiséptica de regeneración celular que restriego por toda la epidermis incluso en aquellas partes bajas donde jamás llegaría un rayo de sol. También me ha dicho que procure no mezclarla con la vaselina que habitualmente empleo en otra áreas más ocultas de mi personalidad física (y que no describiré aquí y ahora, ni con qué finalidad, ni objetivos).

Tras varias semanas expuesto a las altas temperaturas que expelen las fricciones por obtener intereses particulares, creo que he salido escaldado de la experiencia. Cuando uso la palabra escaldado, la uso en el amplio sentido gastronómico del término. Por ejemplo, ayer acudí al despacho del secretario de Estado de la Administración General del Ministerio de Cultura, y tras ser cocido a fuego lento para ablandar mis partes más duras, fui servido en un plato bien hondo y con todo tipo de argumentos como guarnición, para que me comieran vivo sin necesidad de abrir la boca (ni ellos, ni yo).

Quienes hayan tenido oportunidad de aproximarse al ejercicio de la política desde cualquier ámbito, y por necesidad hayan requerido la colaboración o amparo de un estamento administrativo, sabrán que el canibalismo es la dieta alimenticia de quienes habitan en la jungla electoralista. De poco o de nada sirve vestir de Coronel Tapioca o ir armado hasta los dientes de repelente para mosquitos, gusanos y todo tipo de invertebrados. Tampoco es eficaz la extensa valía curricular, académica o incluso la consanguinidad. Si se desea algo, hay que colmar las expectativas sin reparo alguno siguiendo las ordenes o requerimientos del antropófago macho alfa de la tribu.

Por esa razón, he considerado que ir en traje de baño a las reuniones con la Administración General es lo más adecuado cuando se solicita una subvención otorgada por un Ministerio u organismo público. Da igual el color político del partido alzado al poder por la soberanía popular. Da igual la carta de recomendación. Da igual que te dé igual todo. Tarde o temprano llega el momento decisivo de bajarse los pantalones. Y como el bañador no tiene cremallera, he considerado que seré el primero en recibir la subvención por delante de todos los candidatos (o por detrás, según se mire). Sólo así conseguiré el calor necesario para madurar como profesional. Y los años me han enseñado que arrimarse al sol que más calienta es el camino más adecuado.

Consejo de última hora: sustituyan el AfterSun por gel lubricante, lo agradecerán eternamente (especialmente a sentarse).

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NO ME COMO UN COLÍN

Desde que la dietista nutricionista (perdón por la cacofonía) me prohibió terminantemente la ingesta de pan en cualquiera de sus múltiples formas, estoy hecho un Adonis. Hay que reconocer que la dieta impuesta por prescripción médica funciona a las mil maravillas en perfecta combinación con las horas semanales que paso sin salir del gimnasio.

Además de perder varios kilogramos (diez concretamente), tengo más apetito que nunca. Dicho así suena contradictorio, pero la cruda realidad se acaba imponiendo. Por cada gramo de grasa eliminado gracias a la dieta, brota una nueva hormona dispuesta a reclamar su dosis de sexo diaria. Podríamos decir que el apetito que pierdo por un lado, lo gano por otro. O sea, el volumen que pierdo en la barriga, lo gano en libido en la entrepierna. No me quejo, la verdad sea dicha. Pero nada es lo que parece, del mismo modo que no es oro todo lo que reluce, ni por mucho madrugar amanece más temprano.

En mi caso, a mayor disminución de masa corporal,  acrecentamiento del afán reproductivo. El descenso de peso es inversamente proporcional al incremento de deseo carnal. Pero a su vez, es equivalente a las posibilidades de satisfacerlo. Es decir, resulta más eficaz la estricta dieta que el beneficio sexual que se obtiene ofreciendo un cuerpo escultórico al pecado capital de la lujuria. Y a menos que seas George Clooney o Brad Pitt, ten pon seguro que terminarás en casa mirando porno online para dar de comer a la cantidad de hormonas que solicitan ración diaria de sexo (ya sea digital o manual).

El caso es que llevo más de cuatro meses sin mojar pan (ni en el sentido literal ni tampoco en el sentido figurado), y sin saber si merece la pena renunciar a comer embutido para estar canónico como una escultura de Praxíteles. Así es como veo yo a las mujeres que pasan olímpicamente de mí, con los ojos pétreos. Supongo que así es como también me ve a mí el sexo opuesto, como una estatua.

Lo peor de todo es que ellas nunca sabrán si detrás de cada músculo cultivado a base de horas de gimnasio e infinitos días de ayuno, existe un corazón más blando que la miga de pan que hace meses que no pruebo.

¡¡¡Maldita sea!!! Con lo feliz que estaba yo pesando 10 kilos más.

LA RELIGIÓN DEL GYM

Después de acudir religiosamente al gimnasio desde hace más de dos años, acabo de darme cuenta de que se está convirtiendo en una fe. Y no sólo para mí, que asisto devotamente tres veces por semana, sino también para miles y miles de fieles que comulgan fervorosamente de lunes a domingo (incluso fiestas de guardar).

Cada día veo desfilar en peregrinación a un número ingente de feligreses que se congregan en clase de “body pump” como si fuera misa dominical de 12. Probablemente sea la clase de las 12 de la mañana la más nutrida en asistencia, pero no me cabe duda de que la clase de Pilates que hay al amanecer reúne a tantos cofrades como los que acoge el Rosario de la Aurora en una aldea gaditana.

Desconozco las razones por las cuales acudir al gimnasio ha sustituido a la costumbre de asistir a misa, pero los motivos espirituales siguen siendo los mismos. Uno de ellos es la necesidad de redimir los pecados cometidos de palabra, obra y pensamiento a través de la penitencia de levantar mancuernas como si fueran pesadas culpas. También existe la justificación personal de algunos socios de quitarse de encima el pecado capital de la gula y de paso los kilos de más (también mayúsculos). Para otros, en cambio, es evitar que la pereza les dé alcance y por eso corren en la cinta los kilómetros que no corren sentados en el sofá. Y para la mayoría, será expiar la envidia que da ver un cuerpo esculpido a base de horas de abdominales como si fuera una talla marmórea a la que se venera inclinando la rodilla una y otra vez a modo de flexiones.

Lázaro de Betania (el de “…levántate y anda”) demostró que trascender más allá del estado del físico está implícito en la religión, del mismo modo que también está implícito en los ejercicios “push ups”, “mountain climbers” y “reverse crunches”. Renacer en el mismo cuerpo, tal y como hizo Jesucristo según rezan las sagradas escrituras, conlleva para el ser humano algo más que sólo tres días (concretamente entre doce y quince semanas).

Es a partir de ese periodo cuando el cuerpo comienza a mostrar visiblemente las virtudes divinas de la naturaleza y a despertar en el sexo opuesto (o en el mismo, depende de la intención de los ojos que miran), las mismas pasiones que despierta la Esperanza Macarena al salir bajo palio por las calles de Sevilla.

Estoy convencido de que muchos de ustedes estarán de acuerdo con las enormes similitudes entre la fe a la iglesia y el fervor al gimnasio. Aunque el símil espiritual y bíblico con el que estoy más de acuerdo, es el que hace referencia al poder purificador del agua, tal y como ocurre con el agua de la pila bautismal o el agua de las lágrimas de María Magdalena. En mi caso, es el poder purificador del agua de ducha tras hora y media de clase de “spinning”. Es en ese preciso momento en el que te sientes como Dios. Lo sé por experiencia (religiosa).

LA PRIMAVERA LA SANGRE ALTERA

Con la llegada de la primavera he decidido proclamar la llegada de la alergia con el mismo entusiasmo con el que otros proclaman el advenimiento de la tercera república.

Ha sido aflorar el abrojo y brotar lágrimas de las cuencas de mis ojos como si fuera la cuenca hidrográfica del Duero. Ante la presencia de la prímula, comienzo a expeler mucosidades sin fin y de inmediato mi dulce timbre de voz torna en el rauco tono de Darth Vader.

Con este panorama, resulta imposible alcanzar la cuota de ventas que me impongo laboralmente en mi quehacer diario. Trabajo ocho horas de lunes a viernes como comercial “door to door cold seller” (vendedor puerta a puerta) de una importante marca de alta lencería femenina (que no voy a nombrar aquí por decoro y también porque no me pagan ningún bonus por hacerlo). Mi oficio exige presentarme de cara ante las potenciales clientes compradoras femeninas tras solicitar cita previa, o en su defecto, haciendo sonar el timbre de sus puertas para luego hacer sonar el timbre de la caja registradora de mi empresa. Pero hacerlo con los ojos enrojecidos, expulsando fluidos de distinta densidad por la nariz al tiempo que describo con voz trasnochada las propiedades sensuales y delicadas de la lencería, no favorece las ventas (al contrario, las espanta).

Las reacciones que produzco en cada visita primaveral son la respuesta inmunitaria de la mente humana y que podía compararse al rechazo tras lamer un limón en pleno invierno. Basta con ver el rostro de mis clientas para cerciorarse de que ni soy el más indicado para el negocio de la lencería, ni tampoco es la primavera la estación del año más adecuada para respirar oxígeno impregnado de polen mientras sujeto entre las manos un sostén de encaje elaborado con engarces de pedrería.

Por eso, en un alarde de estrategia mercadotécnica, he decidido cambiar de producto de venta (que no de profesión). Puede que un comercial como yo, sensible a los efectos derivados del polen primaveral encuentre partido a las consecuencias físicas que produce la alergia. Los ojos inyectados en sangre, las secreciones que expelo por todos los orificios de mi rostro, sumada a la voz de ultratumba que emito cuando abro la boca, me están sirviendo de mucho como comercial de motosierras eléctricas.

De hecho, me estoy forrando (aunque creo que la verdadera razón se debe a las manchas de sangre que luzco en el traje tras estornudar).

EL MINISTERIO DEL AMOR

Cada año, suelo hacer la declaración de la renta en estado de embriaguez. Puede que sea por eso por lo que la declaración me sale siempre a devolver. Cada vez que relleno un campo vacío de los impresos, relleno al mismo tiempo una copa con ron con Coca-Cola.

No debo ser un caso aislado en España. El Ministerio de Hacienda es consciente del aumento de devoluciones y el Ministerio de Sanidad del incremento del índice de alcoholismo, y por eso han decidido en connivencia ofrecer a los cotizantes el conocido “borrador” de la declaración.

Para quien a estas alturas de su vida no sepa de qué se trata este documento oficial, les explico. El “borrador” es una propuesta de declaración confeccionada por la propia Agencia Tributaria que incluye los datos personales, familiares y económicos del contribuyente disponibles en una determinada fecha de su vida existencial. Basta con confirmarlos por parte del contribuyente, y aquí paz y después gloria.

Si extrapolamos el concepto “borrador” de la declaración de la Renta a una declaración de amor convencional, estoy seguro de que el índice de divorcios y separaciones en España sería nulo. Cuando tratas de llevarte a una mujer a la cama (en mi caso), o llevarla antes al altar (en el caso de los más conservadores), allanaría el camino conocer previamente por escrito los datos personales de la contribuyente (y viceversa).

Tal y como ordena la Ley tributaria 58/2003, de 17 de diciembre del Estado Español, “corresponde a cada contribuyente que haya recibido el borrador revisar que los datos personales y económicos están completos y son correctos”. Y como soy un hombre que cumple puntualmente con las obligaciones fiscales exigidas (y también con las obligaciones sexuales), a toda mujer contribuyente que desee obtener una declaración favorable de mis intenciones amorosas, solicito de antemano un “borrador” donde comprobar si todos los encantos “están completos y son correctos”. Si por el contrario, la mujer comprueba que el “borrador” enviado por mi parte está sin cumplimentar o carente de algún dato específico, la oferta de mi servicio permite la posibilidad de solicitar cita previa para la aclaración de dudas sobre el “borrador”.

Este Reglamento General de Relaciones ficticio tiene, desde el punto de vista sexual, un ámbito de aplicación más amplio que el contenido en la anterior Ley de citas y encuentros esporádicos, puesto que no se circunscribe únicamente al ámbito territorial cercano. Gracias a la aplicación y uso de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC’s), los recursos se aplicarán a otras Administraciones de ámbito estatal en virtud del criterio personal del contribuyente y siempre por mutuo acuerdo con la parte implicada.

Una vez dicho esto, creo que deberían sustituir el Ministerio de Hacienda por el Ministerio del Amor. Estoy plenamente convencido de que todas las declaraciones serían favorables para ambas partes y todas las parejas españolas serían felices por mucho tiempo. Hasta que llegue ese momento, continuaré haciendo la declaración en estado de embriaguez. Es el único estado que me permite asumir que sólo es Hacienda quien me quiere tal y como soy.

ABRO HILO

¿Realmente necesitas todo lo que posees? ¿Y si el espacio que ocupa lo que no sirve, impide usar lo que realmente sirve? ¿Por qué concedes tiempo a personas que no aportan nada a tu vida? ¿Has pensado en el número de horas que dedicas al día a mirar Facebook, a ver la televisión o a escuchar el fútbol, en lugar de dedicarlas a tu familia?
¿Por qué no donas esa ropa que hace temporadas que no vistes? ¿Qué razón puede haber en escuchar a quien dice lo que dice sin que por ello mejore en nada de nada tu día a día?
¿Y si viajaras en transporte público en lugar de conducir un coche cuya letra bancaria se lleva una sexta parte de tu sueldo mensual? A lo mejor conoces en el autobús a una mujer que te ame como deseas. O al hombre que supera en todo al marido que tienes en casa y merece ser abandonado (ése mismo que gasta una sexta parte de su nómina en un BMW en lugar de regalarte flores frescas cada viernes). ¿Y si al caminar en lugar de conducir, hallas por fin a la mujer que te haga feliz como mujer o al hombre que te ame como sólo otro hombre como tú sabe amar?
¿Dónde quedaron tus aficiones y hobbies que tanta felicidad te aportaban como ser humano cuando eras más humano de lo que eres ahora? ¿En qué momento sacrificaste tu sueño de realización personal por ayudar a cumplir el sueño de otras personas obedeciendo las órdenes de su ego? ¿Sigues trabajando en aquello para lo que no estudiaste sin dedicar un minuto a mejorar tu situación? ¿Por qué soportas la incompetencia de tu jefe? ¿Cuándo te resignaste? ¿Por qué te rindes tan pronto? ¿De qué huyes, o mejor dicho, de quién?

Te dijeron que por ser mujer, gay, bisexual, transexual o del tipo de seas (o con quien te guste practicar sexo), deberías esconderte, ocultarte o humillarte, y lo aceptas?

¿Por qué te conformas con lo que recibes si mereces mucho más?
¿No crees que en vez de estar leyendo este artículo deberías estar jugando con tus hijos pequeños? O visitando a tu anciana madre en la residencia donde la dejaste hace tanto tiempo que ya ni te acuerdas. O llamando al amigo de quien no sabes nada desde hace meses (ni él de ti). O haciendo el amor a quien más amas (que no tiene que ser tu mujer, ni tampoco necesariamente ser mujer).
¿Eres consciente de lo que te mientes a ti mismo? ¿Sabes que lo que te queda de vida es la única vida que te queda?

¿Te gusta quién eres?
Abro hilo.

¿POR QUÉ ODIAMOS?

Sé que hay mucha gente que odia, y no comprendo el porqué. Yo también odio a mucha gente, y tampoco sabría hallar un motivo. A decir verdad, ni siquiera me lo he planteado, pero odio a troche y moche. Aunque no sé quién es troche ni quién es moche. Del mismo modo que nunca he sabido quién es Andy y quién es Lucas del dúo musical Andy y Lucas (quizá por eso también les odie a ellos, juntos y por separado).

Odio tanto-tanto-tanto, que a veces, hasta me odio a mí mismo. Pero siempre que me odio, conozco la razón o el origen del odio (a diferencia del sentimiento hacia el prójimo que carece de argumento lógico).

Cuando hago algo y al instante me arrepiento de haberlo hecho, el odio hacia mi persona es tan intenso como duradero. Puede que el arrepentimiento sea el mayor motivo para odiarme a mí mismo. Según la ideología cristiana, el arrepentimiento ayuda a expiar los pecados cometidos, y aquí paz y después gloria (literalmente). Pero en mi caso, nada me ayuda a expiar mejor los errores que cometo que el sentimiento de odio. Puede que por esa razón yo sea incompatible con el cristianismo. Los creyentes pecan y se perdonan. En cambio yo, peco y odio.

El perdón es el modo de los cristianos de glorificar a Dios en las alturas. Por el contrario, mi estado de gloria es el odio. Y como mi odio es profundo, no se puede caer más bajo. Y todo el mundo sabe que lo que está debajo es el infierno.

Cuando odio de verdad, soy capaz de imaginar lo inimaginable. Por ejemplo, cuando pienso en todo aquello que dije para herirte, es cuando más me odio. Pienso en aquello que no te hice para no herirte y también me odio por ello. Por odiar, odio cuando tuve oportunidad de odiarte y no lo hice porque el amor que sentía por ti era aún más fuerte que el odio.

Lamentablemente, desde aquel sentimiento de amor ha transcurrido tanto tiempo que ya no existe ningún sentimiento. Ni siquiera odio. Pero tampoco un resquicio de amor. Sólo arrepentimiento.

Cuando fuimos almas gemelas siempre fui consciente del motivo por el que me odiabas. Pero ahora que ya no lo somos, no sé por qué me odias, y el no saberlo hace que me arrepienta de todo lo que no supe hacer bien contigo.

Y no hay nada que más odie que el arrepentimiento.

BORBORIGMO

Me fascina aprender palabras nuevas. Cada día, anoto disciplinadamente el significado de un término desconocido en las páginas de una manoseada libreta Moleskine. A partir de ese preciso momento, nace una intensa relación afectiva caracterizada por la querencia y la proclividad. Es un vínculo que procuro desarrollar cotidianamente en todo lo que digo y escribo, con la ambición de crecer aún más intelectualmente y la límpida intención de ser perspicuo.
Cuando las palabras se juntan correctamente, la fricción producida por el roce de las letras entre sí al ser leídas, genera un incremento de la temperatura corporal que favorece el resurgir de sentimientos como la privanza, la limerencia o incluso el cariño. Palabras como serendipia, etéreo o melifluo conviven junto a iridiscencia, arrebol o inmarcesible para formar frases, versos, metáforas, o los párrafos que conformarán después artículos como el que está leyendo usted en este momento.
A una palabra le pasa lo mismo que le pasa al amor, que a veces da calor y cuando no lo da, produce escalofríos. Por eso, procuro aprender muchas palabras y arroparme con ellas. Así recibo su calor y evito los escalofríos del amor cuando no está ni se le espera.

El día que aprendí tu nombre, lo escribí en mi libreta junto al resto de palabras desconocidas. Y lo hice por el mismo motivo: para incorporarte a mi vida cotidiana y disfrutar de tu presencia como disfruta mi vocabulario enriqueciéndose cada día con nuevos términos que incorporo prolijamente.
Fue una lástima que nuestra relación terminase en el olvido, que es el modo en el que terminan las relaciones que lo han sido todo. Por eso, cuando borré tu nombre de mi libreta, también olvidé quien fuiste y el torrente de emociones que sentía estando a tu lado.
Puede que sea por eso por lo que cada vez que te veo casualmente por la calle, hago de tripas corazón y confundo el incremento del ritmo cardiaco con el borborigmo que me produce el estómago por las ganas que tengo de volver a comerte la boca.
El médico me ha dicho que no es grave, que se trata simplemente de un efecto secundario producto de un escalofrío momentáneo. Pero yo estoy convencido de que es consecuencia de un repentino golpe de calor para el que aún no he encontrado palabras y para el que tengo reservado una libreta entera de hojas en blanco.

¿POR QUÉ FALLAN LOS CONDONES?

La letra pequeña del manual de instrucciones de uso que viene en las cajas de preservativos dice que hay un 10% de probabilidad de ineficacia. Es decir, que de cada diez veces que te lo pones, hay una vez que sirve de poco o de nada de nada. En definitiva, es como si no te lo pusieras.

Tampoco especifica en el manual, ni en el exterior de la caja, ni tan siquiera en el envoltorio individual, cuál de todos los preservativos es el que viene con tara de serie.

Como soy un hombre precavido a la par que inteligente, cada vez que adquiero en la farmacia una caja de preservativos de 10 unidades, tiro uno de ellos a la basura y así me garantizo el 100% de eficacia de los 9 restantes.

Mi novia actual no pone ningún reparo en hacer el amor con preservativo mientras un servidor cumpla con sus expectativas dentro de la cama (y fuera también). Ni ella desea quedarse embarazada ni yo quiero ejercer de padre a mis cuarenta y tantos. Aunque por mucho que ella desee lo que desea y yo no quiera lo que no quiero, los espermatozoides tienen capacidad de decisión propia y viven ajenos a los caprichos de su amo (o sea, yo). Hablando alto y claro, ellos hacen lo que les sale de los cojones (concretamente de los míos).

Su comportamiento innato está justificado: actúan así porque pueden permitírselo. A decir verdad, son superdotados incluso antes de la singamia. Y como prueba de ello, está la ineficacia de los preservativos en un 10%. Si después de ponerles una trampa de látex del perímetro del tamaño del miembro eréctil, son capaces de evadirla y alcanzar el útero, la existencia de vida inteligente en cada gota de esperma es más que evidente.

Además, por mucha competencia que haya entre ellos, siempre habrá uno que supere con creces la fortaleza física del resto para ponerse en cabeza y cruzar la línea de meta tras meter también la cabeza.

Como ejemplo, les pongo al nadador olímpico Michael Phelps. Todos nos preguntamos cómo es posible que Michael Phelps sea el mejor nadador de la historia (23 medallas olímpicas le avalan). La respuesta es sencilla. Lleva entrenando desde antes de venir al mundo. Phelps superó al resto de competidores espermatozoides nadando el primero directo al útero de su madre biológica. Después, con el paso de los meses, simplemente pasó de nadar en líquido amniótico a hacerlo en el agua de la piscina. Y con el transcurrir de los años, pasó a nadar en la abundancia de medallas olímpicas. El caso es que el chico lleva nadando a braza, a mariposa, a espalda y en todas las posturas del Kamasutra desde el dormitorio de sus padres hasta que decidió salir de la piscina en Río de Janeiro hace un par de años.

Esta es la razón por la cual me pongo condón a la hora de hacer el amor. En el caso de que haya un Michael Phelps en mi interior tengo que poner a prueba su vocación. Si después de usarlo, mi actual novia se queda embarazada, seguramente nacerá un Michael Phelps, o una Mireia Belmonte.

Y lo mejor de todo, es que de tanto follar estoy hecho un atleta.

JUAN NADIE

Me siento como Juan Nadie. Pero no porque sea un don Nadie, sino porque nadie, a día de hoy, quiere saber nada de nadie.

Partiendo de esta premisa, el mundo está lleno de Juanes y Juanas Nadie. Da igual que tu nombre sea Luis, Alberto, Sara o Jennifer. Incluso si te crees importante por llamarte Ernesto, nadie sabrá nada de ti. Salvo el día de tu fallecimiento, que todos se desharán en elogios diciendo lo importante que fuiste (sin especificar para quién, ni en qué faceta profesional o personal)
Según reza el artículo 16 de la Ley 7/1985, de 2 de abril, Reguladora de las Bases del Régimen Local, los vecinos de un municipio son los que constan en el Padrón Municipal del lugar de residencia habitual. Gracias a la inscripción en el Padrón Municipal, adquieren la consideración de vecinos. Sin embargo, los vecinos de mi comunidad van y vienen tan deprisa que no se pueden considerar vecinos porque no tienen a nadie en consideración.

El otro día por la mañana, me crucé con un inglés en el ascensor y ni me saludó. Sé que era inglés porque vestía una camiseta donde ponía “Keep Calm and be British”. A medio día, un italiano (lucía orgulloso una camiseta de la Juventus) hizo lo propio cuando coincidimos en el portal. Y por la noche, al bajar a tirar la basura, un tercer vecino que tiraba a su vez de su maleta por la acera pero en sentido contrario, me deseó buenas noches en alemán (o eso creo que me dijo y que fue en ese idioma, no sé). El caso es que no conozco nada de nadie de tres años para acá.
De niño, en el barrio donde jugaba con otros niños del vecindario, todos sabíamos todo de todos. Empezando por el nombre y la edad de cada uno, hasta el número de matrícula del coche de su padre, lo que ganaba, donde lo ganaba y también el lugar donde lo perdía. Cuarenta años después ni sé dónde están aquellos niños, y ni sé si quiero saberlo.
Por todas estas razones, he borrado la información personal del buzón de casa y he sustituido mi nombre y apellidos por la palabra «Aquí». A la única persona a quien debe importarle cómo me llamo es al señor cartero, y debido a que últimamente sólo recibo facturas y recibos bancarios, prefiero que nadie más que él me conozca por aquello que debo, o por lo que pago o dejo de pagar.
Me temo que soy Juan Nadie para todo el mundo menos para los acreedores, que me adoran. Aunque sé que su amor hacia mí es por interés. Seguramente en lugar de Juan me llamen Andrés (tal y como yo también le llamo a usted). Aunque mi interés sólo sea por lograr que comente mis artículos.