BUKAKE

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BUKAKE

Lo más parecido a un bukake que he estado en mi vida, ha sido en una fiesta de la espuma hace dos años. Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto. Tú reinabas detrás de la barra del único bar que vimos abierto. Te canté una canción al oído y me pusiste un cubata. “Con una condición”­­– dije– “que me dejes abierto el balcón de tus ojos de gata”. Loco por conocer los secretos de tu dormitorio, esa noche canté al piano del amanecer todo mi repertorio. Los clientes del bar, uno a uno, se fueron marchando. Tú saliste a cerrar. Yo me dije: “Cuidado, chaval, te estás enamorando”. Luego, todo pasó de repente. Tu dedo en mi espalda dibujó un corazón y mi mano correspondió debajo de tu falda. Caminito al hostal nos besamos en cada farola. Yo quería dormir contigo y tú no querías dormir sola. Y nos dieron las diez, y las once, las doce y la una, y las dos y las tres. Y desnudos al anochecer nos encontró la luna.

Para que luego digan que las letras de las canciones no pueden inspirar cosas que no tienen nada que ver. O dicho de otro modo, cómo estropear una hermosa historia de amor ficticio con un título completamente obsceno para conseguir que los usuarios de Facebook lean un artículo dominical que sólo pretende hacerles sonreír. Espero haberlo conseguido. Si no es así, siempre se pueden consolar escuchando la canción de Joaquín Sabina.

Aunque personalmente, prefiero la versión de Enrique Urquijo.

LA VIDA ES PUTO TEATRO

Ya lo cantaba hace años La Lupe en aquel conocido bolero: “teatro, la vida es puro teatro”

Hablamos más con el cuerpo que con la lengua, aunque la lengua sea parte del cuerpo y se encuentre dentro de la boca, que es otra parte del cuerpo y al mismo tiempo la taza de las palabras.

Cuando hablamos con otra persona, la complexión humana posee capacidad innata y autónoma para expresar lo contrario de lo que muestran los labios. A la vez que se expulsa por la boca la frase “Eres lo más importante de mi vida”, cada poro de la epidermis suda lo opuesto. Lo opuesto puede ser “Hace meses que me importas poco o nada”, o “Actualmente hay otra persona que me llena más de lo que me llenas que tú”  o “Me estoy follando a tu mejor amigo y también a tu hermana”, que es lo que tiene más probabilidades de ser cierto.

El lenguaje corporal es el idioma más universal que existe por encima de cualquier otra forma de expresión. En lugar de la Escuela Oficial de Idiomas y de proliferar academias de inglés, francés, alemán y chino mandarín en cada primer piso de cada bloque de viviendas de protección oficial, debería haber un instituto de interpretación del cuerpo. Únicamente a través del aspaviento de extremidades, desviación de la mirada o del modo de caminar, se puede entablar un diálogo comprensible con el prójimo y la prójima. Gracias a la traducción simultánea de gestos, se calcula a ciencia cierta la distancia del trecho al hecho y del dicho al digo.

El pasado sábado por la noche, sin ir más lejos, confesé a mi marido que estaba embarazada y su body language respondió “¿Seré yo el auténtico padre?” al tiempo que su boca vertía expresiones como “¡¡¡Qué maravilla, qué felicidad, qué emoción!!!” y otra ristra de falsedades precedidas por otros tantos qués en mayúscula, subrayados, en negrita y cursiva.

Gracias a mis clases de teatro a las que asisto cada viernes, he  comprendido el significado de sus palabras y el verdadero sentido que expresaba cada gesto de su cuerpo. Por eso, en la asignatura de lenguaje corporal he obtenido una calificación de matrícula de honor altamente valorada por mi profesor de teatro (y padre de mi futuro hijo, todo sea dicho)

 

ALTURA DE MIRAS

Cuando la oportunidad lo merece, hay que estar al nivel de exigencia del momento.

Nunca he llegado a saber quién o quiénes, ni cuándo ni cómo se establece con exactitud milimétrica la distancia entre el suelo y el cielo que determine la línea que separa la mediocridad de la excelencia. Tampoco supe si el término “excelencia” es un concepto estable o varía en función de circunstancias aleatorias e incontrolables lejos del alcance de la intervención humana.

El único nivel objetivo y medible que conozco, y que está fuera de toda duda dentro del planeta tierra es el nivel del mar. Y aún así, tengo mis reticencias de que sea cien por cien válido como referencia de medida. Por ejemplo, el lugar que habito se encuentra exactamente a 1.005 metros de altitud sobre el nivel del mar (lo sé porque lo he mirado en Google). Pero, ¿en qué nivel se encontraba el mar cuando se tomó la medida? ¿En marea baja o en marea alta? La diferencia es notable porque al bajar la marea es cuando nos damos cuenta de quien lleva el bañador puesto o quien queda con las vergüenzas al aire (o la vista de todos, mejor dicho, empezando por uno mismo).

Tampoco resulta fiable una medida realizada hace décadas, cuando apenas existía impacto medioambiental en la naturaleza por parte del ser humano (había escrito «por parte del hombre», pero lo he tachado porque en el efecto de destrucción del planeta no hay distinción de sexo, sino de comportamientos y en cuestiones de joder el medioambiente la paridad es total).

Cuando lo hecho, hecho está, se supone que está bien hecho porque el tiempo transcurrido otorga capacidad nula de reacción en el caso de ser necesaria corrección. Pero viendo lo que ven mis ojos, o sólo yo me doy cuenta que todo está mal hecho, o hay otra realidad más allá de la que imagino como real.

Me temo que va a ser cierto lo que dicen sobre el cerebro, que sufre más por lo que imagina que sucederá que por lo que realmente sucede. Supongo que es porque todo depende de la altura de quien mira, o lo que es mismo, de la altura de miras de cada uno. Ahí dejo la idea para que les dé vueltas en la cabeza durante todo este domingo y parte de la semana que viene.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Se supone que asistir a la iglesia cada domingo del año te convierte en mejor persona durante 365 días. Pero yo no noto ninguna mejoría de lunes a viernes, ni tampoco al llegar el sábado que es el día en el que acumulo cansancio, culpas y remordimientos.

Tampoco aprecio incremento cualitativo en la sensibilidad de mi conciencia individual, ni la percibo mínimamente en la colectiva. Menos aún en los devotos creyentes de la salvación eterna, o en las hordas de fieles seguidores del programa “Sálvame” de Telecinco (a pesar de la súplica divina del “naming” del bodrio televisivo).

En definitiva, ir a la iglesia cada domingo no es buen asunto. O eso creo yo. Y debo ser el único, porque miles de acólitos de la fe cristiana acuden en masa puntualmente el último día de la semana creyendo limar de ese modo las asperezas morales y éticas que genera el roce diario con la vida y con los asuntos cotidianos del ser humano y entre los seres humanos (o eso quieren creen).

No sé si sentarse cómodamente a escuchar un sermón, hincar las rodillas beatíficamente para mostrar humillación o juntar las manos para acelerar el proceso de arrepentimiento resulta más efectivo que alzar la voz y pasar a la acción con el objetivo de arreglar lo estropeado y sustituir aquello que nunca funcionó más que para unos pocos privilegiados.

Por todo ello y a modo de conclusión, como me he dado cuenta de que rezar actualmente para mejorar mi mundo interior no transforma tampoco el mundo exterior, he decidido encabezar manifestaciones reivindicativas de toda índole de exigencias y demandas de carácter social, político y ecológico (siempre y cuando no me coincidan con misa de doce, claro).

EL DIVORCIO ES EL PRINCIPIO

En contra de la creencia popular, el divorcio es la forma de amor más duradera que conozco. Sé de muchas parejas que mantienen una relación más afectuosa tras dar portazo a los esponsales que cuando compartían mesa y mantel de día, y sabanas y fluidos de noche.

Dejar claro las diferencias (e indiferencias) al inicio de la convivencia es el mejor comienzo posible que garantizaría por ambas partes una concomitancia perdurable y respetuosa también a partes iguales.

Una vez superado al principio el escollo de los potenciales motivos de divorcio, todo lo que venga después será miel sobre hojuelas. Metafóricamente hablando, sería pasar en cuestión de minutos de una luna de hiel a una luna de miel permanente. De repente, se dejan atrás las incompatibilidades irreconciliables y no se va hacia ellas, que es lo que ocurre en la mayoría de los casos cuando el proceso es tal y como se conoce a día de hoy (y que muchos de ustedes sabrán por experiencia propia, seguramente).

Si la mayor causa de divorcios es el matrimonio, me pregunto si no sería mejor darle la vuelta a las estadísticas y hacer que la mayor causa de matrimonios fuera el divorcio.

Todo el mundo sabe que une más lo que separa que aquello que se cree tener en común. Que se lo digan al ruso de Putin y al americano de Trump, que desde el fin del divorcio de la guerra fría viven en un idilio permanente. O por ejemplo, los fachas de Vox y el Partido Popular, que desde que se divorciaron en las urnas gobiernan unidos y felices en más Comunidades Autónomas y Ayuntamientos de capital de provincia sin apenas haber obtenido votos en las convocatorias electorales.

Al final, va a ser que el divorcio será el undécimo mandamiento para alcanzar el amor eterno y la fidelidad sin fisuras. Si el cristianito de a pie, además de obedecer a pies juntillas los mandamientos de «no robarás» y el de «no tendrás pensamientos impuros», comulgase con el «divórciate lo antes posible», sería el mayor influencer de la historia (después de Moisés y los tuits de sus tablas grabados en piedra).

Hago este alegato en favor del divorcio porque hace un año y medio que me divorcié de mi pareja y aún estoy esperando a que me llame para pedirme matrimonio. Cuando lo haga, estoy seguro de que seremos felices y comeremos perdices a diario (aunque sean de lata de conserva).

LEER Y ESCRIBIR

Aunque creamos que sí, al cerebro se le da fatal hacer varias tareas al mismo tiempo y por extensión, también al resto del cuerpo. Por ejemplo, estornudar y mantener los ojos abiertos, reír y masticar, o soplar y sorber.

Por el contrario, también hay actos (pocos, pero haberlos haylos) íntimamente relacionados entre sí como leer y escribir. O escribir y leer. Lo uno sin lo otro no tiene sentido y lo otro da sentido a lo uno. El orden de los factores no sólo no altera el producto sino que lo perfecciona. Es una especie de ritual sinérgico, más o menos.

Desde otro punto de vista (aunque muy próximo), de todos es conocida la importancia de la publicidad y el valor de la promoción a la hora de incrementar las ventas de un libro con la intención de que sea leído (que no es lo mismo, aunque lo parezca).

El gran deseo de un autor es tener lectores, es decir, que lean lo que escribe. Frente al editor, el distribuidor y el librero que quieren que le compren lo que el autor escribe.

La relación de fuerzas vinculantes entre leer y comprar se basa en la secuencia de enamoramiento del lector. A veces, el éxito viene determinado por el empeño de seducción del autor y en otras ocasiones por el empecinamiento de los otros tres actores intervinientes (editor-distribuidor-librero) casi siempre en sólida y coordinada alianza comercial.

En el caso de la lectura y de la escritura, no sabría decirles a ustedes aquí y ahora, si ambas actividades se hallan intrínsecamente vinculadas por el afecto personal o si, por el contrario, el vínculo lo establece el ánimo pecuniario. Tampoco podría afirmar como escritor si el orden de los factores altera el producto, ni si es imprescindible la adquisición de un libro para ser leído o lo es por otra razón ajena a la lectura. Y de ser así, ¿qué razón lleva a un comprador a comprar un libro que luego no leerá o ni siquiera regalará a un tercero para que éste lo lea?

Aunque honestamente, a diferencia de la ley matemática que reza que el orden de los factores no altera el producto, en literatura el orden de los lectores sí que altera el relato.

QUÉ RECORDARÁN TUS HIJOS DE TI

La primera vez que vi la nieve, lo hice en compañía de mi padre.

Él me enseñó a nadar, a abrir los ojos debajo del agua y a flotar en la superficie. Con él supe lo que es subirse a una bicicleta y pedalear sin miedo a caer. Leo por las noches porque él me leía por las noches. Amo el cine negro porque me llevaba a ver películas de cine negro todas las tardes de domingo. Si dos y dos son cuatro y cuatro y dos son seis y seis y dos ocho y ocho dieciséis, lo sé porque el primero en enseñarme a contar fue mi padre. Llevo zapatos con cordones porque al atármelos cada mañana pienso en él, porque fue él quien me enseñó a anudar lo que en la vida exige estar anudado.

Miro de frente, camino erguido, como sin sorber, me siento recto, mastico sin hacer ruido, toso hacia un lado, me cepillo los dientes después de cada comida, me sueno lo mocos sin hacer ruido, cedo el asiento en el autobús a las personas mayores, llamo a una puerta cerrada antes de entrar, pido permiso antes de pedir prestado, levanto la mano antes de preguntar o espero a que haya un silencio en la conversación para intervenir, no interrumpo a quien habla y, si lo hago, me disculpo por la torpeza tal y como mi padre me enseñó, desde lo primero hasta lo último.

Pienso en lo que hago, en aquello que he hecho y en lo que haré antes de hacerlo, y aún haciéndolo, lo hago sabiendo que está bien hecho, que es lo que hay que hacer y que se hace del modo mejor posible. Así fue como lo aprendí y como me ensenó mi padre que se hacen las cosas. Si no hay intento, hay derrota. Ni más ni menos. Así es como se lo vi hacer a mi padre y así es como lo hago.

El olor a pino evoca las mañanas de septiembre buscando setas en su compañía, por eso como níscalos cada mes de septiembre y salivo el resto de meses cuando un aroma a pino silvestre llega de repente a mi nariz. Llevo un cassete de Lole y Manuel en el coche que sólo escucho cuando viajo en coche al mismo lugar y por el mismo camino por donde viajaba de niño (yo en el asiento de atrás) y mi padre al volante cantando las canciones que cantaban Lole y Manuel.

Todo esto y mucho más me gustaría que recordaran mis hijos de mí. Pero no tengo hijos.

ZUMBA

Me apunté a clases de Zumba pensando que enseñaban a ligar y lo que conseguí fue romperme los ligamentos cruzados de ambos muslos. El médico me ha dicho que es una lesión de primera división, aunque no ha especificado de qué equipo ni tampoco si de jugador delantero, defensa, mediocentro ofensivo o portero.

Empecé yendo los jueves y viernes plenamente convencido de que con la proximidad del fin de semana las posibilidades de pillar cacho aumentarían. Pero tras recibir cuatro clases y transcurridos tres sábados en blanco, en lo que me he convertido es en el blanco de todas las miradas. Muy especialmente del profesor, que cada paso adelante que da hacia mí, yo doy tres hacia atrás (no sé si porque entiendo poco de baile o porque no entiendo nada de lo que él supone que entiendo).

El profesor dice que es el ritmo de la música lo que hay que seguir. Pero a mí me da que él sigue su instinto y sus pies obedecen más a su hambre de sexo insaciable que a la melodía de las canciones que suenan atronadoras en cada sesión de 45 minutos de sudoración constante.

Deben ser mis ganas irrefrenables de llevarme a una mujer a la cama lo que está provocando la disminución de inscripciones femeninas en las clases de Zumba. Ellas tienen un sexto sentido para detectar a los hombres maduros desesperados por mojar el churro. Por otro lado, en el gimnasio están encantados porque se han incrementado notablemente las inscripciones masculinas. De hecho, los alumnos triplican a las alumnas y donde antes se movía la cadera a golpe del perreo de Don Omar ahora se baila el “Macho, macho, man” de Village People (varias veces y con diferentes coreografías).

Estoy convencido de que el destino está enviándome señales evidentes e inequívocas para cambiar de orientación, es decir, de lugar de ligoteo, no me sean retorcidos. Por eso, he decidido sustituir el ejercicio físico de los espacios hormonados y alfombrados de testosterona por el ejercicio intelectual de las salas de museos y exposiciones donde me han dicho que hay más mujeres sensibles que hombres rudos. Si aún así no consigo llevarme a ninguna mujer a la cama, al menos sé que no acabaré en ninguna cama de urgencias con lesión de ligamentos cruzados por culpa de una mala postura. Qué complicado es todo.

¿CÓMO SABER SI ESTÁS ENAMORADO?

Los hay que sienten el aleteo de una mariposa (o de cientos) golpeando las paredes estomacales. También los hay que escuchan violines por doquier, aunque de fondo esté sonando Iron Maiden a todo volumen (o Maluma, que es lo peor de lo peor). E incluso hay quien deja de comer, cenar y desayunar por el simple hecho de considerar que el amor que siente también alimenta orgánicamente como si fuese una fuente de proteínas del tamaño de un cachopo.

Aunque el método infalible para saber si estás enamorado se produce cuando la persona que amas ha dejado de amarte para siempre. Es en ese instante cuando confirmas real y plenamente lo que venías sospechando desde que Cupido atravesó tu corazón de parte a parte con una flecha invisible (o con un arpón de cazar ballenas, depende de la grandeza del sentimiento). En ese momento, es cuando te dices a ti mismo: “Estoy enamorado hasta las trancas. Lo que sucedió antes, fue un preludio”.

El enamoramiento por abandono surge por generación espontánea del mismo modo que surge una forma de vida sobre una materia inorgánica o en estado de putrefacción. Es decir, la música que se escucha cuando la relación está latiendo a pleno pulmón no es el aleteo de una mariposa, sino el moscón que zumba sobre la mierda en que se ha convertido la convivencia que un día tuvo vida orgánica.

Cuando percibas la ruptura del vínculo que te unía a tu ser amado, el corazón te ordenará de inmediato hacer una cosa y tu mente exigirá hacer la contraria. El órgano principal del aparato circulatorio demandará revisitar continuamente los rincones donde os besabais durante horas infinitas hasta que la saliva dejara de existir. Tus tímpanos te obligarán escuchar a todas horas la misma música que escuchabais juntos. Tus papilas gustativas reclamarán beber de la misma copa el mismo vino y comer en los mismos platos la misma comida. Tu olfato pedirá usar su perfume como ambientador de casa, tus pupilas releer por tiempo indefinido los mensajes de Whatsapp que os enviabais cada minuto y también los de correo electrónico e incluso los SMS (en el caso de que tu amor se remonte al Pleistoceno digital).

La opción más racional para salir del abismo emocional y la más saludable para la mente del pobre enamorado por abandono es dar las gracias por el amor recibido. Así, sin más. Y aquí paz y después gloria. Por experiencia propia, es la opción que recomiendo encarecidamente. He dado tantas veces las gracias por haber sido amado y tantas veces por haber sido un enamorado por abandono que ya no sabría decir si lo que recibí fue amor, o en realidad lo que me hicieron fue simplemente un favor.