POLITELIA

La cruzada digital de los gestores de Facebook contra los pezones de tetas exclusivamente femeninas es algo digno de estudio. No sé si digno de un estudio antropológico, de un estudio sociológico, o más bien de un estudio psiquiátrico.

Como seres mamíferos que somos, mamamos desde que venimos al mundo para vivir de recursos ajenos hasta vivir de los propios. Algunos se destetan antes, otros después y unos pocos pasan directamente de mamar a ser mamones que viven de mamandurrias el resto de su vida.

Buscando justificación a la censura de pezones en Facebook (si es que la tiene), podría deberse a que Facebook ve cosas donde no las hay. Del mismo modo que hay quien ve mariposas en un test de Rorschach o tanques bombardeando población civil (que es mucho peor).

Los pezones son lo que son, sirven para lo que sirven y hacen lo que tienen que hacer cuando responden a una necesidad biológica (en el amplio sentido de la necesidad, ya sea la propia o la de otros). También responden a determinados estímulos como también responden otras partes del cuerpo, incluido el cerebro en el caso de tenerlo (ahora me refiero específicamente a los señores censores de Facebook).

La fuerza poderosa del estímulo logra endurecer y agrandar aquellas partes humanas como prueba evidente de lo mucho que gusta lo que gusta y también por el ejercicio de su desarrollo (incluidos los bíceps, tríceps, cuádriceps e innumerables ceps más).

Supongo que será por nuestra naturaleza ancestral de mamíferos que nos agrada chupar y ser chupados, y que para demostrar el gozo, dejamos que se manifieste en el exterior el tamaño de la emoción interior. Al final, todo está conectado con el origen animal de nuestra genética mamífera. Es decir, todo comienza y termina con el acto biológico de mamar.

Puede que lo que necesiten los censores de Facebook sea precisamente una buena mamada para dejar que los pezones de las glándulas mamarias de mujeres supongan un problema para sus cerebros resecos de afecto (y de estímulos externos, también).

Por favor, follen más y jodan menos.

VIVA EL AMOR

Gabriel García Márquez dijo en un momento dado de su vida que los escritores escriben para que los quieran. Lo que no especificó en el momento de decirlo fue el tipo de personas que quería que les quisieran ni tampoco el modo de recibir ese amor (ni hacia él, ni hacia otros premios Nobel como él).

Personalmente no escribo para ser querido sino porque quiero escribir. A veces lo hago por amor y otras por odio, que es un sentimiento tan válido como cualquier otro para justificar el acto de escribir y también una poderosa motivación (incluso más fuerte que el hecho de hacerlo para ser amado).
Aunque he de reconocer que siempre lo hago por la necesidad de narrar lo que vivo en primera persona, o por lo que viven terceras personas, o por aquello que viven personajes que me invento (que son las cuartas personas que habitan dentro de la primera persona del masculino singular, o sea, yo).

Cuando veo el ranking de superventas tras la Feria del libro de Madrid, me doy cuenta de la cantidad de escritores a los que quiere la gente. El público lector madrileño permanece horas y horas bajo la lluvia o soportando un sol de justicia por mostrar su amor a quien le escribe una dedicatoria en la guarda de un libro sin que ello sea garantía de ser leído. Este ritual que ejecutan cada año (incluso hay quien renueva votos con los mismos autores Feria tras Feria), me conduce a pensar que la única literatura que se lee en España se reduce a la frase de la dedicatoria. En cambio, leer el libro, lo que se dice leer el libro: «Ya si eso, para las vacaciones de la playa».

Por suerte, en la Feria del libro de mi pequeña capital de provincias no llevan a cabo ningún ranking de libros superventas. De este modo, todos los autores que estamos presentes en las pocas casetas que invaden la avenida peatonal que  atraviesa la ciudad nos otorgamos a nosotros mismos el título de escritor más querido. A fin de cuentas, es el objetivo de la escritura según dijo uno de los autores más queridos por los lectores (y también por los editores que año tras año se forran a su costa), aún sabiendo que sus textos pasarán a dormir el sueño eterno en el «cementerio de los libros olvidados» de Macondo.

ME ENCANTA TU CULO

No hay escritor, político, cómico, actriz o cantante que se precie de serlo que no tenga un hater que le odie. Hoy en día, tener un hater da más prestigio que tener mil fans. Que se lo digan a Cristina Morales, Dani Mateo, Rosalía o Juan Soto Ivars que acumulan más haters entre los cuatro juntos que media humanidad digital.

Si Roberto Carlos volviera a componer su éxito musical «Yo quiero tener un millón de amigos» reescribiría la letra y cantaría «Yo quiero tener un millón de haters». De este modo, vendería nuevamente millones de discos y renovaría el título de cantante brasileño superventas.

Cuento todo esto porque el pasado lunes me salió un hater en Facebook. Como lo oyen. Salió como sale una Amanita Muscaria en un día de otoño, es decir, de un día para otro y sin saber cómo ni por qué. Su particular odio hacia mi persona, se focaliza en las faltas de ortografía que cometo esporádicamente y en el nivel literario de mis textos.

Ser odiado por un hater por puntuar frases con comas donde debería haber punto y seguido o pecar de leísmo, además de demostrarle que yerro como humano, también evidencia que lee lo que escribo (cosa que muchos de mis mejores amigos ni siquiera hacen).

Por otro lado, odiarme por tener estilo literario es como odiar al ser humano por tener culo. Cada uno tiene el suyo y habrá quien esté contento con él y quien no, del mismo modo que habrá quien bese las nalgas de otro culo cada noche entre las sábanas y habrá quien aparte la mirada cuando le ponen un trasero ante los ojos en la playa cada verano.

Lo que mi hater no sabe de mí, es que a hater no me gana nadie. Por eso, le he bloqueado en todas mis redes sociales, que es el nivel supremo de odio digital. Eso sí que es odiar a la humanidad y no lo que hizo Charles Mason.

Y para seguir ganando haters que me lean, continuaré cometiendo faltas de ortografía de modo intencionado y atentando contra su gusto literario por escribir con mi estilo propio, que para eso es mío, como también lo es mi culo. Y si no gusta, basta con apartar la mirada.

EL SUSTITUTO DEL SEXO

“Desde hace meses me siento vacío”. En estos mismos términos se lo he confesado a mi psiquiatra. “No es la primera vez”, he vuelto a confesar valientemente. “Ni será la última”, me ha respondido él mientras hacía que tomaba notas en una libreta Moleskine.

Desconozco las consecuencias de tal vacuidad interior, aunque sé perfectamente cual es el origen. Por eso, cuando siento un vacío en mi interior de proporciones insondables como el que siento desde hace meses, lo lleno con onzas de chocolate. No logran cubrir el hueco al completo, pero rellenan una parte considerable del espacio que nada ni nadie puede o desea ocupar (al menos quien me gustaría que lo ocupase).

Las lenguas que no lamen ningún tipo de sexo dicen que el chocolate es un sustituto bastante equitativo. Afirman con contundencia que el aporte calórico proporcionado por la deglución de azúcar en combinación con los valores proteicos del cacao natural, logran excitar las glándulas nerviosas de similar modo al que lo hace la práctica sexual regular y homologable en espacio y tiempo.

Sin embargo, yo les digo a todos ellos que donde esté chupar, lamer o comerse un buen sexo (a gusto del consumidor) que se quite el chocolate por mucho porcentaje de pureza de cacao que tenga y por muy grande que sea la tableta del blanco o del negro (ahora me refiero al color del chocolate, no me sean mal pensados).

Lo malo, es que a falta de pan buenas son tortas, y en mi caso particular, a falta de saborear flujos ajenos, tendré que conformarme con el fluido interior de las chocolatinas Mon Cherrie que vienen rellenas de coñac en una caja de diseño de 24 unidades. El regusto final no es el mismo ni de lejos, pero quienes no tenemos churro que mojar con nadie, ni nadie que nos dé cachetitos en las nalgas, nos vemos obligados sobrellevar el peso de la soledad con el peso que proporciona sobre el organismo la ingesta del azúcar del chocolate suizo.

“Lo peor de todo es que por muy dulce que sea cada mordisco, el amargor del vacío seguirá presente”, ha dicho mi psiquiatra al tiempo que sorbía ruidosamente el Colacao de su taza.

Qué vida esta.

LÁGRIMAS Y NOCILLA

Llueve. Al regresar del colegio tiene el bocadillo de Nocilla en la mesa. Esperando. Noviembre. Llama al portero automático. Le tiembla el pulso. El padre acude a su encuentro. Llora, el niño. Que dice el maestro que vayas a hablar con él, mañana. El corte en la yema del dedo es superficial. Duele. Ni mucho ni poco, pero lo suficiente como para hacer brotar unas lágrimas inesperadas. No he hecho nada, dice el niño. Algo habrás hecho, dice el padre sacudiendo la humedad de su pelo encrespado. El recuerdo de la madre emerge de repente. Abre la puerta. Sostiene una toalla. Aguarda en el descansillo. Si estuvieras viva, nada me pesaría como me pesa, dice con voz imperceptible. Un beso en la frente y otro en la coronilla. Es el consuelo que desea y se espera de un padre. Huele a ella, piensa. Extiende Nocilla en la miga del pan con el cuchillo. Pero nadie escucha sus palabras, tampoco él mismo. Dos lágrimas se desprenden de su mirada perdida. Y caen. No se da cuenta. Este mes se cumplen dos años. El filo del cuchillo rebana la piel del pulgar al partir en dos la barra de pan. Vuelve a la realidad atraído por el dolor infligido por el filo del acero. El sonido de los pasos es el preludio de la inquietud infantil. El niño mastica el bocadillo de Nocilla. Sin ganas y con resignación. Qué descuido más tonto, qué descuido más tonto, repite en voz baja. Se chupa el dedo y aplica saliva en el corte para taponar la pequeña hemorragia. El llanto desborda la emoción de la pérdida. Inabarcable. Tiene un cierto sabor amargo. Salado. Padre e hijo hablan en silencio. Basta con mirarse el uno al otro. Leche, cacao, avellanas y lágrimas. Las del hijo y también las del padre. Tarde de merienda y de soledad. Otra más. Sin ella.

GAMBORIMBO

Todas las lectoras y lectores que siguen fielmente la lectura de artículos cada domingo conocen mi afición a descubrir nuevos términos lingüísticos que después incorporo a mi lenguaje cotidiano.

A la mínima oportunidad, suelo dejar escapar un palabro por la boca que deja a su vez boquiabiertos a los comensales (si estoy en una cena de empresa), a mi marido (si se pone espléndido en su faceta mansplaining) o a mi cuñada (si me restriega por las narices sus títulos universitarios, diplomas académicos y los máster del universo imposibles de cotejar).

Aprender una palabra nueva al día implica incorporar al lenguaje 365 nuevos términos cada año. Teniendo en cuenta que cuento con casi medio siglo de vida (a los que hay que restar los años de juventud correspondientes en los que mi uso del castellano era limitado), puedo afirmar que tengo a bien emplear 8.000 palabras más que la media de españolitas y españolitos que presumen de serlo (al modo único que predican ser español-español-español).

Personalmente no me supone ningún esfuerzo sumar vocablos porque siempre me he inclinado más hacia las letras que hacia los números (iba a escribir guarismos pero lo he tachado porque el cupo de palabros por hoy ya está cubierto).

También he de reconocer y asumir que el  enriquecimiento del lenguaje con palabras en abandono creciente o en desuso genera controversia entre los escuchantes por no decir que causa rechazado y desprecio a partes iguales. Supongo que será algo parecido a lo que ocurre cuando se prueba caviar por primera vez. Habrá quien lo considere un manjar de los Dioses del Olimpo y habrá quien te lo escupa a la cara nada más hacer contacto con las papilas gustativas. Aunque por otro lado, es un método infalible para saber quien tiene paladar exquisito para mantener una conversación fructífera y quien alimenta su intelecto con sopa de sobre de marca blanca.

Hoy me despido de todas ustedes con el término gamborimbo. Si desconocen su significado y son curiosas como yo, lo buscarán en Google y puede que lo sumen a su conversación a la mínima oportunidad (a ser posible, en una cena familiar con su marido y su cuñada de comensales).

LA CAJA DE GALLETAS

Hay personas que son igual que la caja de galletas que hay en casa de la abuela: la abres con una ilusión que te cagas y resulta que es un costurero.

Estoy plenamente convencido de que tras leer esta frase les ha venido a la cabeza el nombre de una persona, o quizá el de dos, que son como la caja de galletas de la abuela. Puede que incluso usted sea la persona que yo tengo en mente ahora mismo o que sea yo quien esté en su cabeza en este preciso instante. Es más, puede que hasta usted y yo estemos en la misma cabeza de terceras personas y no lo sepamos a día de hoy.

En definitiva, todos somos parte integrante de un costurero. Algunos son un ovillo de lana en disposición a tejer una vida que abrigue y dé calor a los demás. Los hay que son agujas que cosen los remiendos que produce la cotidianidad de la vida en sus ámbitos laborales, personales y familiares. También hay seres humanos que son dedales que protegen de las punzadas que devuelve la inercia tras tomar una mala decisión. Y al mismo tiempo hay otros, entre los que me incluyo, que somos tijeras que vamos cortando relaciones con quien se atreve a acercarse más de lo debido lanzando comentarios afilados que hieren pieles demasiado finas como si fueran de seda natural.

Cuando la vida metamorfosea en metáfora (perdón por la cacofonía), toda la dulzura que puede proporcionar el sabor de una galleta de miel y chocolate se convierte en una decepción tan puntiaguda como las alfileres que atraviesan la yema de los dedos al tocar temas espinosos.

Un consejo de nieto. La próxima vez que visiten a su abuela y les ofrezca café con galletas, beban sólo el café. Las galletas del costurero se atragantan en el alma por no decir que descosen el tejido emocional del corazón dejándolo como un trapo.

ALTURA DE MIRAS

Cuando la oportunidad lo merece, hay que estar al nivel de exigencia del momento. Nunca he llegado a saber quién o quiénes, ni cuándo ni cómo se establece con exactitud milimétrica la distancia entre el suelo y el cielo para determinar la línea que separa la mediocridad de la excelencia, lo válido de lo inútil o lo real de lo imaginario.

Tampoco supe si la exigencia, lo válido o lo imaginario son conceptos estables o varían en función de circunstancias aleatorias e incontrolables lejos del alcance de la intervención humana. El único nivel objetivo y universal que conozco y que está fuera de toda duda, a pesar de estar presente dentro del planeta tierra, es el nivel del mar. Y aún así, tengo mis reticencias de que sea cien por cien efectivo como referencia de medida. Por ejemplo, el lugar que habito está situado a 1.300 metros de altitud sobre el nivel del mar. Pero… ¿en qué nivel se encontraba el mar cuando se tomó la medida?, ¿en marea baja o en marea alta? La diferencia es notable porque cuando baja la marea es cuando nos damos cuenta de quien lleva el bañador puesto o quien queda con las vergüenzas al aire (o la vista de todos, mejor dicho).

Tampoco resulta de fiar una medida realizada cuando apenas existía impacto medioambiental en el planeta por parte del ser humano (había escrito «por parte del hombre», pero lo he tachado porque en el efecto del cambio climático no hay distinción de sexo, sino de comportamientos).

Se supone que lo hecho está bien hecho porque el tiempo transcurrido otorga capacidad de reacción o lo que es lo mismo, capacidad de corrección. Pero viendo lo que ven mis ojos, hay otra realidad más allá de la que imagino como auténtica.

El ascenso o disminución del nivel de agua pone a prueba la capacidad de reacción de los que estamos braceando cada día para sobrevivir con el agua al cuello. Si desciende rápidamente, podemos quedarnos sin motivos para forcejear. Y si, por el contrario, sube de golpe, acabaremos sumergidos sin posibilidad alguna de salir a flote. Toda esta serie de metáforas sirven a la mente humana para timonear en la cotidianidad del océano de la vida sin encallar por causas irreales o imaginarias (que suelen ser la mayoría).

Me temo que va a ser cierto eso que dicen que el cerebro humano sufre más por lo que imagina que sucede que por lo que realmente sucede. Todo depende de la altura de quien mira, o lo que es mismo, de la altura de miras de cada uno.