LOS SINVERGÜENZAS VIVEN MEJOR

La gente sinvergüenza vive mejor. Cuando digo sinvergüenza no me refiero a corruptos que utilizan su cargo público en beneficio propio. Ni a los que aparcan su BMW en la plaza reservada a discapacitados, ni a los prevaricadores unidos a la monarquía por lazos maritales, ni a los tesoreros de fuerzas políticas que se benefician de sus políticas forzosas, ni a los votantes que miran hacia otro lado cuando al partido al que votaron dice Diego donde dijo digo. Ni a los comerciantes que te dan de menos en la vuelta al comprar un producto, ni a los conductores de vehículos que conducen ebrios, ni a los jueces que juzgan por debajo de sus posibilidades a culpables por encima del poder judicial. Ni a hombres que insultan, agreden, pegan, maltratan y asesinan a quien un día les amó como nadie les amará jamás. Ni a los taxistas que fuman en su lugar de trabajo, ni a los concejales de cultura sin cultura o a los ciudadanos que no saben ni contestan y ni quieren saber ni contestar. Tampoco me refiero a aquellos sinvergüenzas que no miran debajo de la alfombra cuando barren para casa, ni a los responsables de recursos humanos de pequeñas, medianas y grandes empresas que valoran la edad fértil de la mujer antes que el currículum vitae. Ni a los padres del equipo alevín de fútbol que montan tanganas dominicales si el arbitro pita una falta dudosa. Tampoco me refiero a los periodistas sinvergüenzas redactores de titulares de periódicos de tirada nacional cuyo código deontológico está oculto en las alcantarillas que conectan con las cloacas de empresas privadas con el interés puesto en lo público.

Cuando digo que los sinvergüenzas viven mejor, me refiero a los que no tienen vergüenza en reconocer o presumir de que son como son y ande yo caliente ríase la gente. Me refiero a los les da igual un roto que un descosido, un aquí paz y después gloria o un botellín de Mahou que uno de Cruzcampo. A quien decir cocreta en lugar de croqueta le da lo mismo que comer bayonesa o mahonesa.

Toda esa masa popular de personas que conforma un conglomerado heterogéneo y homogéneo a partes iguales sin forma definida ni color es a la que me refiero. Personas para las que tener criterio es una palabra vacía equiparable a la felicidad que demuestra no tenerlo. Son personas que nacieron para estar por estar, vivir por vivir y dejar que el día venga y se vaya tal y como vino. El perfil del sinvergüenza al que me refiero se molesta cuando le molestan por no molestar a quien molesta de verdad. Si hubiera que medir el espacio que separa al sinvergüenza del sin vergüenza, me temo que la distancia es tan reducida como la que existe entre la preposición “sin” y el sustantivo “vergüenza”. Al final se es tan sinvergüenza por acción como por omisión.

Y así nos va, claro.

Feliz mes de agosto a todos los que tienen vergüenza. Al resto, que les den por culo.

FOLLAR ESTÁ SOBREVALORADO

En cierta ocasión (hace ya demasiado tiempo) le dije a una exnovia que no me apetecía follar (sí, a los hombres también nos pasa). Se agarró un rebote que lo flipas. Por suerte el enfado no le duró mucho. A los tres minutos había sustituido mis caricias por las vibraciones constantes de un consolador marca Lelo y el tamaño de mi miembro erecto por un dildo de silicona comprado en internet.

Al día siguiente por la mañana, mientras mojaba la galleta del desayuno en el café, me preguntó por qué no había querido follar con ella. No estaba de humor, respondí yo mientras añadía otra cucharada de azúcar al café. Qué raro, dijo ella. Cómo que qué raro, pregunté yo. Porque lo tíos siempre tenéis ganas, respondió ella. No sé con cuántos tíos habrás estado tú antes de estar conmigo, pero yo he estado con tías a las que no les apetecía follar a veces y nunca pensé que era una norma del género femenino, maticé tras su respuesta. Pues que sepas que a mí jamás me han rechazado, dijo ella ofendida al tiempo que sorbía sonoramente su café. Para todo hay una primera vez, dije yo airado depositando ruidosamente la taza en la encimera de la cocina. Espero que sea la primera y la última, amenazó ella levantándose de la silla. Será la primera para ti y también la última para los dos, dije yo dando un portazo. De esto ha pasado más de un año, y no he vuelto a tener noticias de ella (ni ella de mí, claro). Para que luego digan que lo que pasa en la cama, sólo se queda en la cama.

El acto sexual implica un intercambio de algo más que besos, caricias, pellizcos, mordiscos, cachetes en las nalgas y otra serie de fluidos corporales que no voy a detallar aquí y ahora. Hay días que sí, noches que también y momentos que-no, que-no y que-no.

Follar no es un deporte, aunque muchos hagan deporte para estar en plena forma para follar. No todo el mundo (entre los que me cuento) tiene la facilidad de llevarse a la cama a quien desee o tiene la oportunidad de ser llevado por quien desea que le lleve. Vivimos en un mundo donde resulta más fácil que te toque el gordo de la lotería de Navidad que alguien por Navidad decida darte un toque para hacer el amor el día de nochevieja (o cualquier otra noche del año que comienza).

Puede que sea esa la razón por la cual entre el 3% y el 5% de la población mundial no sienta nunca deseo sexual por nadie de su entorno más cercano y tan siquiera del entorno digital. Sí, ya sé que el 3% no es mucho porcentaje, pero en cifras totales son 200 millones de personas en todo el mundo, es decir, el mismo número de espectadores que vio por la tele la última edición del Festival de Eurovisión. Se supone que los que no lo vieron fue porque estaban follando. Aunque en mi caso, ni lo uno, ni lo otro.

Por cierto, ¿en qué posición quedó España? ¿Por delante o por detrás?

EL ASCENSOR

En las distancias cortas, nuestro orgullo, como decía el anuncio de Brumel, nos la juega. El ascensor es uno de esos lugares.

Hace tres meses coincidí en el de casa con mi vecina adolescente. Yo camino de la oficina y ella volviendo de marcha (o saliendo, no sé). Está en plena edad del pavo, nada más había que ver la cara que puso al verme para darse cuenta de que para ella todo aquello que tenga más de 40 años es historia, en mi caso, prehistoria. Donde yo veo a un hombre maduro, ella ve a un dinosaurio del pleistoceno. Aunque para ella el pleistoceno debe ser el nombre del nuevo centro comercial abierto en el PAU de Rivas Vacíamadrid.

Cuando entré en el ascensor, para disimular, hice lo que hace todo el mundo: mirar al espejo (un ascensor no tendría la categoría de ascensor si no tuviera un espejo). Al verme a mí mismo reflejado en el cristal, comencé a percibir las imperfecciones propias del paso del tiempo, es decir, entradas pronunciadas, bolsas bajo los ojos, manchas en el dorso de las manos, surcos en la piel… y donde antes había un hombre maduro, empecé a ver a un Tiranosaurios Rex.

El trayecto de subida o bajada en ascensor se convierte en una eternidad cuando vas acompañado. Y la eternidad parece infinita (valga la redundancia) si se coincide la vecina adolescente que luce un tanga rojo asomando por encima del pantalón vaquero, dejando ver un triángulo que debería estar homologado por la Dirección General de Tráfico para poder circular por vía pública. Para que no pensara que soy ese vecino viejo verde del quinto piso, desvié la mirada de nuevo al espejo con la mala suerte de dar con el reflejo de su escote que dejaba imaginar dos pequeños pechos por entre el botón inteligentemente desabrochado de su blusa vaporosa semitransparente, tras la que se adivinaban dos sonrosados pezones estratégicamente ubicados. Entonces bajé la vista para no parecer indiscreto, con el infortunio de encontrarme de bruces con una erección del tamaño de una tienda de campaña de ocho plazas, de esas que se montan lanzándolas al aire y que venden en el Decathlon de las Rozas por menos de 50 euros.

Rápidamente introduje mi mano en el bolsillo con el fin de ocultar el bulto impropio de mostrarse en espacios públicos y aún más impropio en un hombre de mi edad, pero ya era tarde. La risita adolescente de mi vecina en plena edad del pavo retumbó por todo el ascensor y por consiguiente en todo mi orgullo masculino: “Tu también eres de esos tíos que va a cuestas con el cargador del móvil en el bolsillo, ¿no?”

Desde ese día subo andando las escaleras. Y de dos en dos, como un Tiranosaurios Rex.

¿CUÁNTO TIEMPO ES MUCHO TIEMPO?

El primero en relativizarlo todo fue un premio Nobel. Después de su archiconocida fórmula que sólo entiende él y los cuatro genios en el mundo que son como él, su frase más famosa fue: “Todo es relativo”. Por suerte, esta frase la entendemos los que no somos genios, es decir, el resto de la humanidad. La frase “Todo es relativo” es tan universal como la sabiduría de su creador, quizá por eso el concepto que subyace sea aplicable a cualquier aspecto de la vida, desde el más extraordinario hasta el más nimio, cotidiano y mundano.

Como ya he dicho que no soy ningún genio al igual que lo son los cuatro que entienden la fórmula del premio Nobel, voy a ponerles tres ejemplos para ilustrar las múltiples variables sobre las que aplicar la frase alusiva a la relatividad en cualquier campo de nuestra vida doméstica. Empecemos por la sabiduría popular del refranero que siempre ejemplifica con figuras retóricas de toda índole lo inexplicable que sucede en el mundo. Tomemos el refrán: “Nunca llueve a gusto de todos”. Aunque sea un refrán, basta con aplicarlo literalmente para comprender su intención cristalina. La lluvia, a su debido tiempo, saca una sonrisa a los campesinos, pero a los ganaderos no les hace puta gracia tener a su ganado todo el día encerrado sin pastar libremente por el campo que es lo que suele hacer el ganado para engordar, y engordar a la vez los beneficios del ganadero. Por lo que podemos concluir que el acto de llover es algo relativo.

También es el propio refranero el que está repleto de ejemplos relativos. En un momento dado dice “Quien bajo un árbol se arrima, buena sombra le cobija” y después rectifica diciendo “Quien bajo un árbol se cobija, dos veces se moja”. Tan pronto dice “No hay dos sin tres” como “A la tercera va la vencida”. También recomienda “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, y seguidamente aconseja “Más vale tarde que nunca”. Como podrán apreciar ustedes, el bueno de Albert Einstein que era muy bueno en lo suyo, dio en blanco con tan sólo una frase de tres palabras: “Todo es relativo”.

Aunque si hay algo relativo en la vida, es el tiempo. De todo lo que es relativo, el tiempo es lo más relativo de todo. Por ejemplo, el otro día me dio por calcular el número de días que han pasado desde que mi pareja y yo rompimos nuestra relación sentimental. De eso hace ya tanto tiempo, con sus días eternos y sus noches sin fin, que ya no recuerdo ni la razón por la que rompimos, aunque no he dejado de echarla de menos ni un solo instante desde entonces.

Cuánta razón tenía el genio de Einstein al decir “Todo es relativo”, realmente apenas ha transcurrido una semana, pero a mí me parece toda una eternidad.

LA PAJA EN EL OJO AJENO

Según dice un sesudo estudio en el que han intervenido docenas de investigadores y muchas docenas más de investigados, en el preciso instante en el que usted lee este artículo, hay mil ciento cincuenta españoles que están masturbándose. Cuando digo españoles, también quiero decir españolas (que ellas también se masturban, que lo he visto con mis propios ojos).

El mismo estudio detalla que el acto humano de la masturbación es eminentemente privado, es decir, íntimo y personal. Aunque hay contadas excepciones en las que se convierte en público (considerando el concepto de público como dos personas, tres a lo sumo). Lo que no detalla el estudio, a pesar de ser sesudo, es si la naturaleza de la masturbación pública es autoinfligida o es ocasionada por segundas o terceras personas. Si se trata de lo segundo, es decir, masturbación ejecutada por otras manos, debería ascender de categoría, ya que al placer sexual hay que añadir la comodidad de no realizar ningún esfuerzo físico salvo el de poner interés en alcanzar el clímax (labor nada fácil por cierto, y especialmente complicada cuando te sientes observado).

El sesudo estudio sobre la masturbación tampoco viene acompañado por ningún elemento ilustrativo de los datos obtenidos (supongo que por observación). Es decir, ni aparece ilustración que ejemplifique los diferentes tipos de masturbación dependiendo de la edad, zona geográfica, raza o religión. Ni tampoco una fotografía que muestre la posición más común o el entorno físico más popular para relajarse manualmente (o digitalmente en el caso femenino). Y ni por asomo se adjuntan links a vídeos de Youtube para poder relacionar la envergadura del sesudo estudio con la envergadura de los miembros físicos masculinos o la profundidad de las conclusiones con la profundidad del sexo femenino en proceso de excitación.

Llámenme tiquismiquis, pero todos los estudios sobre sexo que leo últimamente, los veo llenos de defectos por todos lados. Debe ser porque prefiero ver la paja en el ojo ajeno que ver mis propias pajas. Estoy hecho un voyeur.

DON DE LENGUAS

Con el objetivo de ampliar las posibilidades de comunicación con el sexo opuesto (e incrementar las opciones de acabar en la cama), he decidido también ampliar mis conocimientos idiomáticos y hacerme bilingüe.

Hay un guiri que va diciendo por ahí que aprender inglés es fácil, que basta con aprender 1.000 palabras. Argumenta que habitualmente usamos los mismos términos para todo lo que hacemos o decimos, dejamos de hacer o dejamos de decir. Y que por eso, basta con memorizar un puñado de vocablos en inglés. De este modo seremos capaces de conversar con cualquier mujer anglosajona y hasta con la mismísima Queen Elisabeth II en Buckingham Palace, si se tercia (que en inglés sería: if it is third).

No sé ustedes, pero desde 6º de E.G.B. llevo intentando aprender inglés y aún me cuesta diferenciar entre kitchen y chicken. Por lo tanto, dudo mucho que el método de las 1.000 palabras sea de fiar. Aún así, como soy medio gilipollas (que en inglés sería: half moron), me he apuntado al curso “Habla inglés con 1000 palabras” previo pago por adelantado de un 60% del total de la matrícula, o sea, un ojo de la cara (que en inglés sería: one eye of the face).

Supongo que apuntarse a clases de inglés en verano tiene el mismo símil que apuntarse al gimnasio. Es decir, acudes con entereza y firme decisión el primer mes, pero son pocos quienes llegan al segundo, y ninguno los que llegan al cuarto. En mi caso, tras mes y medio de aprendizaje del idioma británico, ya sé cómo se dice cocodrilo (cocodrile), elefante (elephant), gasolina (gasoline) y así hasta 997 palabras más. Al final, aprender inglés con 1000 palabras va a ser pan comido (que en inglés sería: it is going to be bread eaten).

Lo malo del método de las 1.000 palabras es que cuando quieres decir algo con exactitud no logras expresarte como es debido porque desconoces la palabra correcta. El otro día, sin ir más lejos, fui a ceder el paso a una turista al cruzar la puerta de un restaurante y queriendo decir: “Prefiero que entre usted antes que yo”, solté en inglés: “I want you between me and the door”. Me cayó un bofetón como los que me caían en 6º de E.G.B. en clase de matemáticas, pero elevado al cuadrado. Al final he tirado la toalla (que en inglés sería: I have throw the towel) y he sustituido el método de hablar inglés con 1.000 palabras por las 1.000 abdominales del gimnasio. Si no soy capaz de seducir a una mujer con mi don de lenguas, al menos lo haré con mi atractivo físico. Espero tener voluntad para llegar al segundo mes.

Lo reconozco, soy un ignorant (que en castellano sería: ignorante).

CORAZÓN MARCESCENTE

 

He de reconocer que jamás escucho emisoras de radio que emiten música siguiendo una fórmula. Quizá por eso se llamen “Radio Fórmula” y quizá por eso mismo nunca las escucho, pero el otro día me dio por ahí. Aunque estoy seguro de que la razón que subyace a mi negativa actitud de escuchar “Radio Fórmula” tiene más de racional que de emocional: soy de letras y no de ciencias. Por eso, todo lo que tenga que ver con fórmulas me causa tanto rechazo que tengo que recurrir a otras fórmulas (las farmacéuticas) para poder sobrellevarlas.

El martes pasado en una de esas emisoras que principalmente emite sólo 40 canciones, dijeron que de entre todas las palabras que existen en el diccionario del idioma castellano, el término “corazón” es el más empleado en las composiciones líricas musicales de los guadalajareños jaliscienses componentes de Maná. Mira que hay palabras y palabros, pero el término “corazón” es su término favorito.

Si la palabra favorita del grupo Maná es “corazón”, la mía es “marcescente”. La palabra “marcescente” me fascina. No solamente por su sonoridad, que acaricia los oídos de modo más sugerente que las cursi-melodías de Maná, sino también por el significado que emerge bajo cada letra de tan bellísima palabra. El significado “marcescente” hace alusión a la hoja, el cáliz o corola de una planta que permanece seco en su lugar incluso tras haberse marchitado. La función de la hoja, el cáliz o corola de una planta en vida es de todos conocidos, pero en el caso de la planta “marcescente” es permanecer en su estado marchito hasta que la primavera hace brotar nuevamente un retoño en el mismo lugar. Es entonces cuando la hoja, el cáliz o corola se desprende definitivamente y finaliza el sentido de su vida, aunque su vida dejara de tener sentido hace tiempo. ¿Y por qué la palabra “marcescente” es mi palabra favorita?, se estarán preguntando ustedes. Porque del mismo modo que las melodías de Maná hacen latir el corazón de millones de personas en el mundo al unísono de versos poblados de la palabra corazón, el mío se encuentra en estado “marcescente” desde que la temporada pasada el amor que sentía por quien amaba quedó marchito. Puede que la próxima primavera retoñe el sentimiento y surja un nuevo amor que permita a mi corazón latir del modo en el que sólo late cuando está vivo (o enamorado, que para el caso es lo mismo).

Únicamente espero que al sentimiento que se presente y haga latir de nuevo a mi corazón no le gusten las canciones de Maná (o que de repente empiecen a gustarme a mí por su culpa, que todo puede ser.)

SEXO ANUAL

He propuesto a mi pareja tener sexo anual y me ha dicho que por ahí tampoco. Desde el preciso instante en el que contrajimos matrimonio, la relación íntima a lo largo de los años se ha ido reduciendo a la mínima expresión, es decir, a la masturbación (yo a la mía y ella a la suya, supongo).

No sé qué nos pasa a los casados, que dejamos de tener sexo con la pareja a partir del momento en el que pasamos por el altar o por el aro (llámenlo como quieran). A lo mejor es culpa del anillo que funciona como desinhibidor de la libido. O puede que de tanto love is in the air al final el amor termina por evaporarse. O que la química de la atracción física pasa a estado gaseoso tras la ebullición del noviazgo, no sé. Pero el caso es que si lo sé, no me caso.

Con mi actual esposa, de novios, hacíamos el amor a todas horas y en todas las posturas habidas y por haber. Follábamos hasta para estar en forma y así aguantar más en la cama. Pero desde que firmamos el acta matrimonial, no hay forma de mojar más que la galleta en el café de cada mañana.

¿Dónde se irán los polvos que se dejan de echar después de casarte?, me pregunto yo. Si la práctica sexual es la máxima expresión de sentimiento hacia tu pareja, en mi caso deberían concederme el título honoris causa en lenguaje de signos porque hace meses (por no decir años) que el único modo que tengo de expresarme con mi mujer es a través de signos: yo le señalo la cama con el dedo índice y ella me levanta el dedo anular. Ella cierra el puño con el pulgar hacia abajo y yo le muestro el mío con el meñique y el índice hacia arriba, es decir, le pongo los cuernos (en el amplio sentido de la expresión). Supongo que ella también me los pone a mí a juzgar por la sonrisa que luce a su regreso de clases particulares de yoga cada martes y jueves. Con lo fácil que sería decirnos a la cara que ya no estamos enamorados el uno del otro. Pero ninguno se atreve a dar el paso. El matrimonio, además de quitarte las ganas de follar, te convierte en un cobarde. Qué pena da la vida a veces.

EL COMPROMISO

El juego era sencillo. Tan fácil como ser novios por un día. Cuando coincidíamos en el patio del colegio, a la hora del recreo, nos dábamos la mano y paseábamos dando vueltas a la pista de baloncesto. Éramos tan felices así, que lo hacíamos de lunes a viernes entre las once y las once y media de la mañana. Algunos niños nos miraban de reojo. Otros, los menos tímidos, lo hacían directamente y también los había que ni se atrevían a cruzarse en nuestro camino, aunque no sé si era por temor a contagiarse de sentimientos desconocidos o porque estaban a las cosas que suelen estar los niños cuando están en el recreo. Creíamos pensar lo segundo, pero en realidad tanto los primeros, como los segundos e incluso los terceros nos daban lo mismo. Simplemente éramos felices sintiendo el calor de la piel de la yema de nuestros dedos entrelazados y el sonido de nuestras propias voces, que es lo único que los oídos desean escuchar cuando se está ennoviado. La ceremonia del paseo duraba lo que dura un recreo, que en aquellos años de finales del franquismo nunca superaba la media hora. Al salir de clase, para ir a comer a casa (él a la de sus padres y yo a la de los míos), quedábamos bajo el olmo que aún hoy permanece en pie frente a la puerta del colegio para hacer el recorrido cogidos de la mano, de nuevo. Algunos padres que esperaban la salida de clase de sus respectivos hijos, nos miraban de reojo. Otros, los menos tímidos, lo hacían directamente y también los había que ni se atrevían a cruzarse en nuestro camino, aunque no sé si era por temor a reconocer algo dentro de sí mismos y descubrir lo que el miedo les arrebató de cuajo tiempo atrás o porque ya veían en nuestro noviazgo lo que llegaría a ser normal treinta y siete años después. Y treinta y siete años después, el viejo olmo sigue estando allí, el colegio sustituyó su nombre de general falangista por el del río que cruza la ciudad, y al igual que el río, nuestro amor se fue corriente abajo con el paso de los años y después de tres cursos jugando a ser novios. Yo tu novio y tú el mío. Te trasladaron a otra ciudad con otro colegio de nombre también falangista y a mí me dejaron sin tus manos, sin tu voz y sin nuestro recreo. Prometimos vernos en las vacaciones de Navidad, en las de Semana Santa y sobretodo en las de verano. Prometimos mucho y no cumplimos nada, ni en las Navidades de ese año, ni en la Semana Santa del siguiente, ni tampoco en los veranos de después. Jugar a ser novios nunca volvió a ser lo mismo porque dejamos de jugar cuando dejamos de ser novios.

Fue entonces cuando descubrí que la eternidad no es estar unidos en el futuro, sino estarlo en el presente. Aunque con frecuencia no puedo evitar disfrutar con orgullo del poso de sentimiento de un recuerdo pasado. Ese recuerdo que viene a mi memoria cuando jugábamos a ser novios. Por eso, de vez en cuando aguardo a la sombra del viejo olmo esperando a que pases un buen día para cogerte de la mano y no volver a soltarte nunca.

LOS MISERABLES 2.0

Con este titular pensarán que hablaré de la obra maestra del escritor Víctor Hugo, pero no. Voy a hablarles de otro escritor y otra obra, que si no es maestra, al menos nos enseña las pocas bondades de las redes sociales y las muchas maldades de la condición humana (como también hizo Victor Hugo, por cierto).

El libro, escrito por el periodista Juan Soto Ivars, lleva por título, “Arden las redes”. En él da un repaso a los polémicos casos más notorios de escarnio público por decir lo que se piensa (o por decir sin pensar lo que se dice, que también puede ser).

El autor murciano subtitula su acertado análisis con la frase “la poscensura y el nuevo mundo virtual”, realizando una analogía entre la vieja censura fascista de los años grises del franquismo y la nueva censura del pálido fascismo digital.

Tuve la oportunidad de conocer a Juan Soto Ivars en una entrevista que le hice en la radio del Círculo de Bellas Artes de Madrid allá por el año 2008. En aquellos años casi nadie era capaz de intuir la repercusión de las redes sociales, pero al menos quise ver en aquel joven veinteañero un brillo especial que hoy me ha traído a hablar de su deslumbrante último libro.

“Arden las redes” pone en negro sobre blanco la influencia (casi siempre para mal) de las críticas lanzadas por miles y miles de personas anónimas sobre otra persona anónima (o no) que ha manifestado su opinión en 140 caracteres (a veces incluso menos y otras veces hace muuuuuchos años).

La libertad que proporciona vivir en un país libre es usada por algunos ciudadanos a su antojo por el simple placer de sentirse parte de una masa enfervorecida dispuesta al linchamiento, o por acariciar la epidermis rebelde de una causa sin causa, o por seguir una moda demodé, o yo qué sé que excusa más.

Soto Ivars ilustra su libro con el caso (entre otros) del exresponsable de cultura del Ayuntamiento de Madrid Guillermo Zapata (quizá Madrid perdió un excelente gestor cultural), el caso de la psicóloga María Frisa (quizá la educación perdió una excelente oportunidad para debatir sobre un problema social importante para miles de familias) o el caso del profesor Vicent Belenguer quien por manifestar una opinión personal (algo bestia, todo hay que decirlo) sobre el mundo taurino, además de ser despedido de su trabajo, también ha desaparecido del mapa mundi que antes enseñaba en la escuela (y seguramente con elevada vocación profesional).

El libro de Soto Ivars es un gran libro que todos los usuarios de redes sociales deberían leer al menos si son capaces de leer más allá de los 140 caracteres a los que están habituados. Si lo hicieran, a lo mejor se pensarían dos veces lo de usar la libertad de expresión para linchar a la gente por decir libremente lo que piensan (curiosamente la misma libertad que les permite a ellos expresarse, aunque el respeto a la hora de hacerlo no sea tenido en consideración cuando lo hacen).

Estoy convencido de que muchos de ellos dicen burradas mayores acodados en la barra de un bar. Pero claro, allí no se exponen más que a los cuatro amigos borrachos que jalean sus improperios, y tampoco sufrirán el escarnio público al que ellos mismos someten a quien manifiesta libremente su opinión en las redes sociales. Salvo que se vayan sin pagar, claro. Entonces el camarero saldrá con toda razón tras ellos con la antorcha encendida para quemarles en una plaza pública por no abonar los cubatas. Si llegara a suceder, seguro que habrá un “pajillero de la indignación” tuiteándolo para presumir de persona inteligente. Qué mundo más raro.