NO MEZCLAR CHURROS CON MENINAS

De vez en cuando me da por escuchar conversaciones ajenas. Sé que es de mala educación, pero nadie se priva de hacerlo si la ocasión lo permite (¿O usted sí?).

También he de reconocer que jamás escucho mis propias conversaciones. Si lo hiciera, querría decir que me escucho a mi misma, y eso es algo que ya no hace nadie (¿O usted sí?).

A lo que iba. Que el otro día viajaba en Metro en un trayecto de Tetuán a Buenos Aires pasando por Bilbao (viajar en el Metro de Madrid es lo más parecido a sentirse Phileas Fogg en “La vuelta al mundo en 80 días”) y escuché a una madre conversar con su hija sin llegar a distinguir quién era quién gracias a los efectos del maquillaje, o del ácido hialurónico de cada una de ellas, no sé.

El caso es que presté atención a lo que se decían entre sí. No lo hice por curiosidad ni por ansia de cotillear. Simplemente pegué la oreja porque nunca he llegado a saber lo que realmente una madre dice a una hija y viceversa más allá de aquello que esté próximo a la intención educadora de la gestora y la actitud receptiva de la gestada.

Tras veinte minutos de atento interés, el vínculo consanguíneo resultaba tan evidente en cada palabra de loa que cruzaban entre ellas que sólo faltaba marcarlo a fuego con el logotipo de Superglue. Fue en ese instante cuando sentí que los hijos que nunca he tenido me preguntaban qué habían hecho para no merecerme como madre.

Bajé del Metro con la pregunta dándome vueltas en la cabeza. Di un par de vueltas a la manzana y al final me refugié en una cafetería. Con lágrimas en los ojos pedí un chocolate con churros y el día volvió a ser el de siempre. 

QUISE

Quise que la vida me durase toda la vida. Quise que la primavera durase tanto como el invierno y el otoño juntos, pero no menos que el verano, que siempre quise eterno. Quise dormir sin despertador ni ser despertado. Nunca quise lo que otros quisieron mejor para mí creyéndose mejores que yo, o lo mejor para ellos creyendo que era el mejor, que parece lo mismo pero no lo es. Quise cansarme de estar cansado y acabé cansado sin nada que hacer. Quisiera que quien leyera lo que lee lo leyera por la razón única de quien lee por algo más que leer. Querría que escribir sirviera para algo, aunque ese algo no tuviera importancia (que siempre la tiene, poca, pero la tiene). Quise que me quisieran como quise y del mismo modo, aunque de querer tanto perdí lo que más quería. Y así me quedé, sin nada y a la vez con todo. Con todo lo bueno, que después no fue tan bueno. El queso con nueces, el cielo sin nubes, el mar sin olas y a solas, la luz del sol y de la luna, el calor de una mano o mejor de las dos, el ruido del silencio, el sonido de una voz, de un susurro, de una palabra al oído dicha en el momento exacto para ser escuchada… en el fondo todos queremos lo mismo. A veces demasiado pronto, otras a destiempo. En esto también somos iguales. Quererlo todo nos hace iguales. Aunque se pierda o lo perdamos, seguimos queriendo. Porque nunca se vive lo suficiente para querer de verdad lo que se tiene tal y como merece ser querido. Siempre quise.

SHOPPING DE SOLTEROS

Leo en la prensa digital que, como medida preventiva para frenar la propagación del Covid-19, ante la clausura de los habituales lugares prepandemia para ligar, una conocida cadena de supermercados de alimentación ofrece sus instalaciones para valorar la mercancía, además de facilitar una posible prueba sin compromiso por ninguna de las partes.

Cuando menciono la palabra mercancía, no me estoy refiriendo a productos de primera necesidad ni tampoco perecederos. Hablo del consumo, uso y disfrute de la emoción carnal como bien escaso ante la imposibilidad de hacerlo en bares a la hora del tardeo o en las discotecas a altas horas de la madrugada.

Los miles de singles que abundan por doquier (entre los que me encuentro) teníamos en los locales de ocio nocturno la opción de seguir a pies juntillas aquel eslogan de los años 80 que rezaba “busque, mire y compare…”. Pero tras la noticia de la alternativa de los supermercados de alimentación como opción viable al cotejo del género, se nos abre un nuevo paraíso terrenal para ampliar los horizontes del cariño que provoca el roce.

Heterosexuales, gais, lesbianas, bisexuales, transgénero y demás preferencias sexoafectivas de la raza humana deambulamos entre góndolas pobladas con llamativos descuentos de latas de conservas a la búsqueda de otras ofertas más suculentas para llevarse a casa. Las promociones abundan y no es de extrañar toparse con una demostración de producto en la cabecera de un lineal o una cata grupal en la zona de refrigerados. Letreros con mensajes alusivos a rebajas de precio compiten por hacerse un hueco entre las frases más seductoras que brotan de conversaciones subidas de tono. Todo ello acompañado de un hilo musical que tiene que ver más con música de archivo que con ritmos que animen a mover esqueleto.

He de reconocer que la idea es cautivadora. El marketing no deja de innovar. Qué mundo.

OUT OF SIGHT, OUT OF MIND

John Lennon nos dijo que vivir es fácil con los ojos cerrados, malinterpretando todo lo que se ve y que al hacerlo se vuelve más difícil ser alguien, pero que todo acaba saliendo bien y que no importa mucho. Hace más de 40 años que Lennon cerró los ojos para siempre (se los cerraron), pero sus palabras siguen sonando estrepitosamente llenando el aire de música y la vida de sentido común.

Existe otro refrán que dice que los ojos que no ven, no hacen sentir al corazón. Supongo que tanto el popular John Lennon como el refranero popular aportan sabiduría a la cotidianeidad diaria para hacerla más llevadera, o lo que es lo mismo, para que no nos lleve por delante o nos deje atrás.

Llevo tiempo poniendo en práctica el mensaje implícito de Lennon y camino por la vida con los ojos cerrados con tal de que todo salga bien y que no me importe lo que mis ojos no ven, pero no lo consigo. Puede que sea porque solo Lennon sabía cómo cerrar los ojos para ver lo que solo veía él con los ojos cerrados. Sin embargo, los demás tenemos que abrirlos para interpretar todo lo que se ve, para que al hacerlo se vuelva fácil ser alguien y para que todo acabe saliendo mal y que importe mucho (especialmente para quien lo hace). Porque a veces, hacer cosas aunque salgan mal es lo que verdaderamente importa. Y lo es porque al menos se han hecho, que es lo mismo que intentar hacer algo por mejorar lo que se sabe está mal. Intentarlo, al menos.

LA OCASIÓN LA PINTAN CALVA

El otro día, mi sobrina de 7 años me preguntó por qué se tira de la cadena si no hay cadena de la que tirar. Su aguda observación de niña prepúber hizo cuestionarme tantas cosas que daba por hechas y sabidas que ahora mismo me estoy dando cuenta de que no sé nada de nada y que tampoco sé si lo que sabía sirve para lo que creí que servía. 

Mi sobrina de 7 años también interrumpe las conversaciones de los adultos cuando tiene ocasión para saber por qué la ocasión la pintan calva si las calvas no se pintan en ninguna ocasión y bajo ningún concepto. 

Mi sobrina de 7 años siempre quiere saber por qué el saber no ocupa lugar si ni siquiera ella dispone de habitación propia en la que estudiar lo que se estudia en primer grado de primaria. Aunque estoy completamente seguro de que cuando alcance la mayoría de edad (o incluso antes) tendrá una habitación tan propia como propia es su opinión y de las mismas dimensiones que la habitación propia de Virginia Woolf.

Mi sobrina de 7 años vino al mundo cuando todo lo que existe en su mundo ya existía, por lo que no entiende que nadie entienda el mundo como ella necesita entender. Aún más, si poco o nada de lo que decimos los adultos existe todavía.

Y si no existe cadena de váter, ni calvas dónde pintar, ni ella tiene habitación propia, según el razonamiento de su corta edad, el mundo adulto tal y como lo vivimos a día de hoy es un absoluto fiasco. Y no le falta razón (al menos, yo se la doy siempre).

Juventud, divino tesoro. 

JUECES O ENRIQUECES

El sistema judicial en España es una cocina donde se preparan los platos de un menú que pretende gustar a todo el mundo por igual, pero que unos paladean y a otros atraganta. 

No voy a poner aquí y ahora en tela de juicio el papel de la justicia (disculpen el chascarrillo, pero me venía a huevo). Y no lo haré porque ni soy licenciado en derecho procesal, civil, ni penal o mercantil ni en nada que se le parezca. Al contrario. Desde mi insondable desconocimiento alabo y alabaré la justicia siempre que sea justa del mismo modo que siempre alabo el deporte cuando hay deportividad sin tener la menor idea de quién preside el TSJ o quién preside el PSG. 

Como ciudadano de a pie, mi postura se yergue ante la justicia por confiar en que sea justa y mi posición ante el deporte es confiar en que exista deportividad. Si no fuera así, ni lo uno ni lo otro serían lo que son. Es decir, serían otra cosa. Y como otra cosa que serían, se nos deberían explicar porque aquello que no es lo que parece merece una explicación. Esta es la razón por la que aún no entiendo las leyes que rigen el fútbol fuera del terreno de juego ni las leyes que juegan dentro de los despachos y bufetes.

En cambio, lo que sí entiendo es que haya últimamente mucha gente quemada tras cocerse algunas decisiones judiciales que afectan a unos pocos que es lo mismo que decir que nos afectan a todos. Puede que sea porque a la interpretación de las leyes les pasa lo mismo que a la interpretación de un eslogan de un anuncio de pastillas de caldo, es decir, que vale tanto para hacer publicidad como para dar título a este articuento. Qué mundo más raro.

PSIQUIATRA

No tengo psiquiatra, ni falta que me hace. Mi diván es un papel en blanco sobre el que expreso a tinta de bolígrafo Bic lo que sucede dentro de mi cabeza. A veces lo hago de forma fina y uso el Bic Naranja, y otras lo hago de forma normal y uso el Bic Cristal. 

Dicen que acudir al psiquiatra una vez al mes (como mínimo) ayuda a mantener a raya las emociones que se tuercen. En mi caso particular, cuando los renglones de lo que escribo se tuercen, corrijo la línea trazando una nueva sobre un papel distinto. Y funciona. Puede que sea por eso por lo que el problema no esté en la inclinación de la línea, sino en el papel sobre la que se trace.

De niño, solía dar inicio a una frase en perfecta caligrafía. A medida que avanzaba la escritura, que es lo mismo que decir que a medida que se incrementaba el contenido de cada frase, el encorvamiento de la oración modulaba su destino hacia abajo. Nunca supe si era debido a la fuerza de la gravedad que siempre reclama lo que es suyo, al peso de los adjetivos que varían en función del sustantivo al que van asociados o porque el destino caprichoso declinaba mostrar su apoyo a todas y cada una de las palabras que conformaban el sujeto, el verbo y el predicado.

Con el paso de los años (o gracias a la experiencia vivida en cada uno de los 365 días de cada uno de ellos), he terminado por resignarme al poder indiscutible de la gravedad, a reconocer el valor del peso de cada gramo de todas y cada una de las letras que componen un adjetivo y, sobre todo, a asumir la mayor declinación que existe en cada frase y que no es otra que el orden de los factores alterando el producto tal y como lo altera en un argumento la colocación del verbo, el sujeto y el predicado.

Digo todo esto porque con la redacción de este articuento, que he escrito a mano sobre papel en blanco con un bolígrafo Bic Naranja, me he ahorrado las tres sesiones de psiquiatra de los próximos tres meses. Estoy feliz.

BARRIENDO PARA CASA

Cada cuatro años, hago limpieza de sentimientos. Me pongo el delantal y con aspiradora en mano voy dejando cada rincón del alma sin rastro alguno de emociones corrosivas. 

Debería aumentar la frecuencia temporal de barredura para expeler el incremento de aquellas emociones tóxicas que crecen exponencialmente a pasos agigantados, pero mis horas de convenio laboral son las que son y mis energías también son las que son (especialmente cuando se supera el medio siglo de existencia existencial, perdón por la cacofonía formal).

Procuro que la época de higiene íntima sentimental coincida con las fechas electorales al Congreso de los Diputados. No es casualidad ni azar. Es intencionado. Al tiempo que paso la fregona realizo recuento de votos a favor o en contra de la permanencia del número de afectos candidatos a conservar su butaca en el hemiciclo de mi corazón o a salir de la lista de posibles cargos con responsabilidades de seguir mal gobernando mis actos a corto y medio plazo. 

La jornada de reflexión previa al barrido de toda emoción contaminada la dedico a valorar exhaustivamente el nivel de progreso y progresismo de todos y cada uno de ellos, así como su origen, desarrollo y crecimiento desde su llegada al poder (y control) de mi vida. Una vez finalizada la fase de recuento, lo que queda es un programa electoral de propuestas de mejora digno de cumplir cada día de cada semana del resto de mis años incluyendo domingos y festivos (aunque no se trabaje como si hubiera que hacerlo).

Y si al final del mandato he cubierto un diez por ciento de las expectativas, me daré por satisfecho y en plena disposición a abrir toda puerta giratoria que se abra a mi paso. En el fondo soy un animal político. 

SUTILES MANIOBRAS

La relación epistolar de Kafka con su novia Felice Bauer revela la relación insondable entre ambos que, si hubiera que definir, el propio término kafkiano se quedaría corto. 

En una de las cartas escritas en 1912 por el novelista austrohúngaro a su prometida, reveló: “el tiempo es breve; mis fuerzas limitadas; la oficina, un horror; el apartamento, ruidoso; así que llevar una vida placentera es imposible, uno debe tratar de sobrevivir mediante sutiles maniobras”. 

Para Kafka, el acto de escribir era la maniobra sutil que le permitía ser kafkiano en el sentido literal de la palabra Kafka (es decir, ser él mismo) y no en el sentido que se le ha dado a posteriori por las situaciones que describió en sus novelas o el carácter de sus personajes. 

La metamorfosis que sufrimos tanto usted como yo varias veces al día nos fuerza a mutar los placeres de la vida en favor del horror de la oficina, la inexorable brevedad del tiempo, la irremediable limitación de las fuerzas y el ensordecedor ruido del vecindario. Todo ello nos arroja a la búsqueda de alternativas que compensen el daño infligido y den sentido a cada instante al mismo tiempo que compense el espacio vital restante. 

Habrá quien lo halle en asistir cada domingo al estadio de fútbol para animar a su equipo (y desanimar al contrario), quien haga mil y una abdominales en el gimnasio o quien se dedique apasionadamente a la lepidopterología como Vladimir Navokov o al horneo de pasteles como hacía Emily Dickinson entre verso y verso.

Desconozco el motivo por el cual la Real Academia Española de la Lengua define el término kafkiano como “dicho de una situación absurda o angustiosa” cuando debería definirse como “dicho de todo aquello que hace soportable todo aquello que no lo es”. Aunque pensándolo bien, puede que ambas definiciones sean correctas (especialmente para Frank Kafka). 

MOMENTOS Y MONUMENTOS

El empeño de muchos en permanecer en el futuro cuando lo importante es estar presente en el presente, sólo conduce a no estar en ningún lugar (ni en el espacio ni en el tiempo). 

Quienes consideren malgastar su día a día en hallarse a sí mismos donde aún no hay nadie o donde lo hubo, deberían ser conscientes de que el futuro no existe del mismo modo que en el pasado sólo habita el recuerdo (si hay suerte y la memoria lo permite).

La insistencia por vivir más allá que acá no es nueva. Prueba de ello son las pirámides levantadas en vida por Tutankamón hace más de 3.000 años para decirnos cual fue su lugar en el mundo. A pesar de su repentina muerte con tan solo 18 años de vida, tuvo tiempo suficiente para dejar un legado que aún perdura con la única intención de pasar a la historia en los libros de historia (aunque poco más se sepa del fortunio experimentado en su corta vida o del infortunio que le condujo a un fallecimiento prematuro).

Casos similares encontramos en otras civilizaciones posteriores con ejemplos poco plausibles para pasar a la posteridad. Incluso en la coetareidad actual, que ofrece indicios cada día de ser más incivilizada por mucho monumento, estatua, obelisco o placa que se alce o inaugure en plazas y avenidas de norte a sur y de este a oeste.

El tesón de dejar huella es inversamente proporcional al gusto expresado publicamente, así como a la tenacidad por deleitarse con el instante efímero que nos regala la vida en cada suspiro y justifica nuestro lugar en el mundo.

Por la parte que me toca, sigo sin saber cuál es el mío después de 50 años de vida, ni la ambición desmedida de esperar 3.000 años para ser reconocido por la historia en las páginas de un libro. Me conformo con descubrirlo en este preciso instante que es la única certeza que existe y la única realidad que conozco.