CUESTIÓN DE QUÍMICA

Dicen que “donde hubo fuego, hay rescoldos”. También dicen que “quien tuvo y retuvo, no teme por no tener”. Lamentablemente, en mi caso nunca he retenido nada porque nada tuve, y me temo que sea por eso que donde hubo fuego sólo quedan cenizas (y no rescoldos que es lo que se supone debería de haber)

Si hubiera tenido interés en retener el fuego, además de haber ardido en el intento, ahora estaría escaldado o con quemaduras de tercer grado repartidas por todo mi cuerpo (especialmente en mi interior).

La naturaleza es sabia y nos da claras muestras de que a veces el mejor final es la combustión que la dilatación. Cuestión de química, supongo. Alargar o dilatar (para seguir con la metáfora del efecto químico), aquello que no tiene sentido de continuidad, es más antinatural que transformarlo en lo que no es posible de ninguna de las maneras.

El doctor Frankenstein aconsejaría ser práctico. Es decir, ahorrar fuerzas. Que por mucha energía que se use para devolver a la vida lo que está muerto, tarde o temprano todo acabará en cenizas, tal y como acabó su creación más querida entre las ruinas de un viejo molino abandonado.

Revivir el ardor sin que exista razón ni motivo para hacerlo, conduce irremisiblemente a la transformación completa (tanto de aquello que no tiene vida, como de quien desea recuperarlo). Cuestión de química, vuelvo a suponer, ya que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.

Muchos lectores creerán que les hablo de una relación sentimental fallida. Pero no se equivoquen, simplemente he dejado el puchero de lentejas más tiempo en el fuego de lo que dice la receta, y se me ha quemado el guiso. Que es lo mismo que decir, que me quedo sin ingerir el hierro que proporciona la legumbre y caracteriza a la dieta mediterránea. Nuevamente cuestión de química, supongo. Ahora tendré que pedir comida a Telepizza y quemar en un futuro próximo las grasas polisaturadas de una pizza barbacoa a base de horas y horas de flexiones, abdominales y clases de body pump, ciclo y spinning.

Esperemos que la pizza barbacoa no llegue con sabor a ceniza, porque me gusta más el sabor que da el rescoldo (el del horno de asar, aclaro).

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QUERIDO MARK, DOS PUNTOS

Mark Zuckerberg acaba de enviar un mensaje a mi perfil de Facebook ofreciéndome un crédito de 15€ para que 5.000 usuarios se enteren de la publicación de mis artículos en el blog http://www.nadaqueobjetar.com

¿Qué le digo?

La última vez que me concedieron un crédito tardé diez años en devolverlo. En aquella ocasión, la promesa financiera era para que cientos de personas se convirtieran, sin ningún problema, en clientes de un flamante negocio que abrió sus puertas en 2006. Al año y medio de apertura, tuve que echar el cierre porque no había personas convertidas en clientes y mantener el pago de los intereses del crédito fue lo que se convirtió en un problema para mi persona. Desde entonces, desconfío de la utilidad de los créditos y aún más de las promesas de quienes insisten en transformar mi vida en algo mejor de lo que ya es.

Los restaurantes con estrellas Michelin son un ejemplo. Prometen experiencias gastronómicas para el sentido del gusto a precios sin sentido que te dejan tan vacía la cartera como el estómago tras haber ingerido «aire de boletus con aroma de primavera».

O el fútbol, que promete espectáculo deportivo galáctico cada domingo y termina ofreciendo un espectáculo de falta de deportividad en el terreno de juego y mil ejemplos de falta de educación en la grada.

O la homeopatía, que pone el dedo en la llaga donde no hay llaga y aplica placebo donde es necesario Mercromina.

Pero donde se produce más frustración por la amplitud del trecho que existe entre lo que se dice y lo que se hace es en las relaciones sentimentales. Al principio se promete amor eterno sin importar el dinero ni las estrecheces económicas. Y a los pocos meses, el interés disminuye de modo directamente proporcional al crédito de los besos. Basta con que se cruce de por medio alguien con solvencia económica visible al volante de un vehículo de alta gama para que la comodidad de reposar sobre un colchón viscoelástico sustituya a la persona con la que se compartían emociones entre las sabanas.

Querido Mark Zuckergberg, después de todo lo dicho no necesito que 5.000 personas vean mi perfil. Me conformo con el número de lectores que han llegado hoy hasta el final de este articulo. Espero que usted sea uno de ellos y a lo que conceda crédito sea a mis palabras. Atentamente, un usuario de su red.

GLOSOLALIA

En esta vida, hay cosas que no se pueden escoger por mucho que uno crea tener derecho a hacerlo. A los padres, por ejemplo, no se les puede escoger. A los hermanos y hermanas tampoco. Ni a los primos y primas. Y menos a tu cuñado o a la suegra. Pero a quien será tu pareja, sí puede escogerse. Y cuando llega el momento decisivo de escoger o ser escogido hay que escoger también las palabras adecuadas para eliminar cualquier atisbo de duda. Puede que sea por eso por lo que tener don de lenguas resulta de vital importancia en la primera cita o en el primer encuentro cuerpo a cuerpo.

Mi actual pareja no sabía (y sigue sin saberlo) que en nuestra primera cita todas las palabras que salieron de mis labios las había escrito antes Alejandra Pizarnik en forma de versos. Estoy seguro de que esa fue la razón por la que fui escogido por mi pareja como compañero sentimental para compartir el resto de su vida. En cambio yo, sólo tuve oídos para las cuatro palabras que salieron después de sus labios acarminados: “Llévame a tu casa”.

Viendo la eficacia que conlleva la lectura, desde entonces procuro seleccionar con mimo todos y cada uno de los sustantivos, adjetivos, adverbios, artículos, sintagmas y complementos verbales que conforman la lengua castellana para incorporarlos a las conversaciones que mantengo con mi pareja (y con las parejas de algunos amigos, todo hay que decirlo).

Aunque no hay nada que garantice la perdurabilidad de una ilación sentimental, conocer en profundidad el significado de cada término y poseer un rico repertorio de verbos transitivos ayuda mucho a incrementar el lenguaje del amor (sobre todo en el tiempo).

Si se encuentra en proceso de enamoramiento o tiene intención de seducir al ser amado, le aconsejo por experiencia propia que arme un catálogo lingüístico prolijo en términos, definiciones y expresiones afines a temas específicos. Nada llena más rápido un corazón vacío que una selección exquisita de adjetivos calificativos. Gracias al ingente dominio de vocablos, la calidad de su relación se verá recompensada con creces cuando su pareja descubra en carne propia el deleite de posibilidades que ofrece el dominio de la lengua (especialmente entre las sábanas).

BE THE FORCE WITH YOU

Hace tiempo que la fuerza dejó de acompañarme. Más bien, se quedó en el camino. O puede que ella siguiera su paso, y he sido yo quien haya dejado de caminar, no lo sé con certeza. «Son cosas de la edad», tal y como cantaba aquel grupo pijo de la movida madrileña en los años 80. Lo mismo me dicen en mi familia, donde a pesar de ser el menor en edad, soy el mayor en gastar mala hostia.

Con el paso del tiempo, la energía vital, la motivación y las ganas de todo pasan de largo, como también pasan de mí aquellos a quienes es imposible seguir el ritmo. Y hablando de seguir el ritmo, hay una mujer de muy buen ver que acude a diario a clases de Zumba al gimnasio. Lo sé porque la veo cuando yo voy y también cuando otros amigos van y después me dicen que también acude cuando van ellos. Supongo que asiste día sí y día también para estar en plena forma, que es lo mismo que decir que lo hace para retrasar el paso del tiempo o detener la vejez galopante que acosa cuando se superan los cuarenta y muchos (al menos, por ese motivo acudo yo y también mis amigos). La constancia de la mujer en asistir a clases de Zumba al gimnasio es una prueba fehaciente de que la fuerza acompaña a quien se esfuerza (de ahí el nombre: “es fuerza”) y abandona a quien se rinde, que es mi caso.

De niños nos aleccionaron diciendo aquello de «quien la sigue la consigue». Nunca supe a quien había que seguir, ni durante cuanto tiempo. Puede que por eso, a estas alturas de la vida y rondando el medio siglo de existencia, no deseo seguir a nadie (ni lo necesito). Aunque sí desearía saber si la mujer de las clases de Zumba es consciente de que la sigo, a pesar de no llevar su mismo ritmo, ni aproximarme a ella en ningún sentido (ni en el sentido físico ni en el figurado).

Como yo ya no estoy para recibir lecciones de nadie y menos para hacer esfuerzos de ninguna clase (y menos en clases de Zumba), voy a conformarme con seguir a la mujer que me gusta por Facebook. Y si la suerte me acompaña con fuerza, puede que consiga que me llame para concertar una cita para salir a tomar un café o ir juntos al cine. En el caso de que no sea así, siempre podré emplear mi tiempo viendo en soledad la trilogía de La guerra de las galaxias donde el tiempo transcurre sin mayor sobresalto que ver a Darth Wader ejerciendo de padre de familia por encima de sus posibilidades y anteponiendo los intereses de la fuerza a los suyos propios. Justo al revés de todo lo que yo hago.

LA RISA Y LA MALA HOSTIA

La risa es como la mala hostia, cuanto más se ejercita, más se desarrolla. En mi caso, rezumo tanta mala hostia que cuando abro la boca para opinar sobre un asunto en concreto, expulso más veneno que el que lanza por la boca la cobra escupidora africana al sentir amenazada su zona de confort.

Si pusiera el mismo empeño en ofrecer sonrisas a troche y moche, estoy plenamente convencida de que acabaría de igual forma que suele acabar la serpiente africana cuando no se defiende al sentirse atacada, es decir, hecha un bolso de alta costura francesa. Por eso, para seguir vivita y coleando, ejercito la mala hostia en lugar de la comedia. De este modo, evito acabar colgada del hombro de una top model influencer instagramer sin oficio conocido, por muy bien que practique el inglés o el francés (el idioma, quiero decir, no me sean retorcidos).

Y hablando de sexo, puede que la culpa de mi mala hostia la tenga el sexo (la falta de sexo, quiero decir), y que por eso se diga aquello de «tener mala follá». Cuando se deja de hacer el amor, como es mi caso, también se deja de hacer el humor, como también es mi caso. Sin amor no hay humor que valga y sin humor es difícil (por no decir imposible) llevarse a alguien al huerto (si lo que excita es el cruising) o llevarse el gato al agua (si lo que excita es la zoofilia) o llevarse a un hombretón a la cama (si lo que excita es dormir después de alcanzar el multiorgasmo tras ejercitar el tipo de sexo que guste de ejercer cada cual).

En definitiva (y por no alargar más este asunto que se me está agriando el carácter), si alguien es capaz de decirme qué fue primero hacer el humor o hacer el amor, que me lo diga. Junto al dilema del huevo y la gallina, son las dos únicas cuestiones que priorizan ahora mismo la existencia humana. Al menos, mi propia existencia a la que no encuentro gracia alguna (como este artículo, que tampoco tiene puta gracia).

 

LA MENTIRA Y LA CULPA

La culpa siempre busca culpables. Del mismo modo, los mentirosos siempre encuentran la mentira perfecta con la que expiar sus patrañas.

Mentira y culpa no son sinónimos, pero comparten protagonismo y protagonistas. Las consecuencias de ambas son catastróficas menos para quienes mienten o quienes culpabilizan a otros de sus errores provocados y la intención de sus engaños.

A lo largo de nuestra vida, hay momentos en los que mentimos reiteradamente sin sentir pesadumbre por ello. Medias mentiras, las llaman unos. Verdades a medias, las llaman otros. Nadie está exento del pecado de la mentira por muy mitad que sea, ni nada exime del sentimiento completo de culpa por obra u omisión.

En mi caso, miento por todos mis compañeros y por mí el primero. Miento compulsivamente, me sale de modo natural, como por instinto. Aunque no sabría decir si lo hago guiado por el instinto de supervivencia o por otra clase de motivación igual de básica. Desde el amanecer me miento a mí mismo prometiendo al despertador que me levantaré de la cama después de cinco minutitos más. Mientras empapo el churro grasiento en la taza con chocolate, me miento de nuevo justificando la glotonería con la dieta que comenzaré a poner en práctica mañana mismo. En el trabajo, miento a mi supervisor quien insiste, al borde de la histeria, en disponer de los informes que debí haber entregado la semana pasada. En el gimnasio, numero las abdominales de dos en dos, es decir, contabilizando únicamente los números pares entre el cero y el diez. Y al llegar a casa, tras haber sembrado el día de falsedades, miento a mi esposa mostrando un fingido amor hacia ella con palabras vacías de emoción y caricias sin sentimiento implícito alguno.

Lo peor de todo es que no me corroe la culpa por dentro ni por fuera, ni por cada mentira, ni por las consecuencias que conllevan mis actos pecaminosos carentes de empatía hacia los demás o hacia mi persona. Me la pela todo, hablando en plata de ley.

Puede que lo haga porque ser víctima de mi propia mentira ayuda bastante a aligerar el peso de la culpa ajena que supone ver pecar a quien predica la verdad de palabra y no de obra, y además, lo hace sin remordimiento ni cargo de conciencia alguno. Qué raro es todo (para ser honesto).

FIESTA DE LOS MANIQUÍES

Las dependientas del Zara me han dicho que el vestido que más se vende siempre es el que lleva puesto el maniquí del escaparate. Por eso, desnudan y visten a los maniquíes tres y cuatro veces cada día. Así aumentan las ventas y por consiguiente, su comisión.

Si no fuera por los maniquíes, venderíamos un tercio de lo que vendemos, me dijo una de ellas mientras colocaba la sisa de la chaqueta a un hombre de poliuretano. Los maniquíes son los mejores empleados de Inditex, dijo jocosamente su compañera al tiempo que corregía el rímel en las pestañas de una mujer sin expresión facial ni rastro de vida alguna (a pesar de la asombrosa similitud del poliestireno expandido con la faz humana).

Que los maniquíes están en alza es algo que no se le escapa a nadie hoy en día. Un ejemplo de ello es el incremento progresivo de ventas en Amazon punto com de las «realdolls», que tanto gustan a ese tipo de hombres de mediana edad necesitados de compañía femenina de cualquier edad. No importa la raza, el color del pelo, o la altura, los maniquíes de látex han demostrado servir para un roto y para un descosido, tanto con ropa como sin ella.

Al dueño de Zara le viene muy bien poblar sus escaparates de maniquíes con diseños de ultimísima tendencia en costura. Y a las dependientas se les alegra la cara (y el bolsillo) mudarles la ropa cada dos horas. Supongo que son los designios del destino, o los del progreso capitalista que nos deshumaniza cada día más en favor del beneficio que proporciona el plástico (ya sea forma de tarjeta de crédito o de látex antropomorfo).

La conclusión del artículo de hoy es que prestamos más atención a un maniquí vestido que a la persona que tenemos en frente, ya sea el vecino, el compañero de trabajo o nuestra propia pareja. Puede que sea esa la razón del éxito de ventas de la ropa que llevan puesta los maniquíes. Ya que pasamos desapercibidos ente los ojos del prójimo, al menos, que miren la ropa que vestimos.

Lo malo de todo es que siempre hay alguien a quien le queda el vestido mejor que a mí, especialmente si se trata de una «realdoll». 

UN LIBRO A LA SEMANA

En el instituto donde cursé primero de bachillerato, había un profesor de literatura que recomendaba a sus alumnos leer un libro por curso. Repito, un libro por curso. Daba igual el título, nombre y origen del autor, el género literario, el idioma, la editorial, el año de publicación, si era de tapa dura o tapa blanda, el gramaje del papel o el número de ISBN. Bastaba seguir la recomendación de leer un libro para impulsar hacia arriba las décimas de la calificación en época de exámenes.

A pesar de la suculenta “zanahoria” que suponía el incremento de la nota, pocos fuimos los que aceptamos la oferta de leer un libro. Insisto, sólo era necesario leer un libro, y a lo largo de un año escolar, o sea, nueve meses.

En mi caso, con el paso del tiempo aquella obligación de leer un libro por año, derivó en costumbre que acabó siendo hábito (por no decir vicio). Primero fue un libro anual, después trimestral y finalmente ha terminado por ser quincenal e incluso semanal (si el tiempo y la fuerzas lo permiten, o el libro lo merece).
En el instituto al que acude mi hijo Alejandro, ya no quedan profesores de literatura que recomiendan leer un libro al año. Por no recomendar, no recomiendan ni siquiera leer lo que ellos mismos escriben en la pizarra. Pero, como desde que Alejandro vino al mundo nos ha visto leer a su madre y a mí, él también lee (dentro y fuera de casa). Si yo hubiera suspendido bachillerato por ser incapaz de leer un libro al año, mi hijo Alejandro únicamente leería hoy los mensajes de Whatsapp que le envían sus amigos, llenos de erratas y faltas de ortografía, y que él responde con textos puntuados debidamente, verbos perfectamente conjugados, y todo ello sin necesidad de usar el corrector automático del móvil, ni sustituir frases emotivas por caritas sonrientes o boñigas con ojitos.

Como lamentablemente no tengo a nadie que me obligue acudir al gimnasio cada semana (y por eso no voy), yo mismo me obligo a leer un libro cada siete días, que es como ir a un gimnasio, pero de otro tipo. Y funciona. La musculatura intelectual que he desarrollado con los años se activa al instante cuando hay conversaciones en las que hay que intervenir para sembrar cordura, cuando se impone ofrecer una explicación clarificadora a quien no ve más allá de sus narices, o cuando es obligatorio comprender lo incomprensible de la vida que vivimos.

Y todo gracias a aquel viejo profesor de literatura que nos obligaba a leer un libro al año. Debió obligarnos a leer dos.

USA LA IMAGINACIÓN

La última vez que usé la imaginación, me salió un esguince.  De la ocasión anterior, hace tanto tiempo que ya no lo recuerdo. Tendría que remontarme al siglo pasado, y a esa edad llamada infancia donde eres tan inocente que crees en la magia de los Reyes y no en la magia que hacen los padres cada día para poder llegar a fin de mes.

El motivo que provocó el esguince fue imaginar mi vida siendo feliz.
Demasiado poco te has hecho, me dijo Carmen, mi fisioterapeuta de cabecera, y de rodillera, tobillera, espaldera y de toda parte anatómica susceptible de añadir sufijo «era» cuando deja de «ser» lo que es. Tendrías que haber hecho estiramientos antes de imaginar ser feliz, volvió a decirme Carmen con conocimiento de causa y de las otras causas que derivaron en daño muscular.
Como mi imaginación vive por encima de mis posibilidades, estoy sometido a las leyes del mercado imaginativo. Es un mercado que se rige por los valores de la oferta y la demanda. Si la oferta de imaginación supera en más de tres puntos al valor de la demanda, el mercado se resiente y la imaginación se devalúa de modo inversamente proporcional al ascenso de la prima de riesgo y todos su familiares. Aún así, y poniendo en tela de juicio mi integridad mental durante la búsqueda de felicidad como si fuera el Santo Grial, no cejo en mi empresa de conseguirlo, aunque la empresa sea anónima y limitada al mismo tiempo.
Por eso, desde que mi fisioterapeuta Carmen me dijo que había que estirarse para ser feliz, voy dejando suculentas propinas en bares, restaurantes y cafeterías de mi pequeña capital castellana de provincias, y ayudo generosamente a diestro y siniestro cuando lo piden por la derecha o por la izquierda.
A pesar de seguir a pies juntillas la recomendación de Carmen, aún no percibo ninguna señal que indique lo feliz que soy (o debería ser). Aunque, por otro lado, comienzo a notar un incremento de popularidad en mi pequeña capital castellana de provincias. Todo el mundo sonríe a mi paso y me saluda efusivamente con cariño desmedido. Nadie especifica si es por otra cosa que no sea por el hecho de ir dejando propinas y ser generoso con todos. Por eso, sospecho sin temor a equivocarme que se trata únicamente por esa razón.

Mientras tanto, los días pasan y la felicidad sigue sin hacer acto de presencia. Ni está, ni se la espera.

DE TÚ A TÚ

La degradación del respeto a través del tiempo también se muestra a través del lenguaje.

Hace décadas, la admiración por el prójimo se expresaba hablando de usted. Hoy, en cambio, los que hablan de tú no expresan admiración por nadie, porque ya nadie habla de usted a nadie.

Otro ejemplo del uso de lenguaje como expresión de degradación, se produce cuando escuchamos a una persona refiriéndose a sí misma usando la tercera persona del singular. Este truco (por definirlo de alguna manera comprensible para el ciudadano medio que es usted y que soy yo) refleja la alta autoestima de quien lo emplea y la baja imagen que proyecta cuando la práctica es ejecutada en público. Como ya nadie les llama de usted, eligen hablar de sus actos usando la tercera persona esperando la admiración que nunca llega (ni llegará).

Si es lector habitual de mis artículos dominicales, habrá apreciado que me dirijo a usted en los siguientes términos: siempre en primera persona (cuando hablo de mí) y siempre desde el respeto (cuando hablo de otro, otra, otros u otras).

Para empezar, lo hago porque fui educado en una época en la que había que ustedizar* a las personas mayores en edad, experiencia y sabiduría. Y en segundo lugar, porque usted tampoco sabe lo suficiente de mí (ni yo nada de usted) como para andar tuteándonos mutuamente como si tal cosa. Aunque no por ello vamos a faltarnos al respeto, o deje de admirar su fidelidad lectora cada domingo.

*No busquen en el diccionario la palabra “ustedizar”, es inventada.

Conocerá de sobra, como fiel lector que es (insisto), los múltiples alter-egos que protagonizan mis artículos dominicales. A veces ejerzo de cuarentón en plena crisis existencial. En otras ocasiones soy una mujer joven con henchida efervescencia creativa, o un gay orgulloso recordando tiempos mejores, o un enamorado que busca la expiación de sus errores afectivos, o incluso un animal doméstico abandonado a la intemperie por quien más ama a pesar del innombrable desprecio que significa dejarlo atado a un quitamiedos de carretera. Poco o nada de mí hay en cada personaje. Pero reciben mucho cariño por mi parte, como padre putativo que soy de todos y cada uno de ellos, a la vez que respeto y admiración a partes iguales.

Siempre respeto a quien admiro. Pero cuando se trata de dar y recibir amor, querida lectora (sí, ahora te hablo a ti), todo fue admirable hasta que empezamos a tutearnos. Fue entonces cuando me di cuenta de que nos habíamos perdido el respeto. Todo el mundo a nuestro alrededor envidiaba la confianza mutua depositada el uno en el otro. Pero pocos sabían que donde había confianza también hubo asco. Y el principio del fin de perdernos el respeto empezó por dejar de llamarnos de usted, o lo que es lo mismo, por cogernos confianza, que es igual que decir que te tengo un asco digno de admiración.

No tomes a mal lo que te digo, porque te lo digo desde el respeto más absoluto. O sea, con un respeto admirablemente despreciable.