EL COMPROMISO

El juego era sencillo. Tan fácil como ser novios por un día. Cuando coincidíamos en el patio del colegio, a la hora del recreo, nos dábamos la mano y paseábamos dando vueltas a la pista de baloncesto. Éramos tan felices así que lo hacíamos de lunes a viernes entre las once y las once y media de la mañana. Algunos niños nos miraban de reojo. Otros, los menos tímidos, lo hacían directamente y también los había que ni se atrevían a cruzarse en nuestro camino, aunque no sé si era por temor a contagiarse de sentimientos desconocidos o porque estaban a las cosas que suelen estar los niños cuando están en el recreo. Creíamos pensar lo segundo, pero en realidad tanto los primeros, como los segundos e incluso los terceros nos daban lo mismo. Simplemente éramos felices sintiendo el calor de la piel de la yema de los dedos entrelazados y el sonido de nuestras propias voces, que es lo único que los oídos desean escuchar cuando se está ennoviado. La ceremonia del paseo duraba lo que dura un recreo, que en aquellos años de finales del franquismo nunca superaba la media hora. Al salir de clase, para ir a comer a casa (él a la de sus padres y yo a la de los míos), quedábamos bajo el olmo que aún hoy permanece en pie frente a la puerta del colegio para hacer el recorrido cogidos de la mano, de nuevo. Algunos padres que esperaban la salida de clase de sus respectivos hijos, nos miraban de reojo. Otros, los menos tímidos, lo hacían directamente y también los había que ni se atrevían a cruzarse en nuestro camino, aunque no sé si era por temor a reconocer algo dentro de sí mismos y descubrir lo que el miedo les arrebató de cuajo tiempo atrás o porque ya veían en nuestro noviazgo lo que llegaría a ser normal treinta y siete años después. Y treinta y siete años después el viejo olmo sigue estando allí, el colegio sustituyó su nombre de general falangista por el del río que cruza la ciudad, y al igual que el río, nuestro amor se fue corriente abajo con el paso de los años y después de tres cursos jugando a ser novios. Yo tu novio y tú el mío. Te trasladaron a otra ciudad con otro colegio de nombre también falangista y a mí me dejaron sin tus manos, sin tu voz y sin nuestro recreo. Prometimos vernos en las vacaciones de Navidad, en las de Semana Santa y sobretodo en las de verano. Prometimos mucho y no cumplimos nada, ni en las Navidades de ese año, ni en la Semana Santa del siguiente, ni tampoco en los veranos de después. Jugar a ser novios nunca volvió a ser lo mismo porque dejamos de jugar cuando dejamos de ser novios.

Fue entonces cuando descubrí que la eternidad no es estar unidos en el futuro, sino estarlo en el presente. Aunque con frecuencia no puedo evitar disfrutar del poso de sentimiento de un recuerdo pasado. Ese recuerdo que viene a mi memoria cuando jugábamos a ser novios. Por eso, de vez en cuando aguardo a la sombra del viejo olmo esperando a que pases un buen día para cogerte de la mano y no volver a soltarte nunca.

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