EL WHATSAPP

Dicen las malas lenguas que hablar por WhatsApp es lo más parecido a hablar en lenguaje de signos. Desconozco por completo cómo se dice la palabra “alegre” en el idioma de los sordomudos, pero en el WhatsApp basta con poner el icono de una carita redonda de color amarillo con una sonrisa para que el interlocutor/a se entere que has tenido un día estupendo o que ha gustado tu comentario. A día de hoy, no sabría valorar si eso es bueno o es malo. Pero digo yo, que pudiendo usar la voz y teniendo un teléfono que sirve específicamente para eso, no llego a entender muy bien lo de usar un petroglifo digital en lugar de la voz que la madre naturaleza nos ha donado como don a los humanos. Aún así, millones y millones de personas prefieren hablar por el teléfono móvil (güasapear usando el tecnicismo correcto) en vez de emplear lo que nos diferencia del resto de los animales. Puede que debido a la tecnología estemos involucionando hacia nuestros ancestros cavernícolas en vez de convertirnos en seres más inteligentes, sensibles y emocionalmente más desarrollados. Si los Homo Sapiens de Altamira usaban la roca para expresar su estado de ánimo, nosotros, miles de años después empleamos la pantalla táctil, síntoma evidente de que el paso del tiempo no ha servido de mucho. Aunque al igual que ocurre en las cuevas del Magdaleniense, en el entorno digital, lo que se dice también permanece en el tiempo. Ayer mismo sin ir más lejos, repasé conversaciones anteriores en el WhatsApp del móvil y me encontré con los primeros diálogos que mantuve con mi “ex” hace un par de años cuando estábamos en el proceso de divorcio. Si te soy sincero, no entendí nada de nada. Entre circulitos amarillos con caritas, bailaoras sevillanas, berenjenas y demás emoticonos, tardé más en descifrar la conversación que mantuve con ella que el tiempo que tardó Jean-François Champollion en descifrar los jeroglíficos de la piedra Rosetta.

No sé si el particular abecedario de WhatsApp será estudiado en las próximas décadas como un lenguaje ancestral al igual que hoy estudiamos los bisontes de Altamira, pero lo que sí os puedo asegurar es que actualmente no facilita que nos comprendamos mejor como seres humanos, ni entre nosotros, ni tampoco a nosotros mismos. Por no mencionar que tampoco garantiza que nos escuchemos los unos a los otros. Nos vendría mejor aprender la lengua de signos que emplean los sordomudos, al menos tendríamos más personas con las que conversar mirándonos directamente a la cara y no ir cabizbajos por la vida con la vista fija en la pantalla de un teléfono móvil. Así nos va.

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