ESTOY AQUÍ PARA ALEGRARLE LA VIDA

Miles de personas (por poner una cifra al tun-tun) viven amargadas. No estoy diciendo que usted sea una de ellas, faltaría más. Ni le conozco lo suficiente, ni tenemos tanta confianza a esta alturas de nuestra relación como para llamarle amargado a la cara, o mejor dicho a sus ojos, que son los órganos que leen este artículo. El amargamiento vital (expresión que me acabo de inventar) puede deberse a circunstancias externas o internas, e incluso a una mezcla explosiva de ambas sin determinar la cuantía de cada cual. También puede ser innata, provocada o circunstancial, aunque su origen es lo de menos, ya que el resultado es el mismo. Es decir, la amargura infinita que rebosa desde el interior y que se expande por todo el exterior en un radio de veinte metros a la redonda, logra contaminarlo todo y a todos, incluso a quienes tienen experiencia en marcar distancias y nada tienen que ver con la provocación o las circunstancias. Sé que es así, porque hubo un momento determinado de mi vida en el que fui un amargado. Y lo supe, no porque me diera cuenta por mí mismo, sino porque un buen día me lo dijeron. Y no una vez, sino muchas veces. Al principio hacía oídos sordos, pero de tanto escucharlo, me di cuenta de que mi agriedad (otro palabro que me acabo de inventar), era tan real como que el sol brillaba en lo alto, aunque yo siempre lo viera cubierto de nubarrones. Por experiencia sé que los amargados y amargadas son fáciles de reconocer, sobretodo, por los que son como ellos, tal y como era yo hace ya mucho tiempo (por suerte aquello hoy es historia). De hecho, hay un refrán que les va al pelo: “Dios los cría y ellos se juntan”. Los amargados y amargadas van por la calle como un alma en pena y una nube gris encima a punto de descargar a cada paso rayos, truenos y centellas. Y que yo sepa, a nadie le gusta que le caiga un rayo encima, que le asusten con truenos o le atemoricen gratuitamente. Como no soy psicólogo ni pretendo serlo, desconozco la prescripción médica para la cura de la amargura (si es que existe), pero hay muchos métodos para ahuyentarla de nuestro lado, empezando por el simple gesto de cruzar de acera cuando vemos a un señor o señora con una nube gris sobre los hombros en el instante decisivo de soltar un chaparrón aunque sea el mes de julio y coincida con el año más seco de la última década.

Siempre he creído que en este mundo hay dos tipos de personas, los que te dan energía y los que te la chupan (la energía, quiero decir, no me sean ustedes retorcidos). Por eso, hago lo imposible para incrementar la estadística del primer grupo. Y para espantar la amargura cotidiana, que a veces resulta difícil de espantar viendo cómo está el mundo, a mí me ayuda mucho escribir este tipo de artículos. Del mismo modo que espero que a usted también le ayude leerlos y así lograr el mismo efecto que producen en mi ánimo y que no es otro que el de pasar un buen rato. En el fondo no somos más que energía, y que tal y como dice la ciencia, conviene ser transformada antes de que ella nos transforme en seres amargados. A mí, escribir me ayuda y deseo que a usted leerme, también le ayude, y así darnos energía el uno al otro. Por lo que sólo puedo decirle una cosa: gracias de todo corazón por ser fiel lector/a.

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  1. n110

    Escribir para evitar el amargamiento vital. Todo un modo de vida, sí señor. Eso sí, siga llevando un buen paragüas, que a estos señores pocas cosas les suben tanto la agriedad como la felicidad ajena

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