MI AMIGO INVISIBLE

Todos hemos tenido en nuestra infancia un amigo imaginario. El mío se llamaba Hugo. Y se sigue llamando Hugo porque sigue siendo amigo mío a pesar de haber sobrepasado con creces los cuarenta tacos (tanto él como yo). Hugo es como quiero que sea un amigo de los de verdad, y como considero que deberían ser todos los hombres de verdad. Cuando me despierto con energía para comerme el mundo, ahí está mi amigo Hugo para comerme lo que le pida yo que me coma. Cuando tengo un día de ésos en los que no me apetece ver a nadie ni estar con nadie, sólo Hugo sabe comprenderme y se mantiene alejado en la distancia, ni muy cerca, pero tampoco muy lejos. En esos días de cada mes en los que estoy insoportable por culpa de la menstruación, únicamente Hugo tolera mi ira, mis cambios bruscos de estado de ánimo y el mal humor que me caracteriza. Hugo es alto, moreno y con ojos color miel. Es tremendamente sensible y cultivado. Menos cuando deseo que sea bruto, animal e incluso bestial, que casi siempre es entre las sábanas de la cama de mi dormitorio de soltera. Hugo me regala flores cada jueves, aunque siempre me toca a mí ir a la floristería a recogerlas. Tiene mala memoria y se le olvida pagarlas, pero no me importa porque sabe elegir exactamente el tipo de flores que me gustan: los Lilium de color blanco. Hugo también es rubio y con ojos azules. A veces me habla en francés, otras en italiano y cuando no entiendo el inglés de las películas de Hollywood, me las va traduciendo al oído al tiempo que sostiene mis manos entre las suyas. Hugo sabe montar un mueble de IKEA en menos tiempo de lo que dice el manual de IKEA que tarda en montarse. Aunque siempre sea yo la que le tenga que decir en qué agujero va cada perno de unión, dónde enroscar las tuercas con la llave allen y el sitio para atornillar las fijaciones con el destornillador FIXA. Hugo me lee poesía antes de dormir. Soy yo quien sostiene el libro y pasa las páginas mojando levemente la yema de mi dedo índice en mi propia lengua, pero su voz es tan suave y delicada que consigue mecerme hasta que caigo rendida sobre sus bíceps de rey espartano forjados en mil y una batallas en las guerras del Peloponeso. Mi amigo Hugo no mira nunca a otras mujeres, ni tan siquiera a la hija del vecino del quinto que acude a clase de veterinaria bajando las escaleras dando saltitos enfundada en una minifalda a ras de coño. Tampoco se le van los ojos tras las chicas del gimnasio con las que coincidimos cada miércoles y jueves de siete a nueve de la noche y que visten leggings de compresión tan ajustados a la piel que incluso un sordomudo podría leerles los labios. Mi amigo Hugo no tiene ojos para otra mujer que no sea yo. No conozco a ningún otro hombre que se comporte como se comporta mi Hugo. Ni los maridos de mis amigas son como él. Somos amigos desde la infancia y su fidelidad responde con puntos y comas al significado de la palabra fidelidad en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. Lo malo es que mi fidelidad es calcada a la suya. Quizá por eso yo siga siendo virgen. O puede que sea porque Hugo es invisible, mi amigo invisible. Mi único amigo.

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