LA SONRISA DE MARISA

Los puristas del lenguaje dirán que acabo de titular cacofónicamente este artículo. Y yo respondo que qué culpa tengo yo de que la palabra sonrisa rime con el nombre de Marisa.

De Marisa sólo conozco su sonrisa. No sé a qué suena su voz, ni cómo de suave es la tez de su rostro. Tampoco sé si camina en línea recta o lo hace curvilíneamente a pasos cortos y gráciles. No sé si el color de su pelo es natural o camufla algunas canas con un tinte que le proporciona brillos que deslumbran a todas luces (de esos que dicen “porque yo lo valgo”). Desconozco si al hablar tartamudea, cabalga las palabras o vocaliza perfectamente. Ignoro el número de pie que calza, la talla que viste de pantalones vaqueros del Zara, de esos que suelen siluetear las curvas de su esbelta figura como Miguel Ángel talló el mármol de sus esculturas. También ignoro si es de playa o de montaña, de carne o de pescado, de footing o de running, de Burger King o de McDonalds, de Coca-cola o Pepsi. Y si es de Coca-cola, ignoro si es de Coca-cola Zero o Coca-cola normal. A lo mejor es natural de Segovia o sólo está de paso por asuntos laborales. Y si es natural de Segovia, ignoro si es más de cochinillo asado o más de cordero asado. Quizá sea vegetariana o vegana o crudivegana. O, por el contrario, coma carne como una vikinga y beba cerveza como un alemán en el Oktoberfest en lugar de vino tinto, o puede que prefiera el sabor del vino blanco. A lo mejor las dos cosas, o todo a la vez y al mismo tiempo, no lo sé.

Tampoco conozco a sus padres, ni a sus hermanos o hermanas. De hecho, no sé si tiene. Y si tiene, no sé si aún viven o si lo hacen, ignoro si viven en la misma ciudad donde ella vive. Puede que vivan bajo el mismo techo, o quizá en casas distintas. ¿Se ven con frecuencia? ¿Hablan por teléfono a diario? Y cuando hablan, ¿de qué hablan?

Marisa es una incógnita para mí. Podría decir sin miedo a equivocarme que es una completa desconocida. De hecho, es una completa desconocida. Aunque por otro lado, he de decir en su defensa que me he llevado más sorpresas con personas a las que creí conocer y con las que tengo mucho trato, que con Marisa a quien ni conozco ni tengo trato.

Desconozco todo de Marisa, salvo su sonrisa. Y con eso me basta, que es como decir, que lo sé todo.

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