VIVA EL DIVORCIO

A mi mejor amigo, su mujer le ha pedido el divorcio. Que la magia del matrimonio se ha perdido (y él ha ganado kilos), que el fuego de la pasión se ha apagado (o ella lo ha encendido en otra parte), que el tiempo ha borrado los buenos recuerdos (y subrayado los malos), que si esto, que si aquello… Total, que se divorcia tras cinco años de felicidad (según él) seguidos de dos años de infelicidad (según ella) y también según todos los que vimos cómo la relación hacía aguas mientras la pareja navegaba en un mar embravecido surcando los océanos de un amor a la deriva condenado a encallar en los arrecifes de la desidia y los reproches *.

* (siempre quise decir esta frase).

Puede que sea lo mejor para los dos, le he dicho a mi amigo para quitarle hierro al asunto. Es que no sé qué hacer sin ella, ha respondido volviendo a ponerle hierro a la conversación. Si la relación no funciona, el divorcio es lo más adecuado para ambos, he vuelto a decir para reconducir el diálogo a mi terreno. Es que no sé qué hacer sin ella, ha repetido como si no escuchara lo que le digo. Puede que el destino te esté dando una segunda oportunidad para encontrar el amor verdadero, he vuelto a decir abriendo una vía optimista de conversación. Es que no sé qué hacer sin ella, ha insistido de nuevo mi amigo. Aún no has cumplido los cincuenta, estás de buen ver, tienes un trabajo estable y solvencia económica, será cuestión de tiempo que el amor llame de nuevo a tu puerta, he argumentado para levantar su ánimo moribundo. Es que no sé qué hacer sin ella, ha balbuceado mi amigo. ¿Te pido otro gin-tonic?, he preguntado mientras alzaba la mano para indicar al camarero que sirviera otra ronda. Es que no sé qué hacer sin ella, ha respondido mi amigo segundos antes de ingerir de un trago el tercer gin-tonic. Estoy seguro de que más de una compañera de oficina se alegrará de tu divorcio, le he soltado a la cara mintiéndole para levantar su moral masculina más básica. Es que no sé qué hacer sin ella, ha dicho él enjugándose las lágrimas entre sollozos.

Después de pagar tres rondas de gin-tonics y excusarme ante mi amigo inventando un compromiso laboral inexistente, antes de despedirme le he entregado la tarjeta de María, mi psicóloga desde hace seis años. Es una excelente profesional que me ayudó a superar mi propio divorcio y fue esencial en el proceso de recuperación anímica y afectiva (que aún perdura). Al tomarla entre sus manos, le he dicho a mi amigo: Llámala, yo no sé qué hacer sin ella.

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