EMOCIÓN DE CENSURA

Es muy digno indignarse por aquello que ofende, atenta o menosprecia lo que se considera ético, moral y justo. Aunque no es lo mismo mostrar la indignación a la intemperie, manifestándose en la calle con pancarta en mano, que hacerlo luciendo un lacito en la solapa o escribiendo un mensajito en las redes sociales.
Ayer mismo, sin ir más lejos, una amiga de toda la vida se indignó profundamente cuanto tuve a bien corregir una falta de ortografía que había cometido en la redacción de un texto de 140 caracteres compartido en su perfil social de Facebook. A todos nos pasa, y a mí el primero. Los lectores habituales lo saben porque son ellos quienes me corrigen con gran frecuencia y con gran acierto, por cierto (perdón por la cacofonía).

Mi sana intención fue alertar a mi amiga del error ortográfico, pero ella lo interpretó por el lado personal. Pedí disculpas por si se hubiera sentido ofendida al evidenciar el descuido gramatical, y ella las aceptó borrándome de su lista de amigos en Facebook, Instagram, LinkedIn y Twitter (además de bloquearme indefinidamente en Whatsapp).
La epidermis de las redes sociales es más fina que la piel humana. Así lo demuestran la cantidad de mensajes de odio, desprecio y falta de respeto al prójimo que se extienden por la urdimbre digital mejor que el Aftersun por la espalda en temporada estival. Si la crema solar calma las quemaduras por exceso de exposición a los rayos ultravioleta que bajan del cielo solar, las ampollas que levantan las opiniones que caen como relámpagos de la nube del cielo digital, son aún más perjudiciales y alcanzan de lleno al 100% del corazón.
Durante estos últimos días, con motivo del cambio de Gobierno, he leído opiniones e hilos de conversación procedentes del este hacia el oeste (y viceversa), con tanta ira contenida como faltas de ortografía sin contención. A nadie he respondido, ni para corregir los equivocados puntos de vista, ni mucho menos sus faltas de ortografía. Si perdí a una amiga por alertar de una errata, imagínate si contradigo el comentario de aquellos internautas que lo juzgan todo sin saber nada de nada.
Al final, las faltas de ortografía son el síntoma inequívoco de que todavía nos queda mucho por aprender. Especialmente educación, en el más amplio sentido de la palabra educación y en el más educado sentido de cada palabra.

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